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El legado de las palabras ocultas
(primer capítulo de El Código Eterno, de Juan Carlos Riera Medina)

jueves 11 de diciembre de 2025
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“El Código Eterno”, de Juan Carlos Riera Medina

Cada uno es hijo de sus obras.
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha

En el Departamento de Manuscritos, Incunables y Raros de la Biblioteca Nacional de España, ya a mediados de octubre del 2025, estaba sumido en un silencio reverente, roto solo por el suave roce de las páginas y el ocasional clic de un teclado. Las estanterías, repletas de volúmenes que abarcaban siglos de historia, se alzaban imponentes alrededor de Alejandro Collins, quien estaba absorto en su trabajo.

A Alejandro lo conocían casi todos los bibliotecarios y acomodadores que trabajaban en el departamento, ya que su frecuente concurrencia era no solo muy notoria, sino realmente apreciada por ellos, ya que su buen carácter y meticulosidad evidentes le habían hecho ganarse el respeto y consideración de todos.

“Será un gran personaje de la literatura moderna”. Tal era el pensamiento uniforme de todos los trabajadores.

Alejandro estaba sentado en una esquina iluminada por una lámpara, rodeado de montones de libros y documentos amarillentos que había solicitado con una urgencia casi maníaca. Los lectores ocasionales que lo veían pasar con libros bajo el brazo podrían confundirlo con un investigador más, pero Alejandro no estaba allí por un propósito académico común. Había algo que buscaba desesperadamente: una pista que conectara la literatura clásica con el Codex Aeternum, un manuscrito legendario que había consumido a generaciones de buscadores antes que él. Alejandro, un joven investigador apasionado por la literatura, había venido buscando respuestas para su última investigación, un proyecto que pretendía desentrañar las influencias literarias ocultas en textos antiguos. Ya había trabajado y formado parte de un equipo de informáticos que logró desarrollar un modelo de lenguaje que era capaz de analizar obras literarias. Se trató de un proyecto de jóvenes entusiastas que estaban en la búsqueda de aportar al mundo una herramienta que simplificara la redacción y deducción de textos. Dicha herramienta fue bautizada con el nombre de Artemis.

Sus creadores habían armado una base de datos literaria y fundado una organización sin fines de lucro, llamada LexCodex, dedicada al estudio y preservación de textos antiguos. Se manejaban mediante herramientas de código abierto, ya que su visión era democratizar el acceso al conocimiento y eliminar las barreras que durante siglos habían restringido la investigación de manuscritos históricos a unas pocas instituciones privilegiadas.

Basada en los principios de la filología digital y el procesamiento de lenguaje natural, LexCodex desarrolló un ecosistema de software colaborativo que permitía a académicos, programadores y entusiastas en general aliarse en la transcripción, análisis y descifrado de documentos antiguos. Inspirado en modelos como el Project Gutenberg, el OpenAI Codex y Hugging Face, Alejandro fue el padre del diseño de un sistema descentralizado donde cada usuario podía aportar descubrimientos y conectar patrones literarios a nivel global.

Al mismo tiempo, se valía de esta fundación para poder obtener aportaciones económicas de grandes empresarios que creyeran en su proyecto. En el momento actual, esta organización estaba ya andando por sí sola, funcionaba muy bien y estaba siendo compartida por varias comunidades afines a la literatura. Todos valoraban sus características tan disruptivas.

“El Código Eterno”, de Juan Carlos Riera Medina
El Código Eterno, de Juan Carlos Riera Medina (Caligrama, 2025). Disponible en Amazon

El Código Eterno
Juan Carlos Riera Medina
Novela
Editorial Caligrama
Sevilla (España), 2025
ISBN: 979-1387677022
444 páginas

Sentado en la biblioteca, tomó un volumen polvoriento y lo abrió con cuidado, deteniéndose en una página que tenía un grabado peculiar: un molino de viento muy estilizado, sobre un texto en latín inscrito debajo. Las palabras lo hicieron detenerse: “Sapientia potentia est”.

—Este símbolo... —murmuró inclinándose hacia la luz para observar mejor.

La línea curva que rodeaba al molino le recordaba algo que había visto en los archivos digitales de Artemis.

Mientras tomaba notas, el sonido de pasos cercanos lo sobresaltó. Una bibliotecaria de mediana edad, con una sonrisa amable y un aire de autoridad, se detuvo junto a él.

—Señor Collins, ¿necesita algo más? Este es el último libro que nos queda sobre manuscritos renacentistas.

Alejandro levantó la vista, siendo consciente en ese momento de que su pila de libros había crecido hasta llamar la atención.

—No, gracias. Esto será suficiente por ahora.

Se inclinó sobre el libro, repasando las palabras en latín. En ese momento, notó algo que había pasado por alto: una pequeña marca en forma de estrella junto al texto. Tomó una fotografía y la cargó en Artemis.

