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Como si la tragedia fuera también un artificio de la inteligencia

martes 21 de mayo de 2024
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Como si la tragedia fuera también un artificio de la inteligencia, por Carlos Arturo Arbeláez Cano
Se ha comprobado que / quienes más conocen de la luna / son los enamorados, o los que estamos en ese trance.
Bestiario artificial, antología digital por los 28 años de LetraliaBestiario artificial. 28 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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La inteligencia artificial nos pone a competir más descarnadamente con la creación humana. Es una condenación, una autoflagelación, un asunto del consumo que lo desborda todo y le da paso al marketing del holocausto. Una amenaza, una sombra que recorre al mundo, anticipando su sino apocalíptico. Pero qué absurdo destino apocalíptico... Y es que la civilización tecnocientífica, el saber, el conocimiento, no es tanto que sean el motor del progreso de la humanidad, sino su propia dosis de cicuta.

 

La tragedia: artificio de la inteligencia

Milenio tras milenio la tragedia prospera.
El arco que se curva sobre el mal
desciende y ciñe con su abrazo mortal
toda la humanidad.

Abrazo fratricida que sentencia,
con un grito inaudible para muchos
que estamos transitando
por el borde fatal del desbarrancadero.

Es la farsa llamada civilización.

“La civilización no suprime la barbarie
—decía Voltaire—, la perfecciona”.

Seguimos el descenso, enajenados,
cargando nuestro féretro
al sarcófago de las penalidades,
por esos mismos círculos
que la historia nos marca
con su espiral de olvidos.

Otro lodazal de la ignominia:
la guerra que se anuncia con sirenas,
cansadas de tronar por los esbirros,
no quieren paz en su jardín de las delicias.

¿Cuánta paz se merecen tus cadenas?
Arrastrando el dolor del desamparo
las fronteras hierven de rebeldía,
y de todos los sitios de la tierra
se anuncia un desenlace apocalíptico.

¿Cuántos más, cargando sus hatillos,
llaman frente al portal de un cementerio
que el exilio les marca?

Llaman y llaman con ojos de esperanza.

La gente se atropella en las aceras.
Cada quien paladea sus penas o sus goces,
cada quien se rebusca sus venganzas
que al final todos somos portadores
de tanta frustración y tanto duelo.

Se corrompe la nieve en la montaña:
los superfluos habitantes del boato,
los místicos profetas y los pajes,
a merced del poder de las monedas.

Destellando sus flashes de mentiras
las imágenes invaden nuestro tiempo,
nos acosa el bombardeo de neones.
Maniquíes imponen a su amaño
este perverso marketing del holocausto.

Es una pasarela virtual de vanidades
de mensajes que ocultan las mentiras
para asistir a la ingrata mascarada
del consumo, el glamour y el desenfreno.

Tan sólo polvo somos en el caos del tiempo,
sólo espantajos que pasan pasajeros
a cumplir una cita con la muerte,
la irrenunciable, la inaplazable muerte
la no vida, la condenada muerte.

Y los profetas anunciando visiones
de mundos confinados al silencio
de la complicidad y el abandono
por la mordaza que aprisiona la lengua
y, aún más, el pensamiento.

Son estos tiempos de claudicaciones,
de desencanto y enajenación,
somos granos de polvo errando
por el caos de un tiempo inmarcesible.

Consumiendo las sustancias sagradas
de nuestros primigenios que buscaban,
en los confines del éter, el sentido
de aquella metafísica de la existencia.

Hoy nuestro amor alucinado
tiene la duración de un rayo inesperado
que nos eleva más allá de las sombras
y que al final nos descarga en la zozobra
de una gravidez en abandono:
insustancial quimérica lucífera.

Realidad que no nos pertenece
fantasmas que transitan por los mass media
como la libertad, el placer o la felicidad.

Confusión de artificios fabricados
para darle “salud” a los privilegiados
a los obnubilados, por el neón y la banalidad.

Con su puntualidad acude a nuestro encuentro
una mezcla de sueños agolpados.

