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Hablemos, de Octavio Santana Surez

Dano Linares y la escritura como venganza

• Domingo 16 de diciembre de 2018
Dano Linares
Dano Linares: “Callar lo que uno piensa puede ser una enfermedad silenciosa”.

En esta entrevista de Sol Linares, el escritor Dano Linares habla sobre su última novela: Erótica de la costumbre. El libro, según su reseña, es una crítica de la actual sociedad venezolana. Sus personajes, aunque bordean límites extremos e inverosímiles, encarnan una postura inconforme y adolorida, aunque no ingenua, de la actual crisis del país sudamericano.

—Me va pareciendo muy simbólico que esta entrevista se concrete mientras corre por un lado el río Momboy, el mismo que sacó osamentas de sus sepulcros y se metió a las casas en tu novela La flor y sus apóstoles, con la que ganaste el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2011. Además, uno casi ni puede pensar con el zaperoco que tienen los pájaros en esta terraza prestada. Es como escuchar un diálogo de una película de Kusturica sin subtítulos, uno pone toda la atención para intentar captar algunos sonidos familiares en esa lengua ajena y sólo logra medianamente sentir la emoción con la que los pájaros se gritan. En fin, el té verde y la mañana verde me han llevado a pensar en una cosa: en el niño con quien jugué y peleé, y en el escritor que leo cada vez que terminas una novela. Hay cierta belleza en esto, y también una continuidad pasmosa. Conocerte me da una ventaja sobre cualquier entrevistador: podría decir, por ejemplo, que el escritor Dano Linares trabaja en una novela con la misma obsesión de ese niño que se encerraba días enteros a armar bicicletas en su laboratorio descampado, y también a espiar a las chicas que se desnudaban en las ventanas. Lo que me lleva a la siguiente conclusión, que cuando Dano escribe sigue armando cosas y husmeando en lo humano.

La literatura puede reflejar la realidad, o intentar explicarla y transformarla, siempre y cuando sea como al escritor le dé la gana. Sin estatutos o reglamentos disciplinarios de un partido.

—A veces el oficio de escribir es una actividad donde uno arma su propio rompecabezas interior para tener una imagen más nítida del caos, de uno mismo, o de aquello que nos rodea. Y esa no es sólo una tarea manual, paciente, desquiciante, sino una especie de revelación. Yo no puedo comprender un fenómeno, una realidad, o algo que me afecte, leyendo libros difíciles o citando autores. Yo comprendo mejor lo que soy o lo que me rodea, si lo escribo. Tenga o no la razón, sea o no de utilidad, al menos escribir organiza un poco lo que soy de una manera más sensible y consciente. Entonces viene la revelación, ese pequeño aspecto incomprensible del mundo se hace nítido, y luego deja de interesarme. A la larga, los libros que uno escribe son rompecabezas de mil piezas que al armarlos uno los cuelga en la pared como el recuerdo de un proceso, una etapa, un momento de tensión personal que pudo durar un día o años. La satisfacción no está en el resultado final, sino en cómo llegaste a ese resultado. Lo que descubriste en el camino. Lo que eres en el fondo, y también lo que no eres.

—Decía Jean-Paul Sartre que la literatura no sólo debe reflejar la realidad, sino también explicarla y transformarla. Los lectores de tus novelas Mujer de tiza, La flor y sus apóstoles y ahora Erótica de la costumbre, sentimos que hay una carga de responsabilidad moral del novelista en cuanto al mundo que lo rodea.

