
“Soplaban vientos del sur y el hombre emprendió viaje”. Así se inicia el poema-canción “En Colliure”, que Joan Manuel Serrat le dedicó en 1969 a don Antonio Machado, recordando su partida hacia Francia, huyendo de las tropas fascistas de Francisco Franco, mirando con tristeza cómo se desvanecían su historia y su pasado, una España ensangrentada, derrotada, su exilio y muerte en tierra extranjera.
“Una gruesa losa gris vela el sueño del hermano. La hierba crece a sus pies y le da sombra un ciprés en verano”, dicen algunos versos de este bello poema de Serrat. Y fue en un ardiente verano que arribé a este pueblo frente al Mediterráneo, siguiendo los pasos de aquella canción que me había hechizado desde mi infancia. Así que me encontré frente a esa tumba donde, como dice Serrat, “el jarrón que alguien llenó de flores artificiales, unos versos y un color, son sus prendas personales”.

1938. Es el fin de la guerra civil española. El ejército republicano ha sido arrinconado por los falangistas nacionalistas de Franco. Sus tropas avanzan hacia Valencia, donde Machado con su familia se ha refugiado en Villa Amparo, un chalet en la localidad de Rocafort. El gobierno de la república le sugiere al poeta que se traslade a Barcelona. En abril viaja a esa ciudad con su señora madre Ana Ruiz, su hermano José y la esposa de éste, Matea Monedero. Allí, en el hotel Majestic, se instala algo menos que un mes, para luego alojarse en la torre Castañer, paseo San Gervasio, donde vive en medio de necesidades y con una gran tristeza al ver a su España con un presente derrotado. Durante los ocho meses que dura aquel hospedaje, colabora con el periódico La Vanguardia, donde publica veintinueve artículos hasta enero de 1939. Escribe de dos a tres colaboraciones por mes para la sección titulada “Desde el mirador de la guerra”, en las cuales vuelve a su apócrifo alter ego y maestro Juan de Mairena, abordando, esencialmente, temas de la guerra civil española, a la vez que la situación de una Europa bajo la amenaza de Mussolini y de Hitler, como también la posición hipócrita y cínica de Francia y de Inglaterra sobre su “no intervención” en ayuda de la república y del pueblo español, víctima del nazi-fascismo.
Pero la caída de Barcelona es inevitable y el 22 de enero de 1939 se ven forzados a emprender su éxodo hacia Francia, organizado por las autoridades republicanas. El camino es tortuoso, con amenaza de ser bombardeados por la aviación franquista. Tan sólo iniciada la marcha deben abandonar los carros y los equipajes, empezando un extenuante recorrido a pie hacia la frontera. La lluvia y el frío agravan el asma que padece el poeta.
Encuentran la frontera francesa cerrada. Gracias al escritor Corpus Barga, quien cuenta con un permiso de residencia, el poeta con su familia puede cruzar hacia Francia. En la estación de Cerbère pasan la noche dentro de un vagón abandonado en una vía muerta, por lo que el frío es mortal para los pulmones de Machado. Trasladados en tren hasta Colliure llegan en la tarde. Buscan albergue el 28 de enero de ese año cruel de 1939. Jacques Baills, jefe de la estación, les indica el hotel Bougnol-Quintana.
Sin embargo, se encaminan primero a la tienda de tejidos y mercería de Juliette Figuères, vecina del hotel, donde reposan un poco. Después de media hora se dirigen al hotel, donde son cogidos por Pauline Quintana, su dueña. Ahí descansarán del largo y terrible periplo.
Ya instalados en dos habitaciones —una para Antonio y su madre, otra para José y Matea— los dos hermanos, que han perdido toda su ropa, deben turnarse las camisas para bajar al comedor. Viendo dichas carencias, la señora Figuères les facilita mudas, libros, periódicos, e incluso papel y sellos a José para enviar cartas a sus tres hijas evacuadas a Rusia.
Se cuenta que Jacques Baills reconoció el nombre de Antonio Machado cuando lo vio en la ficha del hotel. Era el mismo poeta cuyos poemas había leído en sus clases nocturnas de español. Desde ese momento se hizo su cómplice solidario y un compañero inseparable.
