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El gran tigre

viernes 23 de mayo de 2025
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El gran tigre, por Jonatan David Consoli
Tragó saliva. Y volvió a escuchar ese sonido ronco, que ya le parecía con claridad una especie de gruñido animal.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Parte 1
Ranjit, el héroe

Afuera se caía el cielo, como suele decirse. Llovía a mares, a baldazos, diluviaba sin dar tregua. El cielo era un inmenso teatro donde los truenos y relámpagos ofrecían un espectáculo de luces violáceas, azules, blancas, cada vez más cercanas, más cegadoras, y los estruendos hacían estremecer la tierra entera.

El terco Jaidev, junto a Ranjit, su hijo, habían encontrado refugio dentro de una enorme cueva. Sabían muy bien que no debían meterse allí, que no era seguro, pero la tormenta no les había dado opción. El peligro afuera no eran sólo los rayos calcinantes sino también las crecidas de los ríos, las inundaciones, las avalanchas de lodo, los animales asustados, la espesa oscuridad. Imposible sería sobrevivir a semejante temporal.

Una vez dentro, Jaidev amontonó las pocas ramas y raíces secas que encontró y se apresuró a encender una fogata. Utilizó el pedernal que siempre traía consigo. La temperatura descendía considerablemente y por eso el joven Ranjit se sentó cerca de las llamas. Abrazado a sus piernas apoyaba la quijada sobre las rodillas mientras el reflejo del fuego danzaba en sus ojos. Y aunque entre sus pensamientos no había lugar para el miedo, porque confiaba ciegamente en su padre, una extraña sensación comenzaba a recorrerle el cuerpo: algo parecido a un escalofrío. Jamás había imaginado que un día entrarían en aquella cueva. Según las historias que le habían contado desde pequeño ningún hombre lograba salir vivo de allí.

El terco Jaidev, por su parte, se esforzaba en esconder el miedo detrás de un rostro amable. Más de una vez miró a su hijo directo a los ojos y le palmeó suavemente la espalda. Ranjit procuraba devolverle la sonrisa, toda vez moderada y muda, al menos como un gesto de fe. Confiaba en que su padre podría lidiar con lo que fuese que los amenazara allí dentro. De hecho, según sabía, una vez había luchado contra un enorme lobo y lo había vencido. Y para dar cuenta de la veracidad de aquella hazaña solía mostrarle la enorme cicatriz que le surcaba la mejilla. ¡Cuántas veces se habría quedado dormido el pequeño Ranjit contemplándola!, incluso hasta llegar a soñar con ese terrible encuentro.

La tormenta no aminoraba ni por un segundo. Todo parecía indicar que el dios Indra enfurecería todavía más. ¿Qué habían hecho para enojarlo tanto? No podían saberlo. Lo único cierto era que tendrían que pasar la noche allí. Pero, ¿qué tenía de malo aquel lugar? Tampoco lo sabían con gran precisión. Sólo que estaba prohibido entrar e incluso acercarse, pues podían ser devorados por un gran tigre. Prohibición que desde tiempos inmemoriales los hombres respetaban a rajatabla y sin siquiera indagar demasiado. La avidez por los detalles era considerada un mal vicio de los rebeldes, los irresponsables y los peleles. Las personas comunes simplemente obedecían, con estricta y silenciosa sumisión. Como fuese, la feroz tormenta los había empujado hasta allí, y no tenían más remedio que aceptar los peligros que se escondían tras la desgracia.

Ahora bien, eso que Jaidev y su hijo Ranjit no sabían a ciencia cierta —justamente por no permitirse hurgar en las génesis de las prohibiciones— era que, en efecto, detalle más, detalle menos, hacía unos ciento cincuenta años (probablemente más) un enorme tigre había habitado esa cueva y que, peor aún, había aterrorizado y devorado a sus ancestros casi al punto de hacerlos desaparecer de la faz de la tierra. Sin embargo, por la erosión propia del tiempo sobre las memorias —y, vale decir además, como resultado de épocas de muy mala narrativa— la verdadera naturaleza del tigre había desaparecido. Sólo parecía haber sobrevivido, de alguna manera, la fuerza de una dura prohibición con un justificativo muy escueto, o incluso sin él. “Está prohibido entrar a la cueva”. Así, a secas, con la cara dura como una piedra. Sí, los ancianos muchas veces preferían simplificar la historia del gran tigre recitando esa suerte de lacónica orden: “No debes ir a la cueva”. Y punto. Así que ya casi nadie sabía demasiado del asunto, quizá ni los propios sabios.

No obstante, en rigor de verdad, no sólo que por inobjetables razones biológicas aquel gran tigre ya no existía, sino que tampoco había evidencia firme de que hubiera dejado sus crías en este mundo. Y por eso, la cueva debía estar completamente deshabitada desde hacía ya por lo menos un siglo. Digamos que sólo se trataba de un orificio más en la roca dura de una montaña no mucho más destacada que las demás.

