
A Venezuela, mi país.
A Sánchez Rugeles, por hablarme desde el otro lado.
“Hay un libro que todo venezolano contemporáneo debe leer”. Era una de esas frases que, al principio, pueden parecer trilladas o exageradas. Quien me la dijo no se refería a Doña Bárbara o Casas muertas, obras más que consagradas en nuestra historia literaria. La referencia iba dirigida hacia un autor expatriado —como muchos— con algún que otro librito publicado y un nuevo libro que le daría voz y argumentos a un sentimiento que se había propagado en la mentalidad de los venezolanos: el desarraigo. Del gran narrador del destierro surge entre España, Venezuela y Eslovenia: Liubliana.
La generación de los ochenta y el país prometido
Las calles de Santa Mónica, el Centro Comercial Parsamón y el Colegio Cristo Rey fueron el ambiente de la infancia y adolescencia de nuestro protagonista, Gabriel Guerrero. Él y sus compañeros del Cristo Rey, Atilio, Fedor, Martín y Alejandro, son la representación literaria de una generación que, como nos dice Gabriel Guerrero, “hizo del aburrimiento virtud”.
En los edificios de Santa Mónica las puertas sonaban a fiesta. Aunque la infancia de Gabriel sería, para él, sólo una hipótesis, lo cierto es que a través de sus recuerdos —claramente nostálgicos— apreciamos los destellos de una Venezuela abundante, celebre y con proyección a futuro. Las fiestas en casa de la Nena Guerrero, los viajes al apartamento de La Guaira, su año sabático donde no le quedó de otra que ponerse a estudiar en el CVA, todos son síntomas de una juventud más que tranquila y con abundancia económica, una vida a la que Gabriel despreciaría diciendo: “Cuando digo que mi infancia fue una mierda no pretendo insinuar algún tipo de trauma. Mi historia carece de abuelitos sádicos o padrastros borrachos. Simplemente tengo la impresión de que, entre 1980 y 1992, no me pasó nada”. Venezuela era entonces, para toda su generación, una transacción, un trámite sin complicaciones ni retrasos burocráticos. Una tierra tan rica como ninguna donde, al menos los jóvenes de Santa Mónica, tuvieron la oportunidad de vivir tan tranquilos como para atreverse a darla por hecha, a asumir que su presencia era inamovible e incambiable. El país era el paraíso y el paraíso no lo destruye ni el diablo.

Liubliana
Eduardo Sánchez Rugeles
Novela
Caracas (Venezuela), 2012
Ediciones B
ISBN: 978-9806993907
335 páginas
El deslave que arrasó con la tierra prometida
La tragedia había aterrizado en el país desde hacía unos años, pero no fue hasta el 15 de diciembre de 1999 cuando se acentuaría un deslave tan grande que a fecha de hoy sigue carente de final. La Guaira marcó un presente en la vida de Gabriel y la de muchos. El fin del trámite, de la vida tranquila y las aspiraciones a hombre común, se daría por terminado aquel diciembre. La asimilación vendría después: un día cualquiera, Gabriel Guerrero se pararía en la esquina de la Lazo Martí y descubriría la destrucción del paraíso.
Santa Mónica había desaparecido... El mundo se mostró tal cual era. Asimilé, en principio, que el viejo Parsamón ya no se llamaba Parsamón... Allí en el lugar del caído encontré un atroz edificio de ladrillo llamado Centro Comercial Plaza Santa Mónica...
En aquella espera busqué todas las cosas que habían dejado de existir. ¡Qué bolas!, me dije.
Las voces del desarraigo
La desaparición de Santa Mónica, la tragedia de Vargas y la desaparición de su mejor amigo empañan la vida universitaria de Gabito. Sin embargo, la vida de Gabriel Guerrero no es la única afectada. Fedor, Atilio y Martín, como miembros de su generación, sufrirían de maneras similares y cada uno de las múltiples realidades del inicio de la tragedia venezolana.
Alejandro muere sin más en un accidente. Es desde ese momento el trauma, la conversación incómoda, el mal trago. El líder del grupo de amigos había fallecido y su generación, inútil como decía Gabriel, nunca decidió hablar de ello.
Martín es una prueba directa: el vil egoísmo una vez triunfó. Es asesinado mientras intentaban robarle la camioneta. Ocho disparos. La evidencia irrefutable para Fedor y Gabriel: la vida en Venezuela no vale nada.
El hombre que huye
“Yo soy de los que huyen. Hay cierta dignidad en la huida”.
Fedor.
Fedor fue el primero en irse. Es la representación del pana desarraigado, el hombre sin patria. Si Gabriel creía que su paso por la vida era nulo y sin sentido, el de Fedor era inexistente. Su apodo, “el ruso”, su origen colombiano y su nombre ajeno a la mayoría de venezolanos fueron la advertencia de su carácter, de su condición apátrida. Poco a poco en su exilio en Madrid fue marcando distancia con Atilio, con el fantasma de Martín y de Alejandro. Su único amigo y quien lo acompañaría en el extranjero sería Gabriel, con quien, eventualmente, también marcó distancia en un intento de borrar toda conexión con Venezuela. Sus razones, empapadas de desilusión, se reflejan a continuación.