El 18 de febrero el poeta se agrava. Es atendido por el doctor Cazaben, quien le receta algunas medicinas, pero vaticina su próximo fin.
Frente a este mar Mediterráneo he leído los últimos versos que escribió Machado en un trozo de papel. Fueron encontrados por José en un bolsillo del gabán de su hermano días después del fallecimiento: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Quizás los escribiera en las pocas salidas al mar, frente a la claridad del cielo y el azul Mediterráneo, recordando su patio de Sevilla, su huerto y su limonero, él, un hombre del sur, de esa Andalucía resplandeciente y solar.
Me he situado también frente a la Casa Quintana, donde el 22 de febrero, a las tres y media de la tarde, el poeta hizo su último viaje “ligero de equipaje”. Era miércoles de ceniza. Lo venció una fatal neumonía. En sus últimos momentos lo acompañaban José, Matea, el jefe de la estación de Colliure, madame Pauline Quintana y madame Juliette Figuères. Una bandera republicana, confeccionada por estas dos damas, cubrió primero el cuerpo y luego el féretro del poeta, expuesto entre dos sillas ante el hotel. Doce soldados republicanos, milicianos de la Segunda Brigada de Caballería Andalucía, lo llevan a hombros pasando por el ayuntamiento, hasta el cementerio. Gracias a la gestión de madame Quintana fue enterrado el 23 de febrero en un panteón prestado por su amiga Matie Deboher y no en una tumba municipal. “Adiós, madre; adiós, madre”, había susurrado en su agonía. Madre e hijo estaban enfermos en la misma habitación. Tres días después, el 25 de febrero, la señora Ana Ruiz fallecía justo el día que cumplía 85 años.
Un día la familia Deboher necesitó el panteón. Entonces, en 1957, Josep María Corredor, secretario de Pablo Casals, escribe un artículo donde solicita donativos para financiar las obras de construcción de una tumba para el poeta y su madre. Albert Camus, Pablo Casals, André Malraux, René Char, como también particulares, exiliados españoles y estudiantes de filosofía y letras de Rennes, dan donaciones. El ayuntamiento de Colliure cede el terreno en 1958. Y allí están desde entonces.

Y es aquí donde ahora, bajo un fuerte calor de verano, me detengo para hacerle al poeta mi respetuoso ritual de agradecimiento. “La hierba crece a sus pies y le da sombra un ciprés en verano. El jarrón que alguien llenó de flores artificiales; unos versos y un clavel y unas ramas de laurel, son las prendas personales”. Vuelvo a recordar los versos del poema de Serrat. Miro una y otra vez aquella sencilla y modesta tumba, rodeada ahora de banderas: una catalana, otra republicana, una más española; como también de poemas grabados en su losa, de homenajes del Gobierno español, de flores naturales y artificiales, junto a retratos, recordatorios y exvotos de sus fervientes admiradores y lectores. Y, por qué no, también yo contribuyo a poblarla con un discreto exvoto como recordatorio.
“Y cuando llegue el día del último viaje”, leo en una de las placas, debajo de los nombres de Antonio Machado y Ana Ruiz. Vaya destino. Él lo había presagiado en su poema “Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de don Guido”: “Al fin, una pulmonía mató a don Guido, y están las campanas todo el día doblando por él: ¡din-dan!”.
Digo de memoria esos versos. Miro con veneración su tumba y me encamino hacia el mar donde me imagino al poeta frente a ese azul bebiendo sorbo a sorbo su pasado, recordando el sol de su infancia, el amor por su adolescente esposa Leonor Izquierdo, muerta a los dieciocho años en 1912; su clandestino amor por Pilar de Valderrama, la poetizada “Guiomar”; sus campos de Castilla, proverbios y cantares, soledades y canciones; sus estancias como profesor de francés en Soria, Baeza, Segovia; su Juan de Mairena, ese Sócrates andaluz, lúcido e irónico ante las desgracias de España; sus artículos contra el fascismo, publicados a favor de la república en el periódico La Vanguardia de Barcelona durante la guerra civil, y los fracasos.
“Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito”, nos dijo el poeta que llegó cansado, ensimismado, a este pueblo marino. Había nacido en Sevilla el lunes 26 de julio de 1875. El miércoles 22 de febrero de 1939 partió dejándonos su palabra en el tiempo. Tenía 63 años.
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