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El Ávila en Miami

domingo 19 de febrero de 2023
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El Ávila en Miami, por Mari García Herrero
Los caraqueños tenemos la costumbre de desestresarnos mirando hacia el Ávila, caminándolo, bordeándolo con el carro, dando “una vuelta” por la Cota Mil. Juan David Iribarren

Soy caraqueña, a mucha honra. Crecí rodeada de verdes árboles, algunos tan grandes que parecían tener cientos de años, y de calles levantadas por las raíces de los mismos.

Para mí era absolutamente normal, como para cualquiera en mi ciudad, tener que saltar, como peatón, desde cualquier acera hacia la calle, para luego volver a la acera, que estaba rota y tomada por el grueso tronco y la enorme raíz de un samán o un bucare. Ver carros literalmente aplastados por una rama caída tras alguna fuerte lluvia también era bastante usual. Por eso mamá nos repetía constantemente: no se estacionen nunca bajo un mango ni a la sombra de un eucalipto, porque sus ramas, como las del bucare, a veces no aguantan los palos de agua, y si se quedan sin carro no será culpa de más nadie que de ustedes mismos.

Mangos, mamones, nísperos y guayabas regalan sus frutas jugosas a los transeúntes en mi país. Allá reina el desorden caribeño hasta en eso: los intentos de hacer urbanizaciones con plantas de un mismo tipo en cada calle, a lo Estados Unidos o Europa, quedan disueltos cuando el que más y el que menos siembra lo que se le antoja frente a su casa o lanza una semilla, que germina y crece en un santiamén.

 

Los caraqueños tenemos la costumbre de desestresarnos mirando hacia el Ávila, caminándolo, bordeándolo con el carro, dando “una vuelta” por la Cota Mil.

El Ávila y su belleza

Pero lo más hermoso de Caracas, además de estos árboles de antes y de ahora que embellecen, oxigenan y dan vida, conviviendo con la gente en una suerte de “aquí hay espacio para todos” o “donde comen dos, comen tres” es, sin ninguna duda, el cerro más alto del valle. Ese que separa a la capital del mar Caribe y forma parte de la Cordillera de la Costa. Nuestro imponente Ávila, llamado por las comunidades autóctonas Waraira Repano, que mide casi tres mil metros sobre el nivel del mar en su sitio más elevado: el pico Naiguatá.

Los caraqueños tenemos la costumbre de desestresarnos mirando hacia el Ávila, caminándolo, bordeándolo con el carro, dando “una vuelta” por la Cota Mil, yendo a hacer ejercicio en su falda y también subiendo a pie por sus caminos, para admirar desde arriba la ciudad. Desde pequeños, los ciudadanos convierten estos actos en costumbre y luego en necesidad vital.

Pero mi madre, además, hacía otra cosa con la montaña: sembrarle árboles. Resulta que en su manía de alimentar a los demás, ella, además de tener hijos y nietos gorditos y, según mi abuelo, “hermosos”, todos los años nos pedía acompañarla a sembrar, no uno ni dos, sino cien mangos. En las faldas del Ávila una buena parte, y el resto por diferentes áreas: atrás del liceo Gustavo Herrera, en las jardineras hacia la Autopista del Oeste, en La Castellana, San Bernardino y Altamira, en espacios verdes de la Autopista del Este, La Florida, El Marqués, Bello Monte, Caurimare, Caricuao, El Hatillo, Macaracuay, Alto Prado y en los alrededores de barrios populares como Chapellín, Petare, La Cruz y Baruta.

Mamá nos decía: “Cuando yo era niña, pasé hambre en República Dominicana, que fue el primer país de América al que llegamos desde España cuando terminó la guerra civil. La abuela de ustedes me llevaba de la mano y caminábamos mucho en busca de frutas que caían al piso y que luego se convertirían en nuestra cena”.

“Creo que algunas de estas matas prosperarán y alimentarán a familias que no tengan recursos”; “Muchos árboles se secan antes de llegar a grandes, por eso hay que dejar la flojera y sembrar bastantes”… “En época de mangos, nadie muere de hambre”. Así se expresaba mamá, que era una pelirroja bellísima y, como le decimos en Venezuela a las mujeres de temple, “muy disponedora”.

Cuando, después de su muerte debido a un cáncer terrible, me sentí huérfana por completo en mi ciudad natal; veía los mangos sembrados por mi madre, por mis hijos, mis sobrinos y por mí, en todas partes, la extrañaba mucho y entristecía. Dicho en criollito, al ver aquellos árboles “se me aguaba el guarapo” y no había manera de no pensar en la partida de mamá, su difícil enfermedad y todo lo que aún parecía quedarle por vivir cuando se fue.