El sistema respondió al instante:

La marca coincide con otros tres fragmentos en la base de datos. Posible referencia cruzada con manuscritos del siglo XVI. Localización sugerida: biblioteca de Florencia.

Alejandro sintió un escalofrío. Algo sí estaba funcionando. Cerró el libro y se levantó rápidamente, dejando algunas hojas, que no revestían importancia, sobre la mesa.

—¿Cómo es posible que esto funcione tan bien? No me lo creo ni yo —se dijo a sí mismo.

En esta oportunidad, su nueva búsqueda lo había llevado más allá de códigos de programación, de los cuales conocía poco, y de entrenar el modelo con miles de referencias literarias. Como ya se ha dicho, estaba tras las huellas del misterioso libro llamado Codex Aeternum, un manuscrito legendario que, según los rumores, contenía la clave para descifrar una red oculta de conocimientos que habían sido transmitidos a lo largo de los siglos y suponía el entramado de redes y sociedades secretas a través de la historia menos conocida y alejada de las versiones oficiales.

Estos rumores hablaban de autores que, separados por siglos y lenguas, parecían haberse comunicado a través de textos que compartían patrones secretos, iniciales cifradas y símbolos alquímicos escondidos en los márgenes. Algunos decían que una secta llamada Dark Souls estuvo a punto de revelarlo en el siglo XVIII, antes de desaparecer misteriosamente durante la transición entre la supremacía eclesiástica y el auge del Estado moderno. Otros textos aludían a una palabra susurrada y siempre silenciada, “Alianza”; escrita con una tipografía más tenue, casi invisible, como si solo pudiera ser percibida por quien ya estuviera iniciado en la búsqueda.

Se había prometido a sí mismo no obsesionarse tanto como le sucedió con el anterior proyecto, que lo había llevado a perder a su novia. Aquella mujer fue el único reflejo de amor y pasión en sus años de adulto joven. También su madre había fallecido en aquel tiempo y no logró asistir a su entierro por estar entregado absolutamente al proyecto. Eran muchas las cosas que no se podía perdonar, toda una suma de eventos adversos que pesaban en su conciencia. Él siempre las justificaba por un bien mayor.

El Codex consistía en una variedad de escritos que habían sido desmembrados a lo largo de la historia. Se decía que sus hojas estaban dispersas en el mundo, esperando a ser reunidas y mostrar su sabiduría oculta y fascinante. Quizá fueran solo fábulas literarias, pero se habían encontrado algunos documentos que formaban parte de este enigmático objeto literario. Alejandro, siempre inquieto y poco paciente, se abocó a estudiar más sobre el tema y decidió evaluar su viabilidad.

Desde niño, iniciando el año 2005, en sus primeros meses prometedores de cambios y nuevas experiencias para el mundo entero, Alejandro había encontrado refugio en las bibliotecas. Caminaba sin rumbo exacto viendo las estanterías y esa mañana vio que había una revista abierta con un artículo que conmemoraba el centenario de Gonzalo Torrente Ballester. Ese nombre se grabó en su mente y lo leyó cientos de veces hasta conocerlo a plenitud. Las diversas bibliotecas eran sus santuarios personales, lugares donde las palabras impresas ofrecían una escapatoria y la promesa de aventuras sin fin. Mientras sus compañeros de clase jugaban al fútbol en los parques de Madrid, él se perdía en las historias de héroes griegos y detectives ingleses. Su imaginación casi le permitía recorrer las calles que los autores describen con tanta maestría.

Alejandro, con la mirada vaga sin encontrar un objetivo definido, abstraído en sus pensamientos, en muchas ocasiones recordaba a su admirado abuelo; aquel hombre gentil y de voz pausada con el que, sentado en el suelo, abrió una gran y gruesa enciclopedia que contenía muchas imágenes con textos flotando sobre ellas. Sutilmente, mientras la cerraba, le advirtió:

—Lee esto, hijo, y nunca te faltarán respuestas en la vida. Todo el conocimiento humano, creativo e histórico lo encontrarás en las letras de cada libro que leas.

 

*

 

Inesperadamente, salió de sus recuerdos cuando una mano delgada se posó sobre su hombro derecho. Al voltear, reconoció inmediatamente a Isabel, su amiga y compañera de aventuras, que llegaba a tiempo por su llamado para contarle su nueva intención de investigar algo sin precedentes.

—Hola, Alex. ¿Cómo estás? Ya veo que absorto en tus pensamientos. No me has visto pasar frente a ti a pesar de que he tratado de hacerme notar, pero tenías los ojos tan perdidos como tu mente —dijo Isabel con un resoplo de resignación.

—Disculpa, Izzy. Estaba recordando que a los doce años me pasaba horas leyendo a Sherlock Holmes mientras mis amigos estaban pateando un balón —comentó Alejandro.

