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David Cortés Cabán
“Lo intemporal retiene el tiempo”

domingo 30 de junio de 2019
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David Cortés Cabán

Este diálogo con David Cortés Cabán deriva en una experiencia condensada, apretada, de múltiples conceptos de lo que él vive como poesía. Lugar intemporal en donde el poeta busca existir en las palabras, apresar inútilmente esa realidad siempre pasajera y fugaz que se le resbala entre los dedos como el agua.

Nos trasmite su sentir: la escritura como un lugar que nace del silencio y va hacia el silencio; un espacio solemne, que lleva al poeta y al lector a la meditación y a la reflexión.

 


 

El instante en que se piensa un poema debería contener ese sentido de fidelidad hacia uno mismo y a la palabra.

—Por el epígrafe que escogiste (de Kavafis) estoy tentado a pensar que para ti la poesía es un largo viaje por la vida y que su mayor tesoro es el tránsito; en tu caso lleno de levedad y de memoria, de lo asible y lo inasible de la existencia, de lo material e inmaterial, de la percepción que juega con la realidad, de la aprehensión del ser antes de que se diluya en el silencio y en la no escritura que marca muchas vidas. ¿Cómo asumes esas partes de la realidad?

—Tienes razón al mencionar a Kavafis. El poema es la metáfora de ese viaje poético y también real. Ese transitar por la vida donde cualquier acto puede convertirse en una idea del retorno a la isla que nos vio nacer. Pero la grandeza y la recompensa posiblemente no las hallemos nunca en el resultado de ese retorno, sino en la fragilidad misma de ese viaje que una vez emprendido nos depara tantas sorpresas. Es decir, lo que el destino mismo va insinuándonos a cada paso, lo que vislumbramos al caminar, o lo que se oculta en la distancia como dolorida o deslumbrante realidad. Todo el pasado y el presente, todas nuestras ilusiones pequeñas y grandes, todos nuestros actos cotidianos están contenidos en ese caminar. Tarde o temprano todas las cosas se diluyen en el silencio. La escritura misma nace del silencio y va hacia el silencio, hacia la meditación y reflexión de quien la recoge. Esas palabras en las que asumimos nuestro sentido de la vida son la realidad de las cosas que nos rodean y forman parte de nuestro ser. La realidad de ese tiempo inapresable donde fluye nuestra existencia es lo que intento retener en mis poemas.

—A través de tus textos he podido percibir elementos que tienden a lo etéreo. Entonces pienso que tu poesía es una poesía en suspenso, más para respirarse y sentirse que para verse y tocarse, más dada a la levedad que a la dureza de lo concreto. Y ahí están, para la percepción, para la impresión, para la sensibilidad extrema: la transparencia, el silencio, el instante, lo que se desvanece, el viento, lo imaginado, la otredad, la distancia, lo invisible, la irrealidad, lo onírico, el vacío, el aire, el reflejo, el espejo. Por el título mismo de tu libro: Lugar sin fin, pareciera que te inclinas hacia ese lugar que no tiene lugar, o que teniéndolo es un lugar inconmensurable en el que las palabras flotan y adquieren relieve fantasmal-onírico-conceptual o que se desvanecen ante nuestros ojos, ante nuestra percepción del tiempo, por ejemplo. Dentro de ese universo ¿Cuál es tu papel como poeta?

—Yo en realidad no me atrevería a definir mi papel como poeta. Pienso que no es tan diferente del de un carpintero que construye casas para que otros las habiten. Pienso, sin embargo, y lo digo con toda franqueza, que el papel principal del poeta, como tú lo nombras, debe ser el de fidelidad a sí mismo, a lo que escribe, a lo que contiene su escritura. El instante en que se piensa un poema debería contener ese sentido de fidelidad hacia uno mismo y a la palabra. La intención y la sensibilidad que nos provoca escribir un poema deben estar traspasadas de esa plenitud que nos acerca a lo que conocemos o no conocemos.

Es decir, aquello que se nos revela como muestra de que hemos sabido contemplar con naturalidad y afecto lo que nos provoca esa intuición. En verdad, los elementos que mencionas (el viento, la distancia, lo invisible, el vacío, el aire, el reflejo, lo que se desvanece) están ahí presentes en mi poesía no como confrontación de la realidad que me habita, sino como reiterada correspondencia, como naturalmente debe darse en cualquier poeta. Las palabras que utilizo entran a mis poemas para comunicar esa cosmovisión poética. Una cosmovisión que al principio puede causar extrañeza al lector pero que luego la impresión que recoja de la lectura irá mostrando sus propias cualidades, o la riqueza o complejidades que allí existan.

