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Vargas Llosa en expresión francesa

domingo 9 de abril de 2023
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Mario Vargas Llosa
Un estudio a conciencia de la obra de Mario Vargas Llosa serviría para ilustrar, entre otras cosas, el influjo en su estilo y estrategias narrativas de la gran literatura francesa. Gtres

La noticia nos llenó de júbilo a todos sus lectores, admiradores de la vasta y espléndida producción de Mario Vargas Llosa, que ya había sido incorporada a la célebre colección de la Pléiade de Gallimard. La Academia Francesa, adoptando una decisión no ajena a la polémica, había concedido a nuestro autor la condición de miembro de este cuerpo, un hecho singular para una institución con más de cuatrocientos años de tradición. Sin embargo, no sería requisito romper aquí una lanza por causa de este reconocimiento, teniendo en cuenta, entre muchas otras consideraciones, la vena francesa (evitemos aquello de “afrancesada”, por lo que lleva de cola) en la obra del peruano. Sería preciso concebir un libro a fin de abordar y abarcar este tema, pero bastaría apuntar aquí el “sustrato” flaubertiano que hallamos en muchas de sus novelas, amén de la declarada veneración del peruano por este autor francés.1 No se me ocurre insinuar siquiera, en ninguna parte, algo que pudiera aproximarse a “la imitación” de un posible modelo. En todo caso, es evidente que el estilo y la concepción de la trama (o tramas) en los libros de Vargas Llosa resultan harto originales y variados, para hablar de “imitación” o mimetismos. De lo que se trata, naturalmente, es de transponer una esencia, incorporada tempranamente, y decantada con inteligencia y sensibilidad, mediante la lectura asidua, con la cual afina y armoniza la voz propia de nuestro autor. Concedamos, verdad de Perogrullo, que la voz narrativa de Mario Vargas Llosa no corresponde primariamente al francés y, no obstante, un estudio a conciencia de su obra serviría para ilustrar, entre otras cosas, el influjo en su estilo y estrategias narrativas de la gran literatura francesa, que, por lo demás, se halla presente, sin merma de “lo español”, en muchos otros autores de uno y otro lado del Atlántico. Afirmar que otro tanto puede suceder, y sucede, en la otra dirección, sería tan evidente, y en consecuencia un ejercicio tan inútil, como proponerse “descubrir el Mediterráneo”, por lo que no emprenderé en mi trabajo semejante pesquisa.2 He aquí, pues, donde me apartaré algo del curso seguido en él, hasta este punto, para referirme a otra cuestión: la particularidad del conocimiento en lengua francesa de Vargas Llosa, al que ha tenido acceso el público de esta lengua. Débese, en parte (en gran parte), habría que señalar, a la labor incesante, tenaz y altamente calificada y sensible del traductor de nuestro autor, no sólo el conocimiento de éste, sino el aprecio genuino que lo distingue, tal y como refleja la incorporación del peruano (nacionalizado español) a la institución francesa. Albert Bensoussan, que es el nombre correspondiente a éste de quien hablamos, no es, naturalmente, cualquier traductor, sino un purista apegado a su buril. Mucho menos podría aplicársele en modo alguno la convencional descalificación que afirma eso tan socorrido de “traduttore, traditore”. Todo lo contrario. Se trata del traductor ideal por antonomasia. No hay traición en su labor de volcar de una a otra lengua la obra de que se trata. No traiciona nunca, lo que sorprende más, dada la disimilitud de estilos que media entre los varios autores traducidos por él. Y hablamos de autores tan diversos y poseedores de un decir tan característico como Guillermo Cabrera Infante, Manuel Puig o Zoé Valdés, además del autor que nos ocupa, para nombrar apenas algunos de los autores hispanoamericanos traducidos por él, a los que Albert Bensoussan hiciera conocer en francés. No. No traiciona, sino que traslada mediante un cedazo cada palabra, cada frase; recrea, repone, trasvasa hasta los matices más difíciles de una expresión en otra, y lo consigue magistralmente porque este traductor dispone del don, rarísimo, de la “identificación” más absoluta con el texto de marras, gracias a una sensibilidad de piel adentro, a un conocimiento abarcador, tanto de la lengua francesa como de la española, y a una cultura, en general, pasmosa. Nada menos, por supuesto, requeriría una obra como la de Mario Vargas Llosa, exigente consigo misma, sin concesiones ni facilismos. ¡Un verdadero clásico viviente, que se expresa maravillosamente en su lengua, la recrea y la reinventa con cada nuevo libro! Dispone así el Nobel peruano-español de un conducto eficaz y efectivo, en la figura de su traductor a la lengua francesa, para que su obra llegue al público y le seduzca, sin que repare en que se trata de un trasiego sutilísimo. He repasado, a propósito de la redacción de estas notas, algunos de los títulos vargasllosianos a cargo de Mr. Bensoussan (quien es asimismo profesor de literatura, estudioso de la obra3 del Nobel peruano, y novelista, por derecho propio, altamente reconocido y publicado en su país), y encuentro tal simetría de estilos, felizmente conseguida, entre el original y su versión a la lengua en que concurre, una tal simbiosis mediante la cual se trasvasan los zumos de una en otra, que resulta, simplemente dicho, pasmosa en su feliz realización. Semejante ejercicio de pulcritud y contención es aún más desconcertante y significativo precisamente en alguien que dispone de su propia obra creativa, es decir, de su propio estilo, porque dicho desdoblamiento supone ser dueño de un centro de gravedad que, francamente, no todos los autores poseen. Despojarse de ese estilo personal, que hallamos en la obra creadora original de este autor-traductor, para asumir, ora una, ora otra, u otra forma temporal, sin perder su naturaleza, es llegar a parecerse a la cera, o mejor aún, a los metales nobles que soportan sin menoscabo mil y una fundiciones. La ingente labor de traducción, paralela a la del narrador, acometida por Albert Bensoussan, es asimismo un tributo a la escritura, en tanto obra de creación, y testimonio de esa obsecuencia que procede con lealtad extrema al divulgar la obra de otros, haciéndola accesible y atractiva al público que, de otra manera, no podría llegar a conocerla, como si dijéramos, “en ‘su’ propia lengua”. De algún modo, este procedimiento suma y resume en uno solo aplicaciones contrapuestas tales, como son al cine el doblaje y la subtitulación, que por sí solas no satisfacen a todo el mundo. El resultado final de la traducción de este creador que es Mr. Bensoussan satisface plenamente al lector, complace por igual a tirios y troyanos, sobre todo porque el lector no es consciente de primera mano de la magia simpática que involucra su lectura, donde la voz no es sustituida por una imitación sino que el narrador y los personajes pareciera que se expresaran en su lengua natural, o nativa, cuando lo hacen para ser entendidos por un lector francés.

