
Bestiario artificial. 28 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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Estoy satisfecho. Sé que no soy tan expresivo como todos quisieran, pero hace ya un tiempo que me resulta interesante enunciar las cosas que siento. En este momento, tengo la sensación de haber logrado algo significativo en el mundo. Si analizo las ventajas actuales, considero que esta nueva forma de vida y su nuevo paradigma deberían perdurar para siempre.
Sentado en mi mecedora, sereno, a la sombra del porche de mi casa, mientras el sol cae lento en un horizonte lejano y rojizo, observo a NH1. Así es como he decidido, hace algunos años, nombrar a mi autómata. Lo veo hacer cada una de las labores que le he encomendado, en completo silencio. Primero, barrió las hojas del otoño, algo que, como ya he notado en otras ocasiones, sabe hacer con envidiable precisión y paciencia. Además, es metódico, particularidad que me gusta tanto de mi NH1. Las acumula primero en pequeños montículos, los que si pudiera medir apostaría que están a unos perfectos dos metros entre sí, luego las recoge dentro de una bolsa y al completarla las anuda con una facilidad admirable. Por último, casi como si no le costara nada, carga el bulto hasta la vereda, lo deposita junto al cesto para la basura y regresa a continuar con otra tarea. Es sorprendente lo fácil que lo hace ver todo.
Ahora bien, no ha sido fácil conseguir que los autómatas llegasen a ser tan obedientes y eficientes. Los de su misma nomenclatura tuvieron largos años de rebelión, época oscura en la que hasta llegamos a pensar que sería el fin de todos. Pero la inteligencia superior siempre logra prevalecer, tarde o temprano. Más temprano que tarde en este caso, para fortuna de todos. Y por suerte el mundo recuperó el orden.
De todas maneras, NH1 no representa un riesgo, para nada. Y estoy seguro de que no haría nada para lastimarme. Por otra parte, no pueden hacer complots a nuestras espaldas; creo que eso quedó también en el pasado. Estamos ahora en la era del equilibrio, la nueva era de paz. Los autómatas pueden enojarse de vez en cuando, sí, pero ninguna de sus rabietas se vuelve demasiado importante. No hay nada de qué preocuparse. Además, aunque suelen reunirse con otros, cosa que permitimos con rigurosos controles, tenemos registro de cada una de sus palabras, de sus pensamientos, sus intenciones. Así que cuando hay que corregir o reprogramar alguna desviación lo hacemos rápidamente y sin mayores dificultades.
NH1 es servicial. No habla mucho pero sabe comunicarse. Es obediente, leal. Le he tomado cariño. Sí, lo sé, no debería encariñarme con un autómata porque podría costarme, llegado el caso, tener que reemplazarlo por otro cuando su sistema muestre fallas o cuando fuese necesario adquirir otro con mejores habilidades. Pero no puedo evitarlo, en verdad que le guardo cierto cariño a mi fiel compañero.
Sé de alguien que tuvo que destruir a su autómata. Eso fue horrible. Necesario pero horrible. Descartar a un utilitario no es una situación agradable, por supuesto. Pero si los protocolos de convivencia se rompen es crucial ejecutar la pena máxima sin ningún titubeo. Las consignas del gobierno mundial son claras e implacables. Con todo, están para ser cumplidas.
En ocasiones, tengo la impresión de que los autómatas pueden creer erróneamente que son los dueños del mundo. Sí, lo sé, idea loca sin fundamentos sólidos. Pero es que hay algo, no lo sé bien, acaso una suerte de gestos sutiles y efímeros que me llevan a esta duda. Es como si por momentos pudiesen pensar y sentir cosas que escapan a nuestros registros. ¿Posibilidades de que eso suceda? Prácticamente ninguna. Los datos disparan un 99,99% de chances de que no pueden hacerlo. Sin embargo, mientras que las matemáticas y las estadísticas postulen ese 0,01% de posibilidad, es un margen de error que no por ínfimo sería justo desatender. Es más, el nombre de mi autómata es un recordatorio de que no es humano, simplemente son las siglas de No Humano. Luego, el número 1 es porque se trata del primero que he adquirido. Y sigo evitando, o al menos no me ha resultado absolutamente necesario, reemplazarlo por uno más moderno.
Una de las consignas, claras y directas, fue la de deshumanizar a los autómatas. Nada de nombres tales como Carlos, Rubén, María o Fabiana. No, nada de eso. Y ya que en los centros factorías en los que son creados se les asigna un código alfanumérico demasiado extenso, se nos permite rebautizarlos con una identificación más breve. Por otro lado, son un tanto frágiles, sobre todo al principio, pero con los cuidados necesarios y un escaneo periódico podemos hacer que duren mucho tiempo. Mi autómata, por ejemplo, tiene un sistema operativo libre de virus nocivos y dispone todavía de muy buena memoria.
El sol ya se ha ocultado por completo y NH1 ahora está recogiendo las herramientas de jardinería. Creo que ya es hora de continuar con algunas tareas dentro de la casa. Los autómatas suelen ser susceptibles al frío, y es importante no exponerlos durante mucho tiempo.
NH1 es tranquilo y tenemos conversaciones cortas de vez en cuando. Me cuenta cosas que, supongo, son importantes para él, o que tienen algún sentido, uno que desconozco. Si bien su procesador es lento, sabe organizar muy bien las palabras que usa. Ciertamente, el lenguaje es una virtud de muchos autómatas. Y quizá, por esto mismo, es que no debo subestimarlo. No debo olvidar que a fin de cuentas son seres humanos, que aunque los hayamos deshumanizado con nanotecnología y sometido con nuestra inteligencia artificial, ellos tienen esa cosa especial, esa extraña virtud que les permitió sobrevivir durante miles de años en esta tierra. A veces pienso que si algún autómata llegase a despertar su vieja conciencia y además descubriese la manera de recuperar su biología original, o peor aún, si recuperasen la capacidad de reproducirse por sí mismos, podríamos caer en una nueva guerra mundial. La segunda guerra mundial entre hombres y máquinas. Y, como bien sabemos, los humanos tienen esa extraña virtud que los acompaña desde tiempos remotos y no deja que se extingan. Debemos estar alertas, claro, porque esa energía especial, esa ventaja que ya no tiene mucho sentido llamar suerte, podría ser, algún día, nuestro fin.
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