Ciertamente, como señalas, Lugar sin fin se relaciona con esas zonas en donde la escritura misma se convierte en una expresión inacabada, ese lugar —como bien dices— en que las cosas se desvanecen ante nuestros ojos adquiriendo otro perfil, otra realidad. Ese lugar sin fin proyecta la experiencia de ese vacío, de esa búsqueda de eternidad en el poema; el sentido intemporal de lo que dice el poema, lo que buscamos vivir en las palabras, esa vivencia que inevitablemente es siempre pasajera y fugaz.

Otros elementos que vislumbro en tu poesía son: lo efímero, la ausencia, la soledad, en un mundo configurado por dos planos: el de la realidad y el de la percepción de la realidad. Planos entre los que se inserta el poeta doliente, con su sufrimiento a cuestas, a cuestas en el tiempo, en el silencio y en la soledad. Algunos críticos hablan de un Octavio Paz de la soledad y un Octavio Paz de la comunión. Tu poesía tiene una cercanía, acaso involuntaria, con ese Paz de la soledad. Esto a partir de las dualidades presencia-ausencia, vida-muerte, que creo percibir en tu poemario. En los últimos cinco versos de tu poema “Nada que decir”: “vas por un puente / donde la vida es el puente / Si das un paso / el viento llevará / tu presencia fugaz”, siento un aire de similitud con el poema “Aquí”, de Octavio Paz: “Mis pasos en esta calle / resuenan / en otra calle / donde / oigo mis pasos / pasar en otra calle / donde / sólo es real la niebla”. Lo mismo me pasa con tus poemas “En medio de la noche” y “El viaje”. ¿Está presente Octavio Paz en tu obra?

Las personas que aman la poesía, y el poeta o la poeta que ha dedicado gran parte de su vida a la poesía, no son menos ni más sensibles que las personas que realizan cualquier otro oficio por humilde que éste sea.

Lo efímero y la soledad son temas en la poesía de todos los tiempos: la ausencia, el silencio, la experiencia de las cosas que continuamente van entrando a la vida, se convierten en motivos de aquello que reclama un lugar en la escritura. Lo que ofrece también una perspectiva de ese vivir, de ese sentimiento que descubre nuestras pasiones y limitaciones, la conciencia de lo que somos y el país al que pertenecemos. Por otro lado, lo que dices de Paz no lo había advertido. Es un detalle nuevo para mí y un elogio si hay algo en este libro que muestre, aunque superficialmente, afinidades y resonancias con poetas de tal magnitud como Octavio Paz. Pero en todo caso la poesía, los elementos y motivos que la componen no son más que un obstinado reflejo de la vida. La vida con sus alegrías y tragedias, y con la innegable certeza de la muerte, eso que nos revela, como en la esencia de un haikú, nuestro leve paso por el mundo.

—Otras huellas que vislumbro en tu poemario son la memoria, la luz, el viento, la transparencia, la blancura, la agonía, el sueño, la pérdida, la levedad, la sombra, lo evanescente, la nostalgia, la añoranza, el regreso. Elementos que se funden en la memoria y con las palabras para decir lo indecible, desde el inconsciente o desde el delirio. Diríase que te apasiona lo intrincado de la percepción y la elasticidad que pueden adquirir la realidad y la palabra cuando cada una es contemplada y usada, en ese orden, por el poeta que las recrea. ¿Qué tanto tiene que ver lo anterior con lo lúdico, con tu hipersensibilidad de poeta y con la extrañeza que suele entrar en éste a partir de la realidad que (no) todos vemos?

—Bueno, puedo decirte que esas situaciones que se manifiestan en mi poesía y que nombras son consecuentes con las cosas que les ocurren a todo el mundo. Creo que por eso podemos identificarnos con ellas, es decir, con lo que filtra vida en el poema y revela su propia realidad. Las personas que aman la poesía, y el poeta o la poeta que ha dedicado gran parte de su vida a la poesía, no son menos ni más sensibles que las personas que realizan cualquier otro oficio por humilde que éste sea. Todos nos desgarramos ante la tragedia o la muerte de un ser querido, y a todos nos sobrecoge la contemplación de un bonito paisaje o la inmensidad del océano o el esplendor de un cielo estrellado. En este sentido todos podemos identificarnos con la belleza o el dolor y la alegría. Lo que sí puede entrar en cuestionamiento es la percepción de esa realidad. Es decir, de ese entorno y esas experiencias que hacen nuestras vidas diferentes, y provocan reacciones y aptitudes que llegan a definir nuestra conducta ante la mirada de los demás.

—El científico tiene que develar el mundo para descubrir la verdad. El filósofo debe poner en duda la verdad para centrarla y elevarla hacia una verdad más consistente en el mundo de las ideas. El poeta, que en sus orígenes estuvo íntimamente relacionado con la verdad, a pesar de la plasticidad de la poesía y de su música, está obligado a tenerla presente para no desvariar ni encaminarse al solipsismo ni a lo críptico, sino a la enunciación de la vida profunda, que es una manera de enarbolar la verdad sin desmedro de la belleza. Verdad comprobable, verdad eidética y verdad estética. Son tres dimensiones y acercamientos posibles al ser del mundo y de la humanidad. ¿En qué dimensión se ubica la verdad de tu poesía y por qué?

