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Salvatore Quasimodo: sobre el corazón de la tierra

martes 25 de noviembre de 2025
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Salvatore Quasimodo
“El nacimiento de un poeta es siempre una amenaza para el orden existente”, escribió Quasimodo en el discurso con el que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1959.

Milán. Verano. Bajo un implacable sol nos encaminamos al Cementerio Monumental. Deseábamos encontrar la tumba del poeta siciliano. Después de idas y vueltas por ese “museo al aire libre”, recorriendo una y otra vez sus secciones y monumentos dimos con la tumba gracias a la ayuda de un funcionario de pompas fúnebres. Está donde debe estar, rodeada de los grandes artistas de Italia: el escritor Alessandro Manzoni y los músicos Giuseppe Verdi y Arturo Toscanini. En el llamado Famedio o “Templo de la Fama” se encuentra el poeta. Este hermoso panteón fue construido entre 1863 y 1866 por Carlo Maciachini. De ladrillo y mármol, con grandes ventanales, esculturas y paredes multicromáticas, su arquitectura fusiona varios estilos, creando un equilibrio entre la monumentalidad clásica y lo neogótico de arcos apuntados, torres, pináculos. Allí me situé al frente de su sencilla lápida de mármol, donde sólo reza el nombre, su fecha de nacimiento y la de partida de este mundo. Entonces, con un ferviente agradecimiento, leí su bello poema “Epitafio para Bice Donetti”, la mujer que amó “en el tiempo triste de la juventud”:

Con los ojos hacia la lluvia y los elfos de la noche, / está allí, en el campo número quince, en Musocco, / la mujer emiliana que yo amé / en el tiempo triste de la juventud. / Hace poco fue sorprendida por la muerte / mientras miraba tranquila el viento del otoño / agitar las ramas de los plátanos y las hojas / desde su gris casa de la periferia. / Su rostro aún está vivo de sorpresa, / como sin duda lo estuvo en la infancia, deslumbrado / por el tragallamas alto sobre el carromato. / Oh tú, que pasas, empujado por otros muertos, / ante la fosa mil ciento sesenta, / detente un minuto a saludar / a la que nunca se lamentó del hombre / que aquí queda, odiado, con sus versos, / uno de tantos, obrero de sueños.

Salvatore Quasimodo: sobre el corazón de la tierra, por Carlos Fajardo Fajardo
El autor de esta nota frente a la tumba de Quasimodo.

De pronto, una pareja de italianos se acercó a la tumba del poeta. Al terminar mi lectura, comentaron que eran de su tierra natal, Módica, Sicilia, y que en el Lungomare Amerigo Vespucci de Punta Secca se encuentra un monumento literario frente al infinito azul marino. En él está grabado el poema “Ed è subito sera” (“Y en seguida anochece”).

Salvatore Quasimodo: sobre el corazón de la tierra, por Carlos Fajardo Fajardo
Monumento literario en el Lungomare Amerigo Vespucci de Punta Secca, Sicilia. En él está grabado el poema Ed è subito sera” (“Y en seguida anochece”).

Cuánto le debemos a este inmenso poeta que nos embrujó con su palabra en esos años juveniles cuando, seducidos, embriagados y apasionados, destilábamos poesía por todos nuestros espíritus encarnados. Eran finales de los setenta y principios de los ochenta. Sentados en la banca de algún parque leíamos esa sentencia que nos atravesó con su saeta de fuego: “Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra / traspasado por un rayo de sol: / y enseguida anochece”.

Ahora, frente a su morada mortal, recuerdo los hermosos y lúcidos versos de sus primeros libros, sus concisas y concentradas sentencias:

Tal vez haya cambiado también mi tristeza, / como si yo fuere no mío, / por mí mismo olvidado.

(de Aguas y tierras, 1920-1929. Versión de Carlo Frabetti).


Tu primer hombre / no sabe, pero sufre.

No sé odiarte: tan leve / es mi corazón de huracán.

(de El oboe sumergido, 1930-1932. Versión de Carlo Frabetti).

Soy un hombre solo, / un solo infierno.

En el sentido de la muerte, / heme aquí, asustado de amor.

Nazco a tu luz náufrago, / noche de aguas límpidas.

(de Erato y Apolo, 1932-1936. Versión de Carlo Frabetti).

Luego, está en su poesía todo ese torrente vivencial donde celebra el aire marino, la plenitud del sol de su antigua Sicilia, el sur de su infancia. En esa mágica región se encuentra la luz donde una madre espera a un hijo que le vio un día partir con unos versos en el bolsillo y el olor de una mujer amada que siempre regresa convertida en poema. Esos versos fueron huella y herida en el costado de nuestra insaciable osadía; endulzaban y a la vez dolían como un arañazo de amor:

Mi tierra está sobre los ríos pegada al mar, / ningún otro lugar tiene la voz tan lenta / donde mis pies vagan / entre juncos cargados de caracoles. / Cierto es otoño: en el viento a jirones / las muertas guitarras elevan las cuerdas / sobre la boca negra y una mano agita los dedos de fuego. / En el espejo de la luna / se peinan muchachas con pecho de naranjas.

