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Diario de un médico inmigrante: relatos detrás del monóculo, de Juan Carlos Riera Medina
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martes 26 de abril de 2022
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“Diario de un médico inmigrante: relatos detrás del monóculo”, de Juan Carlos Riera Medina
Diario de un médico inmigrante: relatos detrás del monóculo, de Juan Carlos Riera Medina (2021). Disponible en Amazon

Diario de un médico inmigrante:
relatos detrás del monóculo

Juan Carlos Riera Medina
Testimonio
Chile, 2021
ISBN: 979-8590615414
129 páginas

No soy político ni tengo experiencia en el área, simplemente soy un profesional venezolano que estudió medicina en la Universidad de Carabobo, núcleo Aragua, desde 1992 hasta 1999 y creció en una Venezuela pujante, partiendo del principio de que haciendo las cosas lo mejor posible se ayudaba desde el propio espacio personal a impulsar un país hacia los mejores estándares de vida. Pero durante mi proceso de crecimiento, maduración personal y profesional, pude observar cómo un país exitoso y promisorio fue llevado a empujones a la debacle social, política e histórica. No puedo comenzar a hablar profusamente de mi emigración, sin antes comentar de dónde vengo y qué dejo atrás, aunque esté tratando de no ver el retrovisor, puesto que esa realidad ya no existe. La política y las ideologías oxidadas hicieron que mi vida cambiara 180 grados.

Venezuela ha sido descrita de tantas formas debido a su conexión histórica con el continente y por haber dado cobijo a miles de inmigrantes en los años 40, 50 y 60. Por ello, cada persona tiene un concepto único de este paraíso terrenal. Posee tantas maravillas naturales juntas como el petróleo, las sabanas, los tepuyes, el oro, los llanos fértiles, la nieve y el teleférico más alto y el segundo más largo del mundo, así como diamantes, cacao premium, cafetaleras ancestrales, playas cálidas con aguas tan azules que pareciera estar tocando el mismo cielo. Su población exhibe variedades multiétnicas y multiculturales; generaciones de jóvenes profesionales educados en las mejores universidades, ha sido cuna de hombres valerosos que liberaron parte de un gran continente. Hay miles de detalles más que pudiera describirles que siempre han servido de presentación a un país que en los años 50 era referencia mundial de avance arquitectónico en Caracas, así como por sus majestuosas construcciones viales, sin duda una gran obra de infraestructura, entre otras tantas.

Eso es o era Venezuela. Ese gran compendio de maravillas naturales conducido por manos incorrectas hizo de la historia reciente de mi país una suerte de secuencias de incongruencias y vilipendios de lo que la naturaleza nos donó. Surgieron egos inflados a partir de ventajas geográficas por las cuales no se trabajó; sólo estaban ahí cuando llegamos. La naturaleza bendijo a Venezuela, pero de alguna manera los mismos venezolanos la maldijimos al no haber aprovechado esas bondades de la mejor manera en nuestro propio desarrollo.

Venezuela, en su historia reciente, fue mal entendida y deficientemente gerenciada. Su ciudadanía se hizo la indiferente en oportunidades ante muchos desafueros sociales. La Venezuela petrolera de los últimos cincuenta años introdujo avances sociales y económicos de todo tipo en la sociedad venezolana. Sin embargo, la sobreabundancia de ingresos producto de ocasionales booms de precios petroleros internacionales, significó en muchos casos el exacerbamiento del rentismo y de su hermano, el clientelismo político, así como del relajamiento de la capacidad contralora del Estado. Casos de corrupción que en muchas ocasiones quedaban impunes salpicaron a tirios y troyanos de la escena gubernamental y política. La sociedad y la opinión pública comienzan a mirar con suspicacia y animadversión a la clase política surgida a raíz del Pacto de Punto Fijo de 1958.