—Pienso que la poesía ha estado siempre relacionada con la verdad. La poesía no tiene por qué mentir. La ciencia también va tras la búsqueda de la verdad, de una verdad que en los tiempos modernos ha abierto nuevos horizontes a la razón en sus variadas formas de conocimientos. Creo que en toda la historia de la humanidad la poesía ha indagado las razones que la justifican, las fuerzas que entran misteriosa o accidentalmente a la vida. Lo que puedo decirte es que ambas realidades no tienen que contradecirse, ambas emanan de un deseo de revelar lo que nos inquieta, lo que la mayoría de las veces desconocemos y asume diversas manifestaciones. Pero la verdad que el poeta canta no puede sustituirse por la que dice la ciencia.

—Luego de que la realidad heroica anidara en la poesía (épica), así como la realidad íntima del yo lírico (jarchas españolas o poesía breve china), actualmente la realidad tiene mucho que ver con los sueños (sin desconocer que este elemento apareció ya en la antigüedad), con la filosofía y con los movimientos del alma que se dinamizan a partir de una cultura universal de cambios cada vez más rápidos. Entonces la poesía puede hacer eco de la rapidez o contrapeso de la misma, esgrimiendo la lentitud como arma que congela la imagen (como en la escena en que Euriclea descubre la cicatriz de Ulises, en La Odisea), que se da tiempo para el sosiego sin renunciar a la chispa que le debe ser propia, al relámpago del que habla Roberto Juarroz. ¿Cómo trabajas la lentitud en tu poesía? Te lo pregunto porque hay imágenes que parecen congelar el tiempo.

—Consideramos como realidad todo lo que nos rodea, incluyendo las entrañables experiencias del pasado y todo lo que integra nuestra vida presente. El lenguaje y los sueños reclaman, en mi caso, no un pasado heroico sino el tema del tiempo planteado como indagación del ser y de la vida. Posiblemente, como adviertes, la dimensión en que se ubica mi poesía está representada por esa conciencia del tiempo, ese que toca las zonas más íntimas de nuestro ser para marcar los detalles que matizan nuestra cotidianidad. En mi caso, y esto creo que le ocurre a todo poeta, la realidad del yo está marcada por las circunstancias que entran a la vida cuando intentamos entender su plenitud. Mencionas además las jarchas españolas por lo que en ellas hay de brevedad y sentido amoroso o religioso. Es posible que ese pasado literario esté reflejado tácitamente en mi escritura.

Al mencionar la poesía china traes a mi memoria el recuerdo del poeta Li Tai Po, a quien leí en mi juventud. Creo que Li Po está más impregnado del paisaje y la celebración de la vida que lo que a mí mismo me gustaría hacer en mi poesía. Pero cada poeta tiene su ritmo, sus tonalidades, sus altas y bajas, sus obsesiones. El concepto de rapidez o lentitud al que te refieres bien puede verse como un indicador de la dimensión temporal en mi poesía. La realidad de una imagen del tiempo que puede guiar al lector por caminos donde convergen las visiones de otros poetas, aunque no necesariamente sean los mismos caminos que evoco en mi escritura. La imagen del relámpago que utilizas para referirte a la poesía de Roberto Juarroz es muy real, pero también es propia de tantos otros matices en la obra de cualquier poeta.

Es posible que mi poesía esté marcada por una visión de índole existencial. Esa que busca precisar justamente el sentido de la vida que nos sostiene.

Yo creo en la lentitud y en la imagen que copia esa lentitud, en la autenticidad de esa emoción poética que invita al lector a cuestionarse la realidad. Posiblemente el tiempo que has captado en Lugar sin fin es el que plasma las coordenadas de ese mundo poético, y que ahora al mencionarlo me haces verlo con plena claridad. Pienso que es una consecuencia de ese lenguaje que intenta retener la acción del tiempo. Quizás sea esto un modo soberbio de explicarlo, pero es lo que más nos acerca a ese sentimiento o a esa realidad que se despliega como un sueño ante los ojos del poeta.

—Luego de leer el poema “El horizonte” por tercera vez, pienso que tú eres el poeta de la transparencia, de lo etéreo. Ese poema me recuerda un texto de Octavio Paz que termina con el siguiente verso: “Donde sólo es real la niebla”. También me acuerdo de la levedad de Milan Kundera, no sólo la de La insoportable levedad del ser, sino la que se venía configurando desde El libro de la risa y el olvido. Porque acaso la vida era etérea en la Checoslovaquia de los 70, como la es hoy en nuestro México y en muchas partes de Latinoamérica. Levedad que en nuestro país ya la anunciaba Juan Rulfo a mediados del siglo XX. ¿A qué alude la levedad de David Cortés Cabán? ¿De manera consciente? ¿Es la levedad la que nos anuncia que la vida está en otra parte?

