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Alfredo Herrera Salas:
“Cada día se me hace más difícil darle un nombre a lo que escribo”

jueves 6 de febrero de 2025
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Alfredo Herrera Salas
Alfredo Herrera Salas: “De alguna manera los poemas deben ser inconcebibles, deben conmovernos mucho antes de que los comprendamos”.

Alfredo Herrera Salas, nacido en Caracas en 1962, es un poeta y artista plástico que se graduó de la Escuela de Arte Puro de Caracas y de las escuelas Armando Reverón y Federico Brandt. También estudió Derecho y Comunicación Social, con mención en Periodismo, en la Universidad Católica Andrés Bello. Participó en los talleres de poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg). En 1999, ganó la onceava mención del Premio Nacional de Poesía Fernando Paz Castillo, y en 2003 recibió el Premio Internacional de Poesía Heterogénesis, otorgado por la Universidad de Lund, en Suecia.

Ha publicado los poemarios Cinco árboles, El parque, La tarde alcanzada, Remanentes, Pared, Las gradas y Highways. Su obra reunida fue publicada por la Editorial Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, de Igor Barreto, en 2017. Sus poemas han sido traducidos al sueco, polaco, italiano, portugués, coreano e inglés, y han aparecido en diversas revistas literarias tanto de Venezuela como de otros países.

 

¿Sigue faltando la nieve montejeana en la poesía venezolana?

Recuerdo la famosa sentencia de Heráclito: “Nada falta en nada porque todo está en todo”, y hoy lo confirman la física cuántica y la noción del UNO.

“Cinco árboles”, de Alfredo Herrera Salas
Cinco árboles, de Alfredo Herrera Salas (Celarg, 1998).

Eugenio Montejo lo supo, “Todo está en todo”. Su poema “Islandia” nos pone en ese único espacio, en ese único sitio donde las geografías son una, donde los fiordos islandeses se confunden con las palmeras de Apure. Siempre he sentido que los lugares en definitiva son sólo uno, que si ponemos suficiente atención las heladas nórdicas pueden ser vistas en los semidesiertos mexicanos, las arenas de las penínsulas caribeñas pueden ser pisadas en los parques de Estocolmo y los muros del Cementerio General del Sur de Caracas pudieran ser los muros de la ciudad de Praga.

Para lograr semejantes cruces necesitamos tremendos movimientos del espíritu, necesitamos el poema. Es ese sentido de unidad, síntesis y asociación el que me conforma como poeta; desde allí escribo, desde esa noción cuántica, el UNO.

 

Tus poemas son aproximaciones relámpagos. ¿Cómo los escribes?

Cada día se me hace más difícil darle un nombre a lo que escribo; en ocasiones me tienta la idea de llamar a lo que escribo “poemas no escritos”. Se trata de una mínima intervención del lenguaje en la realidad.

De cualquier manera, tiendo a llamar mis escritos “captaciones” que responden a una necesidad de registrar las imágenes en tiempo real, sin aspaviento y con el menor drama y exasperación posible, el menor pensamiento. Al transcribir estas “captaciones” trato de que haya la mínima intervención del lenguaje en el mundo, trato de aceptar esa cierta inutilidad del poema. Escribo poesía con el convencimiento de la imposibilidad de decir plenamente.

 

En tus poemas respira la intuición. Ella entra y sale; duerme y despierta. ¿Cómo la escuchas? ¿Dónde escribes sus dictados?

La intuición es mi única certeza; gracias a ella escribo, gracias a ella estoy vivo. Existe un libro de Armando Rojas Guardia, El principio de incertidumbre, que leo una y otra vez. Se trata de aceptar la incertidumbre que se nos presenta en la existencia, de vivir intuitivamente sin perder nuestro centro, nuestra cordura, y desde allí expresarnos para seguir adelante. En medio de los grandes ruidos y las grandes velocidades del mundo es difícil desarrollar la intuición, de allí que una de nuestras responsabilidades como poetas sea el silencio, la lentitud, cierto recogimiento y el estar atentos al mundo.

 

Oímos susurros de lo sagrado en tus poemas. ¿Sigue siendo el poema la casa del cuerpo y el espíritu?

