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Imposible decir adiós, de Han Kang: onírico proyecto de instalación artística

viernes 29 de agosto de 2025
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Han Kang
En la novela Imposible decir adiós, de Han Kang, es constante el elemento onírico, el sueño trágico que se repite una y otra vez.
—¿Cómo se llama? —me preguntó (...)—. Me refiero a nuestro proyecto (...).
Imposible decir adiós —respondí (p. 171).
Han Kang, Imposible decir adiós

Imposible decir adiós es la última novela de la escritora surcoreana Han Kang (1970), quien obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 2024. Estamos claros que el Nobel de Literatura no se otorga por una obra en particular, sino por la trayectoria y la calidad literaria de la obra total de un escritor. El argumento que expuso la Academia Sueca para concederle dicho galardón a Han Kang fue “por su intensa prosa poética que confronta traumas históricos y expone la fragilidad de la vida humana”.

Si bien de Han Kang sólo he leído Imposible decir adiós, ciertamente en esta novela se advierte cómo ella aborda el trauma histórico de una colectividad ─el dolor físico cincelado en la memoria surcoreana─ mediante un lenguaje metafórico, así como la incorporación de textos poéticos, lo que trasciende lo meramente narrativo, no sólo deleitándonos estéticamente, sino también conmoviéndonos intensamente ante el horror de la guerra, ante la crueldad humana, guiada por la ambición de poder, por razones ideológicas e intereses geopolíticos.

Han Kang, cuyo padre y sus dos hermanos también son escritores, comenzó su carrera literaria en 1993. Desde entonces ha publicado un libro de poesía, cuatro compilaciones de cuentos y ocho novelas, siendo más conocida, en principio, por La vegetariana (2007), Premio Internacional Man Booker 2016, y por La clase de griego (2011), pero ahora se ha vuelto muy popular por su Nobel e Imposible decir adiós, publicada por primera vez en 2021.

“Imposible decir adiós”, de Han Kang
Imposible decir adiós, de Han Kang (Random House, 2024). Disponible en Amazon

Imposible decir adiós
Han Kang
Traducción: Sunme Yoon
Novela
Literatura Random House
Barcelona (España), 2024
ISBN: 978-8439745006
256 páginas

El tema central de esta novela trata, concretamente, sobre uno de los momentos más trágicos de la historia de Corea del Sur, la masacre en la isla de Jeju, ocurrida entre 1948 y 1949, la cual está narrada desde la memoria y el trauma de una familia en particular ─la familia de Inseon, fotógrafa y cineasta documental─, suceso violento que no deja de afectar y marcar profundamente la vida de esa colectividad, tanto en la vigilia como en el sueño. Aunque esta novela se basa en un hecho histórico, su estructura narrativa se caracteriza por ser fragmentada, cambiante, no lineal, ya que en la narración de la historia se rompe con su orden cronológico y se intercalan diferentes momentos, el pasado y el presente; es decir, hay momentos en que se interrumpe el presente para hablar de los violentos sucesos ocurridos en el pasado, un recurso narrativo, utilizado por esta autora, conocido como analepsis o flashback.

En Imposible decir adiós es constante el elemento onírico, el sueño trágico que se repite una y otra vez. A lo largo de esta novela se puede apreciar que la autora juega con procedimientos que diluyen la frontera entre realidad y sueño, entre vida y muerte. La novela comienza con un sueño que tiene Gyeongha, escritora y personaje principal de esta novela, portadora de la voz narrativa de esta historia, en la que incluso hay ocasiones en que se transfiere la voz narrativa a otros personajes, como a Inseon, por ejemplo, voces que nos relatan lo que ha pasado. Gyeongha sueña que:

Caía una nieve rala.

La llanura en la que me encontraba lindaba con una colina, sobre cuya ladera había plantados miles de troncos negros. Gruesos como durmientes de ferrocarril, todos tenían alturas distintas, como personas de diferentes edades. Sin embargo, no eran rectos como durmientes, sino ligeramente ladeados y curvos, como miles de hombres, mujeres y niños escuálidos andando cabizbajos bajo la nieve.

“¿Será un cementerio? ¿Esos maderos son lápidas?”, me preguntaba (p. 5).

