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Francisco Arévalo:
“Escribo desde la violencia callada”

jueves 16 de enero de 2025
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Francisco Arévalo
Francisco Arévalo: “Para mí la poesía es un todo y, en mi caso, ha sido el psicoanalista más eficaz”.

Escritor venezolano (San Félix, Bolívar, 1959). Dieciséis libros de poesía; tres novelas y un libro de relatos. De otro orden son las selecciones y antologías de poesía venezolana y latinoamericana donde aparecen algunos de sus textos. De sus libros publicados se pueden mencionar las novelas La esquizofrenia de las golondrinas (Premio Fundarte, 1999), Adiós Matanzas en invierno (1999) y Tropiezos en el campanario (2008), así como los poemarios Brote (1989), Nadie me reina en estos parajes de hormigón (1993), Sur (1995), Alcoholes de otra iglesia (1996), Algo más que baladas agridulces (2001) y Agrio de colmena (2001), entre otros. Sus dos libros más recientes son los poemarios Cerodosochoseis y Herida o la claridad del deseo, y la novela La pecera de los bagres. Prepara una nueva novela.

 

¿Cómo sucede en ti la respiración minera del poema?

A cielo abierto respiro por estos días. En un tiempo remoto lo hacía desde los socavones, desde las entrañas o la oquedad de un territorio concebido para el trabajo y sus sudoraciones; las relaciones que emanaban de un sincretismo cultural único. Allí pasó y pasa de todo y la gente fatigada o distraída por lo general no lo percibe. Esos son los arcanos que llegan con la mina.

 

“Cerodosochoseis”, de Francisco Arévalo
Cerodosochoseis, de Francisco Arévalo (Bid & Co., 2014).

Desde tu primer poemario, son evidentes los ritmos de las autoridades y los designios de dos ríos: el Orinoco y el Caroní. Son tus tradiciones personales, ya por gracia, ya por desgracia. ¿Cuándo atendiste esos mandatos del lenguaje?

Desde niño aprendí a moverme en el lenguaje de los ríos; uno de carácter o turbulencia y de fondo oscuro; el otro de firme posición y dominio del paisaje, no en vano es el río padre. Lo cierto es que nunca me he desprendido de sus códigos; como nunca he negado mi esencia, nunca les he sido indiferente, porque mis ríos son por siempre el poema que no culmino.

Son los dos pesos que me sustentan, el sonido que me sustrae y me lleva.

 

¿Es posible un poema amable desde la garganta oscura?

Creo que lo poco que he hecho, desde las esquinas del poema, siempre es buscando la luz. La oscuridad me ha custodiado, aclaro.

Soy de una tierra con rutina minera, donde pareciese no pasar nada y resulta que pasa de todo; desde lo más sublime, por lo tanto, imperceptible; o lo más brutal o grotesco. No se olvide que San Félix pasó de ser un pueblo de tránsito a los yacimientos de oro del Yuruari, a ser la otra cara de una de las ciudades industriales más modernas de Latinoamérica.

 

¿Es posible hablar, conversar, confirmar y celebrar la existencia de una tradición minera de la poesía y la literatura en Venezuela?

Para empezar, no olvidemos que hemos vivido desde principios del siglo XX de las entrañas de la tierra. Esa profanación, ese usufructo, es la cédula de identidad minera de nuestro país; por supuesto que cargamos con todas las taras y los beneficios que vienen con esa tradición. Todos nuestros movimientos están signados; la poesía y la literatura, en general, no se escapan.

Por mucho tiempo nuestra literatura estuvo distraída, aturdida por el ruido que emanó de los balancines petroleros, mientras que otros prismas del arte conquistaron escenarios. La música es la primera; allí el talento fue canalizado con tino; el sistema de orquestas es producto de una visión de Estado correcta.

 

¿Cuándo dejas al poema tener vida propia?

En una ocasión me tocó atender al poeta Alfredo Silva Estrada y a su esposa, la exquisita bailarina Sonia Sanoja. Le pregunté al poeta sobre su manera de acariciar el lenguaje desde lo hermético. Me contestó que las formas definen al poema. Entendí que un poema tiene pulso y sobre todo final. Esa respuesta me dejó aturdido cuando la amplió diciéndome que dejara al poema respirar y que abandonara la preocupación por el fondo, cuando lo que tenía que trabajar era la armonía, el equilibrio.

Nos obsesionamos con el poema no escrito y he descubierto que la magia del poema está muy cerca, más de lo que creemos, de lo más sencillo.

 

Siempre lo pregunto: ¿te bastan las palabras para visibilizar el poema?