—Es posible que mi poesía esté marcada por una visión de índole existencial. Esa que busca precisar justamente el sentido de la vida que nos sostiene. Esa historia personal que frente al paisaje cotidiano va desprendiéndose y ensayando ante nuestros ojos distintas y enigmáticas visiones. No sé si esto tiene que ver con la temática existencial de la novela de Kundera. Comparto, sin embargo, ese concepto de la realidad que sintetiza el verso de Paz. O sea, lo que aparentemente parece poco significativo, la niebla, se convierte en un elemento de mayor trascendencia para elevar el sentido de la vida en las grandes ciudades, contraponiendo esa niebla a la dureza de los hechos cotidianos que allí se agrupan.

En mi caso la levedad sostiene aquella realidad que se esfuma en la mirada. No se ve, pero se siente en el momento mismo que la mirada da paso a otra evocación, a otra realidad recreada concretamente por las palabras. Creo que la levedad que nombras en tu pregunta es la que justifica, en cierto modo, el sentido de algunos de estos poemas; tal vez sea esa misma levedad la que busca revertir la imagen de un mundo que cada día se torna más indiferente hacia el prójimo.

—Lo onírico, el mundo del psicoanálisis, la percepción, el ensueño, las visiones, las iluminaciones, el tiempo, la transparencia, la distancia, el silencio, el instante, el susurro, etc., me ponen frente a un poeta que no apela sino a lo efímero, a lo ilusorio, a lo pasajero, es decir, a la vida, con su pasión por las cosas pequeñas y, sin embargo, significativas. Poeta del detalle, donde el sueño se mezcla con la existencia. Las palabras parecen flotar siempre. Flotar y desaparecer, no sin antes hacer un guiño cómplice. Poesía de los sentidos, de las impresiones. Poesía impresionista. Poesía con un pie en la vigilia y un pie en el sueño. ¿A dónde apunta tu sensibilidad? Si todo se desdibuja, ¿para qué esgrimes la poesía?

—Todo eso que has mencionado esclarece la visión de las cosas que están arraigadas en mi poesía. No había pensado en lo que he escrito del modo en que tú lo precisas, con la generosa y sostenida evocación de un gran lector. Yo no sé hasta qué punto lo que dice un poema es captado con tanta hondura por los lectores de poesía. Yo pienso que el asunto y los temas que uno presenta en un poema siempre están esperando por un buen lector. Es posible que todo eso que señalas en mi poesía ayude al lector a tomar conciencia de las cosas que hemos olvidado contemplar y están ahí presentes. No somos eternos, no podemos elevarnos con altivez sobre el cuerpo que nos sostiene. Para vivir se necesitan pocas cosas, los seres más significativos están siempre a nuestro lado. El poeta debe acercarse a la realidad del entorno y tratar los temas comunes que proyectan la existencia en todas sus profundas dimensiones. Pienso que si existe alguna virtud en mis palabras, entonces el lenguaje mismo justificará esa sensibilidad consecuente con la escritura.

Si el poema es como una casa que nos invita a entrar, o un corazón que se abre para que miremos en su interior, entonces deberíamos preguntarnos, ¿por qué se escribe este poema…?

—Tus poemas son apresadores del instante. Acaso recreas en cámara lenta el instante. Una sensación, un estado de ánimo, una palabra que se anima a hablar de la inconmensurabilidad del instante, en esa levedad que nos pone alertas para que veamos el mundo que todos habitamos y que muy pocos interrogan. Tú afirmas, pero me da la sensación de que antes interrogas. ¿A quién o a qué interroga tu poesía? ¿Quién responde, a través de la escritura del poeta? ¿Cabe ahí la metafísica?

—Tienes razón. La poesía también está hecha de interrogaciones. Preguntas que buscan esclarecer las diversas realidades de la vida. Palabras que quisimos pronunciar y nunca pronunciamos: la grata comunión con los demás, el amor que trasciende aun las más dolorosas experiencias, todo como buscando una palabra precisa que no deforme nuestra relación con el entorno, que nuestra historia personal tan clara o tan dolorosa como la historia de los demás sea un punto de partida para llegar al prójimo. En fin, lo que insinúa ese cuestionamiento es la convicción de que cada instante de la vida es supremo, cada día permite superarnos y trascender nuestras debilidades. Creo que la vida debe recoger esos instantes para reflexionar luego sobre nuestra experiencia con los seres que compartimos y las cosas que nos enaltecen o angustian.

