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El sufrido placer de la escritura

martes 27 de mayo de 2025
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El sufrido placer de la escritura, por José Gregorio Noroño
Este oficio, el de escribir, que se torna cada vez más difícil en su quehacer, nos conduce al sufrido placer de la escritura.
El oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica.
Gabriel García Márquez

Parafraseando a Montaigne, en este texto yo mismo soy el sujeto en cuestión, donde confieso lo concerniente a mi aventura personal relacionada con el sufrido placer de la escritura; por lo tanto, me voy de ensayo entretejiendo ideas, pensamientos y vivencias propias con los hilos de otras voces, estableciendo así un diálogo con otros autores en cuanto al acto de escribir, proceso en el que suelen manifestarse sentimientos de placer y sufrimiento.

Si bien mi oficio está estrechamente relacionado con la lectura y la escritura, de mi infancia tengo un mal recuerdo de las letras, de las primeras lecciones que recibí para conocer los signos gráficos de nuestra escritura. Las letras las fui aprendiendo con dolor; cada una la iba pronunciando con llanto y lágrimas; fueron entrando a mi cerebro por la fuerza, pues quien se tomaba la tarea de enseñarme el abecedario no tenía paciencia, y en cada uno de mis desaciertos recibía un golpe en mi cabeza con su nudillo, en cuyo dedo portaba un hermoso anillo de oro con relieves y una reluciente piedra preciosa. Esa fue una de las formas como aprendí a lidiar con esos signos que, de no ir acompañados con imágenes, no sé qué hubiera sido de mí. Probablemente de allí viene mi interés por estudiar la correspondencia entre palabra e imagen, entre arte y literatura.

Sartre descubrió que las palabras agazapadas en las páginas de aquellos lomudos objetos que habitaban en los estantes de la biblioteca de su abuelo encerraban un misterio que hay que desentrañar.

Estoy consciente de que generalmente la lectura conduce a la escritura. En alguna parte leí que “escribimos para devolver algo de lo que hemos leído”. Jean-Paul Sartre, por ejemplo, a los 58 años de edad publicó Las palabras, libro autobiográfico dividido en dos capítulos: “Lectura” y “Escritura”. En esta obra, concebida en discurso narrativo, manifiesta que su devoción por los libros comienza en su infancia. Al niño Sartre —utilizando una metáfora del escritor venezolano Francisco Rivera— “el mundo se le presenta en forma de libro”. “Empecé mi vida como sin duda la acabaré: en medio de los libros”, dijo Sartre, quien llegó a ser un gran filósofo, ensayista, narrador y dramaturgo. Sartre descubrió que las palabras agazapadas en las páginas de aquellos lomudos objetos que habitaban en los estantes de la biblioteca de su abuelo encerraban un misterio que hay que desentrañar. Desde ese momento hizo girar su vida en torno a los libros, a través de cuyas lecturas se acercó a las obras de grandes autores, quienes lo inspiraron a poner en práctica la escritura, oficio que lo hizo alcanzar la cima del Parnaso. Las palabras que palpaba con sus ojos, que olfateaba y saboreaba en aquellos libros, lo indujeron a escribir desde muy temprana edad. Como todo aquel que quiere ser escritor, el joven Sartre empezó a tomar palabras prestadas de los libros, a copiar o imitar a los autores que más le interesaban.

A propósito de este procedimiento, con respecto al oficio del escritor, el narrador venezolano Eduardo Liendo dice que “la literatura, como el canto, se aprende en principio por imitación”, y, si mal no recuerdo, el español Pío Baroja dijo que “lo importante es escribir, así sea con palabras de otros”. Comenzamos imitando, pero una vez que nos involucramos con la escritura, con el acto de escribir y reescribir, nos proponemos forjar nuestro propio lenguaje y modo de escribir, en el cual, de manera inevitable, siempre se van a notar las influencias, las deudas, los préstamos que hacemos consciente e inconscientemente pues, cuando se escribe, uno cierne, escoge lo que le interesa, combina y recrea. En ese proceso escritural le vamos dando forma a un estilo particular en el que nuestra voz sobresale del coro de voces que subyace en nuestra escritura.

Con relación a mi caso, el gusto por los libros comenzó cuando contaba entre catorce y quince años de edad. Mi mentor era un pariente cercano quien compartía conmigo sus lecturas sobre filosofía, psicología, historia, sociología, arte y literatura, algunas de las materias que él cursaba en cuarto año de humanidades. La filosofía me sedujo, considerablemente. De hecho, los primeros libros que adquirí fueron Introducción a la filosofía e Historia de la filosofía, del alemán-venezolano Ignacio Burk y el español Julián Marías, respectivamente. Querer saber qué era la filosofía me sumergió en el mundo de la lectura. Primero fue por curiosidad y luego por conocimiento, a lo que se sumó el placer por la lectura, actividad que se volvió adictiva en mi vida. Si bien los mencionados libros de filosofía —entre otros textos— fueron los fundadores de la biblioteca que a lo largo de los años he ido conformando, luego me fui interesando por los libros de psicología, antropología, historia, crítica, teoría del arte y literatura: poesía, ensayo y narrativa.

Al principio, aunque no era un asiduo lector de poesía, me atreví a experimentar con la escritura desde ese género literario, probablemente porque mi pariente escribía poesía. Hice algunos ejercicios poéticos que solía guardar, pero al pasar el tiempo los revisaba y, como no me convencían del todo, los fui lanzando al cesto de la basura. Esto lo hice antes y mientras estudiaba Letras, mención Historia del Arte, en la Universidad de los Andes, Venezuela, estudios que me orientaron hacia la investigación y la crítica de arte.

