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La humanidad tullida, el pasito que falta para la divinidad

martes 19 de diciembre de 2023
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La humanidad tullida, el pasito que falta para la divinidad, por Juan Bautista Luchessi
Seamos dioses, tenemos todo, levantémonos de la cama, no seamos simples memoriosos idiotas

¿Acaso vivimos en una época donde los milagros también son susceptibles de la aquella reproductibilidad técnica que Walter Benjamin denunciaba y que los más visionarios escritores de ficción pudieron siquiera imaginar? Algo me dice que sí.

El más ciego de los cristianos hoy puede sentarse a hablar con Ireneo Funes, ¿qué se lo impide? Hace unos cuantos años tenía que ser en una habitación, en donde la caja milagrosa pudiera ubicarse. Atrás quedó ese tiempo. Hoy el milagro se cuela en el bolsillo de un pantalón. Y el dedo del más ignorante es el dedo de Dios. Navegar en el océano más hostil es posible para quien no sabe navegar. El más humilde puede ver y analizar los más suntuosos palacios del mundo ¡Las memorias más prodigiosas de la historia pronto tendrán que buscarse nuevos méritos! Ya nadie los requiere; ahora mismo puedo citar, sin la menor duda, cualquier pasaje de la Biblia, traducir cualquier texto del latín y aclarar quién edificó cada casa de mi cuadra.

Tal vez no diga nada nuevo contando este momento de ascenso de la humanidad, ascenso al grado de divinidades, claro. Poseemos el mundo, su historia, sus mundos, sus historias, sus gentes, sus ideas, sus argumentos, sus libros, sus idiomas, sus religiones, sus mitos, sus miedos, sus fortalezas. Tenemos la clave de cada batalla ganada por los más grandes genios militares y tenemos los movimientos de los gobernantes más virtuosos de cada tiempo. La potencialidad se convirtió en el término de este tiempo, el hombre (hombre-dios) tiene al mundo en la punta de su dedo. Pero algo nos falta, tal vez, para ese ascenso definitivo. Así como Funes, la humanidad está tullida.

Porque el todo es la nada. La singularidad que representaba el personaje borgeano en el campo argentino, con su infinito saber de detalles y recuerdos, pierde toda genialidad por cuanto, ahora, se dividió en millones, miles de millones de humanos tullidos.

Pero ¿por qué este atrevimiento mío de acusar de inválida a la divina nueva humanidad? Lo responderé con otra pregunta que, espero, haga reflexionar sobre la inmensidad que el internet trajo a nuestras vidas. Considero que el responder esto es fundamental para entender y crear conciencia sobre el poder que ahora poseemos y cuya magnitud poco nos interesa domar y direccionar.

El conocimiento sin pensamiento e idealismo nos transforma en un circo, unos fenómenos repetidores de verdades tan inconsistentes como inútiles.

Alguna vez leí en uno de mis largos paseos por la lupa de Instagram, una frase que decía: “Facebook ha dejado que todos piensen que son filósofos, Twitter escritores e Instagram fotógrafos”, o algo así. Y en esa pequeña frase, una de las tantas que ahora aquellos que me gusta nombrar “pastores de ideas” transmiten por las redes, yo veía una porción de ese poder que ya mencioné. Yo le agregaría: Google les permitió a todos ser los más sabios de todos los sabios que han pisado la Tierra. Pero nada de esto es valioso si la humanidad mira, como Funes, las casas por la ventana. El conocimiento sin pensamiento e idealismo nos transforma en un circo, unos fenómenos repetidores de verdades tan inconsistentes como inútiles por cuanto nada se hace con aquél. No estoy inventando nada, ¿no? Un par de leídas al genial cuento de Borges nos ayuda a comprender esto que digo. Y obviamente, aseguro que ninguna de esas lecturas resultará pesada, sino, más bien, se tomarán como un regalo que uno se hace a sí mismo.

Quiero citar una parte del relato para cerrar mi idea: “Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides”. ¿Qué nos falta para ser monumentales hoy en día, si tenemos al mundo en nuestro bolsillo?

Antes dije que tenemos el dedo de Dios. Pero Dios creó mundos con ese dedo. Así hizo el cielo y la tierra. Y nosotros damos likes y retuiteamos. La biblioteca de Alejandría renació en la Wikipedia, pero no proyectamos edificios, ciencias ni ideas. Sólo leemos y olvidamos. Seamos dioses, tenemos todo, levantémonos de la cama, no seamos simples memoriosos idiotas, conquistemos las fronteras que antes nos eran inalcanzables. Unamos al mundo ahora que el lenguaje se traduce en segundos, escribamos ahora que tenemos todas las voces de todos los sabios en la barra de Google. Dialoguemos ahora que la amistad se logra con un clic. Seamos más monumentales que Ireneo Funes. ¡Seamos dioses!

Juan Bautista Luchessi
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