Por eso, las interrogaciones que señalas se corresponden con los temas que allí se abordan. No son en ningún sentido de la palabra contradictorias. Son un modo de acudir al lenguaje para buscar una respuesta reveladora de lo que desconocemos. Son preguntas que pretenden buscar una explicación que recoja la inquietud del lector y lo lleve a reflexionar sobre la vida y su relación con las cosas que lo rodean. Si el poema es como una casa que nos invita a entrar, o un corazón que se abre para que miremos en su interior, entonces deberíamos preguntarnos, ¿por qué se escribe este poema, por qué este esfuerzo, qué circunstancias, qué dignidad se alza sobre los versos y qué he ganado de esta lectura? Entiendo que ahí subyace el sentido metafísico que ves en mis poemas.

“Lugar sin fin”, de David Cortés Cabán—Quizá en “El enfermo” se manifiesta el impresionismo con fuerza. El estado de conciencia se mezcla con esa inconsciencia o, mejor, con esa somnolencia en que suele sumirnos la enfermedad. Ese poema me recuerda una frase de Paul Éluard: “Hay otros mundos, pero están en este”. Están en esas otras dimensiones de un mundo de por sí complejo.

En tu poema late ese otro mundo, en el que las cosas no acaban de ser reales, pues son construidas por el enfermo a fuerza de aguzar los sentidos, abotagados por esa especie de delirio mezclado con el sopor del no ser cabalmente en el mundo. Tus trazos son rápidos, con enunciados cortos distribuidos en versos aún más cortos. Es cierto que el arte es la transfiguración de lo real, una entidad nueva que vive sobre los destellos, las fracturas o los acercamientos respecto a una realidad que la poesía transmuta en signos que se mueven y nos mueven enigmáticamente. ¿Podemos hablar de la aprehensión de otro mundo que estando en este es captado sutilmente por el poeta?

—Es interesante lo que planteas en tu pregunta. Soy un hombre de fe y no creo que el cuerpo sea solamente materia. Es también alma, es también espíritu. Somos una trinidad. Posiblemente esta idea la tenía Vallejo al pensar en Trilce, uno de los libros más hermosos y profundos de la literatura de vanguardia. Hay tantas cosas insondables que la soberbia nos impide ver. Pero quiero decirte que sin la convicción de ese otro mundo creo que Dante Alighieri no hubiera escrito La Divina Comedia, posiblemente hubiera hecho otro tipo de obra. Y tendríamos tal vez que eliminar de la historia literaria los poemas más hermosos de la poesía mística española. Pero el poema que mencionas está basado en un hecho real.

Creo que el poeta debería sólo insinuar las cosas que necesitan ser dichas. Lo que quiero decirte, Marcos, si me permites tutearte, es que no hay nada abstracto en ese poema, lo cierto es que toda realidad es compleja y se presta a distintos enfoques. “El enfermo” es un amigo herido por la enfermedad de Parkinson. La soledad del atardecer, la mortecina luz en la ventana, la silueta del enfermo reflejada como una sombra escurridiza en la pared de la habitación, produjo en mí, cuando lo fui a visitar, una profunda sensación de la fragilidad de la vida; ese sentimiento de angustia y soledad de un cuerpo que ya no puede incorporarse ni recobrar sus fuerzas.

Es en ese momento que todo se reduce a una imagen desoladora. De esta impresión nace el poema, pero también de la fe en un nuevo renacer del espíritu. Un renacer que para la gente de poca fe parece no tener sentido. Creo que esto fue lo que intenté decir cuando escribí el poema. Imagino que el lector irá dibujando sus propias conclusiones en el transcurso de la lectura.

En “La caída” creo ver tres dimensiones de la realidad: la onírica, la del deseo que se manifiesta entre sueños y la posible paradoja caída-inspiración. En esas dimensiones se plantea un conflicto que sólo puede tener solución en un estado de conciencia. Si en el poema existe la paradoja caída-inspiración, entonces la caída es literal o así la percibe el poeta. De que así la percibe el poeta nos dan cuenta los versos 5 y 6. Pero pongo en duda que la caída sea literal (que sea realmente una caída), porque si la caída es la inspiración, entonces no hay caída sino ascenso. La inspiración no puede ser una caída, sino un ascenso. Sólo puede considerarse la caída de manera literal si en ella está presente la locura, pero este no parece ser el caso. Porque ese salirse de sí no es extraviarse para el mundo de manera definitiva, como sería en el caso de la locura.

La transitoriedad de la “caída” (pongámosla entre comillas) marca la distancia y la diferencia entre la locura y la inspiración. Como lo que hay es la inspiración y no la locura, no hay caída sino ascenso. De cualquier forma que se perciba, en este caso, la dimensión de la caída, el poeta afirma en los últimos tres versos una salida que parece estar fuera de lo onírico. Finalmente se impone la noción de realidad, para (posiblemente) revertir la caída. O para reforzar la fuente de la “caída”, con un apego que de algún modo el poeta tiene para con su musa. Esto también podría descartarse porque el poeta ha manifestado explícitamente su deseo de escapar de la caída. ¿Cómo ve la caída realmente el poeta? ¿En qué sentido la caída es realmente caída? ¿Cómo expresaría el poeta el sentido de este poema?