Esta escena onírica, sumamente metafórica, imagen medular en esta novela, perturbadora y fantasmal, resulta ser muy plástica, muy visual, suerte de pintura surrealista. La voz narradora utiliza la imagen de los miles de troncos negros en la nieve, plantados sobre la falda de una colina, para aludir a personas. Los troncos negros, inclinados y curvos, sugieren hombres, mujeres y niños esqueléticos, caminando abatidos bajo la nieve, fenómeno meteorológico de persistente presencia, tanto en el paisaje como en los recuerdos, imagen portadora de una gran carga simbólica, además. Estos miles de troncos negros, inferimos, aluden a fantasmales seres humanos que transitan bajo la desolación y el sufrimiento. A la pregunta que se hace Gyeongha en su perturbador sueño, con relación a los troncos, si conforman un cementerio o son lápidas, acentúa su carácter simbólico relacionado con la muerte, con seres trágicamente fallecidos.

Aunque Gyeongha venía experimentado pesadillas, sueños violentos, desde 2012, cuando hacía sus investigaciones para escribir su libro sobre el tema de la masacre de Gwangju, ocurrida en mayo de 1980, el sueño de los miles de troncos negros lo tuvo, por primera vez, en 2014, después de haber publicado su libro; sueño que, a partir de entonces, se torna recurrente en ella. Pero más tarde, al hacer una interpretación más profunda sobre este sueño recurrente, llegó a la conclusión de que éste no se circunscribía únicamente a las torturas y la masacre ocurridas en esa ciudad, sino también a otros sucesos previos, tan trágicos como el de Gwangju ─la masacre de Jeju, por ejemplo─, o a pérdidas personales ─suerte de premonición─, como apreciamos mediante su voz en el siguiente párrafo:

En los cuatro años que transcurrieron entre la primera vez que tuve el sueño y aquella calurosa madrugada de verano, pasé por varias despedidas personales. Algunas fueron resultado de mis propias elecciones, pero otras fueron totalmente inesperadas y hubiese dado cualquier cosa para evitarlas (p. 8).

Si bien el anhelo de Gyeongha era contar con todo el tiempo para la escritura, y ciertamente lo tuvo, ese deseo se disipa a causa de la pena experimentada por la ausencia de los seres queridos en su vida, lo que la llevó a encerrarse, aislarse, a padecer de depresión, insomnio, pérdida de apetito, sufrir de migrañas y espasmos estomacales, incluso a pensar en el suicidio, lo que deducimos al leer: “Una de esas noches escribí mi testamento” (p. 9). ¿Y en qué momento normalmente se redacta un documento de esa naturaleza? Pues, cuando una persona quiere dejar constancia de su voluntad con relación a sus bienes y otros asuntos, después de su muerte. Pero Gyeongha retrasaba la consumación de su testamento; lo escribía, lo deshacía y reescribía una y otra vez, debido a que en la carta que lo antecedía, pidiendo algunos favores con relación a los asuntos del testamento que dejaría pendiente, ella no termina de decidir a quién dejar esa comprometida tarea. Finalmente, como ella misma llega a decir, “la muerte pasó de largo” (p. 10), y aunque no hizo las paces con la vida, decidió que “debía seguir adelante” (p. 11).

Gyeongha siguió adelante, pero sin poder librarse de sus inquietantes sueños, que tanto la agobiaban, de tal modo que se le dificultaba diferenciar por completo las pesadillas de la realidad, el sueño de la vigilia, sobre lo cual dice: “Hacía tiempo que no dormía bien y atravesaba una época en la que no distinguía del todo las pesadillas de la realidad...” (p. 15), y más adelante confiesa que: “A veces tengo la sensación de que, aun después de haberme despertado, los sueños continúan por su cuenta en algún otro lugar, y lo mismo ocurrió con aquel sueño” (p. 18), refiriéndose, en este caso, a su recurrente sueño sobre los miles de troncos negros en la nieve.

Gyeongha, obsesionada con esas imágenes oníricas de los troncos negros en la nieve, pensó en la posibilidad de hacer algo con ellos, plantarlos en algún lugar; entonces se le ocurrió la siguiente idea:

Puesto que era imposible conseguir miles de árboles, plantaría sólo noventa y nueve —un número abierto al infinito— y, con la ayuda de una docena de personas que quisieran participar en el proyecto, los pintaría de negro con tinta china. Los vestiría con gran esmero del color de las tinieblas para que nunca más volvieran a robarme el sueño. Finalmente, en lugar de que el mar los anegara, esperaría a que cayera la nieve y los arropara con su manto blanco.

Le pedí a una amiga que con anterioridad se había dedicado a la fotografía y a filmar documentales, que dejara registrado todo el proceso en una breve película testimonial, y ella aceptó de buen grado (p. 19).