Vivir los atajos de la poesía pasa por una manera de asumir la existencia. Eso parece que no se entiende, de allí que es un trabajo que suma una cantidad de exigencias que van más allá de la lógica. Hay que saber estar en el presente del poema, pues el mismo es muy en serio y va dejando un registro donde la enmienda no es de fácil solución. Hay que respirar con ritmo y tener presente que el poema es algo que va en un todo y tiene consecuencias.

Mi supremo respeto por el poema me lleva a desaparecer entre la bruma del relato. Para mí la poesía es un todo y, en mi caso, ha sido el psicoanalista más eficaz; y, por lo tanto, tiene poder de resolución y sanación en mi vida a través de su oxígeno.

 

Tu poesía nos dice que sin las cosas no hay emociones. ¿Por qué?

Creo que usted ha percibido que soy un desprendido de los espacios de culto, soy un extraño en un país de eventos inauditos que ya pisan una sucesión de escándalos que compiten entre sí. Por lo tanto, las emociones son determinantes en mi poesía. Mi concubinato con esta tierra lleva a decir que existe este espacio mágico atravesado por dos ríos y que todo gira sin detenimiento. Cómo no hacer de eso las emociones que fijan las palabras.

No olvide la huella grotesca que viene de la atmósfera dura del trabajo industrial, de lo que ya hemos hablado, de la mina de superficie, a cielo abierto, que alimenta las más disimiles pasiones.

 

¿El poema nos ayuda a olvidar y perdonar?

Ya comenté algo, la poesía me ha salvado de pisar los campos minados del resentimiento; sobre todo su lectura. Leer poesía me ha liberado de muchas cargas. Hacer o intentar poetizar es en parte, para mí, un acto terapéutico; en las pasiones me ha funcionado; tengo libros de poesía que son despedidas, han salido violentamente a partir de desencuentros y rupturas; los he dejado reposar, después de algunas lunas los he digerido, por supuesto corregido y publicado, y dos novelas que me han ayudado a olvidar y perdonar, por supuesto a no cometer el mismo error.

 

“La pecera de los bagres”, de Francisco Arévalo
La pecera de los bagres, de Francisco Arévalo (Sultana del Lago, 2020). Disponible en Amazon

¿Qué buscas con tanto registro de la violencia callada en tu poesía?

No tengo dudas en poner en planos primarios la sucesión de casualidades que han dado lugar a mi propicia ubicación en la vida. Soy del sur, de una ciudad que va más allá de lo que se ve, y por supuesto que hay mucho por descubrir. Hay una manera particular de abordarla. El mutis en la madrugada, que se alterna con el rumor del río y de uno que otro barco que surca en el lomo del cuerpo de agua como serpiente acuática.

Escribo, como usted señala, desde la violencia callada. No se crea, hay que ser un elegido por los ríos para sentir la turbulencia. Por designios de cierta abstracción soy un elegido.

 

Has escrito poemas sobre dos ciudades reales y metafísicas de tu vida: Puerto Ordaz y San Félix. ¿Cómo son esos lugares, desde el lenguaje, los ritmos, los silencios y los sentimientos que te dictan?

En la poesía si hay algo que perturba su claridad son los artificios. Eso es igual al ruido del poema y las trabas a lo fácil visible.

Como todos mis intentos literarios se han dado a cielo abierto, puedo hablar con propiedad de la frágil transparencia del discurso, avivado por la cruda realidad de cierta cultura industrial, que ha sido molida por la barbarie ideológica. A veces amanezco esperando un estado de disolución. Lo que han logrado no hay manera de describirlo, de ilustrarlo.

Regresando a la esencia, en lo metafísico tendríamos que hablar de San Félix como el lado humano y con sentido del ser. A Puerto Ordaz, poco a poco, la han convertido en el eufemismo que se alimenta de cierto pasado vacuo. Puerto Ordaz es el lado artificioso de mis parajes de hormigón.

 

Háblanos de tu sereno culto a la claridad y transparencia del poema.

La transparencia y claridad para mí están relacionadas con una infancia de mucho colorido. Una adolescencia en sintonía con la rebeldía sembrada de diferencias; esto por mi reticencia a los jesuitas y su internado y el cierre; mis pasos de noctámbulo por esa colmena citadina, plagada de abejas obreras dispuestas al amor de utilería, con sus ficciones y diferencias a veces bestiales.

Nunca se han ido de mi memoria los primeros pasos de infancia en los estuarios que alimentaban los ríos. Ese fenómeno me convirtió en un ser fluvial, la cantidad de peces diminutos que pasaban a los grandes caudales, allí están las imágenes, imborrables. Esas imágenes abordan la claridad sustantiva que me sujeta a los misterios del paisaje y la poesía.

 

¿Qué te reclama la memoria cuando intentas afinar un poema?