El cuerpo sin poesía corre peligro; la poesía necesita nuestro espíritu, pero también necesita nuestro cuerpo. A la poesía le gustan nuestros cuerpos y nuestro espíritu, no existiría sin ellos; nosotros no somos ángeles, pero podemos decir que la poesía perfecciona al cuerpo y al espíritu. Pienso aquí en Elias Canetti, al que procuro tener muy cerca: “Ya hoy sabemos que nuestro cerebro consume más oxígeno y se torna rojo cuando leemos o escuchamos poesía, las resonancias magnéticas cerebrales nos lo confirman una y otra vez”. Es indudable que el poema como unidad expresiva de profundo sentido nos abriga.

 

¿Cuándo sabes que es la hora de dejar de creer que un poema depende de ti para irse?

En realidad, el poema necesita de mí para irse, así como yo necesito de él para irme; nos construimos el uno al otro, nos comenzamos el uno al otro, nos finalizamos el uno al otro. El poeta escribe gracias a que el poema de alguna manera también lo escribe a él. Es decir, se crean mutuamente. Lo que siempre he sentido es que el poema y el poeta ya existían desde antes, hace mucho y por siempre, se trata de un reencuentro.

 

¿Todo poema es metáfora del árbol?

Todo poema tiene una parte que podemos ver y otra que queda oculta. Con el árbol sucede lo mismo: vemos sus ramas, sus hojas, mas no sus raíces.

Drummond de Andrade nos dejó esto: Claro enigma. Siempre he pensado que lo que verdaderamente cuenta de un poema es su reverso enigmático. Los poetas tratamos de escribir “lo que no se ve”.

De alguna manera los poemas deben ser inconcebibles, deben conmovernos mucho antes de que los comprendamos. En tal sentido, al escribir pienso siempre en la condición enigmática del texto y el que haya lenguaje es la primera y última condición del poema y del enigma.

 

En tu poesía, ¿dónde convergen las calles de Suecia con las calles de Caracas?

Convergen, primero, en mi espíritu, en mi intuición; luego, en mis ojos, en mis oídos; es decir, en mi cuerpo; y al final en el poema. Allí convergen, se unen. En los sitios del mundo donde he vivido y tenido experiencias vitales. También en mi voz, en mis manos, mis pómulos, mis sienes, mi espalda, mi cráneo, mis pies.

 

Tu poesía es la alegría del ojo, con ella vemos. ¿Dónde hallaste ese camino?

Diría más bien que mi poesía es la plenitud del ojo. La plenitud es más profunda, abarca más; siendo así que se puede estar pleno sin grandes alegrías; se puede estar pleno en medio de sufrimientos. En lo personal, aspiro a la plenitud; escribo lo que escribo desde la plenitud, no desde la alegría.

“El parque”, de Alfredo Herrera Salas
El parque, de Alfredo Herrera Salas (El Pez Soluble, 1999).

Pienso, quizás, que la plenitud es atemporal: nos permite proyectarnos y dar un sentido a nuestras vidas. La alegría es más finita, va día en día; es sin duda maravillosa, pero distinta a la plenitud. Ésta puede, sin duda alguna, causarnos ansiedad, la alegría no. Es decir, la plenitud está relacionada con búsqueda del sentido vital, ese ir más allá del propio presente, por lo que nos complejiza más, nos conflictúa más, nos hace crecer más. La alegría es extraordinariamente inmediata. Siento que es más profundo vivir en un estado de completitud que pretender vivir en un estado de alegría permanente, porque desde allí sería difícil, por contradictorio que parezca el vivir.

 

Tus poemas son plásticos como tus cuadros. ¿Es conciencia creativa? ¿Es inevitable?

Diría que mis poemas, más que plásticos, como lo son mis pinturas, son fotográficos. La conciencia que asalta al fotógrafo al decirse a sí mismo “aquí hay una foto” es, en cierto aspecto, similar a la del poeta, al decirse “aquí hay un poema”. En el asombro provocado por una foto late algo del asombro producido por un poema. Siempre he creído poseer algo así como una “cámara poética” que llevo siempre conmigo. En realidad, son obturaciones de imágenes que activan mi espíritu pensativo; mis pensamientos, quizás puedan ser profundos, pero no son laxos, no ocupan casi espacio, diría que son casi parte de la imagen. La mayoría de mis poemas son de alguna manera la foto de un momento decisivo. Lo que quiero decir es que, al igual que una foto, un poema es la muestra de un pequeño instante de universalidad.