Como se advierte, sobre la base de su recurrente pesadilla, Gyeongha se propuso realizar, sin precisar el término artístico, un proyecto muy característico de lo que es una instalación, procedimiento propio del arte contemporáneo, como el land art, por ejemplo, en el que un artista, o un grupo de artistas, interviene un entorno natural como escenario visual para plasmar una idea o concepto artístico, valiéndose de materiales provistos por la misma naturaleza, que en este caso consistía en trocos de madera ─intervenidos de negro con tinta china─ y la nieve. Gyeongha involucró a su única y mejor amiga en este proyecto, Inseon, fotógrafa y realizadora de cine documental, mediante entrevistas relacionadas con la masacre de Jeju, a quien invita para que hiciera el registro audiovisual del proceso de producción y la puesta en escena de la instalación, consistente en la plantación de los noventa y nueve troncos negros en la nieve y la acción de los copos de nieve cayendo sobre los inclinados y curvos troncos negros, como se lee en la cita a continuación: “...y entonces le propuse mi idea de plantar los troncos, pintarlos de negro y esperar a que cayese la nieve para filmar” (p. 38).

Inseon no sólo aceptó hacer el registro audiovisual del proceso de realización y puesta en escena de la instalación, sino que se involucró totalmente con el proyecto, de tal modo que fue ella quien cortó los troncos, los pintó de negro, les dio la forma inclinada y doblada ─puesto que contaba con un taller de carpintería─ con el propósito de que se parecieran a personas con los hombros caídos, y, además, propuso el terreno que había heredado de su padre para la puesta en escena. Por esta razón, ambas, cuando hablaban sobre el tema de los trocos negros en la nieve, siempre se referían a ellos como “nuestro proyecto”.

A través de este proyecto, Gyeongha se planteó expresar lo que no podía hacer con palabras, como escritora, razón por la que esgrimió la posibilidad de materializar su recurrente pesadilla a través de una instalación de naturaleza artística; si bien no precisa el término, reitero, así lo presumimos quienes estamos familiarizados con ese género de obras de arte, pues ella especificó los materiales, la técnica, el título ─Imposible decir adiós─ y el significado de la instalación, así como el momento y el contexto en el que ésta iba a realizarse, además de la idea de hacer el registro documental del proceso de creación y el acontecimiento en la obra puesta en escena: la nieve cayendo sobre los troncos pintados de negro, abrigándolos “con su manto blanco” (p. 19).

Está claro que la idea de Gyeongha, con esta propuesta, consistía en canalizar, en dar forma y sentido, mediante el arte, al dolor y a la imborrable herida causada por la violenta represión y la masacre de Jeju; sacar de la oscuridad, conceder voz a los olvidados y enmudecidos difuntos de ese trágico período de la historia surcoreana, además de “que nunca más volvieran a robarme el sueño” (p. 19), como dice ella con relación a su recurrente pesadilla con los troncos negros sobre la nieve.

A pesar de que Gyeongha e Inseon consideraban realizar el proyecto en invierno, éste será aplazado año tras año por razones personales, tanto de una como de la otra, hasta que después de cuatro años Gyeongha desistió de la idea de materializar el proyecto de su trágico y fantasmagórico sueño, pues “llegué a preguntarme si la naturaleza misma de ese proyecto no sería su postergación indefinida” (p. 40), pensó ella; aunque quien persistía en él era Inseon, quien, sabemos, lo tenía muy adelantado. Desafortunadamente, la idea del proyecto de instalación, Imposible decir adiós, no terminará de materializarse, sino que permanecerá en el campo onírico, en la pesadilla de Gyeongha, sin lograr liberarse de la carga de ese trágico acontecimiento ni sanar la herida de la colectividad surcoreana, quedando abierta en su memoria histórica, sin la posibilidad de poder decir adiós a ese perturbador pasado. Aunque el proyecto de los troncos negros en la nieve no haya trascendido el territorio de los sueños, del concepto y de la descripción, sabemos que, aun así, la forma de exorcizar lo terrorífico es a través del arte, del lenguaje literario o visual.

Después de vivir en la incertidumbre con relación a la ejecución del proyecto de instalación land art, Gyeongha, al final de la novela, acentúa nuestra perplejidad ─gracias al hábil juego entre realidad y sueño con el que opera Han Kang─ al no saber si está viva, muerta o soñando. Posiblemente a ella le tocó “despertar en el sueño de la muerte”, citando un fragmento de La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Quizá por eso para Gyeongha “Los sueños son algo aterrador” (p. 213), no sólo por su contenido pesadillesco o fantasmal, sino porque en ese momento no se sabe si se está vivo o muerto.

En fin, una vez terminada la novela experimentamos una extraña sensación, ya que sentimos seguir allí, atados a las voces que nos mantienen en el tejido de ese tapiz en el que se entretejen hilos de sueños y realidad, de vida y muerte, sin saber con certeza de qué lado estamos.

José Gregorio Noroño
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