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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Ma se ghe pensu” en Maracaibo
Entrevista a Tina Muzio

• Domingo 3 de marzo de 2019
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Tina Muzio
Tina Muzio: “Llegué a Ciudad Ojeda en octubre de 1959 y llegué por amor”.
“Españoles, lusitanos,
alemanes y franceses,
los chinos y los ingleses
y los norteamericanos.
Árabes e italianos
y de Venezuela entera,
toda esa gente se esmera
con voluntad laboriosa,
para hacerte más hermosa
bella ciudad petrolera…”.
Otilio Miquilena a Ciudad Ojeda.

La cita era en Sestri Levante, un pueblo del litoral ligur célebre por sus dos bahías, una llamada Bahía del Silencio y la otra Bahía de las Fábulas, cuyo nombre se le puso para recordar la estadía en 1883 del escritor danés Hans Christian Andersen. Pero al pueblo llegué con quince minutos de retraso porque el tren no llegó en horario. Ya en la estación una señora alta, delgada y vestida con mucha elegancia se me acercó y me invitó a seguirla. Era la señora Tina Muzio y era la segunda vez que nos encontramos. Enseguida le pedí que me mostrara el rincón de Sestri Levante que más ama, y nos dirigimos a pie hasta el monumento “La vela” del escultor italiano Giò Pomodoro. “Este es mi lugar preferido”, pero me lo dijo casi con un poco de preocupación, porque recordó que a su marido, que era un hombre de mar, no le gustaba la escultura porque la dirección del movimiento del viento en la obra no era muy fiel. Con esbeltez la señora Tina siguió caminando, atravesó la vía y llegó al paseo marítimo. Allí, frente a una embarcación de época, el leudo Nuovo Aiuto di Dio, se detuvo para contarme que el padre de su marido era el carpintero de ribera (maestro d’ascia) que la había construido; luego, dio vuelta atrás para tomar rumbo hacia su domicilio en el centro histórico.

La fuerza descriptiva de la señora Tina me impacta porque, cuando cuenta su vida, quien la oye reconstruye la historia de fundación de una de las pocas ciudades planificadas de Venezuela, Ciudad Ojeda.

En la sala de su casa observé que tiene varios paisajes venezolanos, en particular ella misma me señaló un cuadro que recuerda los palafitos de Lagunillas de Agua, aquella localidad que a los primeros exploradores les hizo recordar la laguna de Venecia y cuyas casas hicieron que se acuñara el nombre Venezuela.

—Viví en la urbanización Tamare —me cuenta y enseguida la señora Tina recuerda al presidente Eleazar López Contreras y el incendio que ocurrió en el lago en 1939 por un terrible derrame de mene—. Un desastre que duró más de diez días y que destruyó Lagunillas de Agua —recordó.

—Uno de los primeros desastres ecológicos de la historia petrolera mundial —le respondo.

—Sí —agrega ella señalando de nuevo el cuadro que tiene en la sala y diciéndome que ella tuvo el privilegio de ir de pesca al Lago de Maracaibo, consciente de que hoy el lugar sufre una grave contaminación y, después de ofrecerme un café, las dos nos sentamos a conversar.

Pero contémosle al lector por qué en Sestri Levante, a once mil kilómetros de distancia de Maracaibo, nace esta conversación entre la señora Tina Muzio y yo.

El hecho es que en Sestri Levante, Cristina, una de mis alumnas de español, me cuenta que en el mismo edificio hay otro curso de español y que la profesora también es venezolana. Tiempo después, cuando logro conocer a esta profesora y me presento diciéndole que también yo soy venezolana, ella puntualizó diciéndome que en realidad era de San Fructuoso de Génova, pero que desde 1959 hasta 2004 había vivido en Venezuela. Aquel día, al recordar su estancia en el Caribe, citó al obispo de Maracaibo de la época, monseñor Domingo Roa Pérez, cuestión que me sorprendió mucho más, porque Roa Pérez era de mi pueblo natal, El Cobre, y había sido compañero de estudios de escuela primaria de mi abuelo materno y además tío de mi prima Coromoto, porque Valois, su hermano, fue el primer esposo de mi tía Elba. Por esta conexión decidí reencontrarme con la señora Tina Muzio, sobre todo para que me contara de su encuentro con uno de mis paisanos más ilustres, con monseñor Domingo Roa Pérez, y me relatara cómo había sido su vida de emigrante en Ciudad Ojeda.