Todo poema que se sostenga por su propia fuerza puede contener más de una intención, ilustrar más de una interpretación personal.

—Sabemos que un poema se puede prestar a múltiples interpretaciones. Que la lectura misma parece llevarnos por los caminos interiores del texto insinuando a cada paso la idea que lo sustenta. Lo que a primera vista puede no verse está implícito en los elementos que configuran la estructura del texto. Todo lo que has explicado al comienzo de tu pregunta revela tu profunda intuición y relación con el poema, ese mundo abstracto que allí se reduce al tema de una caída y lo que ésta implica. Ciertamente has visto muchas cosas que indudablemente nos llevan a indagar el sentido de esa caída y el resultado de lo que allí acontece. Yo en realidad no me planteé una realidad concreta, sino una síntesis de aquellas cosas que acontecen en la vida. El amor ganado y perdido forma parte de esa caída que no puede ser ignorada.

En el sentido literal también las caídas pueden relacionarse con muchas otras cosas. Walt Whitman lo dijo de un modo sorprendente: “¿Te han dicho que es bueno vencer? Digo también que es bueno caer… las batallas se pierden con el mismo espíritu con que se ganan” (edición de J. A. Gurpegui y traducción de J. L. Chamosa y Rosa Rabadán). Por eso es revelador el comentario que antecede a tu pregunta. Hay más de una dimensión humana en esa caída: la voluntad, la inspiración, el deseo amoroso, lo abstracto y lo físico. Y esa caída no es de índole ética, puede tener su raíz existencial y se precisa de una fuerte voluntad para ascender. Pero esa voluntad debe comprender que la vida misma está llena de caídas. La actitud sobre esa caída puede tener un final feliz, puede completarse en la pasión, en el acto amoroso como sugiere el cierre del texto.

Podemos pensar que el verso final encierra el impulso amoroso que arroja el yo sobre la rosa como símbolo de la pasión. Pero como has sugerido al principio de tu interpretación, todo poema que se sostenga por su propia fuerza puede contener más de una intención, ilustrar más de una interpretación personal. Por eso creo que toda interpretación es válida siempre y cuando se sustente en lo que el cuerpo del poema dice o en lo que sugiere tácita o literalmente.

—Tu poesía, pese a la existencia de versos, ronda la prosa. Diría que una prosa enigmática que me recuerda a Hawthorne, concretamente a sus cuentos o narraciones breves. Prosa y poesía de amplias resonancias, donde el ser y el tiempo, la presencia y la ausencia, el silencio y la palabra, la soledad, la nostalgia, nos llevan por caminos unívocos que son laberintos, por laberintos en los que el lenguaje parece manifestarse impersonal aunque nos lleve a la experiencia del ser aquí y ahora, allá y en otro tiempo, incluso en un tiempo que parece volátil, que me recuerda el tiempo de las ánimas de Rulfo, en cuyo hábitat todo es posible, hasta su inexistencia.

Pero en tu caso la palabra al ser que es, que fue y que será con su percepción a cuestas, es una suerte de impresionismo donde todo parece ser etéreo de tan concreto, porque lo concreto está permeado por los propios fantasmas del poeta. El concepto del tiempo, y del amor y la vida, y de la muerte y la soledad, no son más que vislumbres de una misma realidad. ¿Te han dicho que tu poesía es inquietante? ¿Hay en ella lo etéreo que casi se palpa? ¿Son tus poemas marcados por la memoria, lo mismo que por un lenguaje que va y viene a la prosa sin ser prosaico? ¿Para qué tipo de lector escribes?

—Tus comentarios dejan ver la tradición de muchas y diferentes lecturas que me permiten ver cosas que no había pensado. Es para mí una grata satisfacción que hayas mirado Lugar sin fin con tanta intensidad y entusiasmo. Lo que puedo decirte es que toda poesía es una interrelación de textos y tradiciones artísticas. Por eso toda interpretación es bienvenida al reino de la poesía, su casa está dispuesta para todos pues reconocemos que la poesía se alimenta de la tradición y de contextos literarios que permiten acercarnos a otros horizontes para reflexionar o desprendernos de aquellos vicios y anacronismos que en nada ayudan a la creación. Pero a veces olvidamos que la escritura es un gran diálogo universal.

