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Itinerantes del ser
(los acróbatas)

martes 3 de junio de 2025
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Itinerantes del ser (los acróbatas), por Stella Alvarado
La acrobacia es un antiguo arte oriental que se ha desarrollado y ha crecido hasta llegar a Occidente. En esta expresión artística no existen barreras lingüísticas ni culturales.

“¿Pero quiénes son ellos, dime, los ambulantes, los que son un poco más fugaces aún que nosotros mismos, los urgentemente retorcidos...?”, interrogaba Rilke en la quinta Elegía.

“Nosotros caemos dentro del tiempo y el vuelo dura siempre, y siempre hay otro sueño allí abajo, en la tierra”, responden ellos. “Somos nómadas del pensamiento, del trabajo, la vida; somos el vértigo al desafiar la gravedad”.

La acrobacia y los fugaces...

Cioran enunciaba la caída en el tiempo de los apocalípticos e integrados nómadas y sedentarios, “la caída en el tiempo” de aquellos que vuelan por los pasados futuros probables.

“Los itinerantes del ser”, decía María Zambrano.

Siempre hay quienes apresan el día y se deslizan en el tiempo. Son los dueños del viento, de la ruta del sol, de los caminos.

La vibración del sonido de los taikos es su compañera en la travesía metafísica.

Cuenta la leyenda que el arte del trapecista se remonta al Lejano Oriente del período Neolítico. Hombres/mujeres/pájaros practicaban durante su tiempo libre el uso de sus habilidades y sus capacidades físicas. La acrobacia es un antiguo arte oriental que se ha desarrollado y ha crecido hasta llegar a Occidente.

En esta expresión artística no existen barreras lingüísticas ni culturales.

Desde las cuerdas, líneas enredadas en sí mismas, hilos conductores de la vibración del sonido de tambores, de gaitas o de cítaras, ellos, hombres/mujeres/pájaros, son, por unos momentos, un lazo entre el cielo y la tierra.

Los tambores de un país imperial recuerdan aquel sueño de cruzar el mar. Los taikos, tambores de madera recubiertos por una piel de animal cosida alrededor de la caja, estremecen profundamente nuestros sentidos.

Para los monjes sintoístas eran un medio de transmisión y a la vez, meditación. En los campos de batalla se recurría a ellos para intimidar al enemigo. En la isla de Okinawa los taikos simbolizaron el agradecimiento de los agricultores y los pescadores por buenas cosechas y buenas pescas.

Logrado un ensamble perfecto, inesperado, todos los tambores suenan como si fuesen uno.

Con ese sonido, la sonrisa de los trapecistas se torna curativa y mágica. Desde las cuerdas, ellos, hombres/mujeres/pájaros, como un lazo que liga cielo y tierra, caen en el otro espacio; puerta para observar al infinito, detener el tiempo o, acaso, para tener un imprevisto encuentro con los dioses.

Stella Alvarado
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