
Aquel mural en Los Galpones
“...Quiero que todo el mundo haga lo mejor en su vida...”.
Sofía Ímber a Boris Izaguirre
En todo el centro, rodeada de artistas, destaca la figura de una mujer desconocida a los ojos de la nueva generación que ha visto temblar los cimientos de la república y ha crecido en torno a ruinas. En un sitio consagrado como lo es el Centro de Arte Los Galpones, sobrevive la mirada de Sofía Ímber que, aún después de la muerte, invita a los venezolanos a dar lo mejor de sí.
Los apodos para describir a Sofía sobran en nuestra historia. “La exigente” fue el primer seudónimo que intentó atribuírsele, en este caso a ella misma, pero no salió por una decisión editorial que lo cambió por “la intransigente”, apodo por el que la conoce la mayoría; porque no es Sofía Ímber, es Sofía “la intransigente”: una mujer firme, rigurosa y exigente que asustaba a más de un ministro franquista. Pasarían años hasta que Diego Arroyo publicase La señora Ímber: genio y figura, y descubriésemos esa otra cara de Sofía, que si pudiese “lloraría el mar entero” y lamenta no creer en Dios. Entre “la intransigente” y la “señora Ímber”, hoy apostamos por el resultado de las dos caras de una misma persona: el personaje y la persona. Hoy Sofía Ímber: constructora de país.
De “la rusita” a “la intransigente”
“Yo no soy rusa ni moldava ni nada que se le parezca. Yo soy venezolana...”.
Sofía Ímber
Ubicar el nacimiento de Sofía Ímber, como personaje, es uno de los grandes misterios que encontraremos en su vida. De la niña prematura que calentaron entre sacos de arena y que llegó, junto a su madre y hermana, en brazos de un marinero en 1930, a la Sofía Ímber que todos conocemos, hay mucho trecho. ¿Cuándo nace Sofía? Tal vez aquel día que se cayó de un poni y obtuvo esa cicatriz en su palma izquierda, o a los diez años cuando trabajaba en el programa de Alberto Ravell, o encontramos a Sofía, la venezolana, en las palabras de su madre: “Una de las principales enseñanzas que nos dio mi madre, a Lya y a mí, es que debíamos ser agradecidas con Venezuela”.
“la rusita”, por su amistad con hombres (mal visto para esos tiempos) y su carácter irreverente, el cual nunca cambió.
Son cientos los momentos en los que podríamos situar el nacimiento de la intransigente: la concepción física, la caída del caballo, los poemas de Aleksandr Pushkin, su trabajo con Ravell, la fiesta donde conoció a Guillermo Meneses, sus primeras publicaciones en el periódico, etc.
Lo cierto es que, para 1940, Sofía estaba en Mérida intentado cursar Medicina y, tras duros choques con la sociedad merideña de la época, fue apodada, con mala intención, como “la rusita”, por su amistad con hombres (mal visto para esos tiempos) y su carácter irreverente, el cual nunca cambió, y ella misma lo confirmaba: “Nada de lo que me ha pasado en la vida ha logrado que deje de parecerme a ‘la rusita’ Sofía Ímber”.
Sofía nace en cada momento de su vida. Después de su muerte ---el 20 de febrero de 2017---, revive cada vez que nos paramos frente a un mural en Los Galpones o en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Porque entre “la rusita” y “la intransigente”, el único cambio fue la experiencia; las ganas de construir país siempre estuvieron allí y se mantienen aun después de su muerte.
Los lazos culturales
Teniendo en cuenta el carácter indomable de Sofía y descubriendo, poco a poco, sus conexiones con la movida cultural venezolana de la época, encontramos los destellos que nos revelan a la Sofía constructora de país: reportajes, artículos, revistas, la dirección de Buenos Días, el museo... incluso en sus aportes en otros países, como lo fue su corta estancia en la revista colombiana Sábado.
Durante su matrimonio con Meneses, Sofía conoció a grandes exponentes de la cultura venezolana y empezó, un poco después, su trabajo en Últimas Noticias, al mando de Óscar Yanes. Su paso por los medios fue diverso y, como cualquiera que pretenda dedicarse a la cultura, Sofía terminó haciendo un poquito de esto y otro de aquello. Dentro de este mundo de intelectuales, políticos y poetas, Sofía destacaba por sus controversiales artículos de opinión: “Siempre he tenido una opinión y siempre he querido decirla”.
