

Luisa Urbaneja es una ávida viajera y amante de las letras. Pasó su infancia en Venezuela y ha vivido en varios países convencida de que es la mejor manera de aprender y de aprehender el mundo. Luego de su carrera profesional en Naciones Unidas y en organismos del sector público y privado, incursiona en la escritura obedeciendo a una pasión latente. Selva dentro se basa en vívidos recuerdos de sus recorridos por regiones venezolanas, que gracias al afecto desafían el tiempo y la distancia. En esta novela, la autora rinde homenaje al escritor y filósofo Maurice Blanchot, maestro indiscutible del género onírico de la literatura moderna, al querer conjugar los espacios de la realidad y del ensueño.
La escritora Luisa Urbaneja nos habla de su más reciente publicación, Selva dentro, desmiembra su obra, que es fascinante, con un aire de realismo mágico, donde baila el guiso bien puesto que nos da rienda suelta a los que nos identifica, desde el exuberante escenario natural que nos rodea, hasta la forma y contenido vibrante que marcan el habla, la música y las costumbres del país, todo, se adecúa perfectamente para recrear un marco onírico. Además nos confiesa su visión de la literatura vista desde México.
El libro fue publicado por la editorial Negro Sobre Blanco y en Caracas se encuentra en las librerías Vizcaya, Lugar Común, Templo Interno, Entre Libros, Libroteca, Nueva Chacao, Suma, Ludens, Alejandría II, El Buscón, Suma Concresa, Sopa de Letras y Kalathos. En San Cristóbal, en la librería Sin Límites. Y próximamente en Tecni-Ciencias y otras librerías de Caracas y del interior de Venezuela.
—Recalcas que Selva dentro es onírica o es la búsqueda de sueños de los personajes, hermosos personajes por cierto; aún hoy, luego de haber leído hace semanas tu novela, me conmueve recordar esas escenas tan tristes, pero a su vez tan hermosamente creadas, entonces te quiero preguntar: ¿qué sueña Luisa Urbaneja?
—Tu pregunta toca la columna vertebral de la historia, que lleva al lector por la frágil frontera que existe entre lo que soñamos y lo que tomamos por realidad. Es un tema que da mucha cuerda, no sólo para tratados filosóficos, sino para la ficción que es lo que me interesa desarrollar. Cuando señalo el aspecto onírico en la novela me refiero a pasajes donde intencionalmente hago recurso del lenguaje para recrear situaciones que han sucedido en el ensueño. Es el caso del niño que Cefina carga en brazos y arrulla, por ejemplo. Ese capítulo fue como hacer un velo con palabras.
Y bien, ¿qué es soñar? Es la interrogante de la novela.
Yo sueño sobre aquello que sigue a este momento. Hay un flujo en el soñar: ¿de dónde surge?, ¿por dónde me lleva? Vuelves tu mirada atrás y te das cuenta de que tus sueños se han realizado de alguna manera, incluso si algunos se esfumaron, los olvidaste, o si surgieron otros en su lugar. Pareciera que los objetivos se cumplen para poner marcas en ese fluir, y en el tiempo, para recordar el inicio de algo incierto que ya dejó de serlo pues se ha realizado. De allí que no haya cabida para insatisfacciones ni vanas glorias. El sueño se sigue “tejiendo” y te dejas llevar, como le sucede a Cefina. Creo que con esa descripción el soñar se asemeja a la vida, que no es más que un devenir, como pensaban Homero y los antiguos órficos.
Pero también podemos plantear algo más mundano, como decir “persigue tus sueños”, que es ciertamente una frase muy eslogan aunque cada quien la vive a su manera; darse a la ambición, empeñarse en vencer obstáculos, ver en el reto un ideal que no se alcanza y conformarse, o un consejo simplón que suena bien cuando no tienes más que decir. Como sea, es una frase muy poderosa porque encierra un misterio: perseguir un sueño es una posibilidad abierta que no tiene receta ni manual de uso para concretarse, y sin embargo nos cuestiona. Por eso quise escribir Selva dentro.
—Tu novela tiene muchas lecturas: está la búsqueda de oro, está la cruda historia de Cefina, sus sueños y pesadillas, pero una de las lecturas en todo este collage son las leyendas sobre María Lionza y las tradiciones yorubas, que, vale acotar, para que el posible lector no piense que este es un libro de santero, que Selva dentro toma como una historia paralela lo puro de la tradición utilizándolo sobre los personajes. ¿Qué te llevó a incluir esta parte tan presente en nuestra idiosincrasia y a su vez tan tergiversada?
