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El coronel no tiene quien le escriba en República Dominicana
(reseña teatral)

martes 21 de enero de 2025
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“El coronel no tiene quien le escriba”, obra teatral dirigida por Manuel Chapuseaux y basada en la novela de Gabriel García Márquez

Necesitamos de todas las herramientas científicas para acometer la laboriosa tarea de recorrer un heterogéneo e inquietante derrotero dramático. Entre la búsqueda positivista y la mera impresión, está la crítica creativa y su desplazamiento interdisciplinario y transdisciplinario, en un intento por no aislarse en inútiles piezas académicas, para convertirse en un aporte válido a los teatreros.

Carlos Fos, “Apuntes para una crítica viva”.

Con el epígrafe con que iniciamos esta reseña, arrancamos con lo que no será. No será prescriptiva, todo lo contrario, abrazamos la experiencia teatral desde la creación heurística y libre. Por otro lado, no escribiremos sobre una escenificación que necesite de nosotros para su vitalidad. Todo lo contrario, es desde el asombro, placer y gratitud que redactamos, en compromiso con el teatro caribeño, más específicamente con el teatro dominicano visto desde la puertorriqueñidad.

Una danza con un gallo inicia la puesta en escena de El coronel no tiene quien le escriba, basada en la novela de Gabriel García Márquez, en adaptación del español Natalio Grueso, pero con la dirección artística de Manuel Chapuseaux. Hace tiempo que sabemos en el teatro que el verdadero hacedor de un texto, esa fuerza organizadora de la trama vista en un escenario con toda la dimensión de un acto vivo, se cristaliza grupalmente, es decir, en justicia, es Chapuseaux con su elenco, diseñadores, equipo de producción y público quienes concretizan realmente la autoría. Así que en la producción de Dunia de Windt para DW Producciones, en la Sala Ravelo del Teatro Nacional Eduardo Brito de la República Dominicana, un gallo real de colores esplendorosos inicia la obra.1

“El coronel no tiene quien le escriba”, obra teatral dirigida por Manuel Chapuseaux y basada en la novela de Gabriel García Márquez

Orestes Amador, actor que interpreta al coronel, es quien realiza la danza inicial figurando imágenes lentas de las pasiones que moverán al protagonista. Bajo una luz tenue y descalzo, con su chaqueta de militar, lleva en su antebrazo al gallo vivo. Se crea un poema físico que enlaza al Coronel con su tesoro. Se suma a la poesía inicial un hombre joven. Es Agustín, el hijo del Coronel, asesinado por razones políticas el día que llevaba el gallo a una pelea. La antillanía se despliega y anuncia que regirá toda la estética del montaje. Los cuerpos oscuros urden con torsiones, curvas y niveles el amor de hijo, padre, gallo. La danza es de muerte; alegoría de guerra continua. El hijo de blanco, bañado en sangre, crea figuras en movimiento modificadas por la posición del ave en su cuerpo. Padre e hijo constituyen un Ares caribeño buscando ganar el combate cruento asistidos por el gallo, que a veces nos mira. No cambió el ritmo, todo fue un adagio que anuncia el espanto de la espera; por fuera las cadencias son similares, pero por dentro hay una tormenta, la del Coronel. La espesa coreografía es de Mildred Rubirosa.

 

A veces lo único que llega es octubre...

Una vez establecida la magia inicia el realismo. Se va del realismo sicológico hasta ir por gradaciones al realismo social. Un mundo onírico-transreal se entrelaza al presente. Para el concepto artístico el demonio está en los detalles, pero no como letra pequeña que nos engaña, sino como síntomas de una enfermedad llamada pobreza. Y qué belleza horrible muestra la escenografía de colores tierra creada por Ángela Bernal, una crónica de un mundo enfermo tiene su metáfora en la cocina-comedor, que también es sala con sillón para zurcir, leer, dar masajes y respirar cuando el asma lo impide, atravesada por una hamaca, en la que se debaten disputas, en segundo plano derecha un ropero con las chaquetas del Coronel frente a un telón de fondo raído. Extendido con tensión, este telón es una instalación plástica que recoge las porosidades, los desgarres, la vida putrefacta que llevan, como sentencia la esposa, encarnada por Elvira Taveras. Es la piel arrugada de estos seres, la enfermedad, cuya única abundancia es la lluvia constante que trae octubre.