Sofía y el arte se toman un café en París
La atracción de Ímber hacia lo nuevo, lo transgresor y verídico la lleva a entrevistar a Alejandro Otero, miembro de los disidentes, y a interesarse, junto a Guillermo Meneses, en el Taller Libre de Arte del edificio Miranda, en la esquina de Mercaderes. Además, su paso por la agencia de publicidad ARS también amplió su entorno y allí se juntó con cuanto personaje relevante de la época se nos ocurriese, desde intelectuales como Uslar Pietri, Mariano Picón Salas y Alejo Carpentier hasta artistas como Soto y Cruz-Diez.
En su estancia en París también tuvo la oportunidad de conocer a Picasso, ver a Sartre en la cafetería, ser vecina de Piaf y amigarse con Neruda. Sofía estaba en un moveable feast similar al que describió Hemingway. De allí se rescatan las experiencias, la nutrición. Sobre todo, aquellas que marcarían el futuro del museo. Picasso, quien les concedió una entrevista para El Nacional y, sin saberlo, muchos años después, un par de sus obras terminarían en el Museo de Arte Contemporáneo. Poco a poco París la empujaría en el mundo de las artes plásticas. Desde allí colaboraría con artistas y coleccionistas. Más temprano que tarde, trajo tres obras de Vasarely, junto a Villanueva, que hoy hacen vida en la Universidad Central de Venezuela (UCV), y lo introdujo a la movida vanguardista venezolana de la época. Movida de la cual se inspiraron bastantes de las obras que conformaron la Ciudad Universitaria, así que detrás del recinto actual de la UCV hay un pedacito de Sofía Ímber. Poco después, desde la revista CAL, junto a Meneses, daría difusión a artistas y literatos de la década prodigiosa y no desaparecería sin llevarse el Premio Nacional de Periodismo en 1965.
Los buenos días junto a Rangel
Junto a Reinaldo Guevara y Carlos Rangel nació Buenos Días, un programa sobre el acontecer nacional que, además, invitaba a toda clase de personajes relevantes de la época. Durante muchos años, y a pesar de los cambios entre cadena televisiva, Buenos Días se mantuvo en emisión y no hubo un día que faltase en la pantalla de los venezolanos.
Además de ser anfitriona de Buenos Días, llevaba junto a Rangel la dirección del Museo de Arte Contemporáneo, a la vez que escribía artículos para diversos periódicos y manejaba algunas secciones culturales. El museo es, de hecho, una de sus más grandes obras, y le dejó a Venezuela la mejor colección de arte contemporáneo de Latinoamérica. También presentó el programa Sólo con Sofía y el programa radial La Venezuela posible.
su vida a la construcción del país, sobre todo desde el ámbito cultural.
La Venezuela posible
Sofía dedicó una buena parte de su vida a la construcción del país, sobre todo desde el ámbito cultural. Espacios como Buenos Días, La Venezuela posible, sus artículos de opinión y el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber (que hoy en día ya no lleva su nombre), son obras que contribuyen a darle un sentido de pertenencia y entendimiento de su cultura a los venezolanos. Espacios como Buenos Días ya no existen en la televisión nacional y son contados los que se pueden conseguir en Internet, mientras que el museo, aunque aún se mantiene en pie, no está tan presente en el imaginario de los venezolanos.
La difusión y el constante recordatorio a través de artículos, murales, podcasts y libros de estos personajes ayudan a desarrollar un entendimiento del país necesario para su reconstrucción. Cada vez que veamos alguna obra referente, en este caso, el mural de Los Galpones, debemos encontrar en los personajes de nuestro pasado la voluntad e inspiración que nos asegura que el venezolano está hecho para llevar a cabo grandes empresas porque, al igual que Sofía Ímber, constructora de país, nosotros tenemos la oportunidad de ser partícipes en la reconstrucción de esta nación, y sólo lo lograremos hurgando en el pasado para encontrar lo mejor de nosotros mismos así como lo quería la señora Ímber.
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