—En mi caso esa responsabilidad es un dínamo pero al mismo tiempo un extraño complejo. Creo en lo que dice Sartre, pero en ocasiones me aburre y desencanta esa responsabilidad. Sobre todo si es moral. El ideal del escritor propuesto por Sartre responde a una época en la que ser de izquierda, comunista o socialista, era el principal componente ético, casi obligatorio, del escritor. Una época en la que rechazar el Premio Nobel era una parte extrema de esa ética, o en la que donar los premios literarios a causas revolucionarias te hacían más que un buen escritor o buen hombre, un extraordinario miembro del partido. El hecho de que Alejo Carpentier le haya pedido a Vargas Llosa que donase el premio Rómulo Gallegos a la revolución cubana, para luego devolvérselo secretamente, todo por una mera estrategia de propaganda, habla mucho de aquellos tiempos. Yo creo en el ideal sartreano, comprendo sus dimensiones, pero al mismo tiempo estoy claro en algo: la literatura puede reflejar la realidad, o intentar explicarla y transformarla, siempre y cuando sea como al escritor le dé la gana. Sin estatutos o reglamentos disciplinarios de un partido. Sin coacción ni censuras. Si el escritor decide comprometerse con el poder o con los pobres, o si decide ser misántropo, burgués, proxeneta o puto, explicará, reflejará y transformará el mundo desde el poder o la putería. Pero debe responder a sí mismo sobre todas las cosas. A su voz, su mirada, su sensibilidad. El lector se encargará de establecer las diferencias, de interpretar también a su manera una postura. En todo caso, y como lo leí alguna vez, nadie está seguro de si la literatura puede o no transformar el mundo. Pero estamos seguros de que lo hace más bello y mucho más interesante.

—En “Días y flores”, esa canción hímnica de Silvio, hay un verso que me recuerda la pulsión de tu narrativa: “La rabia es mi vocación”.

—Esa canción es uno de mis himnos personales. Lo afirmo: la rabia es mi vocación. En Guayaquil, cuando trabajaba en el campo y compartía los dolores, angustias y tribulaciones de otros obreros, su sencillez y fatalidad, yo cantaba esa canción convencido de que la rabia era sobre todo el único derecho que me mantenía de pie y en el mismo centro de mi propia existencia. El derecho a indignarme. La rabia desde luego conduce a un extraño sentimiento de venganza. Entonces me decía: me vengaré algún día, escribiendo.

Erótica de la costumbre plantea en esencia el vivir de nuestra sociedad, pudiéramos hablar muy concretamente de la venezolana, como una progresiva naturalización de la barbarie.

—Sí, lamentablemente. Y digo lamentablemente porque resulta doloroso y hasta cierto punto insoportable pasarse cuatro años intentando descifrar una novela que perfile, a su manera, nuestra propia barbarie. Erótica de la costumbre es mi propio punto de inflexión y de no retorno. Es un libro que se nutre de la indignación y la impotencia. Como el verso de Silvio: fue escrito con una vocación rabiosa. Ser testigo de esta época, y formar parte de una sociedad que se destruye a sí misma, nos obliga al grito. No al silencio. No pude callar ante un escenario donde la barbarie se ha convertido en costumbre. En la costumbre de andar jodidos y de jodernos unos a otros. Tardé cuatro años en escribir ese libro. Cuando redactaba la primera cuartilla, Venezuela se hallaba en una circunstancia crítica. Me hubiera gustado escribir la última cuartilla, cuatro años después, en una Venezuela robustecida éticamente. En una Venezuela con menos violencia, más organizada y sobrenaturalmente amorosa. Pero no fue así. Desde la primera cuartilla hasta la última, la sociedad venezolana hubo de empeorar notablemente. La barbarie, al parecer, no pierde vigencia. Se actualiza.

¿Por qué este país no se cansa de fracasar? ¿Por qué hemos hecho de la violencia contra este país una costumbre cínicamente impune?

—¿Por qué Erótica de la costumbre, según tus palabras, es tu propio punto de inflexión y de no retorno?

—Cuando terminé de escribir Mujer de tiza renuncié al Ministerio de Educación. Lo mismo ocurrió con Erótica de la costumbre: una vez escrito, renuncié al Ministerio de la Cultura. Esos dos libros responden al cansancio, la frustración y la impotencia de dos momentos. Tomé la decisión de separarme radicalmente de lo que me hacía daño. Saramago tuvo razón al decir que el escritor tarde o temprano debe regresar al compromiso de decir lo que piensa. Callar lo que uno piensa puede ser una enfermedad silenciosa. A veces letal.