En la calle humedecida por la lluvia
espejean las punzadas del hambre,
mientras la voz desgarrada de Joe Cocker
busca ayuda de un amigo en la penumbra.

¿Qué se nos ha quitado y qué se nos ha dado?
Ningún conteo de sombras nos da cuenta
de la extensión de las fatalidades.

Los fantasmas agitan los crisoles
donde el fuego purifica los pecados.

Ascienden los piadosos con sus cofres,
extraviadas las claves que los abren;
con su remordimiento y su arrepentimiento:
han pagado el impuesto, el diezmo y la mordida
y han alcanzado un estado de gracia celestial.

¡Farsantes!, les grita Albert Einstein
“La anarquía económica de la sociedad capitalista,
según existe hoy, es, en mi opinión,
la verdadera fuente de todos los males”.

Demagogia infernal de los tiempos del ruido,
mascarada siniestra de guetos citadinos,
clubes del desenfreno donde sobran
los dólares manchados de sudor
y sangre universal.

Y falta la simiente, semilla inmaculada,
que garantice los tiempos del retorno
del respeto y la fe,
de la fraternal coexistencia
en hermandad y solidaridad.

¿A dónde van los imperios de Wall Street
insultando los ríos, las montañas,
los prístinos paisajes y los ecosistemas
que nunca lograran imitar
los iluminados de esta civilización?

Seguimos engordando los ejércitos del despotismo,
de seres exultantes, astutos, promovidos a padres de la patria
para que reproduzcan su miseria moral y su codicia.

 

Memorias cibernéticas

¿Cuántos teras de bits acopia mi memoria?
¿Será apto mi cerebro para hacinar,
en su intrincada maquinaria,
cual laberinto de mil escapatorias,
el cotidiano acontecer de este planeta,
de esta patria dolida y reincidente,
en sus padecimientos y congojas?

Sólo sé que en sus pliegues infinitos
se citan y transitan las neuronas
transmitiendo los pulsos y las palpitaciones
que le dan dimensión a la existencia.

Es la lucha inclemente de la sabiduría
por glosar argumentos del absurdo
procurando alinear su enmarañado asunto;
pistas en su perpetuo recorrido, combinación,
algoritmo encriptado que se itera
en el agujero negro del infinitum.

¿Hasta cuándo mi mente se detiene
a socorrerme de mis propios demonios?

 

Lunáticos o enlunados

Por ahí andan diciendo que la luna
será un objeto más
del marketing del holocausto.
Ella nos mira de reojo desde el Mar de la Tranquilidad
mientras que desde kaguya la monitorean
una pareja de “honorables ancianos”
con antenas y sondas cibernéticas.

Los espectrómetros la contemplan
con menos candidez
que los enamorados desde tierra;
pero ya claudicaron en su intento
de tomar una imagen satelital
pues cayeron por fallas de robótica
en sus intrincados mecanismos,
convertidos en chatarras lunares,
por las vecindades del cráter de Gill.

Considerada nuestra hija natural
insisten en darle reconocimiento oficial
mediante una partida de bautismo;
eufemismo con que ansían desconocer
la individualidad de lo que existe.

Clementine ensayó marcar antecedente
que les diera derecho de usufructo.
Para entonces, la piel de la Selene
tampoco fue rozada por mano codiciosa.
Contrariamente Clementine explotó
en volutas de fuego, próxima al asteroide,
por otra falla técnica, esta vez de la Nasa.

De seguir las cosas como van
no está lejano el día
que alquilarán balcones para ver a la luna,
ignorando que a 400 kilómetros de altura
lo poco que pudieron advertir esos intrusos
es lo que no puede ver el ojo humano.

A la luna hasta ahora han ido a pisotearla
una docena de astronautas despistados,
eso sí, inspirados, revelando un axioma
en relación con la “anchura de un paso
y la desmesura de la humanidad”.

De estas aventuras ya se sabe
que no tienen desenlace feliz
por un simple error de juicio
que demuestra la avaricia y la codicia
de quienes creen poder usufructuar
a la luna como un recurso más.