Escucha una cosa, Gabriel. Nuestra generación no vale ni media mierda. Nosotros perdimos. Heredamos una idea de país arrechísimo, una vaina con real, con petróleo, con culos, con futuro, pero todo fue un bluff, todo era pura paja...
El hombre que se queda
“Y lo raro es que a mí esta mierda, a pesar de todo, me gusta”.
El gordo Atilio
Atilio es la antítesis de Fedor. Cariñoso, carismático y, sobre todo, el único de todo el grupo de amigos que permanece en Venezuela después de todas las tragedias y desgracias que intentan —pero no logran— colapsar su vida. Mientras que Fedor marca distancia con sus amigos fallecidos, Alejandro y Martín, Atilio los visita en el cementerio.
El gordo es el hombre que se queda. Decide —aun sabiendo que la vida en Venezuela no es fácil— prevalecer. La vida, según él, se limita a su hijo, sin darse cuenta de que nos habla de algo más grande: futuro.
Yo no quiero que ese carajito viva en la mierda de país que a mí me tocó. Creo que si todo el mundo pensara así, si la gente hiciera las cosas pensando en el futuro, esta vaina no estaría tan escoñeta’a.
El hombre de la inacción
“Yo creo que tú te fuiste de Venezuela porque tenías miedo... Tú no decidiste irte, Gabriel. Tú escapaste”.
La Nena Guerrero a Gabrielito.
La diferencia entre Fedor y Atilio eran sus decisiones. Entre Gabriel y ellos dos era la capacidad de decidir. Guerrero nunca toma decisiones. Es por Elena, su esposa, que se va de Caracas. Es por su madre que estudia derecho en la Universidad Central de Venezuela. Es por la decisión de Carla, su amor de toda la vida, que decide acostarse con ella. Gabriel es, entonces, un hombre de inacción. Gabriel no decide irse como Fedor y tampoco quedarse como Atilio. Se encuentra en un limbo. Cree que odia a Venezuela y odia estar lejos de ella. Y, a pesar de su infelicidad, no es hasta el final que toma una decisión real: ir a Liubliana.
Es en Venezuela donde decide ir a Liubliana. Todo por la enfermedad de su madre. Allá se reencuentra con el país, con Atilio, llega a una conciliación y finalmente, con la muerte de su madre, entiende las razones por las que Nena Guerrero decidió quedarse.
La Nena Guerrero vs la generación que huye
“Si me voy a morir, quiero morirme en Santa Mónica, cerca de mi casa”.
La Nena Guerrero
“No puedo soportar un día más en este país de mierda”
Carla Valeria
La Nena y Carla Valeria son individuos totalmente contrarios. La Nena vivió en un país próspero y desea morirse allí. Carla, por otro lado, una joven de veinte años, nacida en los noventa, lo único que quiere es salir corriendo.
Ambas abandonan Venezuela al mismo tiempo. Mientras que la Nena fallece en su tierra, rodeada de todas las personas que ha conocido durante su vida —razón por la que Gabriel entiende las razones de su madre. Carla Valeria se va en un avión lejos de todos buscando la vida mejor, sola.
Los motivos de ambas son válidos. Igual que los de Fedor y Atilio. La diferencia entre todos con la Nena es que ella vivió en un país que era la tierra prometida, los demás sólo lo concibieron como un mito.
La Nena es el personaje sin desarraigo, amó a su tierra hasta el final porque, además de la abundancia en la que vivió, sabía que ninguna tierra extranjera se compararía con algo que es, sin que nos demos cuenta, nuestro...
La tierra nuestra
Una generación que había idealizado —gracias al testimonio de sus padres— y dado por sentado un país de abundancia se estrelló contra la desidia, la barbarie y el horror que enfrentó Venezuela desde 1992. Así se rompieron todas sus ideas y sufrieron la mayor desilusión posible, creyendo que entonces el país no valdría la pena. Carla Valeria, Fedor y hasta Gabriel, decidieron convertirse en parte de una generación que huyó. El dolor, la desesperanza y los problemas del país ensuciaron su visión y los obligaron a exiliarse, rechazar la venezolanidad e incluso, en el caso de muchos otros, creerse superiores al resto de Venezuela.
Todas las visiones que aparecen en el libro forman parte de las múltiples voces reales que existen hoy tanto dentro como fuera del país. El desarraigo y rechazo por el sentido de pertenencia es tan común en nuestra gente que Sánchez Rugeles logró compilarlo en un libro. Toda una generación queda, pues, marcada por las voces de estos personajes que, a día de hoy, doce años después de la publicación de Liubliana, aún retumban en nuestras cabezas.
Es entonces, a través de Atilio y la Nena, que podemos encontrar dos soluciones a la gran ola de desarraigo que enfrentamos. Entender que el futuro del país es de su gente y que, si queremos morir aquí, más vale que hagamos de este sitio un mundo mejor. Así, tal vez, logremos callar esas voces del desarraigo que, aunque válidas, sólo logran disminuir el nombre de nuestra patria a un país hecho trizas, pero que realmente aún tiene mucho que demostrarle al mundo.
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