—Después de salir en libertad tras quince años de prisión por asesinato, Malcom Bó, el personaje principal de Erótica de la costumbre, se encuentra con un país en el mismo o en peor estado en que lo dejó. Esta idea me impactó sobremanera.

—Malcom representa dos épocas: el país desde el Caracazo hasta Hugo Chávez, y el país desde Hugo Chávez hasta nuestros días. Vemos al niño y al adulto, respectivamente. Él asesina por un par de zapatos de la marca Nike Jordan, en la década en la que muchos caían muertos por calzar ese tipo de zapatos. Yo mismo, cuando niño, vi a varios muertos abandonados en las calles sin zapatos, incluso sin medias. Había violencia, hambre, desidia, miseria, caos social y crisis política. Luego Malcom es encarcelado durante quince años y al salir de prisión se encuentra en un país como el actual: ya no se asesina por un par de zapatos sino por un teléfono celular, una moto, un carro o por nada. Hay mucha más violencia, hambre, desidia, miseria, caos social y crisis política. ¿En qué hemos cambiado durante los dos períodos? ¿Qué somos? O, citando a Malcom: ¿por qué este país no se cansa de fracasar? ¿Por qué hemos hecho de la violencia contra este país una costumbre cínicamente impune? Malcom cumplió una condena por quince años, pagó su deuda. Pero los que acaparan medicinas, los responsables de que mueran personas por falta de tratamiento o los que causan las muertes de niños por desnutrición, ¿harán lo mismo? Fueron personas libres las que convirtieron a Venezuela en lo que es ahora, y entonces, ¿para qué la libertad? La sola pregunta espanta.

—Por muy lóbrego que parezca nuestro destino siempre reservas, en el fondo de ese pavor, una esperanza. Hay pasajes definitivos donde Malcom tiene contacto con la belleza, como si el ser humano fuera también un milagro de su atrocidad.

—De la costumbre por la barbarie, el personaje salta hacia una erótica de la costumbre. Es decir: al instante en que, como individuo, Malcom comienza a mirar el mundo y a vengarse de él amorosamente. El amor social y la capacidad de contemplar la belleza y construirla redime su atrocidad, incluso su propia historia. La novela plantea una erótica, una estética y una ética. Esa es la encrucijada de este país. No hemos tenido la capacidad de construir esas tres cosas. Por el contrario, en lugar de amarnos, hay mucho odio; en lugar de vernos como una sociedad que erige la belleza como un valor, ensuciamos y destruimos; en lugar de ser honestos y de hacer las cosas bien, las torcemos y nos devoramos unos con otros por afán de lucro. Identificar al menos una parte del problema es esperanzador.

—El incorregible escritor de La virgen de los sicarios, Fernando Vallejo, dice que sólo afilando la lengua se puede amar y odiar con rigor quirúrgico. Muchos novelistas que encaran los temas sociales en sus obras van y vienen en estas dos direcciones.

—Vallejo es de los que aman más el plancton del mar que a los hombres. No lo culpo. Agradecemos que sea escritor y no político. En todo caso, cuando se encara la realidad con toda su crudeza y espanto, la lengua es el mejor artificio para odiarnos amorosamente. Una muestra de ello es su novela El desbarrancadero o su muy odioso ensayo La puta de Babilonia. Uno disfruta su literatura como una dulce espina.

—Eres comunicador social. Alguna vez me dijiste que más que novelista, eres un comunicador. ¿Qué significa?

—En realidad yo no escribo novelas; hago periodismo novelado. Eso me hace un mal periodista y un dudoso novelista. Ambos discursos están allí dándose trompadas. Yo en realidad soy el árbitro. El único, por cierto, que tira la toalla en ocasiones y en otras noquea. No soy imparcial. Es como ver a Woody Allen de réferi.

Quiero contar mi propia experiencia como emigrante durante los cinco meses que viví en el Ecuador. Creo que necesitamos escuchar ese tipo de historias.