Ella lo miró con una sonrisa cálida e hizo un gesto, con su mano y su cara, para hacer ver que no había pasado nada.

—Bueno, la verdad es que no me sorprende —dijo Izzy—. Ya desde pequeño estabas en otra liga, Alex. Mientras todos los chicos querían ser futbolistas, tú anhelabas ser un detective literario o quién sabe qué otra cosa relacionada con las letras.

A Alejandro, una sensación de solemnidad lo invadía cada vez que cruzaba las imponentes puertas de la Biblioteca Nacional. Allí, entre los estantes infinitos, encontraba un orden que el mundo exterior rara vez le ofrecía.

El barrio de Malasaña, en Madrid, en los años noventa, era un laberinto de calles estrechas y adoquinadas, lleno de grafitis, tiendas vintage y pequeñas cafeterías que emanaban aromas a café recién molido. Alejandro, entonces un casi adolescente, solía pasear por estas calles después de la escuela con un cuaderno bajo el brazo y sus sueños de convertirse en escritor. Una tarde de otoño, se detuvo frente a una librería antigua, El Espejo Literario. Su escaparate estaba repleto de libros usados y ediciones raras.

Fue allí, en la penumbra polvorienta de ese lugar, donde logró mezclar por primera vez lo hermoso del pasado con su relevancia en el presente. El olor de papel amarillento, impregnado con el paso del tiempo, mezclado con un toque terroso que le recordaba al musgo seco y la madera antigua provocaron que percibiera con nitidez cada sensación en su mente, como si ya las conociera.

En esos recintos llenos de infinito conocimiento, Alejandro desarrolló una obsesión por descubrir los secretos ocultos en los textos, una pasión que lo acabaría llevando a dedicar su vida a la investigación académica. Aquel día, siendo un niño de apenas unos diez años, había estado leyendo una novela de un detective que no había logrado encontrar al culpable, cuando se encontró con que las últimas doce páginas estaban arrancadas y nunca podría saber qué pasaría con el final de la novela. Así que se puso manos a la obra a pesar de la dificultad existente a principios de los noventa para poder conseguir copias de esa novela, ya que solo contaba con su esfuerzo para visitar librerías, preguntar en otras bibliotecas o tratar de conocer a alguien que la hubiera leído. Se iba frustrando poco a poco, hasta que un día se encendió, en su infantil percepción, una idea brillante.

Volvió a leer la novela al menos seis veces, anotó en una hoja todo aquello que le resultaba importante y se dedicó enteramente en su tiempo libre a escribir el final de la obra, pensando cómo lo habría hecho el escritor original. Recorrió las frases del detective en su implacable necesidad por encontrar al malo y, finalmente, terminó la obra argumentando que el enemigo no era una persona, sino una secta que, sin tener un líder evidente y gracias a las doctrinas que profesaba, manejaba cientos de individuos, que eran los que cometían los crímenes.

En ese momento y con gran orgullo, se paró frente al espejo y se dijo:

—Soy un escritor de novelas, ¡he descubierto el final sin haberlo leído!

Se golpeó suavemente con la mano cerrada el mentón y se miró entrecerrando los ojos.

Ese día nació una pasión desbordada por las letras, que le permitiría crear lo que fuera donde fuese. Era el amo del universo, así se lo repitió a pesar de algunas experiencias poco agradables. Dentro de su propia familia, había descubierto cómo las palabras pueden helar las aspiraciones más que cualquier inclemente invierno, hasta que entró a la universidad a estudiar letras.

 

*

 

Años más tarde, el 14 de octubre del 2025, en la biblioteca, Alejandro cotejaba un manuscrito medieval con varias novelas modernas con la intención de identificar patrones y referencias que pudieran demostrar su teoría: que las grandes obras literarias a lo largo de los siglos estaban interconectadas de maneras que nadie había imaginado, todas unidas por el Codex Aeternum.

—¿Alguna vez te has preguntado si todo está realmente conectado? —dijo Alejandro en voz baja, dirigiéndose a Izzy, quien estaba sentada a su lado.

Ella lo miró durante un segundo antes de responder.

—¿Estás diciendo que todo, literalmente todo, es parte de un gran rompecabezas? —preguntó ella, arqueando una ceja con una sonrisa divertida en los labios.

—Quizá. O, al menos, me gusta pensar que hay patrones que simplemente no hemos logrado ver todavía —dijo Alejandro con una combinación de pasión y un toque de ironía.

—Alejandro, creo que cada día estás un poco más alocado y con menos frenos para desatar esa locura —dijo Izzy entre sonrisas.

Atardecía y la luz del sol otoñal se filtraba a través de las altas ventanas de la biblioteca, proyectando sombras alargadas sobre las estanterías llenas de libros. Las hojas doradas de los árboles en el exterior caían lentamente, ofreciendo una sensación de tranquilidad y reflexión al ambiente. La combinación de estar rodeado de tantos libros y ese olor característico de la sabiduría escrita en hojas antiguas funcionaba como un elixir para Alejandro.

