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El boom está en Netflix

lunes 7 de abril de 2025
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Cien años de soledad
Una obra como Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, jamás podrá estar en pantalla a la altura del magnífico libro, porque es improbable adaptar esa genialidad con los mismos resultados, aunque haya talento y recursos para ello.

En el remoto año sesenta y siete del siglo pasado un joven y desconocido escritor se convirtió, en el lapso de dos semanas, en el asombro literario de Latinoamérica (y pronto lo sería mundial) con la publicación de una obra monumental de la cual Borges, el mejor lector del siglo, dijo: “Cien años de soledad es uno de los grandes libros, no sólo de nuestro tiempo sino de todos los tiempos”. Opinión corroborada por el lector simple, sencillo, ingenuo, que la convirtió en una de las obras más leídas y traducidas del idioma de Cervantes, sólo superada por el Quijote. Cincuenta millones de copias en cuarenta idiomas gracias a lo que inició aquella impresión, en la editorial Sudamericana, del legendario Paco Porrúa.

Cien años de soledad revolucionó la novelística del siglo XX y colocó a la literatura en español, junto con otras, en la vanguardia mundial. El boom no se entendería sin esta monumental obra que, dos años después de su publicación, intentó ser llevada al cine por el director italiano Francesco Rosi, cosa a la que el Gabo se negó de plano. Luego fue el brasileño Glauber Rocha quien quiso convencerlo con igual resultado. En el año sesenta y siete fue Anthony Quinn quien, en una entrevista en la televisión mexicana, le ofreció un millón de dólares para tener los derechos. El Gabo, con su humor característico, respondió que fuesen dos: uno para él y el otro para la revolución socialista de América Latina. Luego vino la conversación con Coppola, director de El padrino, que deslizó como quien no quiere la cosa su sueño de filmar Cien años de soledad. Pero eso quedó allí.

Muerto el autor, sus herederos decidieron venderle los derechos a Netflix para adaptar la novela y llevarla a la pantalla en el formato preferido de la plataforma. Recordando que “llovió cuatro años, once meses y dos días” en Macondo, este también fue el tiempo aproximado que tuvimos que esperar, desde la venta de los derechos, para ver la adaptación televisiva de la “inadaptable” Cien años de soledad, de la cual Rodrigo y Gonzalo, hijos de Gabo y Mercedes, son productores. La dirección ha estado a cargo de Álex García López (The Witcher, Star Wars: The Acolyte) y Laura Mora (Matar a Jesús) y en el diseño de producción se encuentra Bárbara Enríquez.

Llevar a la pantalla la fantasía que desborda el libro es una tarea ciclópea: doce mil hectáreas de terreno, mil personas de producción de arte, quinientas personas de la dirección de producción, doscientos extras, cien del departamento de vestuario y trescientas personas para construir las cuatro versiones de Macondo, cifras que muestran —sin saber el dinero que recibió la familia y el costo total de producción— lo titánico de la empresa.

Una obra como Cien años de soledad jamás podrá estar en pantalla a la altura del magnífico libro, porque es improbable adaptar esa genialidad con los mismos resultados, aunque haya talento y recursos para ello. Claro, esto lo dice quien la ha leído.

Sentado frente a la pantalla los personajes se me presentaron ajenos, esos rostros que veía no se compaginaban con los que me acompañan desde la adolescencia y no se ajustaban a los creados por Gabo. A pesar de esa primera impresión, decidí darle una oportunidad por el peso e importancia de la novela. Por más errores que pudieran existir en la adaptación, la historia creada por el hombre de Aracataca los sortearía. Aunque creo que fue la excusa que me di.

La escenografía y el guion (a cargo de José Rivera, guionista principal, y su equipo), en el que se utiliza el recurso del narrador omnisciente para ir introduciéndonos en la historia, es acertado. El Gabo es un narrador nato y sus diálogos son pocos y precisos, lo que hace cuesta arriba la adaptación, por ello la importancia del recuro narratológico para intentar imbuirnos en la atmosfera garciamarquiana.

Sin embargo, al hablar de los aciertos, también debo hablar de los desaciertos: el casting. Las actuaciones son un poco sosas y hasta impostadas, lo que afloja la obra. Aunque, también pudiera deberse al peso de una historia que se convirtió en la más emblemática, o una de ellas, de la literatura en español.

Debo confesar que a pesar de estas cosas disfruté la serie, que cierra el último capítulo con el coronel irrumpiendo en Macondo, por lo que habrá que esperar los ocho de la próxima temporada para ver más “milagros, fantasías, obsesiones, tragedias, incestos, adulterios, rebeldías, descubrimientos y condenas”. Debemos ver el ascenso de Remedios, la bella; el repentino aleteo de las mariposas que acompañan a Mauricio Babilonia; sufriremos la muerte tranquila del coronel Aureliano y quizá corroboremos que “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Esperamos que esta próxima y última temporada sí logre esa segunda oportunidad.

Leonardo Regnault
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