
¿Qué es esto que me enajena de mi propia libertad?
Lope de Vega, La dama boba
La directora teatral Elvira Taveras (Premio Soberano a Mejor Actriz 2025) ha iniciado con la dirección de La dama boba la larga jornada que le deseamos a la nueva Compañía de Teatro Lope de Vega, con sede en Santo Domingo y en su propia sala, que lleva también el nombre del insigne autor del Siglo de Oro español. Aquí el atributo “nueva” implica décadas de experiencia aunada al entusiasmo sin medida de la juventud bien formada en las artes escénicas. Figuras de relieve en las tablas dominicanas, tales como Henssy Pichardo, Xiomara Rodríguez, Jorge Santiago, Luciano García, Giamilka Román, Renata Cruz, Desirée Rodríguez, Vlad Sosa, la misma Elvira Taveras, crean conjunto con un sector de teatristas que por ser más jóvenes no quiere decir que no van a galope: Johanny García, Lucitania Suero, Cherny Reyes, Laura Nanita, Jean Michel Duarte, Guillermo Valdez, Joshua Rosario, Ialesca Valdez. Como valor capital está su productora Gianni Paulino. En ella van de la mano el teatro y las telecomunicaciones, unión ventajosa para las artes escénicas, cuya razón de ser, su identidad, está en el público presencial y presente.
¿Cuál es el dínamo de este prodigioso montaje?
Asistimos a las funciones del 27 y 28 de marzo de 2025 con apoyo de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico y de la Compañía de Teatro Lope de Vega. La primera noche se celebraba el Día Mundial del Teatro, el cual fue dedicado a la primerísima directora teatral Germana Quintana. Todo lo cual resultó ser preámbulo idóneo para una puesta escénica de envergadura.
En esta historia otra hija más es prometida en matrimonio por su padre, pero su perspicacia y espontaneidad la llevan a construir su propio camino. El programa de mano (¡qué bien que se mantiene la importancia de esta tradición!) ofrece una síntesis precisa que compartimos aquí:
La trama gira en torno a la transformación de la ingenua Finea en una dama culta, impulsada por el poder educativo del amor... heredera de una gran fortuna, es prometida en matrimonio con Liseo. Laurencio, el enamorado de su hermana Nise, y por el interés en la dote de Finea, trata de enamorarla con palabras y requiebros que ella desconocía. Tras un enfrentamiento provocado por los celos, Liseo decide cortejar a Nise y Laurencio a Finea. El acrecentado ingenio amoroso e intelectual de su hermana Finea, hoy generará el desenlace de las aspiraciones de todos los personajes como ninguno podía esperar de ella.
Llama la atención que la mano de la avezada directora logra un contrapunteo entre Henssy Pichardo, experimentado actor que interpreta al padre (Octavio), y Johanny García, probada actriz joven que interpreta a Finea, la hija boba. Desde esta concordancia de lo contrapuesto reaccionaremos al montaje, que de antemano anunciamos no necesita de la crítica teatral autoritaria para brillar con luz propia. Sucede todo lo contrario, es la investigación de esta disciplina quien está obligada a dar cuenta de esta destacada toma de acción por un sector del gremio teatral dominicano, o no cumpliría su razón histórica. Esta es la de ser partícipe creativamente de la experiencia y aportar a su significancia socioartística, amén de documentar el quehacer teatral.
Iniciamos pronunciándonos sobre el contrapunto entre Pichardo y García como detonante revelador del resto del montaje. El trabajo de Henssy Pichardo, quien aborda al personaje del padre (Octavio) con mucho peso escénico, matices pensados y vividos, resultando en un histrionismo muy honesto, que encaja en cualquier época de los montajes del teatro áureo. En oposición, Johanny García cincela a la hija desde la naturalidad punzante, también vivida y pensada, de decir ligero y liviano, que plantea un histrionismo más líquido, igualmente honesto. Ambos registros interpretativos alcanzan la armonía como una especie de espiral que se toca y distancia hasta el cierre lopevegiano. Ese contrapunteo es un tornado organizador de todo el montaje de Elvira Taveras; todo lo atrae hacia ese centro de opuestos armoniosos: actuaciones, luces, escenografía, maquillaje, sonido, vestuario, diversos niveles de experiencia. El huracán Taveras nos unifica en la diversidad con su identidad caribeña, despertándole nuevos sentidos al texto clásico.