Mientras revisaba los textos, algo captó su atención: un fragmento en el manuscrito medieval, identificado como una copia del Codex Aeternum, le resultó extrañamente familiar. Sus ojos se entrecerraban mientras comparaba las líneas con una novela moderna que había leído recientemente. La coincidencia era demasiado precisa para ser una simple casualidad. Las palabras, casi idénticas, parecían conectarse a través del tiempo, vinculando dos épocas distantes con una precisión inquietantemente exacta. Las iniciales de cada párrafo, en ciertas hojas específicas, parecían formar palabras que, a su modo de ver, tenían algo que decir, si eras capaz de ordenarlas.

—Esto no puede ser —murmuró para sí mismo, mientras su corazón se aceleraba y sus manos temblaban.

Siempre había pensado que su cuerpo reaccionaba muy intensamente a las emociones, que su mente no tenía más opciones que adaptarse a ese temblor emocional que lo acompañaba en todo momento.

Alejandro buscó frenéticamente en su laptop para abrir un archivo de la novela en cuestión. Las líneas se ajustaban con una precisión surrealista, como si fueran piezas de un rompecabezas gráfico. No solo compartían una estructura similar, sino que las frases clave contenían los mismos símbolos criptográficos que, según se decía, en algunos manuscritos de los siglos XII y XIII que le había permitido leer Marcus, mientras era su alumno, eran la esencia del Codex Aeternum. Estaban disimulados en el lenguaje común, mediante una especie de desorden técnico.

Alejandro, al escudriñar esta pista, se sumergió nuevamente en sus más profundos pensamientos, como si se desconectara de todo lo que lo rodeaba, y alcanzó a visualizar aquel momento cuando encontró una carta de su madre poco antes de fallecer y se repitió en lo más profundo de sus pensamientos: “Te fallé, mamá, pero esta vez encontraré las respuestas que justifican todo”.

Saliendo de su especie de trance, replicó aceleradamente:

—Izzy, ¿puedes venir un segundo?

Alejandro alzó la voz intentando no sonar demasiado alarmado. Ella levantó la vista de los pergaminos que estaba examinando y se acercó a su mesa, interesada.

—¿Qué has encontrado ahora, Alex? —preguntó inclinándose hacia él mientras la chispa de curiosidad se encendía en sus ojos.

Alejandro le mostró el manuscrito en su laptop, explicando la increíble coincidencia que había descubierto. Izzy se inclinó hacia delante, su rostro estaba iluminado por el interés.

—¡Esto es fascinante! Podría suponer un hallazgo importante o ser otra locura tuya, de esas que no dejas de fabricar. Aunque creo que esta vez sí necesitamos investigar más a fondo —dijo, sintiendo la misma emoción que Alejandro.

—Izzy, quizá yo esté más loco que una cabra, pero esto de leer y releer siempre me ha dado la capacidad de ver un tanto más allá de lo que simplemente está escrito. Sé que te sonará demencial, pero siempre me ha funcionado. Asimismo, ocurrió cuando insistí en que un modelo de lenguaje avanzado podría analizar y reeditar escritos... y mira: hoy día es una realidad creciente.

Izzy asintió apretando los labios y llevándose la mano a la sien.

Los dos se sumergieron en la búsqueda, comparando textos y buscando más conexiones. Mientras la tarde avanzaba y el sol empezaba a declinar, el entusiasmo de Alejandro crecía. Sentía que estaba cerca de un descubrimiento que podría revelar secretos ocultos durante siglos, aunque por momentos pareciera una locura o, simplemente, una necesidad personal de descubrir algo.

—Si esto resulta ser cierto, Izzy, estaríamos reescribiendo la historia literaria —dijo Alejandro con los ojos brillando de la emoción. Sus manos temblaban como si ya fuera un hecho comprobado.

Izzy, debatiéndose entre la emoción y la objetividad, sentía un temor sutil, porque tenía que decidir si invertía su tiempo en eso o daba un paso al costado y, simplemente, apoyaba a su amigo desde la distancia. Estaba a punto de empezar una nueva maestría en Historia de la Literatura Medieval y tenía que decidir qué hacer.

Mientras revisaban el manuscrito, Alejandro notó algo que había pasado por alto: un mensaje críptico escrito en el margen, en latín.

“Ad astra per aspera” —murmuró, traduciendo mentalmente: “A las estrellas a través de las dificultades”.

Aunque la frase era común, su aparición en ese contexto le daba un nuevo significado, como si alguien hubiera dejado un mensaje oculto para quien compartiera su búsqueda.

—Izzy, mira esto —dijo Alejandro, señalando el texto.