El Océano de las Tormentas
nos sugiere un rechazo absoluto
a cualquier intento de aproximación.
La “selenografía” hasta ahora explorada
da cuenta de la búsqueda inútil de la vida
más allá del delirio y la alegría
de transitar de noche, en parejas, “enlunados”.

Se ha comprobado que
quienes más conocen de la luna
son los enamorados, o los que estamos en ese trance.
Y que los que se empeñan
en buscar residencia más allá de la tierra
tendrán que viajar más lejos
porque en la luna sólo viven los locos;
mejor dicho, los lunáticos.

Ella es una virgen sagrada
contemplada desde la nostalgia.
Ella es motivo y razón de una congoja,
es el albur del ensueño y la melancolía.

Porque a la luna sólo se le puede cantar
con coro de primaveras, de veranos u otoños;
en invierno ella se mece con nosotros
metida entre el abrazo de un refugio
a disfrutar la lumbre y el fuego del hogar.

La luna se puede vestir de todos los colores,
se le antoja a veces aparecer radiante
con sus ojos de fantasía y su melena ensortijada.

La luna puede ir de traje deportivo, de gala,
pero en traje de noche es insinuante,
es la sumatoria de todos los devaneos.

Se ocupa caprichosa de su propio tamaño:
a veces está llena, otras en cuarto menguante,
su sofisticación rompe las candilejas
con destellos que rebotan por el aire;
cuando va en creciente es cuando más sorprende,
la amplitud de sus senos y el vigor de sus flancos
son una desmesura de la sensualidad.
Deseo y pasión retozan indiferentes
y es cuando el mundo me importa más.

Pareciéramos los últimos vástagos
de esta especie de inteligencia superior
descendiendo por entre las miserias
hacia el origen de las últimas experiencias
de una vida armoniosa o prístina o virginal.
Lo último que se dijo es que Artemisa
propone unos “acuerdos” que tienen por objeto
establecer unas mínimas reglas de respeto
para que estos “autómatas” y depredadores
no desaprovechen las posibilidades
que nos permite Selene desde tierra.

Qué impostura, qué charlatanería,
seré el primero en comprar un tiquete
para tocarla a ella en todo su esplendor.

 

El marketing del holocausto

Tentación a lo largo de milenios,
los planetas propician sus encuentros.
El misterio y la fantasía se amalgaman
para hornear la elegía a los demonios
eclipsados también por su maldad.

Ojos crispados, humeantes de rabia
por los guarismos de los mercados bursátiles.
Ojos encendidos, calcinando lo que está inmóvil,
encegueciendo la razón.

¿Son esos mis vecinos?
¿Los mismos que comparten mis oraciones,
mis cantos, mi religión, mi desvarío?

En esta celebración cotidiana de la barbarie
no hay tiempo para hacerle duelo a la mortaja
ni al sepulcro también bombardeado.
Es que no bastan los cadáveres yacentes
ni los campos de osarios olvidados.

Si no los cementerios, son los campos
que les dieron cobijo a millares de seres errabundos,
abandonados en las profundidades del mar Mediterráneo
luego del éxodo de sus famélicas parcelas
asediadas por el hambre y las guerras,
por el cambio climático y el no futuro.

Es el poder de la naturaleza, de la rabia en el pecho,
del mercado inclemente
emitiendo sus tóxicos al viento
para alimentar
el marketing del holocausto.

 

El alma de la sociedad

Desde la raíz,
desde la esencia misma,
desde el lugar del alma
que reside en el mínimo espacio entre tú y yo,
en este infinito vacío de la sociedad,
el alma hace sus guarismos y sus pronósticos.

Suma una a una sus desgracias y sus tragedias.
Computa, en términos de segundo, los reclamos del universo
que piden develar la verdad y visibilizar cómo la realidad
es otro frío metarrelato, producto de la inteligencia artificial
y de la manipulación virtual que nos abisma.

