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Venezuela, no necesitabas esto

martes 30 de junio de 2026
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Terremoto en Venezuela
El 24 de junio de 2026, dos terremotos de gran magnitud azotaron la zona centro-norte de Venezuela, dejando cuantiosos daños materiales y pérdidas humanas.

París, 28 de junio de 2026.

Tiembla la tierra, tiembla el alma que de lejos se derrumba sobre sí misma. Fue mi prima en Lima quien, a medianoche, hora de París, escribe “¿ESTÁN BIEN?” en el grupo de WhatsApp de la familia. Sin contexto, sin detalles. Mi tía responde enseguida: “Sí, hubo un temblor, pero estamos bien”. Un “temblor”, que no es lo mismo que un “terremoto”. Tenemos dos palabras para cuando la tierra tiembla: el “temblor”, que da miedo, y el “terremoto”, que mata. La canícula no me dejaba dormir, estaba bien despierta, incómoda con las sábanas pegadas a las piernas, esperando una brisa que nunca llegó. Lo que llegó en su lugar fue un relámpago de luz directo al corazón. La urgencia de tener noticias de mi familia, mis amigos, mis seres queridos, hacer un inventario de las amistades, no olvidar a nadie. En el grupo, poco a poco todos van dando señales de vida, tranquilizándonos a quienes estamos lejos: que están bien, que están vivos. Salvo mis padres, y mi ahijado. Le escribo a mi padre, le escribo a mi madre. Llamo. Sin respuesta. Un rato después mi tía me dice que logró hablar con ellos. Pero yo no. Mi hermana tampoco. El tiempo pasa. Mi hermana le pide entonces a su mejor amiga que los llame. Sin decirlo, y conociéndola, yo sabía que detrás de la insistencia por dar con ellos había una idea instalándose en la parte paranoica de su corazón: “¿Y si nuestra tía nos miente?”. En silencio, comparto el miedo. Logra dar con ellos. Al menos sabemos que están bien. Al mismo tiempo empieza a aparecer la información: no se trataba de un “temblor” sino de dos sismos de magnitudes históricas. El sismo más fuerte en Venezuela desde 1900. Las primeras imágenes empiezan a desfilar en X e Instagram.

Me entero de que el edificio de al lado de donde vive mi prima ya no existe. Tantos escenarios dan vueltas en mi cabeza.

Videos de edificios vueltos polvo en un barrio de Caracas que quiero mucho y por donde paseaba hace menos de un año con mi amor y sus hijas. Me entero de que en uno de esos edificios vivía la tía y la abuela de una amiga de mi hermana. Me entero de que el edificio de al lado de donde vive mi prima ya no existe. Tantos escenarios dan vueltas en mi cabeza. Como si ante una tragedia semejante necesitara imaginar. La realidad le da una bofetada a la imaginación.

Enseguida la solidaridad que se manifiesta: vecinos que se vuelven rescatistas, ciudadanos que se vuelven reporteros de calle. Rápidamente me entero de la gravedad de todo. Otro amigo que no me ha respondido. Otra vez la posibilidad de recibir una mala noticia. Me duermo a las 3:30 sin haber escuchado la voz de mis padres, y me despierto a las 5:30 empapada en sudor. No logro distinguir qué viene de la canícula y qué de las pesadillas. Dormida, la realidad visita mis sueños. La monstera de mi sala se ha vuelto gigantesca, me acerco para observarla y sus raíces me rodean, me asfixian como una boa constrictora. Al despertar, tengo una notificación de mi amigo con un mensaje de voz. Lo escuché. Lloré. El llanto que es alivio pero que deja lugar en el corazón a esa tristeza sin nombre, sin rostro, porque es todos los nombres, todos los rostros. Fingir. Ir al trabajo. Algunos mensajes de personas que me dicen: “¿Tu familia está bien?”, o “Venezuela no necesitaba esto”. Pasar el día escondiéndome en el baño para llorar, y celebrar que mi colega tendrá una niña (¡vivan las niñas!). Los dos mundos que me habitan están desincronizados.

Imágenes, videos, escombros por todas partes. Mi país en ruinas. La voz de los desesperados resuena hasta aquí. Imágenes, videos, peticiones de personas que dan la geolocalización de sus familias, padres, hijos, para que los equipos de rescate hagan algo. ¿Quién? ¿Cómo? El Estado en quiebra que nos violenta con su ausencia. Veinticinco años de desidia, de abandono de nuestros servicios públicos. El pueblo venezolano abandonado a su suerte. Y sin embargo, las manos que toman la pala, que buscan el taladro, que sostienen la mano del que está bajo tierra. Historias de sobrevivientes, un recién nacido de dieciocho días, animales, la mamá de alguien que no conozco pero que sigo en Instagram. Me alegro como si fueran mis seres queridos. La vida que resiste, la vida que insiste. Niños perdidos, voces que poco a poco se apagan. Los perros de rescate que no pueden oír porque detrás está el ruido de las motos, las mismas motos que traían toda la ayuda que el gobierno y su inacción no trajeron en las primeras horas. Una foto con un grafiti que dice: “Donde no llega el Estado, llega el pueblo”, y otra foto con un afiche de Chávez entre los escombros. Su legado. Un país flor que brota del concreto, un país ya en ruinas antes de que la tierra lo dejara en evidencia ante el mundo.

Una amiga me escribe: “¿Qué hacemos?”, respondo: “¿Armamos un grupo de WhatsApp y lanzamos una colecta de donaciones?”. Rápidamente estoy en un grupo para organizarnos, movilizarnos. Sentirnos útiles en medio de la tragedia. De lejos, somos ocho millones queriendo ayudar. De lejos, está ese amor inexplicable que nos une a la tierra que dejamos pero que nos envuelve desde lejos.

La tormenta aquí, los relámpagos que amenazan con golpear mi balcón. La lluvia allá. El barro que todo lo cubre. Por un instante, mis dos mundos se sincronizan. Y en el silencio de este apartamento, con el único ruido del ventilador que no he apagado en una semana y que probablemente dejará de funcionar pronto, escondo mi grito sordo bajo los truenos.

Venezuela, no necesitabas esto.

(publicado originalmente en Francia en NouvelObs: “Venezuela, tu n’avais pas besoin de ça”).

Camila Ríos Armas
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