La fuerza descriptiva de la señora Tina me impacta porque, cuando cuenta su vida, quien la oye reconstruye la historia de fundación de una de las pocas ciudades planificadas de Venezuela, Ciudad Ojeda. Sus recuerdos rápidamente se convierten en escenas de una película; si a mí me preguntaran ¿cuál director de cine habría que escoger para que dirija la filmación sobre su historia?, respondería sin titubeos que al alemán Wim Wenders. Es que mientras ella teje sus relatos, quien la oye enseguida visualiza las imágenes como si estuviera viendo una película. Y uno se imagina otros tiempos: aquel contexto en el cual Maracaibo estaba a la vanguardia e, incluso, hasta se recuerda al escritor norteamericano Stirling Silliphant, quien inspirándose en las tormentas de fuego que ocurrían en el lago de Maracaibo a raíz de la extracción del petróleo, escribió la novela Maracaibo, que sirvió para que Cornel Wide en 1958 rodara con Paramount Pictures la película del mismo nombre.

—Cuénteme, ¿por que llegó a Venezuela?

—Llegué a Ciudad Ojeda en octubre de 1959 y llegué por amor. La historia es que el 14 de agosto de 1959 conocí al que sería mi esposo en octubre del mismo año; él era de Sestri Levante, pero desde hacía tiempo trabajaba en el Lago de Maracaibo, donde tenía una empresa con su hermano. El nuestro fue un matrimonio rapidísimo, nos casamos en la iglesia de Santa Sabina.

Yo llegué a Venezuela cuando la moneda era de plata. Era una moneda bellísima.

—Ese hombre se enamoró enseguida de usted —le dije.

—A veces mi hija me pregunta: ¿qué encontraste en papá? Era un hombre muy inteligente, en aquel verano mi amiga me hospedó en Chiavari para que pasara los dos días de asueto con ella. Era mi amiga de infancia y a su padre lo habían trasladado de trabajo. Pero nuestra amistad, a pesar de la distancia, se había mantenido. Su padre tenía un barquito y un establecimiento balneario en Lavagna, y el novio de ella era amigo de un hombre que acababa de llegar de Venezuela. Nosotros éramos un grupo, ocho mujeres y ocho hombres, entre los cuales se encontraba también mi novio; era Ferragosto y el programa que teníamos era ir a bailar a San Marcos, nos gustaba muchísimo bailar. Pero el señor que acaba de llegar de Venezuela no sabía bailar, tampoco fumaba, y el único punto de contacto que encontró con el grupo fue que yo hablara un poquito de español. Entonces para hacerle compañía, mientras las otras parejas bailaban, nosotros conversábamos en español. Recuerdo que se presentó diciéndome: “Yo vengo de Venezuela”. Y enseguida le pregunté: “¿Dónde está Venezuela?”. Le soy sincera —me dice la señora Tina entre risas—, en aquella época yo no sabía dónde quedaba Venezuela, hablaba un poquito de español porque tenía un tío casado con una española que nunca aprendió italiano. Ese mismo día, al despedirse, él le preguntó a mi amiga qué íbamos a hacer al día siguiente, y ella le respondió que iríamos al mar. El 15 de agosto nos fuimos a la playa en Lavagna con la familia de mi amiga; yo estaba con mi novio Federico. Pero ¿qué sucedió?, que el venezolano llegó a la playa conduciendo un barquito de madera hecho por su padre, y mi amiga al verlo dijo: “¡Caramba! De Sestri Levante viene hasta acá!”. Y volvimos a disfrutar en compañía. Era un hombre de una sencillez única, tenía veintisiete años, era muy serio. Yo tenía veintitrés. Casarnos fue un juego para los dos. Una aventura. Un riesgo. Él tenía reservado su regreso a Venezuela con el crucero Bianca Costa, que haría escala en el puerto de Barcelona, donde vivía mi tío, pero cuarenta y cinco días después, se subió a bordo con la esposa y su auto y se llevó de regalo un perro para su hermano.