—El siglo XXI plantea un gran desafío para el escritor. La inmensa y avasallante realidad virtual, las formas de publicación digitales que rivalizan con grandes ventajas sobre la tradicional impresa, el nuevo valor de la autorrepresentación, la considerable inversión de tiempo que requiere circular una obra en las plataformas electrónicas, ¿compiten todos estos factores con el tiempo creativo del escritor? Esto si tuviera razón el novelista William Ospina cuando dice que casi todo lo que ha sido inventado está hecho para que perdamos una destreza.

—Todo lo que se inventa a diario nos llena de nostalgia. No es lo mismo pertenecer a un grupo literario en Facebook que al Techo de la Ballena. Tampoco autorrepresentarse en Amazon en lugar de que nos represente Carmen Balcells. El escritor del siglo XXI, al menos el que comenzó a escribir en el siglo XX, vive dos tiempos: el de una forma de escribir y publicar que responde al siglo pasado y aquel que está signado por las nuevas tecnologías del nuevo siglo. Tú y yo escribimos a mano hasta que Manuel nos regaló una computadora. Nunca dijimos: “Úsala tú mientras yo uso el lápiz”. Por el contrario, nos turnábamos para poder escribir en Word. El escritor tradicional no ha muerto, se está transformando. Ahora existen los e-books y el marketing digital, las plataformas electrónicas de autopublicación y las redes sociales. Las agencias literarias representan a escritores que tengan buenas comunidades virtuales y miles de usuarios en Twitter. Un blog con tráfico es ahora más importante que la buena literatura. Compramos de todo por Internet, la moneda está evolucionando hacia los criptoactivos, y los escritores se están transformando en escritores online, en blogueros, en marcas, influencers, youtubers, en community managers de sus propios libros, etc. ¿Qué hacemos? ¿Nos hundimos en la nostalgia o nos adaptamos? Hay millones de libros en Internet, pero igual que en otros tiempos hay buenos libros y otros no tan buenos. En todo caso, sería lamentable que un buen libro sea anónimo e inexistente si el autor decide no participar en el fenómeno.

—¿Qué viene después de Erótica de la costumbre?

—Quiero contar mi propia experiencia como emigrante durante los cinco meses que viví en el Ecuador. Creo que necesitamos escuchar ese tipo de historias. No para hacernos los héroes adoloridos, sino porque es necesario por un lado comprender el fenómeno y por otro reafirmar lo que somos como venezolanos.

 

Booktrailer del libro Erótica de la costumbre

 

Dano Linares

Escritor y periodista venezolano (Valera, Trujillo, 1980). Ha publicado los libros Erótica de la costumbre, La flor y sus apóstoles y Mujer de tiza, los dos últimos ganadores de los premios nacionales de literatura Stefania Mosca (2011) y Autores Inéditos de Monte Ávila Editores Latinoamericana (2010), respectivamente. Actualmente se desempeña como periodista digital y redactor web independiente.

Sol Linares

Sol Linares

Escritora venezolana (1978). Ganadora del primer lugar en el concurso ”Cuento, ensayo, poesía” (Universidad de los Andes, ULA, 2002) por el cuento “Bitácora de ti”; del primer lugar en la III Bienal Nacional de Literatura Ramón Palomares 2007 con el libro de cuentos Cuentafarsas (Fondo Editorial Arturo Cardozo, 2007; Fundarte, 2010); del primer lugar en el Concurso Internacional de Novela Alba Narrativa 2010 con Percusión y tomate (El Perro y la Rana, Venezuela, 2010; Fondo Cultural Alba, Cuba, 2011; La Oveja Roja, España, 2016; Acirema, Venezuela, 2018); del Premio Municipal de Literatura Luis Britto García 2014 por su novela Canción de la aguja (Fundarte, 2013), y del Premio Municipal de Literatura Luis Britto García 2015 por su libro de cuentos La silla cruza las piernas (Fundarte, 2014). Autora del libro de cuentos La circuncisa (Monte Ávila Editores, 2011). Muestra de su trabajo narrativo ha sido recogido en las antologías Antología sin fin (Escuela Literaria del Sur, 2012), De qué va el cuento (Alfaguara, 2013) y Nuestros más cercanos parientes (Kalathos Editorial, España, 2016).
Sol Linares

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