De las declaraciones anteriores debe entenderse, en primer lugar, lo que estimo la singularidad de un traductor de traductores, como hay pocos, aun cuando haya tantas cosas magníficas y buenas que decir del traductor profesional, en sentido general. De modo que, en vez de quedarme con el mal gusto en el paladar de esa otra propuesta tan socorrida que cito al comienzo de mi trabajo, elijo lo dicho al respecto por Saramago, autor con quien no siempre comulgo. Dice éste que “los escritores hacen la literatura nacional y los traductores hacen la literatura universal”. Podríamos asimismo decir, parafraseando en algo la última frase: “los grandes traductores hacen universal la literatura”.

Estos apuntes son una invitación, a propósito del singular y enaltecedor nombramiento e incorporación de Mario Vargas Llosa a la Academia Francesa, a reparar, de paso, en la fecunda y feliz labor del traductor de su obra a la lengua francesa, y a considerar, por otra parte, los ricos filones de igual procedencia en el estilo y la obra del nuevo académico, que al premio Nobel sigue añadiendo lauros a sus ochenta y tantos años de edad.

Rolando Morelli
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Notas

  1. Para el caso, no sólo de nuestro autor se trata, lo que observamos en el ilustrativo trabajo titulado “Mi deuda con Flaubert”, del reconocido escritor mexicano Salvador Elizondo, mediante el cual reconoce, sin complejos, igual “obligación” que el peruano hacia el escritor francés. Este trabajo, que reproduce un número reciente de Letras Libres, fue publicado originalmente en la desaparecida revista Vuelta.
  2. ¿Habría que recordar los nombres de Le Cid de la pluma de Pierre Corneille, Torquemada, pieza de Victor Hugo, o Le soulier de Satin (El zapato de raso) de Paul Claudel, por sólo mencionar tres?
  3. Muy recientemente su libro Mario Vargas Llosa: écrivain du monde, publicado por Gallimard, fue presentado en la sede de la Maison de l’Amérique Latine en París, con gran concurrencia de público, y ha hallado amplia aceptación entre los lectores.
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