—¿Qué le dijeron sus amigos?

—Todos se quedaron sorprendidos, no me dijeron que estaba loca, pero sí que tenía mucho coraje. Pocos años atrás, ya cuando me había quedado viuda, mi prima española me dijo: “¿Sabes qué dijo mi mamá cuando te saludó en el muelle en Barcelona, al verte partir?”. “No”, le respondí, y ella me dijo: “¡En qué aventura que se embarca mi sobrina Tina!”. Llegué a Venezuela en octubre de 1959, Ciudad Ojeda era una ciudad sin aceras, sin iglesia, sin instituciones de cualquier tipo. Créamelo, la única cosa que encontré fue una quinta ya hecha para los dos hermanos, pero el hermano soltero se la dejó al hermano casado. Después de tres o cuatro días mi marido me trajo una muchacha para que me ayudara, y me dijo: “Aquí están las llaves del carro”. Los dos hermanos Muzio en Venezuela trabajaron muy duro. Pero lo bonito fue que hicimos los hijos y que cada dos años regresábamos a nuestra tierra. Un año un hermano y un año el otro. Imagínese que yo llegué a Venezuela cuando la moneda era de plata. Era una moneda bellísima, y fui feliz porque acepté mi vida, porque nunca me quejé; claro, el calor era muy fuerte, pero yo amo el sol y con el carro iba para todos lados. A mí me encantó ser ama de casa, ser mamá, dedicarme a mis hijos. Yo siempre me ocupé de la familia, de los estudios de mis hijos.

Tina Muzio
Nos dirigimos a pie hasta el monumento “La vela” del escultor italiano Giò Pomodoro. “Este es mi lugar preferido”, dijo Tina Muzio.

—¿Cuándo nace su primer hijo?

—En 1961 y la hembra en 1964. Ambos nacieron en Cabimas.

—¿Qué recuerda de su primer parto?

—Todo fue un drama, me hicieron cesárea y no me desperté. Estuve seis días en tilt. Tuve mucha rabia contra las enfermeras, las pupilas se me pusieron más grandes que los ojos, al niño lo vi después de ocho días de nacido. No supe qué pasó, muchos dicen que me hicieron una mala transfusión de sangre. A los ocho días regresé de Cabimas a Ciudad Ojeda con el bebé, conduciendo solita después de una cesárea y con ese calor, mi marido trabajando porque su hermano no estaba. Solita —repite.

—¿Sufrió de nostalgia?

—¡Dios mío!, ¡cómo no!, me faltaba la familia, mi mamá, mi tía, mi prima. Sufría por el calor, por el ruido. Poder usar aire acondicionado fue una conquista, solamente podía usarlo cuando se comía. Pero poco a poco fuimos comprando las cosas. Recuerdo que el primer televisor lo adquirimos en 1964 y fuimos donde los turcos a comprarlo. En realidad los turcos eran libaneses, pero en Venezuela a los libaneses los llaman turcos; el negocio quedaba en el barrio Las Morochas, es una zona de almacenes donde todavía existe un negocio que se llama La Federal de Samir, que siempre me manda saludos con mi nieto.

—¿Qué programas de televisión recuerda de aquella época?

—Las telenovelas que a mi marido le gustaban mucho.

— Recuerda a José Bardina y Lupita Ferrer?

—Claro, por cierto una vez encontré a Lupita Ferrer en Mi Vaquita, un restaurante de Maracaibo y la saludé.

—¿Cómo aprendió el castellano?

—Ayudando a mis hijos con la escuela. A mi hijo no le gustaba la literatura y entonces era yo la que leía Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, o Las lanzas coloradas, de Arturo Uslar Pietri; también Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, etc. Mi hijo me decía: “Mamá, léelas tú y después me las cuentas”. Era mamá y maestra a la vez. Mis padres trabajaron toda la vida, yo fui hija única y a mí de niña me hicieron mucha falta ellos. Mi infancia fue marcada por la soledad, porque mis padres siempre trabajaron y por eso yo no quise repetir esa historia con mis hijos y los seguí en todo.

