Desperté esta mañana y al mirar por la ventana de mi escritorio vi el patio trasero de mi casa cubierto por una delgada capa de hielo. Ello me hizo pensar en los glaciares, aquellos que están desapareciendo en mi Chile, aquellos que están desapareciendo en España, aquellos que están condenados a la muerte al igual que la pequeña capa de hielo que cubría el patio trasero de mi casa.
Me invadió una tristeza enorme, de esas que no desaparecen, y no eran los glaciares, mudos testigos de otra época, últimos sorbos de agua para satisfacer nuestra sed, para regar una violeta azul para hacer olvidar la tristeza que me invadía, para revivir la pasión al observar una clavelina roja, para permitirme cultivar mis sueños.
Y no eran los glaciares.
Estaba imaginando mi mundo, nuestro mundo, nuestra sociedad convertida en un enorme glaciar muriendo en Haití en manos de las pandillas que se apoderaban del poder, de Gaza donde un genocida y su camarilla abría las compuertas para que se desangrara. Las abría Netanyahu no para que la población de Gaza circulara, no para que los alimentos circularan, para que salieran, para que solamente el hambre entrara, para secar la tierra de aquellos que la cultivaban, para secar ese glaciar y sembrar la muerte en lo que quedaba, la muerte para permitir la entrada de la ambición, de las corporaciones, de aquellos que condenan a muerte un pueblo convertido en un glaciar.
Pensaba en la mujer cubana que, infectada de un virus desconocido, un virus que pensábamos extinguido, su cuerpo encogido, curvado de recoger alimento en la basura. Un día escribí en un poema:
escribo mi espalda curvada por el dolor ajeno
Hoy escribo mi espalda curvada por el hambre ajena, por el glaciar de un sueño desapareciendo frente a mis ojos, al igual que la delicada franja de hielo que cubre el patio trasero de mi casa, curvada por un sueño que desaparece, no el hambre, el sueño.
Icebergs surcan los mares llevando en sus entrañas miles de seres en busca de un lugar en qué vivir, escapando de la violencia y la miseria, miles naufragando en las grandes aguas, estrellándose contra los muros en las fronteras, afiladas rocas negando al náufrago el derecho a la vida, ahogando un sueño que desaparecía condenado a muerte como los glaciares.
Ante mis ojos desparecía una sociedad condenada a muerte, aquella del egoísmo, del gran capital, aquella sociedad despiadada que aparecía bajo la capa de hielo anunciando la destrucción de la humanidad en el ser humano.
La hora avanza y la capa de hielo continúa derritiéndose, la avaricia avanzando, nuestra mirada cegándose y yo junto a Violeta cantando
Cogollo de toronjil
Cuando me aumenten las penas
Las flores de mi jardín
Han de ser mis enfermeras
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