
Un hombre capaz de dirigir un avión con la misma destreza con que trepa un árbol, como si la gravedad cediera ante su voluntad. Un hombre que enfrenta los inviernos alpinos con esquíes bajo sus pies y el ardiente sol de Calabria con el torso desnudo, junto a campesinos cuya media de vida no alcanzaba a llegar a los cuarenta años de edad. En otra escena, aparece vestido de caballero ecuestre, aunque con el aire de padre ejemplar: saco negro, pantalones caqui y botas altas que le llegan hasta las rodillas. Está acompañado por su esposa, Rachele, y sus dos hijos, Vittorio y Bruno, en una imagen de perfecta armonía familiar. Esa foto, tomada en 1935 y portada de Time, proyectaba la imagen de un líder que sabía cómo manejar la luz, tanto la del sol como la del poder.
Pocos, sin embargo, lo conocieron de cerca. Curzio Malaparte, con su afilada pluma, no dejó pasar la oportunidad de ridiculizar su andar a caballo: “Un imbécil a caballo es siempre más ridículo que uno a pie”. Y así, entre la imagen pomposa y la realidad patética, se movía el Duce del fascismo, un hombre cuyos nombres presagiaban un destino muy distinto.
Porque, ¿qué carga más pesada puede haber que la de un nombre? Benito, en honor al presidente Juárez, libertador de imperios. Amilcare, por el mártir anarquista Cipriani. Andrea, por el pionero socialista Costa. Todos estos eran mucho más que meros nombres o distinciones; eran promesas, misiones, destinos que Mussolini debía encarnar. Sin embargo, lo que siguió fue una traición sistemática a cada una de esas identidades, una conversión ideológica que lo llevó del socialismo revolucionario a la alianza con el poder que alguna vez juró destruir.
Cabe siempre la posibilidad de que, tal vez, entre tantas presiones y los achaques provocados por las úlceras, Mussolini simplemente se levantó una mañana, se miró en el pequeño espejo sobre su tocador y dijo: “Basta de revoluciones, hoy me apetece una dictadura”. Porque, ¿quién no ha cambiado de opinión después de bañarse? No en balde, la historia está llena de grandes decisiones tomadas tras una noche de insomnio o después de haber recibido algún comentario incómodo durante las primeras horas de la mañana.
Lo cierto es que, de socialista defensor del proletariado, pasó a ser el dictador fascista que suspendió la cámara, abolió la celebración del Primero de Mayo y proscribió los sindicatos. Pero bueno, ¿quién no ha tenido una mala racha? Incluso Mussolini, entre sus muchas traiciones, encontró tiempo para reconciliarse con el Vaticano, y vaya que no ha de ser fácil ponerse de acuerdo con una institución que lleva dos mil años de existencia. Se dice que un día el Duce amaneció particularmente inspirado, algo que lo llevó a tomar su libreta y escribir el primer mandamiento del fascismo, y todo ello pese a haber tenido una discusión, con su esposa Rachele, sobre el color de las cortinas. Ese día, Mussolini escribió con su estilográfica de punta fina: “El Duce siempre tiene la razón”.
Y así, tras su drástica conversión, sólo parecida a la experimentada por Christine Jorgensen, el hombre que alguna vez quiso socializar la riqueza terminó convirtiéndose en un César moderno, pero sin toga ni laureles, sino más bien un individuo que se escondía detrás de un fez, inseguro y desconfiado. ¡Ah, los caprichos del destino! Tal vez si le hubieran puesto un nombre menos cargado de expectativas, como Carlo o Giovanni, la historia habría sido distinta. O tal vez no, y habría terminado igual, sólo que con un nombre más fácil de pronunciar para los titulares.
- Benito Mussolini: traiciones, caballos y café - domingo 24 de noviembre de 2024