Ma se ghe pensu” (“Pero si pienso”) es la canción símbolo de la emigración genovesa y fue compuesta en 1925.

—¿Cuándo conoció a monseñor Domingo Roa Pérez?

—Lo conocí cuando me llamaron a colaborar en el colegio San Agustín. En los años sesenta las familias de la Costa Oriental del Lago mandaban a sus hijas a estudiar a Santa Marta, en Colombia, y Ciudad Ojeda era un lugar en plena expansión, por eso monseñor Domingo Roa Pérez, al ver que los habitantes aumentaban, se dirigió a los agustinos recoletos de Colombia para que fundaran un colegio en el pueblo. Así llegaron de Colombia cuatro agustinos y en unos terrenos que regaló Shell en la calle Ene, construyeron un galpón con una pequeña capilla dedicada a santa Mónica, la madre de san Agustín, y empezó a funcionar el primer colegio. Poco a poco la escuela fue creciendo; el galpón, tiempo después, lo demolieron, y con el proyecto de un arquitecto hicieron un nuevo colegio en forma de u. Lo que primero fue una escuelita en un galpón con un kínder y un primer grado, con el tiempo se convirtió en un colegio de verdad que, cuando dejé Ciudad Ojeda en 2004, tenía 1.200 estudiantes. Y la capillita de un tiempo dedicada a santa Mónica fue sustituida por la iglesia parroquial, un edificio en forma de una ese torcida, que por los peldaños da mucho que hacer a las personas ancianas, y que se inauguró en 1977 dedicándosela a santa Lucía. La comunidad italiana de Ciudad Ojeda contribuyó mucho en su construcción, muchos elementos del edificio llegaron de Italia, como las campanas, que fueron hechas en Nápoles. En cambio, la segunda ocasión en la cual encontré a monseñor Domingo Roa Pérez fue cuando en 1976 el cardenal Giuseppe Siri visitó Maracaibo. En aquella época el nuncio apostólico de Caracas era Giovanni Mariani, quien, por pura casualidad, era de Vicosoprano, un pueblito del valle de Santo Stefano d’Aveto, en la provincia de Chiavari, a poca distancia de aquí. Recuerdo que todos estábamos muy sorprendidos y nos dijimos: “¡Qué raro que el cardenal Siri venga a Venezuela!”. El asunto fue que la compañía naviera Fincantieri tenía una orden de fabricar cinco corbetas para el país, pero a mitad de camino Venezuela dijo que no; entonces el cardenal Siri, preocupado por su Génova, viajó con su secretario a Venezuela. Fue por esa razón que un grupo de genoveses nos encontramos con él en Maracaibo; llegó escoltado por un grupo de motorizados de la policía al colegio San Antonio de Padua, donde ofició una misa y, al finalizar, todos fuimos a comer con él a un restaurante. Como la mayoría éramos genoveses, fue muy simpático porque, al terminar de comer, el cardenal Siri nos pidió que cantáramos “Ma se ghe pensu” —la señora Tina, al recordar aquel instante, se emocionó, la voz se le quebró, dobló la cabeza y se quedó en silencio.

Ma se ghe pensu” (“Pero si pienso”) es la canción símbolo de la emigración genovesa y fue compuesta en 1925. El texto en dialecto genovés cuenta la vida de un emigrante, un hombre muy pobre que, por más de treinta años, vive en un país de América del Sur, donde trabaja intensamente para ahorrar, lugar donde sueña por volver a su tierra natal… Pero su hijo, que ha nacido en América del Sur, le pregunta por qué tiene tantos deseos de volver a Génova, y le aconseja que deje de pensar en su ciudad natal. Mas el padre no lo oye y regresa.

