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Crónicas mínimas de Caracas

lunes 1 de julio de 2024
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Crónicas mínimas de Caracas, por Carmen Cristina Wolf
Mi amada Caracas ha pasado a ser un fantasma. Sus calles se vuelven desconocidas como lo fueron a comienzos del siglo XX.

La nueva cafetería

Abrieron una nueva pastelería y cafetería en La Carlota. Su nombre es 180 Grados, la temperatura que requiere el horno para hacer tortas y pasteles. Las mesas están al aire libre, los toldos tipo paraguas resguardan del sol. La dueña es encantadora, las jóvenes que atienden son amables y sonrientes.

Me encanta porque el café es de primera, los baristas que atienden la barra son artistas de las diversas variedades, no sólo el con leche o el marrón a tu gusto, sino también el espresso, macchiato, capuccino, mocaccino o latte de vainilla, que te lo sirven frío en copa alta con crema, y el más largo etcétera que puedas imaginar. Las tortas y postres son un atentado a la dieta, y qué decir del croissant, con la auténtica receta francesa, creado en París en el siglo XIX, donde los panaderos locales se inspiraron en el kifli austríaco, con masa de hojaldre. Son la delicia universal.

Ayer quedé con la escritora Rosario Anzola, que vino de Cádiz. Me desbordó la felicidad de verla, siempre bella y gentil. Deslizó la mano en su bolso y me dio uno de sus libros, Palabras y música para niños de 0 a 100 años, textos de canciones y dos CD (Editorial Santillana, Alfaguara Infantil).

Cuando voy sola escribo en mi cuaderno y hasta en el celular.

La Carlota antes era el rincón de las zapaterías; ahora es el sitio de las panaderías, pastelerías y restaurantes, atendidos por los hijos y nietos de italianos, portugueses y hasta franceses. Toda Caracas es asidua del bulevar y sus alrededores.

 

Sombras nada más, Caracas 2010

La selva negra no se distingue de la torta ópera, se confunden la milhojas y el pastel de caramelo. Por fin elijo cualquiera de ellos y me instalo frente a la máquina de hacer café. Los de la barra lucen (la palabra “lucen” no sería la más apropiada) agobiados por el calor, igual que la clientela, porque pesa sobre el negocio la amenaza de grandes multas si no bajan el consumo de electricidad. Un muchacho con gorrita ladeada y la simpatía del venezolano me atiende; pido un café claro cremoso y me dan un solo sobre de azúcar porque la tienen racionada. El lugar, que antes era resplandeciente, con sus cristalerías impecables, sus cajas de bombones con lazos, los paquetes de galletas y las señoritas bien alistadas en celofán, ahora se ve con poca mercancía. Me encantaba la pastelería, donde podía verlo todo mejor, porque siempre busco la claridad para contrarrestar la miopía. Me encantaba sentarme a hojear la prensa, tratando de pescar alguna noticia no tan espeluznante, es decir, nada que tuviese que ver con la expropiación de empresas prósperas, la invasión de tierras productivas o la estadística de los secuestros o de aquellos que fueron empujados del tablero de juego a punta de pistola.

Ahora todo es penumbra, “sombras nada más”, y no precisamente un claroscuro que acaricia las manos como dice el bolero de Felipe Pirela. Es una oscuridad alevosa y no se vislumbra sonrisa alguna. Un rostro risueño se ha vuelto más raro que un unicornio. Y la gente se mira con desconfianza porque no se reconoce ni a sí misma.

Mi amada Caracas ha pasado a ser un fantasma. Sus calles se vuelven desconocidas como lo fueron a comienzos del siglo XX. A partir de las 6 de la tarde no somos nada y es imposible saludar a un conocido que pasa, porque no es posible distinguir una silueta de otra. No sabemos hasta cuándo durará el racionamiento de luz eléctrica, de agua, de azúcar, de... tranquilidad y sosiego. Nos queda alumbrarnos con nuestra luz interna, para no perder el equilibrio en el acantilado y rodar por la pendiente de la desesperación.

(de la serie Crónicas mínimas, 2010).

Carmen Cristina Wolf
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