A finales de 1989, recién graduado, me animé a escribir y enviar a las páginas culturales del diario 2001, medio impreso caraqueño. Afortunadamente tuve aceptación en ese medio de comunicación. El primer texto que me publicaron fue “Armando Reverón, poeta plástico de la luz tropical”, escrito a propósito de una exposición iconográfica y documental organizada por la Galería de Arte Nacional (GAN), con motivo del centenario de su nacimiento. Empecé colaborando con dos o tres reseñas críticas al mes. A mediados de 1990 me enteré de unos talleres de literatura —narrativa, poesía y ensayo— ofertados por el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg); presenté mis credenciales para participar en el taller de ensayo, el cual era conducido por el ensayista venezolano Oscar Rodríguez Ortiz, escritor de quien apenas tenía referencia en aquel entonces. Pude haber optado por el taller de poesía, pero para ese momento mi interés era el ensayo, inspirado en Montaigne y en el escritor venezolano Mariano Picón-Salas, quien consideraba que “la fórmula del ensayo (...) sería la de toda la literatura: tener algo que decir, decirlo de modo que agite la conciencia y despierte la emoción de los hombres, y en lengua tan personal y propia que ella se bautice a sí misma”; categoría literaria que transgrede las fronteras de los géneros hasta convertirse en una forma de escritura mestiza, proteica, híbrida como un centauro. Entonces, volviendo al caso, consideré que con este taller de ensayo podía escribir con más libertad, mejorar mi espontaneidad, fluidez y seguridad en la escritura, pero después de varias sesiones consistentes en lecturas, comentarios de textos de autores nacionales y foráneos, y de los ejercicios escriturales de quienes participábamos en el taller, comencé a experimentar dificultad para escribir —quizá porque fui tomando conciencia sobre el acto de escribir. El placer que antes sentía escribiendo se tornó en sufrimiento. Me pasó como cuenta Gabo en El olor de la guayaba:

Cuando estaba descubriendo el oficio, era un acto alborozado, casi irresponsable. En aquella época, recuerdo, después de que terminaba mi trabajo en el periódico, hacia las dos o tres de la madrugada, era capaz de escribir cuatro, cinco, hasta diez páginas de un libro. Alguna vez, de una sola sentada, escribí un cuento. Ahora me considero afortunado si puedo escribir un buen párrafo en una jornada. Con el tiempo el acto de escribir se ha vuelto un sufrimiento.

Eso me preocupó, me generó una gran angustia. Cada vez que me enfrentaba a la página en blanco para producir el artículo que debía enviar al periódico, me quedaba paralizado ante su desnudez. La facilidad o espontaneidad con la que antes escribía desapareció. Las palabras no fluían. A partir de ese taller, ante la página en blanco, comencé a pensar mucho antes de escribir. Construir una oración, un párrafo, hilar ideas con las palabras apropiadas me tomaba más tiempo que de costumbre. Sentí mucha frustración. Llegué a pensar que me había equivocado de oficio, a dudar de mi habilidad para el trabajo con la escritura, pero el gusto por la palabra escrita me indujo a persistir en esa práctica. En vista de aquella dificultad que se me había presentado a la hora de escribir, después de asistir al taller de ensayo con Rodríguez Ortiz, me acerqué a él y le comenté:

—Profesor, resulta que ahora se me hace más difícil escribir. No entiendo el porqué.

—Estás aprendiendo a escribir —fue lo único que me dijo el profesor Ortiz.

Yo, joven en ese entonces, presumía de que manejaba muy bien el arte de la escritura. Aquellas palabras de Rodríguez Ortiz aún resuenan en la caja oscura de mi memoria. Pienso que uno nunca termina de aprender a escribir. Después de ese taller asistí a otros con los escritores venezolanos Guillermo Sucre, en ensayo; narrativa con Sael Ibáñez y poesía con Armando Rojas Guardia. No terminé ninguno, por cierto. Creo que los talleres de literatura son de mucha ayuda, pero en ellos realmente no se aprende a escribir; a escribir se aprende leyendo mucho, particularmente a los maestros, y escribiendo, con “la firme voluntad de crear [una] obra”, como dice el ya citado escritor Eduardo Liendo.

La observación que Rodríguez Ortiz me hizo me indujo a pensar que la escritura es un ejercicio de conciencia, de responsabilidad, de verse, reconocerse y juzgarse a sí mismo: ¿cómo escribo?, ¿cuáles son mis experiencias con relación a la escritura?, ¿cómo realizo el proceso de la escritura?, ¿cuáles son mis fortalezas, temores y limitaciones frente a ella? A medida que tomamos conciencia de estos factores, vamos asimilando el arduo oficio de la escritura; cada quien a su ritmo, por supuesto. Miguel de Unamuno, para referirse a la velocidad con que un escritor produce un texto, los clasificó en escritores vivíparos y ovíparos. Yo, aunque aún no me considero un escritor, pertenezco al segundo grupo. Normalmente soy lento para escribir, pues tengo que incubar las palabras, las ideas, hasta que finalmente rompen el cascarón y salen a la luz del mundo, para con ellas tratar en lo posible de nombrar las cosas, de desentrañar el misterio que habita en nuestro mundo exterior e interior, o para crear otra realidad a partir de nuestra propia realidad.

En fin, este oficio, el de escribir, que se torna cada vez más difícil en su quehacer, nos conduce al sufrido placer de la escritura. Como diría el escritor chileno, Roberto Bolaño, “escribir es un ejercicio de masoquismo”, ya que mediante esta práctica experimentamos placer a través del sufrimiento.

José Gregorio Noroño
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