—María Lionza surgió como un personaje natural de la historia, y tan espontáneamente como los demás: sin premeditación ni planes escondidos. Pero una vez que surgió, tuve que consultar diversas fuentes para conocer mejor la leyenda. El resultado de la investigación es que me fascinó por su misterio y riqueza de contenido; me emocionó la idea de plasmar imágenes en la novela y presentarla a aquellos lectores que no la conocieran. Además, encontré en María Lionza la figura idónea para recrear a ese carácter que se maneja y existe entre lo real y lo imaginado.
Cuando comencé a escribir Selva dentro recordé cuando, de niña, veía con fascinación la escultura monumental de María Lionza, en la autopista. Me impactaba su fuerza, y sin conocer el alcance del mito me emocionaba al verla porque era como si ella auspiciara la buenaventura del viaje que yo emprendía —a la playa, al campo o a otra ciudad— y mi hogar, la ciudad de Caracas, quedaba atrás, a salvo con su guardiana. Recuerdo que me volteaba rápidamente desafiando la velocidad del automóvil para tratar de captar un nuevo detalle en su rostro, y de regreso a casa, buscaba de lejos sus brazos firmes y su torso con guirnaldas, que parecían darme la bienvenida.
Desconozco cuán tan tergiversado se haya tornado la interpretación de la leyenda en la actualidad, pero tomado en la sencillez y belleza de la narración, es un hermoso pasaje que da testimonio de cómo se hermanan las razas en Venezuela. Como bien dices, son nuestras raíces. Dudo que ese aspecto de la leyenda pueda desvirtuarse.
—¿Crees que de algún modo Selva dentro es una ramificación del realismo mágico al estilo Luisa Urbaneja?
—Aclaro que lo siguiente no es despectivo sino total franqueza: jamás me acerqué ni intenté emular el realismo mágico al escribir esta novela, solamente me apegué a recuerdos y vivencias. El elevado estándar que impone el realismo mágico, es un placer que experimento al leer a Gabriel García Márquez, y de admiración sin mesura, cuando releo el Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Un gran favorito.
En cuanto “estilo a la...”, no sé responderte, salvo que es la historia y la voz de los personajes lo que dictó la forma de la narrativa. Escribo otros proyectos y son muy distintos en estilo de narrativa. ¿Será que eso nos sucede mientras iniciamos a “pedalear” en esto del escribir? No lo sé. Por ahora, sólo me interesa escribir, y trabajar mucho, para escribir bien.
—Con nuestra situación país, ¿crees necesario que los venezolanos nos perdamos por mundos oníricos?
—Richard, necesario, no lo sé... ¿pero qué tal si en esos mundos, los venezolanos nos reencontramos?
—¿Cómo ves el panorama literario de Venezuela desde México?
—Visto desde México, y esto es tan solo una opinión personal, destaca Venezuela en el género poético; en particular, con el maravilloso trabajo de Rafael Cadenas. Lo admiro y divulgo su poesía; es un gran favorito.
Para el público en general, me parece que al pensar en grandes autores venezolanos aún sobrevuela el estigma de Doña Bárbara, tan persistente como el del mariachi con su sombrero. Es decir, a los autores contemporáneos y nuevos talentos, en Venezuela y otros países, les cuesta enormemente darse a conocer y sobresalir sobre los nombres que comercializan las grandes editoriales.
—Todos los escritores nos vamos construyendo con nuestras lecturas, por ahí dicen “somos lo que leemos”. ¿Apuesta Luisa Urbaneja a un compendio de voces en tu propia voz? Y te sumo una pregunta: ¿cuáles son tus autores de cabecera?
—Estoy en deuda y falta... Tengo una lista larga pendiente; aunque no voy tras los best-sellers. De cabecera, releo a los viejitos: Cervantes, Dostoievski, Chejov, Balzac... Y con frecuencia recurro a las imprescindibles voces de mujeres, Marguerite Yourcenar y de Virginia Woolf.
No tan viejito, y haya o no cabecera, soy incondicional de José Saramago, quien por ser tan ecléctico en sus temas y versátil en la forma que da en cada obra, demuestra que el estilo de un autor no es lo que lo distingue, sino su genialidad. Un grande, sin lugar a dudas, que nos dejó con mucho, y mucho más por dar.
—¿A quién le recomiendas leer Selva dentro?
—A todo aquel que sabe soñar, y a quien no lo hace todavía.
- Luisa Urbaneja, autora de Selva dentro:
“Soñar se asemeja a la vida, que no es más que un devenir” - domingo 5 de junio de 2016