El fuego, al borde de los pies de ambos, comenzaba a extinguirse mientras la tormenta afuera no mermaba. Fuertes ráfagas de viento sacudían de un lado a otro las copas de los árboles. Se podían oír con aterradora claridad las ramas que crujían al romperse y luego colgaban hasta desprenderse para, una vez en el suelo, ser arrastradas por fuertes corrientes de agua y barro. Todo era un apurado eslabonamiento de caos y destrozos.

Conforme avanzaba la noche, el pequeño Ranjit sentía que el frío comenzaba a adormecerle las puntas de los dedos. Se preguntaba cuánto tiempo más estarían en la cueva. ¿No era acaso que quienes entraban no salían vivos? ¿Qué se suponía que debía ocurrirles? Buscó a su papá con la mirada. Jaidev se había puesto de pie e intentaba hacer foco con la vista entre los recovecos de las paredes oscuras, en busca de algo más de leña. Al cabo de unos minutos regresó con apenas unas pocas ramitas. Las acomodó entre los carbones que aún ardían y sopló con firmeza. Consiguió avivar no más que unas débiles llamas nuevas. Y eso era todo. Sabían que, de un momento a otro, ya no tendrían más calor, tampoco lumbre. Se los devoraría la oscuridad de la noche. O peor: de la cueva.

Jaidev se quitó la gruesa manta de piel de oveja que le cubría el lomo y la puso sobre los hombros de su hijo. “Tengo calor”, mintió. Ranjit sintió que su cuello y su espalda enseguida recuperaban la tibieza.

Pero unos segundos después oyeron un rugido. Parecía provenir del corazón mismo de la montaña. “¡No te muevas!”, susurró Jaidev, notablemente asustado. Ranjit ahora sí temblaba de miedo. El interminable diluvio afuera había formado un río que con violencia arrastraba todo a su paso, y no era una buena idea abandonar la cueva. Estaban atrapados.

Jaidev tanteó el suelo y recogió dos rocas del tamaño de un puño. La más grande la sostuvo con fuerza y la otra se la dio al pequeño Ranjit. “Quiero que la uses si es necesario”, le ordenó, y sigilosamente se internó en la oscuridad de la cueva. “¡Papá, papá!”, balbuceó el pequeño, pero su padre ya había desaparecido en la negrura.

Avanzó con pasos cortos, uno tras otro. Iba lento, atento, absorbido por la duda y la preocupación. Pero su coraje era tan pujante que no podía dejar de avanzar. Estaba decidido a no permitir que aquello que viviese en la cueva los atacase. Jamás se perdonaría que robasen el alma de su único hijo, mucho menos frente a sus narices. De pronto, notó que la oscuridad ya lo había envuelto por completo. Tragó saliva. Y volvió a escuchar ese sonido ronco, que ya le parecía con claridad una especie de gruñido animal. Notó que iba aumentando en fiereza y volumen. Entonces se detuvo y permaneció inmóvil. Evitaba respirar. Abría grandes los ojos, como si eso sirviera de algo. Movió lentamente su brazo izquierdo y llevó la mano a su cintura. Allí, en una especie de cinto de tela, guardaba el pedernal. Pensó que las chispas le mostrarían, aunque más no fuera por un brevísimo instante, aquella bestia con la que estaba a punto de luchar. No había escapatoria. Estaba a punto de conocer el rostro del mal, de verse a los ojos con el espíritu maligno. El gruñido era cada vez más feroz, y los ecos de la cueva, además, lo hacían todo más grande, más espectacular, más terrorífico.

El pequeño Ranjit sentía un miedo pujante. Con el fuego ya prácticamente extinto, apenas si podía identificar para qué lado quedaba la salida. Todo comenzaba a sumergirse en la más completa negrura. Sólo los relámpagos conseguían darle alguna fugaz orientación. Y entre tanto, el rugido de la bestia se oía cada vez más fuerte. “¡Papá!”, gritó.

Jaidev, ya con el pedernal entre sus manos, produjo chispas y entonces lo vio, durante esa milésima de segundo. De vuelta en la oscuridad, frunció el ceño, confundido. La bestia largó un alarido mientras se abalanzaba sobre él.

El pequeño Ranjit lloraba sin consuelo. Estaba profundamente aterrado, y no pudo contener el impulso de arrojar hacia el corazón de la cueva esa roca que le había dado su padre. Lo hizo con todas sus fuerzas, con deseos de acabar de una vez con el monstruo, al mismo tiempo que gritaba vaciando sus pulmones.

Jaidev hizo un rápido movimiento con su brazo derecho, y luego otro, y otro más. Así, con la roca que llevaba en la mano asestó casi todos los golpes en la cabeza de la bestia, la que cayó muda a sus pies.

Ranjit se sorprendió, el rugido cesó tras haber arrojado la piedra. “¿Papá?”, murmuró entre sollozos.

