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Reinhart Koselleck y el eterno retorno

martes 10 de mayo de 2022
Reinhart Koselleck
Koselleck introdujo la noción, como formaciones geológicas, de estratos del tiempo.

Escribo este artículo en ocasión de los 99 años del nacimiento de este notable historiador y pensador alemán, quien nació el 23 de abril de 1923 y nos abandonó físicamente en 2006. Es el padre de la historia de los conceptos, Begriffsgeschichte, lo cual significó una verdadera ruptura en el episteme de la ciencia de la historia en el siglo XX. En 1954 escribió su tesis doctoral, donde examina lo que llamó la patogénesis del mundo burgués, la cual —sostiene— construyó la modernidad desplegando la llamada razón catastrófica. Se produjo durante la Ilustración una aceleración que ha resultado en una verdadera patología. Una política revolucionaria irresponsable que conmovió los cimientos de Europa. Una ola de aceleración técnico-industrial sin igual en la historia que nos puede conducir a un fin desastroso.

Otra de sus asombrosas afirmaciones ha sido la de la repetición en la historia, lo cual hace posible el pronóstico histórico. Hay, pues, una repetibilidad histórica. Es el permanente reinicio de la trama cinematográfica de la cual nos habla en La invención de Morel el gran Adolfo Bioy Casares. Se trata del llamado mito del eterno retorno que ha impactado religión, literatura, filosofía, ciencia natural. Es un problema de fronteras conceptuales y valorativas poco definidas, tales como el Dios de Kierkegaard, el eterno retorno de Nietzsche y el superhombre, la compulsión repetitiva de Freud, la fenomenología de la religión de Eliade: volver a la Edad de Oro que ofrecen muchas religiones; así como el teorema de recurrencia de Poincaré. La literatura abunda en tales repeticiones: las novelas Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, así como también Siddhartha, de Hermann Hesse, y, más recientemente, La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. Y en economía es obligado referirnos a los ciclos económicos recurrentes de prosperidad y ruina sufridos por el capitalismo, concepto del soviético Nikolái Kondrátiev.

La imagen según la cual el universo nace y perece en una sucesión cíclica es tan antigua como la de la lucha entre el bien y el mal. Budismo e hinduismo, así como el mundo griego, se inscriben en esta concepción del mundo ligada a la repetición cósmica de los fenómenos naturales. Como se podrá inferir, el cristianismo, con su dimensión lineal del tiempo, consideró anatema tal mito: lo que sucedió no volverá a suceder jamás. Todo apunta al fin apocalíptico de los tiempos. La historia de la humanidad, dijo san Agustín, es una línea temporal que tiene su comienzo y su final: Dios.

Koselleck es un “historiador pensante” que ha dejado una huella imborrable en el pensar histórico.

Koselleck introduce la noción, como formaciones geológicas, de estratos del tiempo. El primero de ellos es el cotidiano, donde es casi imposible hacer pronósticos. Nadie sabe si al cruzar una calle será atropellado por un carro. Un segundo será el estrato del mediano plazo, el que escapa al humano control: las crisis económicas o las guerras. Acá las prognosis son posibles: la que hizo la Ilustración con la Revolución francesa, y que se apoyó en la Revolución inglesa ocurrida cien años antes. El tercer y más profundo estrato es el que denomina “duración metahistórica”, donde pueden ubicarse las constantes antropológicas: la finitud ontológica humana, nacemos y morimos, la contraposición amigo-enemigo, la existencia de padres e hijos. Tales hechos no son históricos, pero sí lo son sus interpretaciones histórico-culturales.

Se le ha criticado a nuestro autor que el espacio de la experiencia, lo fácticamente acontecido, fagocita el horizonte de posibilidades. Todos aquellos pensadores, señalados más arriba, coinciden de distinta manera en la fuerza, en lo terrible, en lo inevitable, en lo positivo y en lo negativo de la repetición. ¿Estaremos condenados los seres humanos a la ciclicidad incesante y recurrente de toda la realidad?

Koselleck es un “historiador pensante”, según dijo el filósofo Gadamer, que ha dejado una huella imborrable en el pensar histórico. Conceptos como historia (concepto “moderno por excelencia”), utopía, revolución, crisis, ilustración, emancipación, sociedad civil, Estado o clase, entre otros, cobraron nueva dimensión con el gigantesco trabajo investigativo de este historiador germano, el cual recibió influencias de Dilthey, Martín Heidegger, Carl Schmitt, Hans-Georg Gadamer o Alfred Weber. Bajo la influencia de tales maestros elaborará una historia intelectual de Europa desde el siglo ilustrado hasta el presente. Es ampliamente conocida su Historia de los conceptos, monumental trabajo al cual dedicó más de veinte años desde 1972.

Es Koselleck un extraordinario intelectual, y sin su obra se haría poco menos que comprensible la modernidad extremadamente acelerada y desbocada, agrego yo, que sufrimos los habitantes del tercer milenio.

Luis Eduardo Cortés Riera
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