Mirar siempre ha sido mi primera opción, estar atento; pensar, mi segunda, y escribir el poema, mi tercera.

 

¿Cuál instrumento musical acompaña a tus poemas?

Podría ser algo así como un martillo que golpea un papel; no lo sé; o en todo caso, con un objeto que al golpearlo emita un sonido seco, que se repita una y otra y otra vez, una especie de percusión que nos conecte con el enigma de la existencia.

 

Dinos siete nombres de poetas de quienes tu poesía ha bebido.

A lo largo de los últimos treinta años he mantenido necesaria cercanía con Tomas Tranströmer, Gunnar Ekelöf, Lucian Blaga, Reiner Kunze, Paul Celan, Marina Tsvietáieva, Giuseppe Ungaretti, Cesar Vallejo, Ósip Mandelstam, Samuel Beckett, Kobayashi Issa.

Pienso que cada libro forma parte del cosmos y, a pesar de que cada uno de ellos pueda tener su particular vibración y estremecimiento, forma parte de ese único e infinito e interesante lugar. En tal sentido, estoy atento, no sólo a las imágenes del mundo, sino a la materia escrita, y tomo de ella lo que me conmueve.

Las influencias nos igualan, nos hacen comunes, si son bien llevadas y creadas; sólo imaginemos la casi infinita presencia de epígrafes en los libros de poesía, ellos allanan el camino a una gran unión poética y creativa.

 

¿De qué color son tus poemas?

No lo sé. En realidad, pienso que no tienen color, más bien un tono neutral, un cierto valor neutro que se repite; en todo caso, un gris. Se trata de algo opaco, pero que al mismo tiempo podría ser transparente. De cualquier manera, quisiera que mis poemas tuvieran el color de la entropía, el color del fin de las cosas y el color de las transformaciones que, imagino, deben, probablemente, poseer color.

 

¿Es el poema un tributo al misterio de vivir?

Sí, la poesía es un misterio como la vida. Sigo sin saber qué es el poema y si lo supiera no tendría ya interés en él. La poesía está allí, es inmensa. El poeta escribe, pero la poesía es fría; la tocas con un dedo, pero no la llegas a tocar; es una nada; un misterio, como la vida, que la vivimos sin entenderla. El poema, como la vida, es un camino a lo desconocido; sin duda lo irreal es un enigma. Sin embargo, pienso que lo real es un enigma equivalente; un vaso lleno de agua es un enigma y ese enigma, ese misterio, nos puede salvar. Es un idioma que no alcanzamos a dominar, pero que está allí cerca de nuestra voz, de nuestra garganta. En realidad, los poemas son una extinción.

 

¿Sin amistad existe el poema?

Hay una especie de amistad entre el poeta y su lector. La poesía es una amabilidad hacia otro. Para mí es importante saber que hay alguien al otro lado. Cuando escribo necesito pensar que hay alguna utilidad en eso que alguien leerá, que esa persona va a entender y tener una complicidad conmigo, que vamos a estar sólo los dos. Es una obsesión mía: el duro y áspero fantasma de la soledad.

 

“La tarde alcanzada”, de Alfredo Herrera Salas
La tarde alcanzada, de Alfredo Herrera Salas (Litterae Tertii Millennii, 2003).

Muéstranos siete verbos columnas de tu poesía.

Ser, ver, pensar, existir, perder, imaginar, entregar.

 

Danos un verso o un poema breve que sea la elipsis de nuestro país.

“En mi país no hay trenes / pero el último poema es tuyo / si ves atardecer / cuando se han detenido las ventanas / y cambian de color / y nadie grita”.

 

¿Cuándo decides que “este es un gran poema”?