 

Sustituí los paseos al Ávila por los paseos al cerro Casupo, donde fui feliz recogiendo ramitas de plantas silvestres para luego sembrarlas en mi casa.

El Casupo y su nobleza

En un intento por mejorar mi ánimo, tomé la decisión de poner algo de tierra de por medio e irme a Valencia, a tres horas y media de distancia viajando en automóvil, mientras sanaba la herida de aquella orfandad profunda y dolorosa. Así, pues, me mudé de mi ciudad natal.

Fue un gran acierto: Valencia y el estado Carabobo me resultaron hermosos, con lindos parques, flores enormes, lapas y picures atravesando calles de una quebrada del río a un parque, hormigueros gigantes y samanes por doquier, acompañado todo de una vegetación muy parecida a la caraqueña y cerros más bajos, pero muy bonitos.

Sustituí los paseos al Ávila por los paseos al cerro Casupo, donde fui feliz recogiendo ramitas de plantas silvestres para luego sembrarlas en mi casa, y lanzando al viento, en época de lluvia, cuanta semillita tuviera guardada, de las que me conseguía durante el año, por ahí, bajo los araguaneyes de febrero o los apamates y las acacias de mayo.

Hacía germinadores en casa y también sembraba o donaba, como mamá, arbolitos de mango, mereyes y otras especies. Siempre subía el cerro y miraba desde arriba la ciudad de Valencia, con el Casupo en mis pies y nuestro Ávila en el corazón.

Luego vinieron tiempos difíciles: 2017 fue un año durísimo para casi todos los venezolanos, yo no encontraba empleo y mis ahorros se agotaban. En mis paseos al Casupo, me tocó a mí recoger mangos en su temporada, que servían de complemento alimenticio para mi familia y para familias amigas. ¡Adelgacé los veinte kilos soñados durante años! Hasta que tuve que aceptar ayuda de mis hijos desde el exterior. Debo decir que, aunque no viví la pobreza extrema de mi madre y su familia durante los primeros años de inmigración, aquella lección de sembrar mangos estuvo presente, y durante meses sembré las semillas de aquellos frutos maravillosos que me ayudaron mucho a pasar esa complicada etapa.

 

Ese mismo día decidimos quedarnos unos meses en Miami. Meses que se transformaron ya en casi cinco años.

Wynwood y su magia

Empezando 2018, uno de mis hijos mayores, que ya llevaba ocho años en el exterior por ser su padre un ciudadano norteamericano, me llamó por teléfono y dijo:

—Mamá, compré pasajes para mis hermanas y para ti, porque me caso y quisiera que estén presentes.

Viajamos un 12 de enero; nunca recuerdo fechas exactas, pero ese día es de los pocos que no pasan desapercibidos en mi memoria, por ser cumpleaños de mi gran amigo Juan Ramón Lisón, otro caraqueño amante del Ávila. Asistimos apuradas a una boda sencilla y preciosa. Ese mismo día decidimos quedarnos unos meses en Miami. Meses que se transformaron ya en casi cinco años.

Cinco años sin Ávila ni Casupo ni nada que se parezca a eso, en una ciudad plana, como nuestro Punto Fijo, el del estado Falcón. Transitando por lindas urbanizaciones que parecen de lego: todos los árboles iguales, algunos hasta son recortados redonditos tal cual los del juego de armar. Todas las jardineras parejitas, las calles lisas, como debe ser, sin aquellas raíces atravesadas que dañaban los carros y sin tener nunca que salir de la acera porque un árbol decidió invadir, completo, su espacio. En fin: todo aquí es muy ordenado, hasta en las zonas donde se supone que hay cierto desorden. Pero, ¿qué le va uno a hacer? Se extraña nuestra manera habitual de vivir, aunque, por supuesto, nos vamos adaptando, lentamente.

El tiempo transcurre, mis niñas se van convirtiendo en mujeres, mis hijos mayores son hombres hechos y derechos y, entre una cosa y otra, se hace difícil volver a Caracas. El trabajo, las responsabilidades del hogar, la renta —que requiere esfuerzo diario—, los documentos de residencia y un verdadero sinfín de asuntos más, postergan el deseado viaje, ahora de visita, a Venezuela.

Nadie dijo que iba a ser fácil, pero nunca imaginé que pasaría tanto tiempo sin poder volver.

La vida continúa, claro, y uno va montándose una coraza imaginaria y agradece y agradece cada día, por todo lo bueno, porque si nos sentamos en el sofá mullido de las añoranzas, ahí nos quedamos hasta morir.