En 1998, con un país agitado por los eventos sociales y los fallecidos por el “Caracazo” de febrero de 1989 y las dos intentonas de golpe de Estado en 1992, llega a la Presidencia un militar carismático sin bagaje político, pero lleno de revanchismo y resentimiento social. Durante su campaña, asumió con un lenguaje pugnaz y burdo, una pose de vengador social, afianzó un discurso de rechazo a las elites económicas y políticas tradicionales, responsabilizándolas de la crisis económica y moral del país. Pretendió apropiarse de la figura de Simón Bolívar y hasta insinuó soberbiamente que él podría ser la reencarnación del Libertador. Todo este discurso desaliñado “cala” en millones de venezolanos, cansados de la constante promoción de la desigualdad, falta de viviendas y carencia de una economía saludable, entre otras plagas sociales. Supongo que nadie podía siquiera imaginar que esas justificaciones para votar por Chávez se convertirían luego en la mayor desgracia del país.

Entonces llega el momento de tener que resumir los años de los regímenes de Chávez y Maduro, y es aquí donde comienza lentamente mi proceso para emigrar aún sin saberlo. Se vienen años donde progresivamente se entrenaba al pueblo más necesitado a recibir comida, vivienda y dinero gratis a cambio de su voto y apoyo. Poco a poco, la incapacidad gerencial y la corrupción en el manejo de los dineros públicos por parte del gobierno “revolucionario” enrumban al país hacia una crisis que se vuelve estructural. Mientras los precios del petróleo ascendían, las “misiones”, como se denomina las dádivas sociales, se multiplicaban. Cuando los precios bajaban, el “gasto social” se reducía. Al mismo tiempo, se fueron conformando grupos paramilitares armados organizados por el Estado para operar como un sistema paralelo de control social, vigilancia y represión a cualquier señal de desaprobación al régimen. Y es en ese momento cuando estos grupos empiezan a actuar por cuenta propia, sin control, bajo la vista complaciente de los militares y la policía, ejecutando una lista interminable de crímenes. Si ibas a denunciar a la policía, terminabas declarando ante el mismo individuo que horas antes te había robado. Ocaso moral aniquilante que cada día me hacía sentir más atrapado y desesperado por construir una burbuja que nos aislara de esta bizarra realidad.

Sumado a lo anterior, llega el control de cambio que cercenó miles de opciones con el comercio internacional, lo cual abrió a los vinculados al gobierno la posibilidad de hacerse millonarios en una sola transacción. Se institucionaliza el narcotráfico de Estado, conocido por el mundo entero. Se oficializa el apoyo a regímenes terroristas y el financiamiento a Cuba, entregándole petróleo gratis, así como muchos otros bienes para mantener a flote una dictadura insular oxidada que asesora y entrega capital humano a cambio de dádivas petroleras. Comienza una serie de acciones humillantes que someten a los ciudadanos a situaciones desgastantes, agotadoras, como por ejemplo el obligarlos a realizar largas filas según el terminal del número de cédula para adquirir cantidades limitadas de alimentos u otros artículos de primera necesidad a precios regulados.

De pronto no hay autos para comprar, las aerolíneas abandonan el mercado venezolano, escasea la comida y hay que bajar la cabeza ante el régimen para poder comprar productos básicos. La inflación pasa a ser de dos y tres dígitos anualmente; a las 6:00 pm hay que estar recogido en casa porque las calles se han vuelto tierra sin ley, donde cualquiera se puede convertir en víctima del hampa. En lo personal y en materia de salud, ya no había medicamentos, insumos para poder operar o tratar a los pacientes, pero lo más frustrante del caso es ver cómo todo se complica, sin tener más opciones que esperar algo que en la mayoría de los casos no llegará jamás. Es entonces cuando la calidad de vida de mi familia decae progresivamente, muriendo personas cada vez más allegadas al entorno personal.

