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Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario
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La palabra no sirve
si no es para romper la regla
para escapar de las ánforas
del pergamino
de las prisiones
y revelar sus secretos
la palabra no sirve
si no es para cambiar el mundo
o al menos intentarlo
Se puede negar la realidad: cerrar los ojos, caminar a ciegas por la poesía, buscar la belleza en la palabra. Y sí, la palabra es bella. Pero no es pura. No desciende de las nubes envuelta en un manto de virginidad.
Mi palabra es puta.
No en el sentido de venderse, sino en el de mandar en las lides del amor, en el de no temer ni someterse. No quiere ser un cuerpo modelado por los maestros de la manipulación. Quiere ser verso con pelos en las piernas, grito que condense el gozo y también el dolor —el propio y el ajeno.
La palabra me confronta. No me deja ocultar la realidad. Me acompaña incluso en el amor, ese territorio donde a veces el afecto se vuelve instrumento de dominio, de tortura. “Quien te quiere te aporrea”: una frase que revela cómo la palabra puede mutar según la escala social, el compromiso o la moral.
No soy moralista. No me gustan las reglas. Pero desprecio a quien usa la palabra para dominar, para satisfacer sus instintos más bajos, para justificar lo injustificable.
La palabra puede ser miel.
Pero también hiel.
Y lo saben quienes aspiran a adueñarse del pensamiento. Los que quieren una palabra limpia, pulcra, perfecta: una palabra que pase sin dejar rastro, sin incomodar, sin hacer pensar.
Los amos —hoy como ayer— la utilizan para perpetuar su poder. Encerraron en su puño la inteligencia de la humanidad y la distribuyen a su imagen y semejanza. La palabra dejó de ser mía o tuya: pasó a ser de ellos. La que circula por los castillos y cubre, apenas, a los sin casa en las veredas de las grandes ciudades.
Hoy la envuelven en una falsa sabiduría para reemplazar la nuestra: esa palabra sucia, nacida del hambre, del frío, del dolor. Palabra ardiente que quiere romper la coraza de hielo en la que intentan encerrarla.
Palabra de mi gente.
Palabra que prefiere ser impura antes que impoluta.
las olvidadas
la calle abre sus brazos
para hacerse hogar
de los sin hogar
en ella, una mujer triste
botas blancas gastadas
lava la acera
la mirada perdida
me ofrece un vaso de café vacío
con dos monedas naufragando en el fondo
tiembla de frío
tiembla de soledad
tiembla de dignidad
un río de multitudes pasa
sin verla
sin mirarla
ella, temblando de dolor
dos monedas en el fondo de un vaso vacío
reclaman mi compañía
me alejo con pasos temblorosos
camino hacia mi calle
ese largo río de asfalto
que cobija mis sueños
el café se derrama en mis ojos
Esa palabra —la misma— hace cincuenta y tres años escapaba entre los barrotes de mi celda. Salía a soñar, a caminar libre, a luchar por una libertad que no era sólo mía, sino de otros.
Era una palabra encabritada,
cabalgando por la cordillera,
marcando a fuego su mensaje,
llevada por las yeguas del apocalipsis.
Hay poetas y poetas.
Hay palabras y palabras.
Hay significados y significados.
Hay yeguas encabritadas
y mulas domesticadas.
Yo sigo viajando por el mundo buscando esa palabra:
la que quedó cuando fui expulsado de mi tierra,
la que se volvió grito en una sala de tortura,
la que se niega a doblegarse,
la que no quiere ser sentada en sillones de cuero malolientes.
La que quiere renacer.
En un hombre
en una mujer
temblando de frío,
temblando de soledad,
temblando de dignidad,
con la mirada mirando sin mirar,
pidiendo una palabra.
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