“El coronel no tiene quien le escriba”, obra teatral dirigida por Manuel Chapuseaux y basada en la novela de Gabriel García Márquez

La cocina contiene los instrumentos que marcan la pobreza: un frasco de harina de café vacío, un colador muy usado, una estufita, algún caso y alguna tasa. Nada más. Amador y Taveras son minuciosos, encarnan la carencia saludando al naturalismo. Allí caben las expresiones de cariño de los protagonistas y sus disputas. Todo con pequeñas acciones bien seleccionadas fortalecidas por composiciones, ya sea de perfil o de absoluta frontalidad, muy juntitos en su coincidir hasta crear la distancia de las disputas. Así absorben todas las posibilidades de cada pequeño espacio compartido, lo mismo el sillón que la hamaca.

“El coronel no tiene quien le escriba”, obra teatral dirigida por Manuel Chapuseaux y basada en la novela de Gabriel García Márquez

El correo es un mostrador junto a la pieza que contiene los encasillados al costado derecha-frente del escenario. Más que antigüedad, el correo proyecta senectud. Es añoso como lo es la espera del Coronel; arcaico, aunque ahora lleguen las cartas por avión, todas, menos la del viejo militar. La cartera, Cindy Galán, lo único joven de la estampa, atiende todo con la antigua frialdad de los funcionarios impasibles incrementando el tedio de la espera y la vorágine silenciosa del protagonista.

“El coronel no tiene quien le escriba”, obra teatral dirigida por Manuel Chapuseaux y basada en la novela de Gabriel García Márquez

La casa de don Sabas, Augusto Feria, es pormenorizada como el resto de la escenografía, aunque su cimiento y zapata es el mismo dueño de la casa. El canalla liberal es sinécdoque de su vivienda, obtenida de traiciones y gansería política. Dos butacas de mimbre, una mesita en el medio con los tereques para inyectarse insulina y beber, con una percha, su color de piel, su volumen, la blancura de su pelo y el rubio de su esposa rococó, crean en mutualidad el espacio del burócrata.

Hay un espacio en el primer plano centro que corona la plástica del montaje con la magia del detalle. Creada por la luz y las actuaciones, es la calle durante el aguacero en la que se refugian, bajo un paraguas, el Coronel y don Sabas. Todo converge para que se plasme plenamente la ilusión del momento, esa temporada lluviosa del décimo mes del año colombiano. Signo de la madurez teatral de este montaje.

“El coronel no tiene quien le escriba”, obra teatral dirigida por Manuel Chapuseaux y basada en la novela de Gabriel García Márquez

 

La ilusión no se come... (se vive)

Manuel Chapuseaux, perito del teatro dominicano, borra su mano transmutándola en pequeñas acciones cotidianas. El teatro de la ilusión es uno de sus fuertes. Hay pericia en provocar la vivencia. Todo transcurre sin recordarnos que es teatro. El personal de producción y el elenco lo siguen revelando armonía de todas las partes. En su totalidad el montaje se levanta como un gran cuadro realista por sus colores y en el detalle se revela como uno naturalista.

El trabajo minucioso del director nos permite imaginar que desarrolló su propuesta a partir del inicio de la novela:

El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.