(“Las muertas guitarras”. De El falso y verdadero verde, 1949-1955. Versión de Carlo Frabetti).

Y está la tragedia histórica, el documento de barbarie que generó el fascismo y el nazismo con su sello de matanzas. El poeta estuvo en medio de esa antorcha cruel para describirla y denunciarla:

¿Cómo hubiéramos podido cantar / con el pie extranjero sobre el corazón, / entre los muertos abandonados en las plazas / sobre la hierba dura de hielo, ante el lamento / de cordero de los niños, el alarido negro / de la madre que iba hacia el hijo / crucificado en el poste de telégrafo. / En las frondas de los sauces, como exvotos, / también nuestras liras estaban colgadas, / oscilaban leves al triste viento.

(“En la fronda de los sauces”, de Día tras día, 1947. Versión de Carlo Frabetti).

Mucho aprendimos con él cuando anunciaba que este oficio y destino debe poseer unos cimientos éticos para levantar con lucidez y sensibilidad todo ese edificio poético, pleno de calidad escritural, de vibrante sonoridad y altura:

En vano buscas entre el polvo, / pobre mano, la ciudad está muerta. / Está muerta: se ha oído el último estruendo / en el corazón del Naviglio. Y el ruiseñor / se ha caído de la antena, alta sobre el convento, / donde cantaba antes del crepúsculo. / No cavéis pozos en los patios: / los vivos ya no tienen sed. / No toquéis a los muertos, tan rojos, tan hinchados: / Dejadlos en la tierra de sus casas:/ la ciudad está muerta, está muerta.

(Milán, agosto de 1943, de Día tras día, 1947).

“Todavía eres el de la piedra y la honda, hombre de mi tiempo”, nos dice el poeta, como un anuncio, como testigo vital, observando lo que ocurría en su época. Lo dijo en 1959, en su discurso del Premio Nobel: “El poeta es la suma total de las diversas experiencias del hombre de su tiempo (...). El nacimiento de un poeta es siempre una amenaza para el orden existente (...). La poesía también es el ser físico del poeta, y es imposible separar a éste de su arte”.

De la soledad intimista, con un lirismo descrito en sus poemarios iniciales, en los cuales dialogaba con el hermetismo de la poesía italiana, dio paso a un tono épico de gran calidad poética, manifiesto en libros impregnados de tragedias históricas, cargados de “lecciones de humanismo”, como él los define. A partir de Día tras día, publicado en 1947, se observa este tránsito de la soledad individual a una soledad solidaria con sus semejantes, prolongada en sus libros La vida no es sueño, El falso y verdadero verde, La tierra incomparable.

Nos enseñó que “el poeta, el escritor, contribuyen a transformar el mundo; podrá parecer una apreciación subjetiva o una presunción; pero basta tener en cuenta las reacciones que el poeta suscita en la sociedad en la que surge (...). La poesía se revela en la soledad, y desde la soledad se mueve hacia todos los meridianos; del monólogo llega a lo social”. Y agregaba: “Las poéticas y las filosofías se desintegran cuando los árboles caen y las paredes colapsan”, tal como le sucedió a Europa en esos terribles años de mordaz belicismo. Bajo estas tempestades, el poeta es un inconformista, “pasa de la poesía lírica a la épica, para hablar sobre el mundo y su tormento a través del hombre, racional y emocionalmente. El poeta entonces se convierte en un peligro”.

De allí que Quasimodo fuera nuestro barómetro ético en el tiempo de la desafiante juventud poética. Como esponjas lo asimilamos, aprendimos que “ni el miedo, ni la ausencia, ni la indiferencia o la impotencia, impedirán que el poeta comunique un destino metafísico a otros”. Estas palabras penetraron en el corazón de mi poesía y de mi aliento.

Había nacido en Módica, Sicilia, el martes 20 de agosto de 1901. De padre ferroviario, a los siete años se trasladó a Mesina. Frente al mar sintió los primeros fulgores de la poesía, al viento de su tierra mediterránea. Tenía dieciséis años cuando comenzó ese destino de poeta “traspasado por un rayo de sol”. A su tierra le cantó muchas veces. De ella dijo:

Cuando vinieron los pájaros a mover las hojas / de los árboles amargos junto a mi casa / (eran ciegos volátiles nocturnos / que horadaban sus nidos en las cortezas), / alcé la frente hacia la luna / y vi un alto velero. // Al borde de la isla el mar era sal; / y se había tendido la tierra y antiguas / conchas relucían pegadas a las rocas / en la rada de enanos limoneros.

(“El alto velero”, de Nuevas poesías, 1936-1942. Versión de Carlo Frabetti).


Islas que he habitado / verdes sobre mares inmóviles. / Abrazadas de algas, de fósiles marinos, / las playas donde corren en celo / caballos de luna y de volcanes.

(“Caballos de lunas y de volcanes”, de Nuevas poesías, 1936-1942).