Así cuando José Emilio Pacheco escribe ese hermoso libro No me preguntes cómo pasa el tiempo, ¿no nos está convidando a releer aquel profundo poema existencial de Jorge Manrique Coplas a la muerte de su padre? Es decir, la historia de la literatura se mueve a través de los tiempos estableciendo afinidades y misteriosos hallazgos. Pero en realidad no sé si mi poesía es inquietante. ¡Ojalá que lo sea! Lo etéreo puede ser la consecuencia de esa misma levedad que tú has observado y que nos permite crear otros mundos con el mismo lenguaje que usamos todos los días, ese que da un impulso vital a nuestras vidas.

Las influencias no hacen daño siempre y cuando quien escribe las trascienda en el mundo de su obra.

De tu pregunta sobre el tipo de lectores y a quiénes van dirigidos mis textos, no sé exactamente qué decirte. En la tradición de la poesía oriental se escribe un haikú para compartirlo. Esto es lo que deseo con mis poemas. Están ahí para ser compartidos. Es cierto que hay escritores que conocen de antemano quiénes serán sus lectores, como por ejemplo los que hacen literatura infantil o juvenil. Pero yo en mi caso no sé quiénes se sentirán atraídos por mi poesía, a veces todo parece ser cuestión de gustos.

Sé que es una manía la del entrevistador suponer que hay influencias poéticas directas, de otros poetas, en el entrevistado. No puedo aguantar, sin embargo, ver en tu poema “Qué diremos” algún aire paciano. ¿Reconoces influencias decisivas en tu poemario Lugar sin fin? ¿Qué otros poemarios y libros has publicado?

—No debemos sorprendernos cuando percibimos algunas influencias en las tonalidades y estilo de algún escritor que apreciamos. El peligro está en que el escritor o la escritora no las pueda superar. Las influencias no hacen daño siempre y cuando quien escribe las trascienda en el mundo de su obra. Se entra y sale de muchos libros y las influencias arrojan aquí y allá sus colores queriendo justificar su presencia. Tarde o temprano el escritor deberá arrojarlas de sí porque terminará pareciéndose al otro o a la otra.

Lo que importa es que uno vaya creándose su propio estilo, y que aspire a desligarse de todo lo que se adhiere a su escritura y opaca la certidumbre de su yo. Pero, por ejemplo, ¿se puede leer The Waste Land de T. S. Eliot (1888-1965), o The Weary Blues de Langton Hughes (1901-1967), o Howl de Allen Ginsberg sin pensar en Whitman (1819-1892)? Pienso que no. Todos fueron contagiados con el inmenso cántico del viejo Walt; aunque como en el caso de Eliot al principio, el orgullo no le permitía admitirlo. Podríamos mencionar también la influencia surrealista en la obra de Octavio Paz y en otros escritores hispanoamericanos. En tu otra pregunta te refieres a la publicación de mis libros. Mi primer libro, Poemas y otros silencios, fue publicado en Puerto Rico por el Instituto de Cultura Puertorriqueña, en 1981.

Luego vinieron otros: Al final de las palabras (1985), Una hora antes (1991), El libro de los regresos (1999), Ritual de pájaros (2004), Islas (2011) y Lugar sin fin, publicado aquí en México por mi amigo y reconocido poeta José Ángel Leyva.

Hacia las tres cuartas partes del siglo XX se decía que a fines de ese siglo la poesía sería escrita en prosa. Algunos lo tomaron a pie juntillas e hicieron poesía en prosa, aunque algunos más hicieron poesía prosaica. Tu poesía no es prosaica, es poesía (casi) en prosa. En ese casi está la búsqueda de lo imposible, que es hacia donde deben voltear los escritores que quieren serlo de veras (José Ángel Leyva); por eso perteneces, dice, “a esa tribu que descifra lo invisible”.

Octavio Paz estaba enamorado de dos elementos (casi) antitéticos: la luz y lo petrificado. Casi porque la piedra prehispánica nos da luz sobre nuestra historia y la luz puede lanzar nuevos destellos, como de obsidiana. La misma luminosidad del universo tiene agujeros negros y el mismo sol tiene lunares. Entonces lo antitético es lo complementario y puede muy bien habitar en la obra del poeta. Tu casi prosa nos alumbra con la luz de la poesía. Tus constantes elementos antitéticos le dan a tu poesía un sabor a lo extraño, lo misterioso y lo paradójico, que me recuerda a Gibrán Jalil Gibrán y a Kafka. ¿Cuál sería, en el caso global de tu obra, tu arte poética?

Fíjate, yo vengo del trópico, vengo de una isla de un cielo intenso y de un mar también intenso y luminoso. Mi memoria acude a ella como a un viaje de ida y regreso. En ella encuentro elementos definidores de mi vida y mi quehacer poético, de mi cultura y mi historia. Sin embargo mis textos también se revisten de elementos que expresan mis años de vida en Nueva York, pues en realidad todos mis libros los he escrito en Nueva York. Y es que, como tú mismo sabes, cada poeta va plasmando en sus textos los elementos que configurarán a través del tiempo el carácter personal de su obra, los rasgos que definen la trayectoria de ese mundo susceptible a nuevos hallazgos y transformaciones.