Ser fiel y honesto con ese pasado que nos da el cuerpo diario.

Esa pregunta me trae al presente a la gran poeta venezolana Elena Vera. Me dijo en una ocasión, y lo escribió en una dedicatoria de su libro El auroch (1992): “Es hora de que escribas narrativa, por el arsenal existencial que llevas contigo y, sobre todo, por el respeto que sientes por el poema”. Así fue, narro por Elena; narro lo que no puedo lograr en un poema, porque ella no se equivocó al decirme que tenía mucha memoria atropellada, que no estaba en la alquimia del poema, pero de un relato o una novela sí.

 

¿Narras en la poesía lo que no puedes en una novela?

Es al contrario, narro lo que no puedo lograr en el poema. Escogí la poesía desde temprano, descubrí lo exigente y supremo del poema. Leer a Jorge Luis Borges, desde adolescente, no fue una buena idea, pero lo hice; leer a Franz Kafka fue impresionante, tampoco creo que fue buena idea. Borges me enseñó a respetar la poesía y Kafka me sembró la duda, hasta estos días, con la que me siento muy cómodo.

Añado, hay dos elementos que te llevan a madurar y no ser un atravesado en el oficio. El primero es el acercamiento sin prejuicios a otros universos creativos; eso se logra con la lectura como sustancia primaria. El otro es vivir con detenimiento; de lo que nos rodea hay mucho que aprender.

De lo acontecido uno va tejiendo el manto que nos arropa de la intemperie. Pareciese irrelevante, pero en los incidentes más sencillos, imperceptibles, radica la hondura del poema.

 

¿La poesía aligera o hace aceptable el inevitable viaje al desamparo?

Los poetas sufren de una absoluta falta de protección. Hablo de poetas; no de oficiosos de la astucia o bufones, de escatológicos aduladores de tiranos.

Ante la barbarie es difícil que no se pisen los bordes o el filo cortante del desamparo. La poesía no puede convenir ni vivir de espaldas a la incivilidad, lo grosero, lo descortés. Es saludable mantener el cuerpo de la libertad, ser libres con deberes y derechos es un principio irrenunciable.

 

La poesía contiene una secreta lección: nada en ella puede ser forzado, impostado y apresurado. Exige lo espontáneo, verdadero y paciente; lo lento, auténtico, sosegado. ¿Cuándo y cómo se aprende todo ello?

Se aprende partiendo del silencio, de la duda, de saber espaciar entre una y otra eventualidad. No sé si usted se ha dado cuenta del carácter espectacular que le quieren dar a la literatura y a la poesía por estos días. A mí, en lo particular, no me llama la atención, me parece hasta tonto; pero lo respeto, porque es posible que el tonto sea yo.

Para cerrar las preguntas en una sola, no le tengo temor a la oscuridad. Al estar ligada a lo desconocido, hablamos de la puerta que lleva a la incertidumbre y eso es mi campo de juego. Admito que casi todo lo he hecho desde allí.

 

¿Se puede escribir algo que no venga de la nostalgia? ¿O la nostalgia es el origen de la mano que escribe?

Le tengo supremo respeto a la nostalgia, es la puerta abierta a la tristeza, a estados de devastación emocional que han engullido a muchos poetas. Si no se aprende a manejar la nostalgia puede hacer de las suyas y anular sin respiro, sin detenimiento. Pasado y nostalgia están ligados para salir en defensa de la buena poesía. Me siento adicto a la nostalgia siempre y cuando no bordee la cursilería, el exceso. La tomo más como definición, bitácora, manual o cartilla celebratoria que pulveriza la tristeza.

 

“Poesía reunida”, de Francisco Arévalo
Poesía reunida, de Francisco Arévalo (Sultana del Lago, 2022).

¿Cuándo logras intuir, presentir los límites y la forma de la oscuridad?

La oscuridad para mí está ligada a lo desconocido, por lo tanto, al éxtasis, al riesgo. Podríamos hablar de la puerta de la ermita que me conduce a la incertidumbre; por lo tanto, casi todo lo he hecho desde la esquina del pretérito con su criatura: la nostalgia.

 

La pérdida es continuidad, una de las mejillas del cambio. Eso nos dicen tus poemas. ¿Es un imperativo que nos revelan las calles?

En la literatura todo está sujeto a pérdidas, a descubrir la esencia de lo que nos rodea, que nos asfixia, allí las formas que dan la arquitectura para crear.

Me vienen los inicios, mi admiración por la faena de los pescadores, eran mis héroes cuando llegaban a la orilla de lo que hoy es el malecón de San Félix, con sus ágiles y silenciosas canoas, repletas de luminosidad. He cambiado tanto que ahora me compadezco de sus agotadoras jornadas para arrimar a las márgenes lo que les da el precario sustento.