Nunca he escrito un gran poema ni es lo que intento lograr. Me interesa mucho más el proceso de la escritura, el fenómeno creativo. No tengo mayores esperanzas de escribir un gran poema. En todo caso, un gran poema plantea una exigencia de infinito, busca abrirse paso a través del tiempo, a través, no por encima de él. Un gran poema es una forma de aparición del lenguaje, es algo que siempre va en camino. Un gran poema es una tentativa de belleza intemporal. Sin embargo, también pienso que el proceso de nuestras vidas es el más interesante poema.

 

En tus poemas respira Petare, pero no el geográfico, sino el íntimo y familiar; Petare sin violencia, con riachuelos y pájaros. ¿Es la inocencia que buscaba Ungaretti?

Sí, allí descubrí el mundo; allí se dieron mis primeros estados de asombro; las primeras imaginaciones, las primeras imágenes; surgió la prematura atención al mundo, a las cosas; la prematura contemplación, la prematura soledad. El Toboso era una suerte de Edén al margen de las fuerzas sociales, se trataba de un vasto jardín virgen de límites difusos. Allí me debatía, sin saberlo, entre el territorio de la libertad y el territorio de la rigidez. Allí disfrutaba de los atractivos de la vagancia, pero allí, también, se gestaba una preocupación creativa, estética y moral.

 

¿Hablas con Dios en tus poemas?

Dios no me obsesiona y no tengo palabras adecuadas para él; sólo tengo, en ocasiones, palabras para el poema, que es vibración, enigma y finalmente “un dios más cercano”; “dios-poema”, que es difuso, que es sólo una probabilidad. Como poeta, debo y quiero ser difuso, tangencial; ser sólo “probable”; andar a tientas de la intuición y la imaginación y, desde allí, crear, transformarme y seguir. Es un juego creativo sin fin.

 

¿Por qué, queramos o no, un poema es un resto de emoción?

Sí, el poeta es como una placa sensible a los detalles significativos. Vivir como poeta es vivir desde la atención la emoción. Nos constituimos en una especie de bloque sensorial psíquico espiritual de atención ante toda la dinámica de la existencia; ante todos sus pedazos, sus vibraciones; ante las expresiones del mundo. Esto implica un esfuerzo emocional tremendo que, en mi caso, genera “restos”; es decir, “poemas” y una soledad que debo aceptar. Estoy convencido de que la soledad que siento no es terrible, porque no es estéril; es soledad creativa. No se trata de una indiferencia hacia el mundo; todo lo contrario, se trata de entrar en el mundo. Aquel que ha aprendido una vez a transfigurar su soledad, jamás puede perder el privilegio de saber transfigurarla, y eso es lo que hago a diario.

 

¿Hay palabras heridas en tus poemas?

Las palabras heridas pueden convertirse en una enfermedad y, en ese sentido, soy un poeta cauteloso. Cada palabra es antes que nada creación, belleza, una pequeña obra de arte. La palabra identifica el alma y la inteligencia de una persona; toda palabra debe ser ante todo sana, a pesar de estar herida. Creo, junto a Rojas Guardia, que se escribe desde la sensibilidad y no necesariamente desde el sufrimiento. Escribir desde la sensibilidad nos permite exponernos a un rango afectivo mayor, que va desde el dolor hasta el goce, con todos los matices emocionales posibles. En tal sentido, pienso que la herida no siempre es consustancial al poema, la sensibilidad sí lo es. A eso me refiero.

 

¿Los talleres de poesía siguen siendo necesarios?

Los talleres de poesía son necesarios en la medida en que son un acto de resistencia ante la vorágine humana. Asumirse poeta es verdaderamente difícil, va realmente contra todo lo establecido y supone una inmensa responsabilidad, por lo que uno tiene que saber cuándo ese no es su camino. No se trata de una reunión social, no se trata de “unos poemas”; implica una gran soledad creativa, se juega al todo o nada. Aquí me remito a El Duende, de Lorca: “Si el enigma, si el misterio creativo no está en nosotros, es inútil intentarlo”.

 

¿Cómo entran el desamparo y la injusticia en tus poemas?

Siento que el desamparo es una poética que comparten todos los seres humanos; una poética mundial. Ya no hay casi dioses; estamos en el desamparo; la literatura y la política tienden sólo a mostrar la imagen trágica del destino de la humanidad. De allí que insistir en el poema, en lo poético, en el arte, crea una zona de amparo sin duda.