 

La mecánica del alma

“Yo me vuelvo hacia la noche secreta, inefable y santa. Allá lejos, el mundo desierto y solitario ocupa su sitio, hundido en una fosa profunda. Profunda melancolía sopla en las cuerdas del pecho. Quiero descender en gotas de rocío y mezclarme en la ceniza”.
Novalis

Y el llanto, revelando el dolor de una congoja.
El llanto, desnudando el nácar de su rostro.

La noche, la indescifrable y profunda noche,
sumatoria infinita de luz sobre las cosas,
resumen del misterio de lo oculto a los ojos,
sólo el alma desnuda sus arcanos.

Es el prodigio del alma del poeta
que logra descubrir la luz entre la luz
de la noche que le entrega su alma,
esa alma de la noche que le dice al poeta
que, en el trepidar de sus asombros,
él puede ver, como los ciegos,
lo que oculta su infinita negrura.

¿Dónde están hoy los pastores
que anduvieron por los misterios del cosmos
y se adentraron en sus profundidades
invitados por miradas de estrellas
a presenciar cómo funciona el alma sideral?

El pastor, en su soledad nocturna,
es, quizás, el único que observó,
sin ayuda de un complejo catalejo,
la magnífica dimensión de lo infinito
en una conexión orgánica y vital con el universo.

El alma itinerante hace eco de la noche.
A diferencia de un alma sedentaria
que, en su inmovilidad, reclama de la noche,
solamente, artificiosos destellos de neón.

 

El teatro y la realidad

La ciudad como un corcel desbocado
nos conduce por sí misma a una cárcel ideal.

Así, la poesía puede ser una fuerza incontrolable,
una insistencia a la subversión
de los que resisten sus propias rebeldías.

La poesía no es entretenimiento,
debe ser un cincel que despedaza y abre
la modorra de la resignación y de la esclavitud,
del convencionalismo oportunista.

Ella debe indagar por los cambios que trae lo ordinario
y que imponen la norma y el arquetipo de la mediocridad.

Cenizas resistiendo en la ventisca,
en el atardecer de algún verano seco.

Porque la poesía es irreverente, debe ser insumisa,
pero, sobre todo, transformadora,
como cada circunstancia que le da origen.

¿Por qué el cielo tiene ese significado de espacio infinito,
pero de territorio, donde alguien es el amo y señor?

El cielo, como espacio conquistado
por un selecto grupo de colonizadores e invasores,
engolados con su trucco de acciones bondadosas,
fungiendo de tecnócratas, agnósticos o ateos.

 

Ácido y metal

Subversión
Subversión
Subversión

Para voltear el mundo
una voz que destroce los sonidos,
una voz que rasgue la incerteza
del miedo y de la guerra.

Aullar es el signo salvaje
de la raza primigenia.

No es locura.
Es un gramo de ácido
en la ración de la sopa matutina.

Subversión (bis)

Que ellos se embriaguen
con su napalm y su uranio empobrecido.

Subversión (bis)

Nosotros nos drogamos con anfetaminas
con opio y fentanilo.

Flotamos solamente en la ingravidez,
en la burbuja de esta sicodelia
del hedonismo y el nihilismo:
ya no hay futuro.

Subversión (bis).

Es la época del desencanto

Subversión (bis).

Comienza por romper las cuerdas de la guitarra,
deja las marcas del Si Mayor retumbando
en los oídos de los orates
que deliran de codicia y de lujuria
en las bolsas de valores del mundo.

Subversión (bis).

Consume mucho más,
que suban los histogramas del hambre y la miseria,
de la barbarie,
del marketing del holocausto.

Consume más y más
hasta agotar lo que los dioses
te prodigan con amor.

Acumula
Acumula
Acumula

Hasta que se agote tu grito
en la hartura y el boato.

Sólo acepta una pizca de heroísmo
para ejercer con él, o ella, en el amor,
la subversión.

Subversión
Subversión
Subversión.

Carlos Arturo Arbeláez Cano
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