Ya tiene la comedia su fin propuesto... pintar de aquel siglo las costumbres —Lope de Vega
La dirección de Taveras comienza con una loa en el pasillo donde aguarda el público para entrar. Primera ráfaga del huracán unificador. ¡Una loa barroca en un centro comercial moderno! La loa es una pieza corta que anunciaba en el Siglo de Oro el inicio de la representación. La misma debía ser lo suficiente atractiva y simpática, de tal forma que aclimatara a la concurrencia con lo que verían en la obra teatral. En este montaje no hay espacio abierto ni suelo de barro, al contrario, es el segundo piso de un elegante centro comercial (Novo Centro, en Santo Domingo) y la loa se ejecuta ante la fachada contemporánea del teatro. Es interpretada por Ialesca Valdez, quien encarna un cómico bajito, graciosito, que alarga las sílabas al hablar. Gusta mucho. Sumerge al público en la seriedad de la comedia y adelanta la experiencia total que se vivirá. Se complementa con las llamadas grabadas en sala. Éstas también son loas, contienen las consabidas advertencias para observar en comunidad la representación. Las llamadas son como bandas nubosas que van formando el torbellino de comicidad con el público incluido.
La pieza original de Lope de Vega ocurre en dos espacios dramáticos distintos: Illescas y Madrid. El primero es una especie de paso frente a una posada. El caballero Liseo, quien se casará por acuerdo con Finea, se detiene a comer algo. Le acompaña su lacayo Turín. Luego conversarán con el estudiante Leandro, quien les advierte sobre Finea. La directora escenifica todo el segmento frente al escenario. Es decir, hace del pasillo entre éste y la primera línea de butacas, un primer plano. Lo aprovecha para incluir al público como parte de la escena, puesto que deben sujetarle a Turín todos los comestibles que va sacando. Así familiariza aún más la experiencia teatral. Toda la historia de teatro popular que carga Elvira Taveras le lleva a procurar esta cercanía. Este espacio teatral se usará en otras escenas, sobre todo en el enfrentamiento entre Lisandro y Liseo, quienes luchan con espadas a ras de los rostros que ocupan las primeras butacas. El tornado incluye algunos “rayos” de teatro experimentalista. Este es uno; la concurrencia ríe y tiembla a la vez.
Si pedís arte, yo os suplico ingenios... —Lope de Vega
El concepto de dirección elimina los músicos del texto original, pero monta su andamiaje sobre piezas musicales. La música la torna recurso de transición y para crear la atmósfera en algunos momentos. Junto al musicalizador, Jean Carlo Saleta, Taveras selecciona piezas clásicas hasta melodías más contemporáneas. Algunos ejemplos son “Gallarda”, del compositor Santiago de Murcia; “Cantiga de Santa María”, con laúd andalusí tocado por Emilio Villalba; un paso doble a piano, titulado “El beso”, interpretado por Jaimelare; la simpática “All of me” de Gypsy Jazz (Sobrino clarinet cover with sheet music feat Eduardo Boticario) y “Wake me up”, 2Cellos (DJ y productor sueco Avicii). La conexión entre melodías de diferentes épocas y métodos de grabación en el torbellino creativo ocurre por un oído musical que atiende el espectáculo por encima de contemplaciones ortodoxas. Funcionó muy bien. Las melodías son empáticas al público actual.
Pero la musicalidad va más allá. Sí, en el teatro existe una noción musical profunda llamada melapoiia, que sintetiza la melodía y el ritmo interno. Dirigir una obra teatral siempre es dirigir una orquesta de músicos. Un atributo de esta escenificación es que no tiene intermedios. ¿Para qué? ¿Para que se diga que es una pieza muy larga para la actualidad? Pues a esa misma concurrencia que maratonea viendo a Netflix se le ofrecen las tres jornadas corridas apostando a que no necesitarán levantarse. Y así es, todos los elementos se mueven a una velocidad que va generando calor. Nadie tuvo la urgencia de levantarse para estirar piernas o ir al servicio. Las butacas ergonómicas del teatro hacen su aportación, pero la concepción del ritmo escénico amarra como hilo invisible al público; ni acelera ni alarga, incluso usa acertadamente pausas cortas, no sólo en los cambios de jornadas, sino aun dentro de las escenas. Y esto último es un rasgo poco visto o nunca usado en el teatro del Siglo de Oro, que al ser en verso no tiene silencios.