Jaidev, agitado y con el rostro cubierto de un sudor goteante y helado, volvió a producir chispas con su pedernal. Lo repitió al menos unas tres veces, hasta que descubrió que sólo se trataba de un pequeño perro salvaje. ¿Había sido engañado por los ecos de la cueva? Estaba claro que no se trataba de ese demonio oscuro de las historias. Ese animal, de hecho, ni siquiera parecía peligroso. Sólo estaba asustado, acaso tanto o más que ellos. Se sintió confundido. Los golpes que le había propinado habían sido tan duros y certeros que, sin dudas, lo había matado. Volvió a producir chispas. Sus pensamientos comenzaban a serenarse. Lo tomó del cuero del cuello y lo levantó. Pesaría no más de seis kilos. ¿Esa era la bestia infernal que había imaginado toda su vida? No, no podía ser cierto. Soltó a la pobre criatura y volvió a producir chispas. Lo hizo una y otra vez, hasta que notó también que la cueva terminaba justo ahí. Era probable —reflexionó desde su experiencia de cazador— que el animalito hubiese atacado sólo porque se sentía acorralado. Era lógico. Y, en general, los perros salvajes, si uno no se metía con ellos, no solían ser animales temerarios. Ahora bien, se detuvo otro instante a pensar porque, si la cueva terminaba ahí mismo, ¿cuál era entonces ese gran peligro que implicaba la histórica prohibición?

“Papá, ¿estás bien?”, susurró Ranjit en la oscuridad, con evidente angustia.

Jaidev volvió sobre sus pasos y pronto se reencontró con su hijo. Con la luz de un relámpago pudo ver en el rostro del pequeño un terror profundo. Entonces lo abrazó y decidió contarle una mejor historia, una que le diera ánimo, algo mejor que la verdad. Dijo que al arrojar con tal valentía la roca, le había salvado la vida. Le agradeció besándolo en la frente. Con su piedra había derrotado al monstruo que intentaba devorarlos. Describió a la enorme bestia con gigantescos colmillos, encías sangrantes, ojos rojos y garras filosas. Le dijo que había sido un tiro certero y que, al recibir el impacto, el monstruo se había desvanecido y convertido en humo, dejando sólo un ligero olor a ceniza. Repitió una y otra vez que gracias a su coraje habían conseguido vencer a la bestia, que gracias a su audacia seguían vivos. Proclamó a toda voz que la aldea por fin estaría a salvo, gracias a él.

Ranjit sonrió. De a poco comenzó a abandonar el llanto. Ahora se sentía confiado y algo entusiasmado también. Y no se separó de su padre hasta el amanecer.

 

Con el paso de las horas la tormenta se había vuelto apenas una débil garúa, e incluso no más que una nostálgica humedad en el aire, y poco a poco comenzaban a asomarse en el horizonte las primeras claridades de un día nuevo. Jaidev permanecía abrazado a su hijo, quien dormía profundamente. Exhaló aliviado, lo observó con cariño y susurró su nombre varias veces. Realmente sonaba como el nombre de un héroe. El terco Jaidev bien sabía que no se había tratado del demonio aterrador de las historias y, aún más, que ese pobre perro salvaje había muerto por sus golpes y no por la roca arrojada por su hijo. Pero jamás lo confesaría, ni ante él ni ante nadie. Era un secreto que moriría con él.

En todo caso, debía lidiar con otra contrariedad, una mucho peor: haber descubierto, por antojo del azar, que la prohibición era infundada, pues nada malo había en la cueva. Sintió una fuerte incomodidad en el pecho. Había conocido una terquedad impensada, el eco arrogante que habita las bocas de quienes se asumen portadores de la verdad, la soberbia de los censuradores, la injusta superioridad de la ancianidad, la obscena postergación de la libertad de la razón. El corazón le latía con fuerza. Al parecer, no eran ni tan sabios ni tan justos como pensaba. No obstante, decidió no darle muchas más vueltas al asunto. Ahora sólo le importaba que a partir de aquel día su hijo se convirtiese en un hombre respetado, reverenciado; que su nombre sonase más fuerte y durante mucho más tiempo que cualquier antigua y desgastada superstición; que su hazaña llenase las lenguas de cientos de generaciones con la sentencia inequívoca de: “Ranjit, el héroe”.

 

Parte 2
El terco de Jaidev

Antes de que pudieran poner un solo pie fuera de la cueva, una masa oscura comenzó a moverse y, de pronto, los envolvió a ambos. En un abrir y cerrar de ojos los cubrió de muerte. Con una frialdad siniestra, les arrancó el alma del cuerpo, dejándolos reducidos a apenas dos pedazos de carne, desparramados sobre la roca fría, que comenzaban ya su viaje de putrefacción.

El espíritu impiadoso tenía la vaga forma de un enorme tigre, uno de oscuridad incorpórea, de una densa e infinita oscuridad, nebulosa y sutil.

Era una oscuridad desalmada, inexplicablemente fatal.

La peor oscuridad de todas.

La más irremediable.

Nada pudo hacer Ranjit, el héroe.

Y mucho menos el terco de Jaidev.

Jonatan David Consoli
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