Creo que al final del día, merecemos este sistema de mediocridad salvaje, de ineptitud explícita, porque los venezolanos, unos más que otros, se han ido encerrando en su mundo y espacio de confort, perdiendo la capacidad de trabajar en equipo, de unir fuerzas para ir hacia adelante contra el opresor. Esto ha hecho que el “sálvese quien pueda” y la búsqueda de la sobrevivencia individualista, se hayan convertido en respuestas muy personales a la crisis. En el caso de los médicos, se inició una persecución contra profesionales que denunciaban la falta de insumos o, si se corría con la mala suerte de atender a un “chavista” (como se les suele llamar a los adeptos al régimen), y no tenías con qué hacerlo, podías terminar preso. El ejercicio de la medicina se convirtió en una actividad de elevadísimo riesgo.

Comencé a hacerme preguntas casi a diario: “¿Por qué debería irme del país?, ¿arriesgar todo lo alcanzado y comenzar de cero a escribir una nueva historia?”. Los años no sólo suman días, sino que restan también. Ya en un desgaste de actividad infructuosa por salir de la dictadura, muchos se hacen cada vez más visibles para el régimen y con toda seguridad se van agregando a la lista de los que irían presos por traición a la patria, según un gobierno indigno e injusto que convirtió el patriotismo en una secta de control totalitario.

Conocer la verdadera historia de un ser humano que emigró sin querer hacerlo, narrada en primera persona, puede ser la forma más adecuada de ayudar, orientar y servir de piso para nuevas experiencias a quienes lean este diario. Es abrir las puertas a un espacio atemporal de un ser humano cualquiera, tratando de vivir.

 

El venezolano ha ido demostrando una capacidad excepcional para adaptarse y amoldarse a las penosas circunstancias, antes que rebelarse y construir otra realidad.

¿Por qué?

Las líneas que está por leer tienen como objetivo llevarle hacia una experiencia ineludiblemente cíclica y quizás ya conocida por muchos, pero narrada de forma tal que probablemente funcione como almohada para las cabezas pesadas de tantos sueños, miedos y retos por venir. Nada te prepara para emigrar sin querer hacerlo.

Es la expresión del día a día de las situaciones que acontecen cuando un médico venezolano se ve odiosamente obligado a dejar su país por una dictadura de izquierda que logra corromper los más básicos valores civiles de respeto, convivencia y disciplina, por una suerte de vida precaria, pendenciera, donde ellos tienen todo y el pueblo nada, hasta perder la más mínima dignidad por un plato de comida. Vivir y trabajar se vuelven actividades agobiantes por no contar con servicios básicos como electricidad, agua e Internet. Esclavos autómatas de una vida sin metas, sin logros, simplemente sobrevivir a cada salida y puesta del sol.

Entonces se hace necesaria la más grotesca palabra del vocabulario popular: “blindarse”. Para poder vivir en paz y andar en el auto tienes que blindarte para que los disparos de pendencieros callejeros no te lleguen. Así mismo, blindar la casa con alarmas, cámaras, electricidad, para evitar que el hampa invada tu hogar y tus propiedades. Si no hay electricidad, hay que comprar una planta eléctrica de costos exorbitantes para proveerse; o si no entra agua de la calle por semanas hay que comprar un tanque suplementario para abastecerse de agua extra. Todas estas resultan respuestas aisladas y estériles a la crisis sin que la ciudadanía actúe como un todo y organice más bien respuestas colectivas. En ese sentido, el venezolano ha ido demostrando una capacidad excepcional para adaptarse y amoldarse a las penosas circunstancias, antes que rebelarse y construir otra realidad.

Mientras, como pueblo, vemos que nos están destruyendo la moral personal y la social, notamos que estamos perdiendo el orgullo como nación; seguimos andando en esta senda de destrucción, escasez, deterioro e inseguridad… pero eso sí: con mucha “patria” en los anuncios oficiales tanto en carteles, televisión, cine y radio. Ya somos zombis que sólo nos preocupamos por sobrevivir y alcanzar a llegar al día siguiente para comer de nuevo y, así, un ciclo de existencia limitada a lo básico gracias a una ideología comunista que siente desprecio por cualquier avance, progreso o sentimientos de superación.

