
Estaba oyendo, en un sábado sin cerveza, uno de los recitales de poesía que organizan vía WhatsApp los poetas Efrén Barazarte y Beatriz Espinoza Zapata, y me llamó la atención el poeta invitado: Zorian Ramírez Espinoza. Había sabido de su mención en el premio de poesía joven Rafael Cadenas, aunque no conocía sus poemas. Pero ¿quién olvida ese nombre?
Me impresionó que siendo tan joven escribiera versos con potencia, con arte bien buscado. En Zorian presentí esa calidad anímica y libre como un relámpago que ha sido la marca genética de los buenos poetas venezolanos.
Felicité a Zorian, como lo hizo todo el auditorio, y unos pocos días después me envió algunos de sus poemas. Y yo jamás resisto las ganas de escribir sobre aquellos que escriben, los creadores que tanto nos conmueven.
Zorian Ramírez Espinoza es un joven poeta que parece estar escribiendo desde hace un siglo. Sólido, sabio, atrevido, es poeta natural y es como el habitante de una ciudad fundada por la música que su alma produce.
Observa con el alma, es un observador de lo intangible. Escucha con todo su cuerpo y siendo tan joven va más allá de las expresiones comunes y corrientes, como si tuviera prisa y necesitara decir todo de una vez. De un modo íntimo y brillante. Quiere que lo sepan. Y se lo merece.
En sus poemas se nota la naturalidad fluyendo con el combustible de la inteligencia, de la información nítida y a la vez profunda.
Sus sentimientos pueden predominar pero a veces no lo hacen, porque el poeta se engolosina con la precisión; quizás la disciplina matemática que interviene en la estructura de la música influye en ello. Pero el asunto primordial es que Zorian posee un torrente poético que no cesa, su esencia es la música que salta en las palabras liberando un canto que se va poniendo en onda con la espiritualidad de la poesía.
El poeta favorece el crecimiento de la imaginación y del conocimiento como alimentos para un posterior desenlace ficticio y hermoso: el poema.
Él es poeta de un modo familiar, como si la poesía y la música lo hubiesen engendrado. Ese es un grato descubrimiento porque para ser tan joven ha alcanzado una madurez respetable, un verdadero y sólido punto de partida para lograr una obra perdurable. Sus versos se comportan como ondas luminosas, anillos brillantes en el agua del arte. Palabras bien lanzadas a la fuente.
Zorian Ramírez Espinoza nació en el año 1996. Estudió Artes mención Música en la Universidad Arturo Michelena. Es contrabajista de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas. Participó en el diplomado “Creación y reflexión poética” de la Fundación La Poeteca de Caracas.
Fue finalista de la séptima edición del premio de poesía joven Rafael Cadenas; mención honorífica en el segundo premio internacional de poesía Bruno Corona Petit y del quinto certamen de poesía venezolana “Ecos de la luz”.
A continuación, para que conozcan algo de la poesía que desarrolla Zorian Ramírez Espinoza, reproduzco un poema basado en la obra de la artista plástica Maigualida Espinoza, que forma parte de la exposición titulada “Poéticas del cuerpo, mitos de un silencio” (Caracas, 2022).
Alba
Penetra el día
la habitación
donde se guardan gestos
que la memoria ignora
La mujer proyectada sobre las paredes
es la misma y distinta cada vez
Desierta de sí
llorar para ella es un acto cotidiano
¿Cuál el lugar del armario
destinado a las mortajas?
En la ceremonia se entonan
dulces melodías
mientras
se tiende y tensa
el cuerpo sobre la cama
Hasta agrietar el día
en la acción eterna del retorno
Y una muestra de su contundencia sintetizada en Fragmentos de un ejercicio parecido al diario (2024):
Martes / 11:25 am
Digamos pues que mi vida está construida sobre un diseño fallido, error de cálculo matemático donde cada cosa es columna y germen de algo más.
El contrabajo, los libros y un piano la sostienen. He unido estos objetos a la blancura de esta tierra.
Lloré al volver sobre el camino escrito.
Viajaba en metro. Él acercaba su mano y la rozaba con la mía que reposaba en el pasamanos del vagón. Una pasajera me ofrecía una toallita para que secara mis lágrimas.
Me sentí estúpido, me sentí poeta.
Ahora, humedezco esta hoja en letras deshechas cual fe inquieta en los andamios.
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