Siguen su tradición, herederos del oficio de sus ancestros; eso no lo ha podido cambiar este tiempo ruidoso.

 

¿Qué hace un poeta con la decadencia, la injusticia y la orfandad de su país?

Vivo en primeros planos mi país. He visto la barbaridad instituida; el culto a lo mostrenco, ordinario y chabacano que nos arrincona; he sentido la ruina desnuda, la ignominia.

He vivido las respuestas inteligentes, silentes ante la arbitrariedad y la posverdad. Quieren doblar la verdad a partir del agravio y la infamia. ¿Qué pasó el 28 de julio de 2024? No creo que haya una respuesta política más contundente desde 1830 hasta ese día, 70% de los ciudadanos votantes decidieron, por vía pacífica, rechazar una manera de vivir anclada en la decadencia. Eso es maravilloso y me hace sentir orgulloso de ser de estos lares. Enfatizo: se impuso la civilidad, le ganamos a la ideología de la estupidez.

 

¿De dónde viene tu permanente y delicado homenaje a las mujeres?

Sin dudas, de la admiración. La mujer es un ser de otra dimensión. No lo digo desde la esquina del deseo, sino desde su inconmensurable manera de asumir la vida. Puede ser lo más tierno posible, pero también lo más cruel.

Deténgase a ver la movilidad de una mujer; quedará espantado por el grado de resolución cotidiano, no me canso de admirarlas, de otro orden. Lea la poesía de una mujer y descubra que usted ha rasguñado los bordes del poema. No pondré nombres en la mesa, pero cierro con esto: si usted quiere ver la delicadeza de una mujer creadora, lo invito a ver Araya, de nuestra gran Margot Benacerraf. Si no llora, está enfermo.

 

¿La sintaxis revela el estilo y el pensamiento de un poeta?

La poesía es un homenaje al lenguaje, el culto más allá de todo, incluso del bien y el mal. Es compleja y severa, es exigente y delicada, no admite devaneos. La sintaxis es el timonel, el bastón de mando. En un texto que pretende ser no hay cabida para un diluvio; las gotas pausadas, con ritmo, son el instrumento de ese arcoíris.

 

Dinos siete verbos, siete sustantivos y siete adjetivos raíces de tu poesía.

Verbos: intuir, callar, mirar, hacer, encerrar, rehusar, carecer.

Sustantivos: Alondra (mi hija), dignidad, A Coruña, el Orinoco, Bebbo (mi gato), San Félix, libertad.

Adjetivos: verde, angosto, oscuro, feo, lento, antiguo, sabroso.

 

¿Cómo trabajas la solidez de las sustancias en cada poema?

Un poema es un cuerpo flotante en el espacio creativo; hay que acercarlo, bajarlo y darle forma y sentido de existencia. La sustancia viene en la capacidad de asombrarse hasta de lo mínimo, lo diminuto e imperceptible.

 

¿Cuándo el poema nos cerca?, ¿cuándo nos evita?

El poema se aleja cuando deja de ser un misterio por reverenciar. Si deja de ser ese rostro oscuro que busca claridad, entonces no es un poema; es algo que se puede convertir en otro cuerpo que flota en el espacio creativo.

 

Cuéntanos sobre la contemplación reposada en tu vida y escritura.

Si de algo disfruto por estos días es de ver el paisaje y su gente con el sosiego que me dan 65 años. Tengo una rutina que me agrada: visito todos los días el río, después del delicioso vicio de leer y escribir, a partir de las 4 de la madrugada. Me gusta hablar con la gente en los mercados, me enseñan mucho. Allí he visto el tejido de lo que está compuesto nuestro sincretismo: somos de todo un poco. Esa suma nos da respuestas que muchas veces no entendemos. Es notable una presencia ibérica que empieza con el idioma, herencia que marca nuestras equivocaciones. También hay una férrea voluntad de salir del encadenamiento físico y espiritual.

 

¿El poema también es un alto tributo a la amistad?

Los oficios del lector y del poeta son solitarios. No me he movido en grupos, soy de una tierra olvidada y usada que reclama respeto. Eso me ha dado una piel dura y una respiración entrecortada, que es mi carta de sobrevivencia. El pasado cuarto de siglo pulverizó muchas “amistades” y eso no me quitó la celebración del vivir poético entre amigos verdaderos. Por estos días comparto espacio con dos amigos de ruta en torno a una revista libertaria y literaria, que ya va por el número 18. Me refiero a Cárcava, Diego Rojas Ajmad, investigador y ensayista, y Carlos Yusti, pintor y ensayista. también. Estoy convencido de que con pocos amigos se llega al cielo y también al poema.

Alexis Romero

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