
Rafael Arráiz Lucca (Caracas, 1959) es ensayista y poeta. Abogado y doctor en Historia por la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab), es profesor titular de la Universidad Metropolitana. Individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua. Ha sido jefe de redacción de la revista Imagen (1985-1989), subdirector de la Galería de Arte Nacional (1989), presidente de Monte Ávila Editores Latinoamericana (1989-1994), director general del Consejo Nacional de la Cultura (1994-1995) y presidente de la Fundación para la Cultura Urbana (2000-2010). Columnista del diario El Nacional de 1997 a 2010. Ejerció como investigador en el Instituto de Estudios Avanzados (Idea); visiting fellow en la Universidad de Warwick (1996) y titular de la cátedra Andrés Bello del Saint Antony’s College de la Universidad de Oxford (1999-2000). Fue decano-director del Centro de Estudios Latinoamericanos Arturo Uslar Pietri de la Universidad Metropolitana (2006-2010). Ha recibido, entre otros, el Premio de Poesía de Fundarte (1987), el Premio Municipal de Poesía de Caracas (1993), el Premio Monseñor Pellín al mejor articulista de opinión del año (1999) y el Premio Henrique Otero Vizcarrondo del diario El Nacional al mejor artículo de opinión del año (2001). En 2007, el Gobierno de España le otorgó la Orden de Isabel La Católica. Entre sus últimos títulos se encuentran La otra búsqueda: autobiografía espiritual (2020), El coro de las voces solitarias: una historia de la poesía venezolana (2020), La democracia en Venezuela: un proyecto inconcluso (2021), El poder y el servicio: historia política y empresarial (2023), Militares (2024; volumen I) y Gustavo Cisneros y Venezuela (2024).
¿Es la poesía uno de los caminos para mantener a distancia nuestra voluntad de control sobre las experiencias de la vida?
La verdad es que nunca la he visto así. La poesía fue para mí un camino de indagación exterior e interior, una forma de aproximarme al mundo desde las imágenes y la música. Fue una suerte de camino de penetración en la selva; el primero que transité. Después, tomé otros caminos.
¿Es intencional en tu poesía el diálogo razonable entre lo arquetipal y lo anecdótico?
No, en lo más mínimo; si ese diálogo se da es porque así afloró. No me lo propuse, pero debe provenir de mis lecturas de Jung, Hillman, López Pedraza y Dahlke; todo ese universo está gravitando en la psique.
En tus poemas la desolación está bien vestida. Eso nos obliga a leer desde la lentitud, a oír su advenimiento en nuestra respiración. ¿De dónde viene ese oficio de cantar lo trágico sin lágrima alguna?
No lo sé; quizás de la vieja reciedumbre de mis lejanas raíces vascas o corsas; quizás de mi aversión al melodrama, al barroco; quizás de mi amor por la serenidad, la ecuanimidad. Quizás de mis lecturas de budismo tibetano y zen, de mi amor por el taoísmo, de la búsqueda del mayor bien: la serenidad, la paz.
¿Tiene la poesía la facultad o potestad de abandonarnos? ¿Podemos abandonarla?
Totalmente. De hecho, no publico poemas desde hace ya muchos años, quizás catorce o trece. Hace unos cinco años escribí algunos y los guardé. Dejé de escribir poesía cuando advertí que me estaba repitiendo, que estaba escribiendo el mismo poema que logré en mi libro Plexo solar, en el año 2002. Después de ese poemario he escrito variaciones sobre el mismo tema. Es mejor ahorrárselas al lector. Ya está dicho. Menos, es más.
Tu poesía nos dice “esto también contiene lo bello”. Desde lo trivial honras el misterio, la gracia de la vida. Háblanos de tu particular percepción sobre la belleza del poema.
No sé qué es lo trivial. Realmente, todo es importante. Quienes hemos bebido en las aguas orientales desde hace muchos años, sabemos que lo trivial y lo profundo son trampas, ilusiones; realmente, en todo está la belleza, la chispa de la vida, el agua corriendo, sólo falta que estemos educados para la verla correr.
¿Es el río Guaire una metáfora de la gracia y desgracia del país?
En alguna medida sí, porque no fuimos capaces de preservarlo limpio, sino que, por lo contrario, lo contaminamos de aguas servidas. Pero es remediable. Aunque no soy optimista con el futuro inmediato del país, tarde o temprano la sensatez irá imponiéndose, quizás demasiado lentamente para nuestras urgencias.
La poesía y el pensamiento antropológico de Juan Liscano atraviesa tu poesía. Nos presentas lo venezolano, a pesar de nuestra rara insistencia en descuidarlo. ¿Es el poema uno de los archivos vivos del porvenir de una comunidad civil?
Toda la poesía es un testimonio de su tiempo. Ciertamente, conocí a Liscano siendo un adolescente, ya que era muy amigo de mi padre, Rafael-Clemente Arráiz, y su amistad fue una bendición para mí porque me abrió las puertas del mundo oriental, de la psicología, del pensamiento libre, crítico, de la espiritualidad. Fue mi maestro en una etapa de mi vida. Su pensamiento antropológico venezolano me interesa mucho menos, pero su venezolanismo sí, su pasión por el país es la misma que crece en mí desde niño. Vengo de un hogar radicalmente criollo, con muchísimos años de historia en Venezuela. El primer Arráiz llegó a Caracas en 1580, aproximadamente, y el primer Lucca en 1840, aproximadamente.