—Esto no estaba en la transcripción original. Es como si alguien hubiera dejado deliberadamente un mensaje oculto, tratando de decir algo a medias. —Isabel frunció el ceño, intrigada—. Es posible que este manuscrito tenga más secretos de los que pensamos. Tal vez este mensaje sea una pista que nos conduzca a algo más complejo.

Izzy, siempre optimista y con una perspectiva fresca, ofreció teorías y sugerencias, ayudando a Alejandro a ver más allá de la simple realidad.

En ese momento de lucidez y especial ilusión con las ideas de Alejandro, Izzy decidió que no empezaría por ahora la maestría que tenía entre manos. “Siempre habrá tiempo para iniciarla, por ahora puedo dejarla a un lado y apoyar a Alex en este loco viaje. Quizá podamos crear nuevos horizontes”, pensó.

Con suavidad, tomó la mano de Alejandro, que estaba sobre el teclado, levantándola frente a la pantalla cargada de códigos y criptogramas.

—Quizá deberíamos llamar a Marcus —sugirió—. Sé que es un escéptico, pero si conseguimos convencerlo podremos convencer a cualquiera.

“Y al mismo tiempo me dará el motivo final para unirme en esta nueva idea”, pensó Izzy.

Alejandro asintió, sabiendo que la participación de su mentor, el doctor Marcus Hastings, sería crucial para validar sus descubrimientos. Desde sus primeros días como estudiante de doctorado, Alejandro había admirado la vasta erudición de Marcus y su capacidad para cuestionar incluso las teorías más sólidas, con argumentos que harían temblar al más experto del mundo.

—¡Ajá, Marcus! Siempre tan crítico —dijo Alejandro con una sonrisa, recordando las veces en las que el doctor había “destrozado” sus primeras teorías, siempre con la intención de ayudarlo a ser mejor.

Le repetía constantemente: “Ya llegará la hora en la que cumplas tus metas”.

—Bueno, siempre supe que la literatura escondía más de lo que mostraba a simple vista —dijo Izzy con una sonrisa cómplice—. ¿Quién habría dicho que acabaría trabajando con un Sherlock Holmes de los libros? Estoy dentro —afirmó, segura de su decisión.

Alejandro rio suavemente, agradecido por la presencia de su amiga y colega. Con una convicción absoluta, los dos comenzaron a preparar el material de forma ordenada y estructurada, con el propósito de mostrar al profesor una evidencia consistente y firme que pudiera atraparlo desde el primer momento.

Alejandro tomó su teléfono celular y envió un mensaje a Marcus para coordinar una reunión, incluyendo un emoji con lentes que siempre usaba para dirigirse a su mentor. Era como una marca personal criptográfica que los representaba a ambos.

Mientras Alejandro esperaba la respuesta de Marcus, un hombre de porte elegante y presencia notoria entró en la sala, captando su atención y la de Izzy. Era Javier Medina, otro colega de Alejandro en la universidad, conocido por su ambición desmedida y deseos de fama en los mundillos tecnológico y literario. Javier, de unos casi cuarenta años, siempre impecablemente vestido, tenía una sonrisa que rara vez perdía y una manera de hablar que mostraba una confianza en sí mismo que resultaba casi excesiva.

—Vaya, Alejandro e Izzy, ¿qué tenemos aquí? —dijo Javier, acercándose a la mesa donde trabajaban.

Sus ojos se posaron en los manuscritos y en las notas de Alejandro, con un claro interés que intentaba disimular, pero la leve contracción en sus párpados tratando de enfocar revelaba más de lo que decían su expresión y sus palabras.

—Hola, Javier —respondió Alejandro manteniendo una cordialidad que no era sincera del todo—. Estamos trabajando en un proyecto que podría ser bastante significativo: una teoría sobre patrones literarios, pero aún está muy incipiente. Estamos apenas iniciando la lluvia de ideas para ponernos en marcha.

Javier arqueó una ceja y esbozó de nuevo una sonrisa menos sutil.

—Interesante. Sabes que siempre he admirado tu capacidad para encontrar conexiones y una relación entre datos donde otros no las ven. ¿Puedo echar un vistazo?

Alejandro dudó. Por un momento, fue consciente de la reputación de Javier de apropiarse de las ideas de otros, pero finalmente asintió, muy a pesar de su gusto.

—Claro, Javier. Pero, como te he comentado, estamos en las primeras etapas. Todavía hay mucho por hacer.

Javier se inclinó sobre la mesa, examinando los documentos con aparente ligereza.

—Por supuesto, por supuesto. Siempre es emocionante estar al borde de lo que podría ser una gran investigación. Estoy seguro de que Marcus estará encantado de escuchar sobre esto —dijo, tratando de averiguar si ya habían hablado con el profesor.

—Eso esperamos —dijo Izzy tratando de ocultar una desconfianza más que justificada. Sabía que Javier no era alguien en quien confiar fácilmente.

Sin embargo, por ahora necesitarían toda la ayuda que pudieran obtener, incluso si venía de alguien tan poco fiable como Javier.

