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Blanca Nieves, de Marc Webb

martes 6 de mayo de 2025
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“Blanca Nieves”, de Marc Webb
Blanca Nieves, de Marc Webb, tiene todos los vicios y traiciones con los que los estudios Disney han convertido la infancia en un período de la vida idiotizado y sediento de bondad melosa y de villanos postizos.

En las últimas semanas he disfrutado de tres películas animadas que sorprenden porque se dirigen a la infancia como a un estado de alteración en el que sus períodos de gracia permiten ilusionarse ante los montajes artísticos sin la falsedad de los excesos de bondad y de esa maldad que agencia el mal sin motivaciones claras como la envidia, la vanidad, los celos, es decir, las pasiones. Me refiero a Flow, del letón Gints Zilbalodis; Dalia y el libro rojo, del argentino David Bisbano, y Kayara, de César Zelada y Dirk Hampel. Estos filmes, más allá de sus diferencias, le devuelven al espectador una infancia incontaminada por los retos descomunales productos de las fabricaciones estereotipadas, alejadas de una animación sin riqueza artesanal. Tanta tecnología no siempre logra la densidad y oscuridad que tienen en sus entrañas los cuentos de hadas. Otra cosa sucede con Blanca Nieves, dirigida por Marc Webb, con Rachel Zegler como la desventurada huérfana, Gal Gadot en el papel de la madrastra y Andrew Burnap como el rebelde que enfrenta la tiranía de la reina.

La vanidad y la envidia arrastran al personaje al descalabro, no como en el filme, donde es la maldad a secas la que enfrenta a la joven protagonista.

El filme de Webb tiene todos los vicios y traiciones con los que los estudios Disney han convertido la infancia en un período de la vida idiotizado y sediento de bondad melosa y de villanos postizos de voz hueca de ultratumba, lo que bien podría ser causado por la calidad del doblaje (hablo de versiones en español). Aparte, no olvidemos que la señora Gadot no tiene que actuar la maldad, algo de ésta se alimenta de la élite sionista israelí a la que pertenece. No hay duda de que si la mostraran menos bellaca sería una mejor representante de la vanidad. La vanidad y la envidia arrastran al personaje al descalabro, no como en el filme, donde es la maldad a secas la que enfrenta a la joven protagonista.

El director del filme le entrega a una actriz descendiente de abuelos colombianos, por parte de la madre —y de abuelos polacos, por parte del padre—, Rachel Zegler, la distinción de ser una joven que propone la apertura a las culturas latinas. Nada que criticar a una actriz de piel no blanca como Blanca Nieves, pues el blanco en el cuento no es de ninguna manera una señal étnica y de simple pureza moral, ni la nieve un accidental contexto sino una señal del destino de la joven en un ecosistema riguroso; la blancura del personaje adherida a un ecosistema invernal acrecienta el desamparo. Sin embargo, nada de esto acierta, pues la joven humillada pasa a ser líder de unos bandoleros que pelean por manzanas como si la madrastra fuera un agente de un dios que prohíbe tanto el fruto del bien como el del mal. Convertir un cuento tradicional en una especie de distopía es un disparate, sobre todo porque la distopía presenta el reino cruel de la madrastra como un árbol de ricas manzanas al que le injertan la posibilidad de engendrar bombillos de colores navideños.

El exceso de muñecos y acciones digitales construye un hecho ominoso: poblar completamente el mundo. Ese bosque es una colección de todos los animales lelos que la imaginación convoque: pájaros embobados por la heroína, conejos babeantes de amor, liebres, ardillas y ratones enfermos de afectos dulces, un ciervo meloso, una tortuga de relleno y un erizo que eriza porque sus espinas parecen de algodón. A un cuento de hadas le basta un pájaro aliado del o la protagonista; en esta película el mismo animal aparece multiplicado por disfraces de diversos especímenes. Todos resultan ser el mismo muñeco bobalicón.

Igual sucede con los enanos, a quienes se les falsifica mostrándolos en una mina plena de luces y destellos —¡una mina! —, donde los diamantes traslucen infinidad de colores, dándole además a este grupo por casa una especie de palacio sin la necesaria y debida rusticidad del mundo de los enanos de los hermanos Grimm. Como los estudios Disney nos ablandan el corazón con la edulcoración de sus cuentos de hadas, ahora, además de mostrar un dulzor exagerado, le agregan un hiriente esplendor. Incluso la madrastra parece sacada de una revista de Miss Universo y el espejo se convierte en un embeleco que personifica al compinche del mal en bruto, como si no fuera realmente la encarnación de la voz de la envidia que reta a la vanidad de la madrastra.

Me retiré rápido terminada la escena final, sin esperar los créditos del equipo que acompañó a Webb, y me encontré con varios niños jugando en el corredor que conduce a la salida. Quizá los había fatigado el filme, al contrario de sus padres quienes, embelesados por la película, al ver que los niños no conectaban con ella, les permitían jugar. Los filmes para niños también son para sus padres, incluso si los niños se escabullen. Me pregunto, ¿a qué infancia apunta este filme? ¿A nosotros los viejos conquistados por tantas versiones productos de la disneyficación? Curioso, es superior el filme Blanca Nieves y los siete enanos, de 1937: el hallazgo de las ficciones animadas a color de noventa minutos y la innovación en técnicas de grabación y entintado (según Alba Leiva)1 no lo convierte en una vitrina de proezas virtuales. No siempre el progreso en el arte de montar cuentos de hadas es marcado por los desarrollos tecnológicos inmisericordes y la poética de las babosadas.

Álvaro Bautista Cabrera
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Notas

  1. Leiva, Alba: “21 de diciembre de 1937: se estrena Blancanieves y los siete enanitos, el primer largometraje animado en color”.
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