Es tan fuerte la búsqueda de las posibilidades del realismo de Chapuseaux que, contrario a otros montajes de la misma pieza, usa un gallo real. Éste no entra al tiempo presente de la trama, sino que es parte del espacio onírico del Coronel. Dimensión de la realidad tan defendida por el surrealismo. Es importante señalar que el Coronel entra a esa dimensión a comunicarse con su hijo muerto. La danza inicial continúa por fragmentos durante toda la pieza. Así se yuxtapone el plano sicológico con el espiritual de los desencarnados. El gallo vivo confirma que son dos planos y funge como elemento sacro a través de los cuales ambos se comunican, manifiestan y se funden.

Chapuseaux cuenta con un elenco que definitivamente aprecia el teatro de la ilusión. Pudo llevarlos como unidad actoral a través de un proceso de encarnación artística que logra la vivencia, la frescura cada vez que presentan la obra. Para este trabajo la vimos dos veces.

La caracterización de Orestes Amador deviene en el concepto del director como torrente de agua que fluye en paz sobre su cauce. ¡Qué dominio del realismo sicológico! El Coronel se pone zapatos, se cambia su chaqueta, se sienta en la hamaca con una pierna colgante y otra tirada hacia arriba, tiene un manejo atento y entendido del gallo, se comunica con su esposa sin hablar. La pincelada de ser amoroso y atento con su cónyuge enriquece su perfil. Articulación y poderoso aparato fonador marcan el otrora liderato del personaje. Hay inflexiones y silencios que revelan el quiebre interno en cada intento frustrado para obtener su carta anhelada. Tanta fuerza y tanta fragilidad a la vez, alma rota revestida de superficial hombría; una caracterización que recuerda a las nuevas promociones de actores que el oficio demanda transmutarse según la estética escogida y no como antojo personal.

En la discusión con el abogado interpretado por Jovany Pepín, en las pláticas con el médico, Henssy Pichardo, los coloquios domésticos con su esposa, Elvira Taveras, y los intentos de negociación con don Sabas, Augusto Feria, el actor Orestes Amador mantiene una acción transversal, que no sólo es clara en sí misma, si no que permite entender a cualquier componente del público, atento de manera convencional o apoyado con sus aparatos electrónicos, qué pasa en escena. De esto último no había mucho, pero lo cierto es que es parte de la actual concurrencia teatral y que Amador lo atraviesa con el calor de sus fuerzas motrices. Aquello de que los géneros literarios sólo son para los intelectuales fue derrotado por este trabajo de emociones contenidas que hace olvidar que hay un actor y pensamos que somos nosotros mismos con nuestras amargas esperas por un cotidiano mejor. Ocurrió la identificación entre actor y público.

Elvira Taveras delinea a la esposa del Coronel atendiendo en primer lugar su fisicalidad. Quien conoce la novela sabe que la esposa “era una mujer construida apenas en cartílagos blancos sobre una espina dorsal arqueada e inflexible”. No es de extrañar la decisión de la actriz, pues Taveras viene de un grupo de actores formados al calor del maestro Rafael Villalona, quien atendía la formación del actor tanto en los aspectos creativos como en los intelectuales con rigurosidad. Así que la histrión, también reconocida mimo, construye todo a partir de este rasgo corporal. Su personaje es una vieja de entrada. Importante decirlo porque quien conoce a esta actriz sabe que goza de una genética que apenas envejece. Así que aquí hay un trabajo de caracterización que resaltar.

A esto añade una voz frágil y filosa a la vez (el personaje tiene trastornos respiratorios), junto a un ritmo que hacía, de sus elaborados parlamentos, dichos cotidianos, haciéndonos creer que así se habla en la intimidad doméstica. Es que llamó la atención que su papel posee el habla más literaria de todos los personajes y que, a la par, sonaba muy humana. Por lo tanto, pasó lo que el público general desconoce, pero que nosotros sí sabemos y resaltamos, es decir, Elvira Taveras tuvo que haber explorado con detenimiento cada subtexto, tomado decisiones a cada paso sin dar nada por sentado, para alcanzar a esta mujer pobre, mayor y culta.