—Bueno, no quiero interrumpir más —dijo Javier, enderezándose y alisando su chaqueta—, pero si necesitáis algún consejo o ayuda adicional, no dudéis en decírmelo. Siempre estoy dispuesto a colaborar con mentes brillantes como las vuestras.

Mientras Javier se alejaba, Alejandro e Izzy intercambiaron miradas. Ambos sabían que tendrían que proceder con cautela. Alejandro no podía evitar sentirse un poco incómodo por la intervención de Javier, pero quizá necesitaría de él en algún momento, así que decidió centrarse en el próximo paso: la reunión con Marcus.

Mientras Javier salía de la sala, pensaba atropelladamente en lo que había visto: Alejandro podría estar cocinando algo grande. Su mente trabajaba rápidamente para considerar cómo podría beneficiarse de ese posible descubrimiento.

En ese preciso momento, Javier, girando la cabeza y ajustándose la corbata, recordó cuando tenía apenas doce años y, como de costumbre, había salido de casa con su ropa arrugada y el cabello despeinado. Su familia no era especialmente preocupada por la apariencia y a él tampoco le importaba demasiado. Sin embargo, aquel día su padre lo llevó por primera vez a su oficina, un elegante edificio en el centro de Madrid.

Al entrar, Javier quedó impresionado por la pulcritud y el orden de todo: los escritorios perfectamente organizados, los trajes impecables de los ejecutivos, el brillo en el suelo de mármol... Lo que más le impactó fue la figura imponente de su padre, de pie, junto a un grupo de hombres y mujeres elegantemente vestidos.

—La forma en que te presentas es la forma en que te verán los demás —le diría su padre más tarde, mientras se abrochaba los gemelos de la camisa.

Desde ese día, Javier se prometió a sí mismo que, sin importar las circunstancias, siempre se vestiría con la misma impecabilidad que había visto en su padre y sus colegas. Para él, la apariencia se convirtió en un símbolo de respeto, de estar preparado para cualquier desafío que la vida le presentara y no podía evitar sentir que estaba frente a uno.

 

*

 

Izzy y Alejandro volvieron a concentrarse en ordenar el material digital y el físico.

—¿Crees que Javier intuye lo que hemos encontrado? —preguntó Izzy en voz baja.

La duda en ambos era más que evidente. Temían haber sido ingenuos y haberle brindado indicios fundamentales de lo que apenas se empezaba a esbozar como una investigación factible. Alejandro asintió en un tono pausado.

—Posiblemente. Y eso significa que deberemos ser aún más cuidadosos. Siempre han existido los que copian y publican, viendo la creatividad de otros como un mero esfuerzo del que sacar provecho. Muchos no entienden el verdadero esfuerzo de crear algo, de dar forma a lo que no existe.

En ese momento, el teléfono de Alejandro vibró con la notificación de un mensaje. En la pantalla, dentro de la tira de notificaciones, había un mensaje de Marcus. “Videollamada en cinco minutos”, decía el texto. Alejandro mostró el mensaje a Izzy y ambos se dirigieron rápidamente a una sala de reuniones vacía para realizar la llamada.

La biblioteca, con sus pisos de madera y sus crujidos, parecía notificar al mundo entero cada paso que daban y el rechinar de la puerta de la sala más privada donde harían la videoconferencia les generó ese susto morboso que provoca el inicio de una aventura. Una vez sentado en unos taburetes finamente acolchados, la pantalla de la laptop de Alejandro cobró vida con la imagen de Marcus. Su expresión era seria, pero había un brillo de curiosidad en sus ojos.

—Alejandro, Izzy —saludó, inclinando ligeramente la cabeza—, ¿de qué se trata este llamado que parece tan urgente?

Alejandro tomó una respiración profunda y comenzó a explicar, presentando las similitudes entre el manuscrito medieval y las novelas modernas que había encontrado, un hallazgo que invitaba a pensar que esos papeles de la Edad Media contenían elementos criptográficos que podrían unirse, revelando alguna frase o párrafo, y que ese hallazgo podría constatarse en novelas de tiempos más recientes. Pensaba que estaba ante una especie de protocolo de seguridad de alguna información.

Izzy añadió detalles sobre el mensaje críptico en latín que habían descubierto en el margen del manuscrito. Marcus escuchaba atentamente, sus cejas se mostraban fruncidas en un acto de concentración plena. Una señal de que estaba procesando la información con una meticulosidad que Alejandro conocía muy bien.

Marcus, un veterano del mundo literario, no se dejaba llevar fácilmente por emociones súbitas o grandes ideas repentinas que después terminaban en una gaveta soportando el polvo acumulado durante años.

En contra de todo lo que esperaban, en los parlantes de la laptop se escuchó:

—Esto suena realmente extraordinario —dijo Marcus finalmente—, pero necesitaré ver los documentos en persona para hacer una evaluación completa. ¿Pueden venir a mi oficina mañana a primera hora?

