
John Banville, uno de los más consagrados escritores ingleses de los últimos años, escribió un libro singular, La rubia de ojos negros, con autorización de los herederos del famoso novelista norteamericano Raymond Chandler para reproducir en esta narración suya el estilo y la forma literaria de aquel personaje ficticio, Philip Marlowe, quien fuera una notoriedad en los relatos policiales y en especial por su aporte al cine de los años cuarenta.
Banville, cuya obra meritoria está plasmada en varias novelas de distinto tipo, al punto de haber conseguido el premio Príncipe de Asturias, entre otros galardones, hizo una excepción: aceptó el encargo de escribir —en el más conveniente y disponible estilo chandleriano, con las consiguientes y espléndidas irrigaciones banvilleanas— esta novela policial en la que da cuenta de una pesquisa detectivesca de Marlowe que involucra los perfiles más característicos que imaginó su creador, Chandler, para sus actores: funcionarios corruptos, inspectores jubilados, putas de cabaret, bares de pacotilla, detectives indiscretos, riñas al por mayor, whisky barato y demás componentes del ambiente policial en un barrio de media muerte en cualquier calle del Bronx. El mérito del relato radica en la compenetración de Banville, y su héroe anónimo Benjamin Black, con la narrativa y los sucesos que vive Marlowe para encontrar a la víctima que una esplendorosa rubia quiere hallar. Este es el ejercicio que emprende el irlandés corriendo por su cuenta los riesgos que ello significa.
Benjamin Black es pues el pseudónimo utilizado por Banville para entrar, como lo hizo con propiedad, al género de la novela negra —género que tiene muchos precursores, empezando con Agatha Christie, Conan Doyle y una larga lista de seguidores. El taciturno bebedor de bourbon, Marlowe, que trata de dibujar Banville a su amaño, ofrece destellos de un hombre soñador y metafísico, pero en medio del positivismo con el cual emprende sus indagaciones. Amigo del ajedrez y la poesía, Marlowe desprecia la violencia como estratagema de sus búsquedas, pero la sufre varias veces como producto de sus averiguaciones. El reto de la imitación ha comenzado.

Parodiando estas situaciones, hay una novela de Oswaldo Soriano, Triste, solitario y final, en la cual Stan Laurel, el conocido Flaco de la pareja del Gordo y el Flaco, ya viejo y acabado, acude a Philip Marlowe para que averigüe por qué ya nadie lo contrata. Pasado cierto tiempo, Laurel muere, pero Soriano muestra a Marlowe frente a la tumba del cómico y a partir de este encuentro hay una serie de hechos, tragicómicos, que combinan actores y personajes, realidad y ficción, llanto y risa, en la más agradable profusión literaria que emerge de la prosa de Soriano. Por su parte, Banville va más allá con su personaje y hace una novela homónima en toda su extensión e intrigas con extensos y variados diálogos como son los de un guion de cine.
Chandler (1888-1959), considerado uno de los más grandes representantes norteamericanos de la novela policial hacia los años de posguerra, creó su personaje Marlowe a la altura de Sam Spade, aquel ejecutante de Dashiell Hammett en la célebre novela El halcón maltés, y su talante siempre tendrá las huellas interpretativas e icónicas de Humphrey Bogart o Spencer Tracy. Por su parte, el irlandés Banville, con su sabueso Benjamin Black, procura entrar en el proceso de hallar una similitud práctica entre el estilo suyo y el de Chandler con un acierto tal que no se sabe a veces cuál es cuál y si discurren de igual manera. La abundante bibliografía de Banville y sus numerosos premios en Europa brindan la seguridad de que es posible entrar con confianza en el territorio de la novela policíaca por los antecedentes descritos.
En su novela El intocable, Banville explora los oscuros personajes del espionaje; en La guitarra azul, la naturaleza del amor, la traición y los celos; en El libro de las pruebas hay un asesino accidental como podemos serlo todos, y en Los infinitos se resaltan los misterios de la existencia: como puede verse, hay una tradición de enigmas que enlaza fácilmente con Marlowe. Salvo que en esta novela de la rubia natural, con todos los atributos narrativos de Banville, su exquisito manejo del idioma y sus fulgurantes metáforas no alcanzan a nuestro juicio a cumplir el objetivo de decir “fue el mayordomo”, como todo final feliz en este género.
El escritor irlandés, hoy en día considerado como uno de los autores vivos más importantes en lengua inglesa, alcanza sin embargo las metas formales de la novela policíaca con un enorme sacrificio de su prosa elegante y nabokoviana, aun cuando deja que el lector respire lo suficiente para adivinar que Banville pudo ser un mejor imitador. No obstante, el formato Black no desestimula al lector de Banville porque sabe que estamos leyendo un experimento; eso sí, en detrimento de la verdadera prosa del irlandés, que siempre nos ha seducido desde su primera y exitosa novela, El mar.
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