De la mano de su director y junto a su compañero de escena se traslada por todos los pequeños planos de su angosto hogar trazando la tridimensionalidad humana con gran conciencia corporal. Su imaginación al servicio de la caracterización traspasa el arco del proscenio y nos creemos la casa, amén del diario vivir de su largo matrimonio, sus recuerdos mesurados de su hijo asesinado, su liderato oculto para que haya comida y sus problemas pulmonares. Aprovecha las posiciones frontales para expresar vía muecas idiosincráticas estados de ánimo. Muy bueno. La escena del masaje en la silla junto al ataque de asma allí mismo, amor y ansiedad, crean arte de la economía de la emoción y el movimiento. Al final, la actriz fue llevando la tensión en un in crescendo que generó la cima perfecta para que cayera como cierre la famosa contestación del marido:

—Y mientras tanto qué comemos.

—Mierda.

Augusto Feria sabe estar. Es larga su trayectoria y es bien ganada su posición en los maestros del teatro dominicano. Su selección para don Sabas es un acierto, puesto que goza de los recursos naturales para recrear a este oportunista. Pone al servicio de la caracterización su tipo vocal y corporal, pero también su conocimiento sobre los terribles reformistas: farsantes de pretendida bondad, verdades a medias y apuros convenientes. Como el resto del elenco, maneja el naturalismo de las pequeñas acciones al dedillo (inyectarse insulina, beber, vestirse). Crea el contrapeso necesario al Coronel y lo hace de la manera más difícil: su Sabas es el enemigo número uno del Coronel, pero se comporta cercano y filial. Cumple la utilidad de su rol a la par que hace arte.

Henssy Pichardo es el doctor. Este personaje, más en la novela que en la adaptación teatral, es frío, pretende la neutralidad desde su privilegiado conocimiento y autoridad. No es el médico que cura, es el facultativo que trabaja con enfermos, que es distinto. No es antipático, pero tampoco empático. Lo mismo colabora desde su mentalidad cívica con el Coronel y su esposa que con don Sabas. Tiene tiempo para ir al correo, conversar y ofrecer verdades.

Pichardo entiende su personaje. No hay duda. Lo demuestra en su actitud general, la forma en que lleva su traje, en sus bromas sin chiste, su cotidianidad. Ahora bien, en este montaje se abre un rasgo emotivo del personaje que apenas se asoma en la novela. Chapuseaux y Pichardo aportan gran humanidad en la escena con el Coronel cuando éste le revela que Sabas comprará el gallo por menos dinero, sin embargo, lo venderá por más. Impacta cómo trata de hacer que el Coronel no sea tan ingenuo, que entienda que su supuesto buen amigo Sabas es un arribista. Su trabajo aporta al interés en la trama.

Jovany Pepín tiene la difícil tarea de caracterizar al abogado desde su esencia, pero muy lejos físicamente de lo escrito por Gabriel García Márquez. Ni es negro, ni es monumental, ni recibe al Coronel en su despacho tirado en una hamaca.2 La acalorada escena entre él y el protagonista ocurre en la mesita comedor de la casa principal. El actor sabe llevar ese aire de sabelotodo de los togados; pelo, espejuelos, gabán y pajarita. Con la intensidad adecuada dice con mucha verdad toda la sarta de frivolidades legales que han impedido que el coronel obtenga su pensión y que él luzca laborioso, cuando no lo es. Si estos personajes de corta aparición no se realizan con la verdad y plano sicológico adecuado, afectarían la ilusión. Jovany Pepín hace del tipo abogado un ser humano apasionado creyente en su rendimiento legal, capaz de entregar el caso y hacer creer al otro que ha cometido una afrenta contra él.