Viaja a Roma. Se inician otros caminos, nuevas orillas, otros lados por conquistar. Trabaja como vendedor, empleado en los grandes almacenes y de funcionario. Publica Aguas y tierras en 1930 y el Oboe sumergido en el 32, donde escuchamos:

Se adivinaba la estación oculta / por el ansia de las lluvias nocturnas, / por los cambios de las nubes en el cielo, / undosas leves cunas; y yo estaba muerto. // Una ciudad suspendida en el aire / era mi último exilio, / y en torno me llamaban / las suaves mujeres de otros tiempos.

(“De tierna mujer echada entre las flores”).

Más tarde llega a Milán, en la cual vivirá desde 1934. En esa ciudad industrial, masificada, como una “máquina que tritura los sueños”, escribe en revistas y se opone al fascismo de Benito Mussolini. Y de repente, llega la Segunda Guerra Mundial. Mira los campos destrozados, a hombres, mujeres, niños, ancianos de su Italia desterrados, asesinados, y le duele la ensangrentada patria:

(...) Oh, el Sur está cansado de arrastrar muertos / a la orilla de las ciénagas de malaria, / está cansado de soledad, cansado de cadenas, / está cansado en su boca / de las blasfemias de todas la razas / que han gritado muerte con el eco de sus pozos, / que han bebido la sangre de su corazón. / Por eso sus hijos vuelven a los montes, / sujetan los caballos bajo mantas de estrellas, / comen flores de acacia a lo largo de las pistas / nuevamente rojas, aún rojas, aún rojas. / Ya nadie me llevará al Sur. // Y esta tarde cargada de invierno / es aún nuestra, y aquí te repito / mi absurdo contrapunto / de dulzuras y furores, / un lamento de amor sin amor.

(“Lamento por el sur”, de La vida no es sueño, 1946-1948. Versión de Carlo Frabetti).

Como también recuerda con devoción a los valientes hermanos Cervi, partisanos que en la Resistencia se enfrentaron al régimen fascista:

(...) Pero yo escribo todavía palabras de amor, / y también ésta es una carta de amor a mi tierra. / Escribo a los hermanos Cervi, / no a las siete estrellas de la Osa: a los siete emilianos / de los campos. Tenían pocos libros en el corazón, / murieron echando dados de amor en el silencio. / No sabían los soldados filósofos poetas / de este humanismo de raza campesina. / El amor, la muerte en una fosa de niebla poco profunda...

(“A los hermanos Cervi, a su Italia”, de Cuando cayeron los árboles y las murallas. Versión de Carlo Frabetti)

En 1959 recibe el Premio Nobel de Literatura.

En Amalfi, a donde se dirigía como presidente del jurado de un premio internacional de poesía, sufrió una hemorragia cerebral y tras ser trasladado a una clínica de Nápoles en la tarde del viernes 14 de junio de 1968, se despide de esta tierra a los 66 años.

Al frente de su tumba, todos estos poemas me llegaron a la memoria. Recuerdo en especial su “Carta a la madre”, poema que cuando vivíamos bajo otros soles, lejos de casa y recordando a la escultora de nuestros sueños, principal raíz y alimento de los primeros asombros, embriagados de vino y de luna con la emoción lo leíamos:

Mater dulcissima, desciende la niebla, / el Naviglio choca confusamente con los muelles, / los árboles se hinchan de agua, arden de nieve; / no estoy triste en el Norte: no estoy en paz conmigo mismo, mas no aguardo / perdón de nadie, muchos me deben lágrimas / de hombre a hombre. Sé que no estás bien, que vives, / como todas las madres de los poetas, pobre y con escasa provisión de amor / a causa de los hijos lejanos. Hoy soy yo quien te escribe. Por fin —dirás— un par de líneas / de aquel muchacho que huyó de noche con una capa corta / y algunos versos en el bolsillo. Pobre, tan impulsivo, / lo matarán un día en algún sitio (...).

Y no importa si ahora vierto alguna lágrima por ti, / por todos aquellos que como tú esperan / y no saben qué. Ah, amable muerte, / no toques el reloj que late en la pared de la cocina, / toda mi infancia pasó sobre el esmalte de su cuadrante, sobre aquellas flores pintadas: / no toques las manos, el corazón de los viejos. ¿Pero acaso alguien responde? Oh, muerte de piedad, / muerte de pudor. Adiós, querida, adiós, mi dulcissima mater”.

(“Carta a la madre”, de La vida no es sueño, 1946-1948. Versión de Carlo Frabetti).

Cuando llegábamos a estos últimos versos, todos creíamos ver a nuestra madre esperándonos, deseando que alguna señal de nuestra presencia la alcanzara.

Así que, en el Cementerio Monumental, miré de nuevo aquella lápida con sus grabadas fechas, leí otros poemas y me fui desplazando como no queriendo partir, como quien se despide de un íntimo, de aquel amigo carnal y cómplice, maestro en los ires y venires; como si decirle adiós fuera también morir con él, quedarse detenido en su morada mortal, escuchando una y otra vez: Y en seguida anochece, y enseguida anochece, y en seguida anochece...

Carlos Fajardo Fajardo
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