La poesía tiene la capacidad de generar paz, una paz sostenible fundamentalmente, porque es genuina, nos permite encontrar lo común en nosotros. La poesía es un acto de reparación simbólica y a su vez crea memoria, evitando la repetición del caos.

El arte, la poesía, son necesarios para transitar hacia una cultura democrática. Con ellos debemos resignificar momentos graves, evitar la repetición de las temibles crisis humanas. Aquí pienso en Paul Celan: sus versos que luchan por salvaguardar la memoria del holocausto judío y que no se repita; sus poemas cifran el misterio de los tiempos, explorando los límites de lo indecible: “Territorio de corazones / donde tú viste luchar / al cuerpo de la paz”. Sin duda este verso sí que nos ampara.

 

“Vi”, de Alfredo Herrera Salas
Vi, de Alfredo Herrera Salas (Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, 2014).

¿Cuándo decides que una colección de poemas constituye un libro?

La poesía es una obra progresiva, no creo en “obras cerradas”. Siempre he tenido la sensación, como poeta y como artista, de que nunca se concluyen las obras. Sin embargo, hay un momento donde se comienza a restar profundidad a lo escrito y hay que saber identificarlo y detenerse. Siempre he pensado que la intuición nos guía en ese camino.

El poeta no retiene aquello que lo conmueve, aquello que descubre. Lo transcribe una y otra vez. En eso reside su infinito.

De allí que decir “terminado” es sumamente complejo en el caso del arte, de la poesía. En muchas ocasiones, esos supuestos logros finales son peores a los primeros escritos, bocetos, donde el balbuceo está aún protegido del excesivo intelecto y de la excesiva belleza. Las obras de arte no terminan jamás.

 

¿La poesía, su respiración, nos confirma que somos frágiles y débiles?

La debilidad no la entiendo más allá de la salud. Por su parte, la fragilidad se me hace muy cercana a la fortaleza; en mi poesía la palabra debilidad me descoloca en alguna medida, no la uso allí; mientras que las palabras fortaleza y fragilidad son ricas y emocionantes, representan realidades muy cercanas. Hay un corto camino entre ellas. La fortaleza en nosotros no podría darse sin nuestros aspectos frágiles que nos flexibilizan, nos hacen resistentes ante los embates del devenir. Recuerdo aquí la flexibilidad del trigo, que de no ser por la misma el viento arrasaría sus plantaciones.

Para no quebrarnos y para que no se quiebre el poema necesitamos esa especie de resistencia combinada, que podríamos llamar “fragilidad - fuerza”.

 

Háblanos de la conciencia de muerte y la conciencia cósmica en tu poesía.

La conciencia de muerte y la conciencia cósmica, a mi manera de ver, se plantean como un gran problema de la humanidad, que se manifiesta a través de esa dialéctica vida-muerte, porque no se tiene generalmente la capacidad de sentir nuestra esencia, de tener conciencia, de formar parte del todo. En tal sentido, pienso que hasta que el ser humano no concientice que es parte del cosmos, de alguna manera no dejará de destruirse.

Pienso que la conciencia cósmica es una forma interconectada de ver el nudo de las cosas; es más un conocimiento intuitivo que una comprensión, digamos que objetiva, pero la experiencia de la conciencia cósmica es incompleta sin el elemento del amor, que es el fundamento de la conciencia mística. Es decir, el misticismo es la percepción del universo y de todas sus entidades aparentemente dispares en un todo unificado y ligadas por el amor.

Muchos creemos que el problema con los seres humanos es la insistencia en marcar las diferencias entre las cosas del mundo; es el juego espantoso de la dualidad. Lo que sucede es que en este plano de existencia requerimos lamentablemente, para sobrevivir, las definiciones y los conceptos.

Debemos armonizar las antípodas, intentar acercar la poesía y el arte como un mismo camino regio para lograrlo. El arte nos saca de la dualidad vida-muerte. En tal sentido, pienso que no se trata de tener la convicción de que alcanzaremos la vida eterna, sino la conciencia de que la poseemos. Es decir, ya no existiría la muerte.

Alexis Romero

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