No pretendo que este libro sea un juicio político o un estudio de cómo la dictadura acabó con Venezuela, con los sueños y vida de muchos venezolanos. Será más bien el escenario dibujado con palabras en la imaginación de cada lector donde ocurre el diario de alguien que emigró. Es como tener que divorciarse estando aún enamorado.

En el año 2015 a mi hija de doce años le pidieron en su colegio que hiciera un ensayo de lenguaje utilizando las palabras crisis, colaborar, país y conversar. Esto fue lo que escribió textualmente:

El otro día caminé por la calle y me encontré con un amigo y empezamos a conversar, hablamos y hablamos sobre la crisis de Venezuela y que no nos parecía correcto, me fui a mi casa y me acosté a dormir. Desperté, me lavé la cara, me cepillé, me peiné y me vestí. Decidí hacer un viaje a Venezuela a ver si en realidad el país estaba tan mal, compré los pasajes y me fui. Cuando llegué me quedé anonadada de cómo estaba: con huecos, muchas colas y no había casi comida. Caminé por el centro y todo estaba descuidado, decidí ir a San Vicente y les prometí que lo iba ayudar a conseguir comida y agua. Cuando fui al centro comercial no había casi nada, agarré dos botellas de agua, carne molida, arroz, pasta, pero cuando iba a buscar más no había nada así que decidí ir a otro. Iba, iba, iba, a todos los centros comerciales que veía, pero nada había, estaba sorprendido de la escasez de comida, al final de tanto buscar conseguí lo que quería y se lo llevé. Me la recibieron y estuve orgullosa de lo que hice y quise ayudar a más gente, así que decidí quedarme en Venezuela y volverla un lugar mejor (aunque con lo que vi es imposible), empecé a ayudar a más personas, era colaborador para construir o comprar cosas. Así que decidí construir un asilo, un sitio donde los pobres puedan llevar comida gratis y con todo el dinero que gané, decidí comenzar a construir una escuela en un barrio como San Vicente y era gratis, la única paga para nosotros era ver la sonrisa de los padres y más que nada niños, ya que fueron la principal razón por la que me quedé.

Bienvenido a un relato que comienza posterior a la ya desteñida esperanza de asistir a cientos de marchas, protestas y disparos. Un viaje no deseado, bautizado por la ansiedad de no saber, conocer ni entender claramente a dónde iba. Un viaje propulsado por el miedo y las ganas de no morir o ver morir a la gente que amo.

¿Cuál es el camino correcto para enfrentar y llevar adelante esta desgracia que arropó a Venezuela?

No entiendo por qué fuimos tan pasivos y conformistas con migajas morales, civiles y políticas; por qué los pacientes tenían que ir a otros países a comprar el tratamiento, por qué el querer hacer proyectos en mi país era visto como una locura, por qué parecía que como venezolanos cada día nos odiábamos más, por qué debía llegar a casa después de un día de trabajo pensando en cómo hacer para irme a otro país. Y menos aún entiendo cómo se logró cultivar esta desesperanza infinita que cada día abrazaba más fuerte.

Al continuar, descubrirás días oscuros, grises y, espero, también algunos muy claros en el exilio, y notarás cómo hay una trémula diferencia entre lo que ocurre frente y detrás de las cámaras de la vida. Surgen preguntas en una mente perturbada por la necesidad de entender los tortuosos caminos de la vida: ¿cómo es posible que un grupo de seres oscuros, llenos de odio, resentimientos y maldad como los chavistas hayan podido separar familias, destruir proyectos, detener vidas y poner en cero a muchas personas? A veces me pregunto por qué el destino permite que ocurran estas cosas. ¿Cuál es el camino correcto para enfrentar y llevar adelante esta desgracia que arropó a Venezuela? ¿Por qué en esta vida? ¿En este momento? ¿Por qué…?

Juan Carlos Riera Medina
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