¿Es la poesía un llamado al diálogo con el prójimo y el lejano?
No cabe la menor duda. Doy un solo ejemplo: la obra de Ramos Sucre, que valoro hondamente. ¿No es una variante del diálogo su lectura frecuente? Volver a ella muchas veces lo es. El poema es un puente entre dos mundos, el del que escribe y el del que lee. No importa el tiempo y la distancia. La metáfora de la botella lanzada al mar con una carta adentro le calza a la perfección.
¿Atenta la alegría contra la poesía?
Eso creía Borges, que con la alegría es muy difícil hacer arte, pero no lo creo. La poesía de Vicente Gerbasi es de una alegría contagiosa. Ahora, sí es verdad que la desgracia, el dolor, la pérdida, son más fácilmente poetizables que la felicidad. Ésta, simplemente, se vive.
¿Es posible que el poema sea escrito por alguien que se percibe como aquello que no es?
Bastan Pessoa y Montejo y sus heterónimos para comprobar que la poesía también puede ser teatro, encarnación de personajes que entran en escena, máscaras, todas las variantes de la psique.
¿La poesía informa la angustia, le da sentido, horizonte?
Sí. La angustia es una emoción como otras. Todas las emociones forman parte del poema. El miedo, el dolor, la exasperación, la alegría. Todas.
¿Es posible escribir desde la ausencia del sentimiento de precariedad?
Sí, por supuesto. De hecho, se puede escribir desde la plenitud, desde la riqueza. ¿Por qué no?
¿El poema es deudor del egoísmo?
Es deudor del ego, que no es lo mismo que el egoísmo.
El presente de tu poesía no falsifica nada, es leal a lo concreto, a lo factual. ¿A qué poetas les debes ese camino?
A los poetas norteamericanos que leí con enorme placer en mi juventud. El amor por el mundo que tienen los protestantes siempre ha tocado mi puerta. El amor por la vida. Soy aristotélico, no platónico.
¿Es tu obra poética la casa de un coleccionista de ramificaciones emocionales?
Extraña pregunta. Quizás sí, pero no lo he pensado antes.
¿En tu poesía conversa la belleza con la mente?
La belleza suele conversar mejor con el corazón. Allí están las emociones y la belleza, más que en la mente.
¿A veces el poema equivale a una piedra sagrada de los sentidos?
Puede ser, sí, pero no olvidemos que el poema es creación, es trama, es artificio, también.
Tus poemas ofrecen disculpas por propiciar oscuridad donde debe prevalecer una migaja de sol. ¿Cuándo te conmueve un poema?
Me conmueve la correspondencia entre la escritura y lo que dice el poema. Me conmueve su sencillez, su precisión, su poder metafórico, el brillo del lenguaje. Me conmueve la música del poema y la inteligencia de las imágenes. Lo reitero: un poema es imagen y música, como lo señaló T. S. Eliot.
¿Espacio y tiempo son lo mismo? ¿O se confunden en la forma íntegra y elástica de tus poemas?
Puede ser que en algún momento de un poema se confundan, pero son ámbitos diferentes, salvo que estés trabajando un texto onírico.
¿Nos permite el poema regresar a lo digno?
Sí, al igual que lo contrario. Cualquier género es propicio para la dignidad o la estulticia, depende de quien escriba. Hay grandes artistas o escritores que son unos perfectos miserables. Incluso más: abundan.
Danos 7 verbos, 7 sustantivos y 7 adjetivos que nos acercarían a comprender y celebrar la música que nos legas con tu poesía.
Verbos: entrar, salir, amar, ver, oír, tocar, metabolizar.
Sustantivos: aire, libros, ciudad, ventana, trabajo, cama, escritura.
Adjetivos: amable, limpio, redondo, fácil, flexible, segundo, amplio.
Una línea para cada uno de estos nombres: Elizabeth Schön, Ana Enriqueta Terán, Luz Machado, Alfredo Chacón, Rafael José Álvarez, Juan Calzadilla, Patricia Guzmán.
Schön: admirable persona, tocada por el misterio. Un gran libro: El niño, la cesta y el mar.
Ana Enriqueta Terán: su poesía no me tocó. Me impresionó ella: un porte regio.
Luz Machado: La casa por dentro es uno de mis libros predilectos. A ella sólo la vi una vez. Su poesía abrió un mundo nuevo.
Alfredo Chacón: viejo y querido amigo. Su poesía abstracta me queda lejos.
Rafael José Álvarez: interesante poeta, casi un desconocido.
Juan Calzadilla: poesía paradojal y directa con la que conviví con alegría.
Patricia Guzmán: muy querida amiga de muchos años. Su veta espiritual católica y virginal me deja un poco al margen.
¿También te horroriza la insensibilidad de las rocas?
Al revés. Me sorprende.
¿Siguen siendo las juntas de condominio la prueba piloto de la sociedad venezolana?
Creo que sí, y esto lo descubrió mi pariente Elías Santana hace muchos años; allí late la venezolanidad.
Dentro de cincuenta años, ¿cuál de tus poemas deseas que una joven escoja, lea y comparta con sus pares?
“La mínima luz de los amantes”, en Poemas ingleses.
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