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A propósito de la más hermosa profesión, poeta:
Un acto de amor que implica la entrega total sin conocer el destinatario

viernes 7 de octubre de 2022
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A propósito de la más hermosa profesión, poeta, por Gustavo Gac-Artigas
regreso a mis orígenes / mientras sigo navegando / navegante sin brújula ni estrellas. Josué González • Pixabay
náufrago
arrojo al mar un nuevo verso
navegando
navegante eterno
navegante sin brújula ni estrellas
sin saber por qué

Las primeras preguntas cuando un escritor, escritora, se enfrenta a lectores son: por qué escribe, para quién escribe y qué lo lleva a la escritura, más aún si se es poeta.

Extraño mundo el de la poesía; al poeta, esa rara avis en este universo de las palabras, se le pide que abra su corazón.

El poeta, aprensivo, iluso, se pregunta, ¿qué quieren de mí?, ¿cómo entregar algo de mí mismo sin defraudarlos y nuevamente salir herido?

Son tan exigentes.

El escritor toca con el pétalo de una violeta, rara avis entre las flores, los sentimientos del mundo, el del lector, el del escritor, mundos paralelos que se funden en un sollozo, en una sonrisa, en una carcajada, en un grito de dolor, ambos, escritor y lector testigos en un mundo en que todos somos actores, en el que no está claro quién es la fuente y quién recibe, en que todos morimos para renacer o desaparecer en el olvido soñando con la eternidad.

En el fondo, ambos mundos se están preguntando qué lazos les unen, qué obstáculos les separan, qué saldrá de esta nueva relación, cuán perdurable será en el tiempo: amor eterno, amor efímero, amor que se lleva el viento, amor que sobrevive las preguntas, amor que sobrevive las respuestas.

La palabra cambia su color, su musicalidad, descubre nuevos ritmos, cambia su pelaje, cambia su sexo, cruza fronteras rompiendo las barreras.

Debemos entender que la palabra, como los sentimientos, evoluciona en el tiempo, que la palabra cambia su color, su musicalidad, descubre nuevos ritmos, cambia su pelaje, cambia su sexo, cruza fronteras rompiendo las barreras, cruza escondiéndose de los inquisidores, se vuelve ficción para esconderse de la realidad y vivir una nueva vida, la vita nuova, realidad o ficción, amor eterno o amor efímero, y que en este viaje por el túnel del tiempo es muy difícil encontrar el sentido exacto que la palabra tuvo al comienzo, más aún, el sentido que el que la empleó quiso darle al plasmar un pensamiento.

Desafío que sobrepasa los estrechos márgenes del tiempo y la imaginación y se resiste a la búsqueda de la definición inmutable.

El escritor quizás piense que la palabra es eterna. Ingenuo, ustedes saben, el ego… cuando sabe que una vez la palabra sale de su mente ya no le pertenece. La agarra al viento, la clava cual entomólogo en las páginas de un libro para entregarlas al lector.

El lector, el lector, tras leer, reescribirá el verso en su mente y el sentido no será el mismo. Consciente o inconscientemente se transforma en escritor, clava el verso en su mente, lo adereza con sus experiencias, rellena los espacios vacíos y se lo apropia. El verso nunca será el mismo, el sentimiento no será el mismo.

Más de uno quiere apropiársela, la quieren pura cuando la palabra exige el amor libre de cadenas, exige explorar sus límites para hacerlos explotar. Intentarán encadenarla, inmovilizarla, reglamentar el amor, el amor y su fruto, encerrarla con carcomidas reglas.

Otros, más directos, prepararán el potro y los supremos sacerdotes —o supremos dictadores— encienden la hoguera, historia antigua, historia presente, historia.

La palabra es peligrosa, la poesía es peligrosa, un libro es peligroso, un sentimiento es peligroso, un pensamiento es peligroso, un verso puede ser bálsamo o daga.

¿Peligroso para quién?, me pregunté.

Alguien dijo: la poesía no es de quien la escribe, es de quien la necesita.