A la ritmicalidad de las obras en verso, como lo es La dama boba, muchas veces se le somete a la rima, como camisa de fuerza a la sensibilidad del elenco. En este trabajo de la Compañía Lope de Vega el ritmo camina con el sentimiento; el elenco logra comunicar el mundo interior del personaje con el ardor del teatro mimético. Los seis elementos de las obras en verso: fábula, caracterizaciones, objetivos de los parlamentos, la elocución de éstos, la melodía y el espectáculo con sus componentes espaciales y temporales; están concebidos desde la humanidad, desde el alma popular, como diría Alfonso Sastre. No hay ultracorrección, sino pálpito vital que despierta la imaginación del público, por lo cual ni se repara en que hablan en verso ni en que muchas palabras son desconocidas. De hecho, mientras más cerca se ve la obra, más se percibe la dominicanidad del elenco (sin cambiar un ápice); esa alma puesta al personaje es la carta de triunfo.
Uno de los rasgos sobresalientes de la dirección es el uso del escenario. La pequeña sala es grande en este montaje. Ya sabemos que su primer plano queda frente al escenario. A la usanza barroca, todo ocurre en un solo lugar escénico, esta vez un patio interior creado por muros de ladrillo, dos entradas en arco cubiertas con cortina de lona (como en las casas de Almagro), una mesa de madera al centro con sus banquetas; al fondo derecho se añade una mesa con un candelabro barroco de cinco velas. Los demás elementos de la escenografía de Giamilka Román constituyen los aspectos decorativos que aportan un alto valor simbólico, los cuales remiten no sólo al barroco, sino al patio de la casa de Lope de Vega en Madrid. La escenografía, al igual que el patio de Lope, tiene arbustos frutales. Un limonero está al extremo derecho, al cual Román contrapone un arbusto de ciruelas a la izquierda. Quien se percata de este puente frutal de la escenografía con la casa de Lope, experimenta calladamente el asombro...
Es verano, las frutas lo confirman, pero también las plantas y las flores. El borde del escenario está forrado de vegetación, los rellanos de las escaleras laterales tienen pequeños tiestos contra las paredes que marcan el proscenio, todo el muro de fondo tiene en su borde alto plantas y desde éstas cuelgan enredaderas de flores. Así también es el patio interior de la casa de Lope. La inversión que la producción hizo en el follaje es doblemente plausible. Entonces, dentro de la recreación histórica que hace la escenografía emerge un detalle idiosincrático, cuelgan a izquierda las flores de trinitaria. Un latido caribeño es el ojo del huracán teatral. Otro asombro.
La utilería de Exmín Carvajal vigila la funcionalidad y la verdad histórica. Desde el rollo real usado en la loa hasta el libro, la nota, abanico de mano, espadas, todos aportan a las actuaciones, acoplándose a la plástica general. Las luces de Misael Montaño proveen la brillantez de la comedia. Utiliza con presteza el equipo extraordinario con el que cuenta el Teatro Lope de Vega. El efecto de luz sobre el candelabro, contra el muro, marca el paso de las horas y sublima la belleza de las llamas.
Podría llamarse a esta puesta de La dama boba un custome play. La plástica se ha reforzado con un diseño de vestuario espléndido, mayormente cortesano. Un aire francés atraviesa el diseño, que usa brillo, pelucas y guantes. No faltó nada. Debe reconocerse que, aunque costoso, este es el teatro que el público general espera, uno que geste la ficción sin escatimar en los detalles. El tema es un perenne debate, pero ningún antropólogo teatral puede negarlo. La directora asume esta aportación de la producción junto a la diseñadora, Renata Cruz, en total apertura. Aprovecha el lujo del vestuario y fomenta en su elenco un uso cómodo del mismo de acuerdo con las clases sociales representadas. En el teatro el hábito hace al monje. El vestuario ayuda a unificar las diferentes etapas de cada uno de los actores, unos en formación, unos iniciando el mundo profesional y otros de gran veteranía. Sucede algo mágico cuando actores y actrices pueden llevar vestuarios de este tipo, le transportan a la época de la obra de inmediato.
Con el maquillaje unificador de Desirée Rodríguez y su equipo de trabajo, rostros blancuzcos con pómulos rojizos, pelucas elaboradas, el teatro se reafirma como el arte más vigente y necesario. El diseño vincula al montaje con la teatralidad popular anterior al Barroco, aquel uso atávico de la máscara, con raíces en el carnaval y en la fiesta, opuestos a la cultura oficialista, amén de facilitar que todas las etnias percibidas del elenco sean incluidas.