Al retomar sus palabras, la señora Tina recordó que también aquel día entre el grupo se encontraba un ligur de Carasco, otro pueblo cerca de Chiavari, un hombre que había estudiado en el liceo Andrea Doria de Génova y quien, al ver llegar al cardenal Siri, emocionado lo había saludado diciéndole:

Eminenza”.

Sei qui” (“Estás aquí”), le respondió el cardenal Siri.

Eminenza, ¿usted se acuerda de mí?”, dijo el hombre agachando la cabeza con el cabello completamente blanco —recuerda ella.

“¡Cómo no!, yo te di clases de latín!”, agregó el cardenal.

—Fue muy emocionante verlos a los dos —continúa la señora Tina—. Aquel día, durante la comida, conversé con monseñor Domingo Roa Pérez, y al terminar, su secretario me preguntó: “¿Sabe cuál es el deporte preferido de monseñor Roa? El boxeo”.

—Señora Tina, me cuenta mi tía que monseñor Domingo era un ser con un carisma muy especial.

—Sí, era un hombre muy fino, elegante, hablaba perfectamente italiano —por un instante sus recuerdos se fueron a la Cordillera de los Andes para evocar a una de sus primeras amigas venezolanas, que era tachirense y se llamaba Gladis Romero—. Era pariente de la familia Ferrero Tamayo; Gladis me hablaba mucho del Táchira, aún recuerdo que me contaba que su padre había trabajado para el almacén de los alemanes del Táchira; que los servía un barco que llegaba a Maracaibo con mercancías de Europa y que allí los arrieros con más de cuarenta o cincuenta mulas, que bajaban de la cordillera cargadas de café y cacao, cambiaban la carga recibiendo la mercancía que llegaba de Europa. Era un intercambio; de Venezuela los barcos se llevaban café y cacao, y de Europa llegaban mercancías que se distribuían en Maracaibo, San Cristóbal y Cúcuta. El padre de Gladis hablaba alemán, no lo sabía escribir porque lo había aprendido por oído, a mí me encantaba escuchar ese tipo de historias.

Tuve la ocasión de tocar algunas veces en la Orquesta Sinfónica Nacional de Maracaibo dirigida por el maestro Rahn.

—Usted me está hablando de la casa Steinworth de San Cristóbal. Pero cambiemos de tema: ¿cómo fue su primera Navidad en la Costa Oriental del Lago de Maracaibo?

—En la primera Navidad que pasé en Ciudad Ojeda recibí un regalo muy original. Como mi marido sabía que tocaba el piano, un 20 de diciembre tocaron el timbre de la casa donde vivía, y cuando abrí la puerta vi a varios hombres con pistolas en sus cintos que bajaban un piano de una camioneta. Era un piano de la época del Far West —aún al recordar la escena la señora Tina se ríe—. Nunca supe dónde lo compró. Era un Grotrian-Steinweg que hasta tenía un espejo. Tuvieron que pasar once años para que mi marido me pudiera decir: “Ahora sí puedo regalarte el piano que quieres”, y entonces compró este Bechstein que tengo aquí —la señora Tina se alzó de la poltrona para abrirlo y deslizar sus dedos sobre el teclado—. Lo buscamos en la Academia Beethoven de Ciudad Ojeda, pero la profesora Jacinta, la dueña, no tenía un piano como el que yo quería, por lo que sólo aceptó comprarme el viejo Steinweg explicándome que en Caracas podía encontrar la marca que deseaba, me dio el número de teléfono de un negocio y la dirección en la capital. Llamé a Caracas, era 1971, me respondió un italiano de Alto Adige; su acento era muy marcado porque hablaba italiano como un austríaco. Después de que me aseguré telefónicamente de que el negocio sí tenía un piano que yo quería, mi marido y yo partimos para Caracas. Allá nos encontramos con un amigo de Tenerife y su esposa, y en la capital estuvimos cinco días. Los cuatro dimos vueltas por Caracas en un Volkswagen que mi marido había alquilado; los dos hombres iban sentados adelante, mi marido era muy alto, medía más de 1,80 metros de estatura y era él quien manejaba. El canario, nuestro amigo, en cambio, le explicaba las direcciones, que si el callejón donde quedaban los restaurantes de comida española, que si vaya por aquí o por allá, y así fue como llegamos al lugar donde compramos el piano. Yo quería un Bechstein porque en el Conservatorio Nicolò Paganini de Génova, donde estudié piano, las pruebas las daba en un Bechstein.