Vivimos tiempos en que se necesita, no para olvidar, al contrario, para no olvidar y sobrevivir en el intento, volverse universal, universal si logra romper el estrecho círculo de los malos recuerdos del pasado y logra salir a navegar por nuevos mundos.

Espiral de vida, espiral de muerte. ¿Quién decide?

Todo, todo está permitido en esta relación en que el todo y todos se encuentran, se desafían, interactúan, todo está permitido menos preguntar qué se esconde tras una obra, tras un verso, tras un poema, en qué momento un verso comenzó a viajar por nuestra mente, ese momento que no tiene punto de partida y desaparece en el punto de llegada: usted, querida lectora, querido lector, querida reescritora, querido reescritor.

Cómo responder a un ¿de dónde viene ese verso? sin caer en la tentación de entregarles un espejo de esos que permiten ver bajo la piel del personaje y enviarlos a navegar por mundos paralelos, su mundo, mi mundo.

Mi verso, frágil barco de papel que atraviesa un mundo en llamas.

En mi caso, sin certeza, creo, desaté mis amarras —las de mi mente, no las de la sociedad— en el puerto de Los Boldos, en el sur del sur de Chile, para, nuevo Sandokan, salir a navegar con mi lugarteniente el pumita, compañero de juegos de mi infancia, amistad salvaje nacida a la sombra de una araucaria, o quizás en las páginas de un libro de hadas, compañero imaginario de un niño solitario y triste.

Me sumergí en el barro, aquel al que algún día regresaré, el barro surgió del fondo de un volcán abrazando con fuego mi cuerpo y mi mente.

Salí de un quirófano perdido entre bosques otrora salvajes, hoy día moribundos, mientras un esquelético caballo me despedía con tristeza. De una casa de madera al borde del río salía una columna de humo, única indicación de que en esos parajes existían humanos, me sumergí en el barro, aquel al que algún día regresaré, el barro surgió del fondo de un volcán abrazando con fuego mi cuerpo y mi mente, con mis torpes manos desaté los nudos de la cabellera de mi amada, esa red que intentaba aprisionarme para que no escapara.

Me liberé de las reglas para liberar mi sueño, para darle voz a mi palabra, buscando que mi verso surgiera de la tierra.

Un día me preguntaron mi razón poética, tomé la pluma y me imaginé frente a ustedes diciendo:

Un día salí a navegar,
navegante sin brújula ni estrellas,
salí al encuentro de las raíces de nuestro pueblo,
mi pueblo,
del dolor ajeno,
mi dolor,
del amor inaccesible
mi amor.

Salí a navegar para sobrevivir el horror sin olvidarlo,
navegar sin saber si voy a ser leído,
escribir sin poner un remitente,
escribir llevado por una pasión.

Recorrí caminos circulares en una incierta espiral de vida, en una búsqueda que se construye día a día, verso a verso, que muere en mí para renacer cantando en el lector, que me traiciona, que me desafía en cada curva de un tentador camino por siempre inexplorado.

Navegar, ¡oh, navegar!, libre de ataduras, desafiando la palabra, poseyendo la palabra para una vez poseída entregarla a las páginas de un libro, a los brazos de otro, amor traicionero, amor de un beso que luego parte en busca de otro amor, de otro verso.

¿Razón poética?

Mi locura.

Me preguntaba al comienzo qué puedo responderles a quienes preguntan sobre la escritura, su magia, su nacimiento, vida y muerte que no sea:

cómo me gustaría
estar en vuestro lugar
leyendo
y no en el mío
desangrándome

hoy
pongo en vuestras manos abiertas
mi corazón abierto
antes de regresar a mis raíces
vuestras raíces
mi muerte
vuestra vida

náufrago
arrojo al mar un nuevo verso
grito encerrado en una botella

regreso a mis orígenes
mientras sigo navegando
navegante sin brújula ni estrellas
sin saber por qué

en busca de lo sagrado y lo profano
del amor y del odio
del grito y del silencio
de mi gente
siempre mi gente
de sus alegrías y dolores
sumergido en el torbellino
del nacimiento y muerte de un poema
en la efímera pluma del escritor
en la muerte y nacimiento de un poema
en la mente del lector.

Gustavo Gac-Artigas
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