El engañar con la verdad es cosa que ha parecido bien —Lope de Vega
El Octavio de Henssy Pichardo no es frío, no es un mero tipo patriarcal. Todo lo contrario; como dijimos, crea la comedia con gran sentimiento. Reconoce que su hija, al heredar la fortuna de un tío, sustenta a la familia; sin embargo, no puede comprender que sea tan poco modosita, por lo cual la cree de pocas luces. Que su hija rompa los moldes le causa dolor, pero peor aún, su otra hija, Nise, intelectual sobresaliente, tampoco asume el ideal del padre. Su tristeza es que sus hijas no sean sumisas. Pichardo actúa con acendrada verdad, con un decir que permite entender sus parlamentos a cabalidad. Es el galán maduro de las compañías barrocas. Su seriedad escénica genera el drama; en el tercer acto se posiciona como maestro de este género.
Johanny García concibe una dama boba que, más que boba, es beba y, más que beba, es rebelde. Genera la naturaleza espontánea y libre de su personaje sin atontarla ni parodiarla. Ni la torpeza ni la necedad fueron puestos en juego porque la caracterización de Finea es basada en el disfrute que tiene el personaje de cada momento. Una sonrisa continua es su signo físico. Con voz atiplada va ingrávida por cada escena apoderándose de sus acciones. El espíritu agreste de su caracterización la fusiona a un delicado uso de sus manos acorde con la clase social del personaje. Con un peso muy distinto al de Pichardo, crea el equilibrio de la mancuerna protagónica.
Al hablar del trabajo de Jorge Santiago con sus dos caracterizaciones, Miseno y el profesor de danza, se corre el riesgo de que el lenguaje no sea suficiente. Actor con pleno dominio de la libertad que merece la construcción artística, asume a Miseno de tal forma que de mero amigo de Octavio crea un sujeto muy redondo. Transmite la confidencialidad y madurez que estableció el autor, pero no se queda ahí: propone un tipo gordinflón y simpático, en vestuario y actitud, que gusta de picar comida todo el tiempo. Sus salidas van acompañadas de un falso mutis, puesto que regresa siempre a coger alguna delicia del centro de mesa. Aporta a la comicidad con mucho tino. Con el maestro de baile muestra un cuerpo totalmente distinto. Riguroso, impaciente, otra forma de hablar, con excelente articulación, deja claro que no hay pequeños papeles para los grandes actores.
Lucitania Suero tiene la dura tarea de interpretar a Nise. El personaje es docto y formal. Es un acierto por parte de la producción y la directora escoger una actriz de piel oscura para este personaje; segundo signo de la dominicanidad del montaje, que permite a nuestra diversidad étnica entrar a formar familias en las tramas, aunque éstas no traten un tema local. El teatro tiene tantos recursos para superar ese prejuicio que es increíble que en otros escenarios que conocemos muy bien esto no suceda. La solución fue muy sencilla, todos llevan el mismo maquillaje. Suero, al igual que el resto del elenco estudiantil, apela a una extrema disciplina para alcanzar la articulación de parlamentos eruditos; así también brilla por el buen uso de la respiración. Todo lo dice y hace con intenciones claras. No queda duda de que Nise en su cotidiano es rebuscada y muy distinta a su hermana. La intérprete sabe llevar muy bien la decorosa peluca y el lujoso vestuario. Es importante resaltar que esa es la labor física de una actriz y que no es dado, es ensayado y pulido. Lo mismo sucede con el resto del elenco, dominan el gestus o externo de sus personajes. Cabe señalar que, además de ser histriones entrenados, su directora es una reconocida mimo. Suponemos que pulió a su troupe en los manners de tipos pertenecientes a otra época y clase.
El hablar de los modos de comportamiento según la clase y el tiempo histórico nos sirve de embocadura para comentar la caracterización que Cherny Reyes hace de Liseo. Asume el tipo galán con toda la gracia física y la elegante actitud de su caballero. Comunica muy bien los cambios amorosos a conveniencia que le mueven. Su trabajo perfila mucho respeto a la dirección artística, mano invisible que lo lleva a cumplir bien este papel, tan relevante, temprano en su carrera. Todas sus intenciones son diáfanas. Como toque adicional, la escena de la lucha con espadas contra Laurencio la realiza con verdad y dominio de la técnica.