—Por supuesto, Marcus —respondió Alejandro, sintiendo una extraña combinación de alivio y ansiedad. Sabía que tener a Marcus de su lado sería crucial para el avance de la investigación—. Allí estaremos.

Desde joven, Marcus se había caracterizado por un gusto entusiasta hacia lo oculto, las sectas y lo poco evidente. Siendo un adolescente, se unió a una alianza que profesaba que “lo más valioso es lo invisible, porque lo visible es demasiado evidente”. Había estado años estudiando fervientemente esas ideas y había llegado a ser un verdadero icono de la literatura comparada y de la sociedad que está más allá de lo visible.

Esa noche, Izzy invitó a Alejandro a tomar unas cervezas en el bar donde habían pasado muchas veladas entre amigos y donde se habían contado historias de infancia y revelado algún que otro secreto. Todas las conversaciones terminaban en una máxima, “Dios los cría y ellos se juntan”, acompañada de unas carcajadas de complicidad.

Esa noche, después de algunas cervezas, Izzy observó fijamente a Alejandro y le dijo:

—Y pensar que cuando te conocí, hace ya algunos años, pensé que eras muy guapo; me gustaban tus ojos saltones. Y fíjate, hemos terminado siendo amigos, cómplices y cerveceros.

Ambos rieron e intencionadamente dejaron que ese comentario se desvaneciera sin mayores consecuencias.

 

*

 

A la mañana siguiente, unos quince minutos antes de la hora fijada, Alejandro e Izzy llegaron al edificio antiguo anexo a la universidad, donde Marcus tenía su oficina. Subieron por las escaleras de mármol, que resplandecían bajo sus pies, y caminaron por el pasillo revestido de madera oscura hasta llegar a la puerta de la oficina, donde una placa dorada con letras negras rezaba “Dr. Marcus Hastings, Literatura Comparada”.

Alejandro levantó la mano para tocar, pero la puerta se abrió antes de que pudiera hacerlo. Marcus estaba allí, con una expresión más seria de lo habitual.

—Adelante —dijo, aplacando su gran bigote canoso y haciéndose a un lado para dejarlos entrar.

La oficina de Marcus estaba llena de estanterías de libros antiguos y artefactos literarios: era un santuario de conocimiento. Sin embargo, en esa mañana, algo en la atmósfera parecía diferente, como si el aire fuera más denso. En el centro de la habitación, sobre la gran mesa de roble, había un objeto cubierto con un paño de color azul oscuro con bordes finamente cosidos con hilo plateado. La oficina generaba tensión en Alejandro e Izzy, que trataban de respirar sin hacer el menor ruido.

—Quiero que vean algo —dijo Marcus y levantó el paño, revelando un viejo libro con una encuadernación que Alejandro reconoció de inmediato.

Era otro manuscrito medieval, pero este estaba adornado con símbolos que coincidían con los del mensaje críptico que habían encontrado el día anterior. Izzy se acercó, sus ojos abriéndose al máximo al ver los detalles.

—¿Dónde encontraste esto? —preguntó, casi sin aliento. Marcus los miró a ambos con una intensidad desbordante.

—Eso, mis queridos colegas, es una historia para otro momento. Lo que creo es que ustedes han descubierto algo muy significativo. Podríamos estar parados frente a un acertijo ancestral que ha estado ante nuestras narices durante cientos de años.

Alejandro sintió que un escalofrío le recorría la espalda. La posibilidad de que este nuevo manuscrito se conectara con el que ya tenía era tan emocionante como inquietante.

Se sentaron en los sillones aterciopelados que estaban dispuestos alrededor de la gran mesa, donde el manuscrito recién revelado descansaba como un enigma esperando ser descifrado. Marcus, siempre meticuloso, se tomó su tiempo para observarlos antes de hablar.

—El manuscrito que tienen frente a ustedes —comenzó con su voz grave y pausada— es parte de una colección que ha estado perdida durante siglos. Quiero llamarla colección por un tema meramente identificativo, pero no tengo dudas de que todas sus partes conforman realmente un solo manuscrito. Lo encontré hace años en un estante olvidado en una biblioteca próxima a Jerusalén, pero nunca logré entender completamente su significado. Ahora, lo que me han mostrado puede ser la pieza que conecte o, quizá, muestre la forma de poder unir las piezas.

Marcus guardó silencio mientras miraba fijamente el manuscrito. Frotaba sus escasos vellos en la barbilla, como si se preguntara algo que no podía decir en voz alta.

Alejandro e Izzy intercambiaron una mirada rápida, sintiendo la presión que significaba que Marcus avalara la investigación. Entendían que estaban a punto de adentrarse en un territorio desconocido y puede que irreal. Era tan emocionante como extraño. Su pasión les proporcionaba motivos para seguir, pero su lógica se burlaba irónicamente de ellos, como diciéndoles “mil maneras de perder el tiempo”.