Salimos, paseamos, “curucuteamos” y, cuando se puede, nos asimos de amigos entrañables y nuevos y nos hacemos de cosas también entrañables y nuevas, como libros o frascos de mermelada casera que empalagan nuestras vidas y nuestras mañanas con amor, aroma a café venezolano y arepitas que, por estos lados, nunca faltan.

En esa onda de pasear, conocer, descubrir y hacer “nuestro” lo nuevo, que antes era extraño, estos cinco años hemos visitado algunos parques naturales muy hermosos y también lugares donde el cemento y el asfalto se imponen. Sitios en los cuales se respira algo de lo que perdimos al migrar.

De alguna manera, los lugares nuevos comulgan y conviven dentro de mi familia, con los lugares que dejamos atrás, haciéndonos la vida más fácil y el hecho de ser inmigrantes más llevadero.

Wynwood no es precisamente un lugar de aceras anchas y verdes o florecitas sembradas en idénticas hileras. Su desorden nos retrotrae un poco a la Caracas que dejamos.

Por eso, hace poco invité a mis hijas gemelas a comer helados, precisamente en una de las áreas más “desordenadas” de esta ciudad: Wynwood. En esa zona no se siguen precisamente los patrones estéticos del resto de Miami. Es un lugar donde el arte callejero se impone con sus impresionantes murales. Fue una zona industrial, modificada para atraer artistas y turistas. Un sitio donde se respira más ciudad, más calle, con enormes grúas construyendo edificios en distintas direcciones, calles pequeñas y mucha gente caminando sobre sus esquinas. Quise compartir con las chicas que Wynwood se me hacía parecido a algunas calles del centro de Caracas en sus mejores tiempos, que —para mí— son los de mi niñez, en los años 70 y 80 del siglo que pasó.

Wynwood no es precisamente un lugar de aceras anchas y verdes o florecitas sembradas en idénticas hileras. Su desorden nos retrotrae un poco a la Caracas que dejamos.

Allí coexisten restaurantes y galerías, tiendas de ropa, bisutería, bares y heladerías. De día se disfruta caminando y degustando. De noche hay lugares con música en vivo. Ese día, mis hijas y yo tomamos unos deliciosos helados de frutas en paleta.

Contentas y endulzadas con nostalgia y azúcar porque a los helados los bañan con leche condensada, lluvia de chocolate y otras maravillas al estilo de la antigua heladería Chantilly de Las Mercedes o del Crema Paraíso caraqueño, de Bello Monte y de Los Chaguaramos, las tres nos dirigimos en el auto rumbo a casa, no muy lejos de allí, por una calle larga que atraviesa esa parte de la ciudad y llega hasta Biscayne Boulevard, y la sorpresa fue impactante: de pronto, sin aviso ni protesta, estaba frente a nosotras, como saliendo de los edificios del fondo que dan hacia la bahía, nada menos que el Ávila, en todo su esplendor: gigante, oscuro a lo lejos. Con sus colinas y hasta sus manantiales.

Fue estar paradas, sintiendo un déjà vu real y maravilloso, en la autopista entre La Urbina y Petare, con la montaña al frente. Vivir la emoción de estar dentro de una de las famosas pinturas de Luis Álvarez de Lugo, donde nuestra gran montaña es protagonista. Un espejismo o un juego de la mente ante un espectáculo visual creado por las nubes y el cielo de la tarde.

—Hijas, miren qué impresionante, parece… ¡el Ávila!

—Se ve igualito, mami —respondió Isabel.

Ajusté el espejo retrovisor con mi mano derecha. Miré a Abril detrás de mí a través del alargado vidrio: la reflexión de su luz me mostró una expresión de sorpresa. Estaba callada, con sus ojos muy abiertos, mirando hacia adelante.

Mientras colocaba de nuevo el espejo en la posición correcta, la nostalgia ya había invadido mi ser y mi corazón latía acelerado.

—¡No se parece, es! Es el Ávila en Miami —dijo Isabel—, es el Ávila que vino a visitarnos.

Y mis lágrimas corrieron, mejillas abajo, como las cascadas, en el parque Los Chorros, de esa montaña de mi niñez, que ahora estaba justo, justo, frente a nosotras tres.