Cindy Galán caracteriza dos personajes. Ella representa una variante del realismo desplegado en toda la pieza. Tanto su Cartera como su Esposa de don Sabas son bordados desde el rompimiento estético. Mas no son actuados desde una estética anticotidiana, al contrario, llevan al extremo el cotidiano de un pueblo en el que no pasa nada, todo es igual. La escuela del realismo social aparece aquí disminuyendo la sicología; emergen la funcionalidad y el ángulo sociológico.3 La Cartera se interpreta ajustada a como son todas las empleadas de un correo, según las imagina la generalidad. Éstas realizan todos los días a cada hora lo mismo: distribuir correspondencia, entregarla o contestar que no ha llegado. A su cosificación se añade creativamente cierta coquetería, que resulta un respiro humanizante. Lo mismo la esposa, rubia, perfecta, es útil a su atorrante marido. Galán saca el máximo de los personajes.

El vestuario de Lía Rosa sabe protagonizar sin llamar la atención. Lo mismo el maquillaje y la peluquería de Warden Brea. Impecables son don Sabas y su perfecta esposa, él de pelo blanco y ella rubia. Destilan hurto de riqueza, posición y actitud de clase, de una mirada. Pero, también, algo muy interesante sucede, no hay una intención neutral en estos diseñadores, revelan con su trabajo el alma grotesca y fea de la pareja. En casa del Coronel hace frío y llega a los huesos, la tela del abrigo de la esposa y el Coronel con su gabán lo sugieren. En estos personajes el vestuario es una continuidad de la casa por los colores escogidos y el desgaste.

El azul, cinturón rojo, risos y vistoso lazo de la Cartera plantean la juventud que sólo continúa la inutilidad en el servicio público. Los arreglos de pelo de Cinthia Galán van muy a tono con la crítica social que representan sus dos personajes. La decisión de los colores en el abogado y el doctor apuntan al realismo, sí, pero también a sus desabridos pasos por la vida. Un toque que comunica mejor el momento histórico son los sombreros y el manejo de éstos. Por último, el vestuario blanco ensangrentado del hijo del Coronel, Julián Suazo, simboliza de forma directa el asesinato y de forma trascendente el mundo de los desencarnados que buscan la paz para poder evolucionar.

“El coronel no tiene quien le escriba”, obra teatral dirigida por Manuel Chapuseaux y basada en la novela de Gabriel García Márquez

La regiduría de Johani García es certera y sensible al montaje de Manuel Chapuseaux. El sonido, las melodías, la iluminación, entran atinados a esta muestra de arte haciéndola posible. El cierre lento sobre la continuidad de la danza con el gallo es terriblemente delicado y funesto.

Felicidades a la producción y al teatro dominicano.

Anamín Santiago

Notas

  1. Estuvimos presentes en la reposición que se hizo los días 13 y 14 de diciembre de 2024. La pieza había tenido su estreno en la Sala Manuel Rueda del 2 al 4 de diciembre del mismo año.
  2. Tomamos la decisión de no revisar la versión teatral de Natalio Grueso. Conocemos el nivel de estudio del gremio teatral dominicano y queríamos ver los vínculos del montaje con la novela y la apreciación que se hace de ésta desde el Caribe vía el texto de Grueso. Así que desconocemos cómo concibió al personaje del abogado la versión del autor español, sólo reconocemos la particular interpretación dominicana de los abogados.
  3. Aunque no lo desarrollamos en la reseña, el montaje de Chapuseaux va por gradaciones pasando del acercamiento sicológico de los personajes principales hasta llegar al personaje brechtiano, sin abandonar la realidad objetiva como marco creativo. Es así cómo el Coronel y la Esposa son personajes muy completos, de acercamiento interno; mientras que de Sabas, el Abogado y el Médico sólo conocemos su vínculo con las escenas, los primeros dos son oponentes y el tercero personaje ayudador, nada más, hasta la Cartera y la Esposa de Sabas que son personajes pragmáticos, funcionan desde una perspectiva ideológica. Hay un señalamiento social a través de estos dos: cosificación de la empleada pública y de la esposa. Sin embargo, el montaje de Chapuseaux los fusiona en una visión en la que se busca que sea una acción interna lo que los motiva.
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