—¿Aprendió a tocar composiciones venezolanas?

—No, nunca toqué música venezolana, pero allá volví a estudiar música clásica con la profesora Jacinta, que era una española de origen vasco. E incluso tuve la ocasión de tocar algunas veces en la Orquesta Sinfónica Nacional de Maracaibo dirigida por el maestro Rahn. Muchos integrantes de esa orquesta eran de Europa del Este y habían llegado a Venezuela por el puerto de Génova. En la orquesta del maestro Rahn toqué unas cuatro veces, después desistí porque mi marido, agotado del trabajo, por las noches me acompañaba de Ciudad Ojeda a Maracaibo. También en mi casa di lecciones de piano a muchos chicos. Recuerdo que cuando era temporada de mangos, los niños me tocaban a la puerta para que los dejara entrar a agarrar los mangos del jardín.

“¡Cuántos recuerdos!”, dice la señora Tina al término de la entrevista. “Yo amo el sol; con el invierno me pongo chiquita”.

Al finalizar, después de conversar hora y media sobre la Costa Oriental del Lago de Maracaibo a once mil kilómetros de distancia de Venezuela, me mostró los textos que usa para enseñar español.

Me despedí de la señora Tina Muzio y me devolví de Sestri Levante, el pueblo que Dante Alighieri visitó en el albor del 1300 y que cita en el decimonoveno canto del Purgatorio de La divina comedia. Mientras tomaba el tren de regreso a Génova, le mandé un mensaje a la única sobrina de monseñor Domingo Roa Pérez, mi prima, contándole que acababa de hablar de su tío.

En el tren seguí pensando en la conversación que acababa de tener con la señora Tina; quién sabe si en aquellas tardes de soledad que de niña tanto la marcaron por la ausencia de sus padres, ella leía El corsario negro, de Emilio Salgari. Quién sabe si ese viaje a la Costa Oriental del Lago, viaje al sol abrasador del mar Caribe, le nació de la fantasía de leer esa novela de aventuras y por eso fue que el 14 de agosto de 1959 conoció a un ligur de Sestri Levante que trabajó toda su vida en el Lago de Maracaibo, pero que en la vejez, obedeciendo a la oración laica del “Ma se ghe pensu”, que les hizo cantar el cardenal Giuseppe Siri en un restaurante de Maracaibo, volvió a su tierra natal a posar los huesos en el pueblo que lo vio nacer.

Pero si pienso, también en la conversación con Tina Muzio sentí mucha nostalgia por aquella tierra donde vivió cuarenta y cinco años de su vida y sobre la cual hoy recuerda las gaitas y las misas de gallo.

Tina Muzio
Frente a una embarcación de época, el leudo Nuovo Aiuto di Dio, Tina Muzio se detuvo para contarme que el padre de su marido era el carpintero de ribera (maestro d’ascia) que la había construido.

 

Mayela Barragán Zambrano

Periodista venezolana (El Cobre, Táchira, 1965). Residente en Génova, Italia desde 1989. Especializada en comunicación intercultural. Trabajó como redactora en el Corriere di Tunisi, Túnez. Ha colaborado con la revista digital española Rebelión y con la italiana Prospettive. Es autora de Forma perfetta (Mondolibri, 2008). Junto con varios periodistas extranjeros residentes en Italia ha publicado Nuove lettere persiane (Ediesse, 2011). Un texto suyo aparece en Luoghi Comuni: guida topografica alternativa alla città di Genova (Anasazi, 2015). Colabora con el diario venezolano La Nación (Táchira) y con la revista española FronteraD. Ha traducido del español al italiano a los poetas indígenas Jaime Chávez Marcos, Javier López Sánchez, José Ángel Fernández Silva Wuliana, Pedro Martínez Escamilla y Lorenzo Hernández Ocampo.
Mayela Barragán Zambrano

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