Mari García Herrero
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Comentarios (9)

Este artículo me tocó. De verdad. Al igual que la autora, yo también viví en Caracas y el Ávila era algo así como mi patio de atrás. Nombres como “La Zamurera”, “Sabas Nieves”, “Papelón” etc. eran parte de mis lugares de juego. Luego, ya adulto fue algo así como un lugar relajante con solo mirarlo. Así que me identifico con este texto de manera sorprendente. Y por cierto, con eso de los árboles me pasa algo también. Hace cuatro años —escribo esto en febrero del 2023— estoy en el sur de Brasil y al igual que la mamá de la autora y la autora misma, estoy en una campaña para sembrar pino araucaria brasileño, se trata de un árbol que puede vivir mil años pero de crecimiento lento. Es posible que nunca los vea adultos, no me importa, lo importante es que alquien lo verá y hasta comerá de sus nueces.

Ahora bien, eso del deja vú…caray…me ha pasado, he visto lugares en mi imaginación, lugares como La Puerta de San Juan de los Morros, los desiertos de Paraguaná, los aras de los Valles de Aragua…en fin… pero son cosas que a veces no me gusta contar porque me parece que si lo digo la gente va a pensar que soy un sensiblero lloriqueante, pero tú lo has hecho…¡ Y de qué manera ! El caso es que has dicho lo que muchos de nosotros vivimos pero no queremos compartir.
Gracias Mary por este artículo, me encantó.

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Qué bonitas palabras, muchas gracias a ti por valorar y sentir mi crónica. Me parece maravilloso lo que cuentas de ese pino brasileño… habrá que hablar mucho de estos temas. Nunca había pensado en eso que dices: árboles que vivirán cuando no estemos. Maravilloso.

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Definitivamente nada que ver con las ordenadas y limpias (a veces) calles de Europa. Aquí es más como Miami. Quien tenga hambre no se saciará con ni gun árbol, pedirá dinero en la calle o en el Metro. Todo es más ordenado. Para mí es lo normal porque así lo he vivido toda mi vida, pero los llegados de latinoamérica lo notan mucho. No hay frutos, no. La naturaleza no nos alimenta y tampoco la tratamos bien y se queja. Nos cargamos el planeta a pasos agigantados.
Me fui un poco del guión. La verdad es que los olores y sabores nos evocan tantos recuerdos como los visuales.
En el texto de María se rezuma nostalgia y recuerdos desde el primer momento. ¿Que tiene la tierra, el lugar de origen que siempre la añoramos?
Yo nunca me fui de Barcelona, y creo que a mí no me pasaría eso de la añoranza, pero si le pasa a todo el mundo por qué a mí no?

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Un hermoso y muy sentido relato, que tantos venezolanos de la diáspora sabrán atesorar y agradecer.

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Muchas gracias, Aguamanza. ¡Cómo sentimos nuestra tierra cuando estamos lejos! Un abrazo

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Hermosas tus historias y sobre todo la manera en que las cuentas

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Hermosa narración y relato, que sin haber estado nunca en Caracas, me ha hecho disfrutar del lugar, de sus árboles y de su bello terruño. Gracias Mari por tan hermosa y descriptiva composición

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Hermosa crónica. La disfruté mucho. Caracas maravillosa. Gracias por escribirla. Muy bien escrita, mueve los sentimientos.

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Wooooow este relato de Marichina es de muy grato recuerdo para mi. La bella Ccs odiada por pocos pero querida por muchos y a pesar de no nacer en ella, soy de Pto La Cruz, aprendí a quererla ya que siendo muy niño durante los 70’ con mi familia viajábamos frecuentemente a Ccs porque mis abuelos maternos vivían allá, específicamente en Prado de Maria.
Era muy excitante recorrer la capital en horas de la noche y poder observar todas aquellas luminarias propias de una gran ciudad, la publicidad de la crema Nívea, chocolates Savoy, la empresa Phillips, empresas Polar y muchos otras que le daban una hermosa y glamorosa luminosidad a esas noches caraqueñas.
Nunca imaginé que a principios de la década de los 80, ya adolescente, tuve la oportunidad de vivir durante un año en la capital y la emoción aún se mantenía.
Los paseos al CC Chacaito, CCCT, los conciertos de rock en el Poliedro y el Estudio Mata de Coco ocuparon gran parte de mi tiempo durante esa épocas incrementando la fascinación y alegría por esa ciudad.
Pero indudablemente la magia que rodea a Ccs es su imponente cerro Avila con una gran majestuosidad que la engalana y convirtiéndose en su sello particular, sobre todo cuando se recorre la Av. Boyacá o Cota Mil como normalmente se la conoce, poder hacer una parada en su mirador y observar en parte su esplendor.
Tengo ya más de 7 años que no he vuelto a contemplar la belleza del Avila ni de Ccs pero este maravilloso relato de Marichina me ha permitido volver a recordarlos y extrañarlos con mucha nostalgia.
Muchas Gracias Marichina

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