Michel Duarte es el otro galán joven de la historia. Interpreta a Laurencio, caballero sin dote que enamora a Finea. Hay un dejo desgarbado en su caracterización que, sin decirlo, refleja que Laurencio no viene de la cuna de los otros personajes. Ágil vocal y físicamente, tiene plena comunicación con sus pares; sobresale en las escenas con Finea y su lacayo Pedro, ejecutado por Guillermo Valdez. ¡Qué buena química genera esta dupla! Valdez se mueve muy cómodo en la sagacidad de su personaje; sirve a la estrategia de conquista de su amo enamorando a Clara, criada de Finea. No falla al interpretar a Leandro, el estudiante al comienzo de la trama, pero su acercamiento a Pedro es superior, incluso en la articulación y uso de la respiración. Buen trabajo.
Ricardo Reyes está en su salsa con las dos caracterizaciones que ejecuta. Cuando interpreta al criado Turín, domina el tipo gracioso. Junto a su directora delinea la caracterización más allá del texto, añadiendo todos los rasgos del personaje: atrevido, rústico, comelón, pueblerino. Está cómodo interactuando con el público en la primera escena. Cuando actúa como el profesor de letras es todo lo contrario: estricto, impaciente, huraño. Quienes no conocemos al actor no nos percatamos de que interpretaba los dos personajes, no sólo por el cambio de timbre, sino que hasta parecía de estaturas distintas. Si bien el vestuario es fundamental para esto, el histrionismo de Reyes lo hizo posible.
Luciano García interpreta a Duardo. Su veteranía eleva al personaje. Es un poeta rebuscado cuyos versos Nise, quien lo sabe todo, alega no comprender. Hacía falta un actor que entendiera la responsabilidad de este personaje, que de entrada es un fracasado en el amor y los subsiguientes sucesos de la trama de enredos lo reiteran. De buen decir y peso escénico, García proyecta al perdedor que no se rinde. Además, tiene otra responsabilidad, crear conjunto con actores de menos experiencia y que esto no sea un obstáculo para la unidad actoral. Con Joshua Rosario, intérprete de Feniso, y con Michel Duarte, Laurencio, manejan el ingrediente poético de la trama con gran aplomo y funcionalidad a la misma. El tornado que aúna la diversidad vuelve a reflejarse aquí. Rosario, al igual que el resto del elenco estudiantil, se agarra de su disciplina y da todo de sí para insuflarle verdad y buen ritmo a su personaje.
Las intérpretes de las criadas, Ialesca Valdez, como Celia, criada de Nise, y Laura Nanita, como Clara, criada de Finea, no se sienten como personajes secundarios. Por cierto, nadie del elenco trabaja proyectándose con esas falsas divisiones. Podrán servir para ciertos análisis literarios, pero nunca para una escenificación. Ambas cimentan sus caracterizaciones sobre los rasgos de camaradería y confidencialidad con sus respectivas amas. A lo cual añaden picardía para conseguir también que el amor les llegue. Las criadas no son tipos fáciles, siempre se espera que se roben el corazón del público. Con una protagonista escrita con la misma energía campechana de éstas, ambas actrices no se amedrentan y hacen lo propio: fisicalizan su clase social de forma coqueta y vivaz, a la par de proyectarse muy cómodas en su tránsito y combinaciones escénicas.
Para cerrar diremos que Elvira Taveras cuenta con una asistente de dirección y regidora que conoce desde su piel la importancia de que los efectos de luz y sonido entren apropiadamente. Ha escogido a la primera actriz Xiomara Rodríguez, teatrista total, para conducir el espectáculo durante las presentaciones. El equipo técnico del Teatro Lope de Vega responde con precisión ante cada indicación orquestada. Así también otros profesionales encargados de otros registros de la producción como Mikael Pasco con las fotos y vídeos usados en la publicidad; las relaciones públicas de Cherny Reyes, el diseño gráfico y manejo de redes de Rosa Rodríguez y la administración de Anny Reyes, junto a un fantástico grupo de ujieres, redondean la magnífica producción de Gianni Paulino. Desde una idiosincrasia definida hicieron que Lope de Vega despertara nuevamente en República Dominicana como parte del crisol de componentes del teatro popular caribeño. Felicidades.
¡Larga vida para la Compañía Lope de Vega y su teatro!
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(reseña teatral) - martes 21 de enero de 2025