—Este manuscrito —continuó Marcus, rompiendo el silencio y señalando el texto con cuidado— contiene símbolos alquímicos y referencias literarias que sugieren una conexión entre las obras más importantes de la literatura mundial. Lo que más me intriga es el patrón de interconexión que ustedes han descubierto. Si su teoría es correcta, estaríamos hablando de una red de conocimiento oculta en las grandes obras literarias, que ha sido transmitida en una suerte de códigos y anagramas ocultos a lo largo de los siglos.

Izzy, que había estado examinando detenidamente los símbolos mientras Marcus hablaba, levantó la vista.

—Pero ¿por qué esconderían este conocimiento? ¿Qué propósito podría tener el hecho de mantener estos secretos ocultos en la literatura? ¿Por qué? Para llevar eso a cabo, se requiere de mucho esfuerzo y creatividad en momentos históricos en los que no existía la tecnología ni una vía confiable de transmisión de información.

Marcus, frotándose el bigote con suavidad, agregó:

—He visto símbolos como estos antes, hace mucho tiempo, pero no en libros públicos —esbozó una leve sonrisa, como si ya hubiera anticipado la pregunta—. La respuesta a eso es lo que debemos descubrir juntos. La literatura ha sido, durante siglos, un medio para transmitir ideas y conocimientos de manera sutil, a menudo burlando la censura y el control. Pero ¿y si esos mensajes ocultos fueran algo más? ¿Y si estuvieran destinados a ser descubiertos solamente por aquellos con la capacidad de entenderlos en un momento determinado de la historia?

Alejandro asintió lentamente. La idea de una red secreta de conocimiento literario vibraba en sintonía con su propia pasión por encontrar conexiones ocultas. Era como si toda su vida y su carrera profesional lo hubieran estado preparando para este momento.

Marcus se recostó en su sillón, cruzó las piernas y observó las reacciones de sus dos jóvenes colegas.

—Nuestro próximo paso —dijo— será descifrar estos símbolos y ver hasta dónde nos conducen estas conexiones, pero debemos proceder con cautela. Este descubrimiento podría atraer la atención de quienes preferirían que los secretos permanezcan ocultos. Así como tantas personas a través de años se han esforzado por codificar y transmitir un mensaje, debe de existir un grupo que desee ocultarlo e incluso denunciarlo. Ahí está el riesgo en esta investigación —aseguró Marcus con voz pausada y firme.

Izzy miró a Marcus con los ojos llenos de emoción y preocupación.

—Profesor, ¿eso quiere decir que usted está dentro de la investigación?

—¿Creen que les habría mostrado este fragmento del Códex e invertido este tiempo con ustedes si no estuviera dentro? —respondió Marcus.

Alejandro, que sentía cómo la adrenalina recorría su cuerpo, respondió con firmeza:

—Gracias, profesor. Para nosotros, no solo es un honor contar con usted, sino una gran responsabilidad. Tenga por seguro que no lo defraudaremos.

Marcus asintió, satisfecho, con la determinación de sus colegas.

—Entonces, comencemos.

Se sentaron los tres juntos a preparar las herramientas necesarias para el análisis del manuscrito. Marcus, de manera aparentemente casual, comentó:

—Ah, hay algo más que debo mencionarles: este manuscrito no es el único. Hay rumores de que existen otros textos similares, repartidos por diferentes bibliotecas y colecciones privadas en todo el mundo. Se dice que juntos forman una especie de mapa. Un mapa que va más allá de la conexión de obras literarias. Podría llevarnos a un descubrimiento que cambiaría no solo la historia de la literatura, sino la historia misma.

Alejandro e Izzy quedaron petrificados, sus corazones comenzaron a latir más rápidamente. No podían creer que fuera el profesor quien les dijera esto, jamás creyeron posible que él pensara de esa forma casi mística. Marcus continuó, su voz baja, pero cargada de potencia:

—Por eso, debemos prepararnos consistentemente en lo académico, personal, moral y también en lo espiritual. Si alguien más está buscando estos textos, no seremos los únicos que seguirán este rastro o nos seguirán a nosotros.

—Es lógico pensar que, si esto es un sistema de comunicación encriptado, era para ocultarlo de otros, de modo que esos otros probablemente sigan tratando de descifrarlo.

Marcus se levantó, tomó el manuscrito con el paño azul, lo colocó delicadamente en las manos de Alejandro y dijo:

Coepimus finem (Hemos comenzado el final).

Una vez que Alejandro e Izzy dejaron la oficina, Marcus se sentó nuevamente y, apoyando su rostro sobre sus dos manos, recordó que en la Alianza siempre le hablaron del Codex Aeternum y del misterio que se haría visible a través de él.

Juan Carlos Riera Medina

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