Mencionas a Paz y en su obra también resplandece el erotismo, el cuerpo del amor y la palabra como evocación y centro de la vida; recordemos que uno de sus libros se llama Libertad bajo palabra. Y ciertamente uno de sus poemas también se llama Piedra de sol, que se funda sobre la concepción cíclica del tiempo y de la visión del universo que nos llega a través del calendario azteca. En este sentido, podemos recordar que el siglo XX es el siglo de las vanguardias, surgen nuevos conocimientos en las ciencias y se ensayan nuevas formas literarias y artísticas. Y lo que dices de la prosa poética es muy cierto. Muchos poetas han trabajado ambas fórmulas en su escritura: el verso libre y el ajustado a un patrón métrico específico o la prosa tal como señalas.

Mis poemas no siguen un formato tradicional, son versos libres que conllevan su propia armonía interna sin necesidad de recurrir a la rima. Por demás, es interesante que la lectura de algunos de mis libros te haya hecho recordar tus lecturas de Kafka y del escritor libanés Jalil Gibran. Leí a ambos en mi adolescencia, y también a Rabindranath Tagore, y pienso que este último me hizo meditar en la percepción de las cosas, como también influyeron en mí las rimas y las leyendas de Bécquer por su sinceridad y pureza, y la poesía de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez.

Las preocupaciones del mundo real impregnan la sustancia poética y se destacan como un rasgo característico del tiempo que al poeta le ha tocado vivir.

Pero sobre la pregunta que cierra tus señalamientos (y abre otras valoraciones y perspectivas), no sabría con certeza cómo explicarla, pero podría reconocer que si hay un arte poética en mis libros esa poética está en la palabra misma que busca descubrir la plenitud de nuestro ser y la experiencia de aquello que aspira a una conciencia más real de la vida, nuestra condición transitoria en un mundo que se torna cada día más conflictivo y deshumanizado.

Hay motivos existenciales en tus poemas, en un mundo etéreo. ¿Como el actual? En el que todo se volatiliza, se desvanece, es casi líquido, diría Bauman, se fragmenta, dirían los sociólogos, con una realidad que se escinde, dicen los psicoanalistas, que se vuelve contra sí misma queriendo perpetuarse, dirían los dialécticos, que se derrumba inexorablemente, dirían los catastrofistas que anuncian desde hace siglos el fin del mundo, que se colapsará de seguir como va la marcha de los terrícolas, señalarían los ambientalistas. ¿Cuál es el mundo en que se fragua la poesía de David Cortés Cabán?

—Indudablemente los tiempos y cada época traen sus propias dinámicas, sus formas de convivencia, sus problemáticas, sus modas y cambios que producen experiencias comunes en la sociedad, y personales en el poeta que puede ver estas realidades como un reto. Porque todos somos susceptibles a lo que ocurre a nuestro alrededor y el poeta no es un ser indiferente, vive en un mundo concreto donde la historia de su vivir es compartida en la misma dimensión de los demás. Las preocupaciones del mundo real impregnan la sustancia poética y se destacan como un rasgo característico del tiempo que al poeta le ha tocado vivir.

En mi caso, pienso que mi visión de mundo opera en un presente en el que el sentido de la vida se ha deformado por las imposiciones y las influencias del capitalismo y el consumismo rampante. El concepto equívoco de la felicidad, los prejuicios y la ligereza para juzgar equivocadamente lo que desconocemos nos impide con frecuencia ver los valores, la grandeza espiritual y humana de los demás. Los poetas tampoco escapan de estas conductas. Sin embargo no podemos hacer del mundo y el tiempo en que vivimos un repertorio de calamidades. Las crisis sociales y las épocas más conflictivas suelen dar las obras literarias más ricas e imperecederas. Creo que en mi caso, el mundo de mi poesía contiene y busca retener el instante, la esencia del ser y las cosas que conforman su inmediata realidad; la apasionada búsqueda de ese momento que traza una línea entre lo que somos y lo que el tiempo desdibuja frente a nuestra transitoriedad.

En lo que leemos se asoma acaso el pesimista o el deprimido. Tu rostro afable, sonriente, no sólo en la foto, sino en persona, nos dicen otra cosa. ¿De qué quebranto? ¿En qué momento? ¿De qué forma se fraguó ese poema de los lazos rotos? No me refiero a la separación en sí, que tú has expresado, sino a la circunstancia completa; no me refiero a los detalles íntimos, sino a la irrupción de la Diosa Blanca en tu poema; es decir, a la génesis de éste.

—Hay que reconocer, y esto lo sabemos nosotros, que el yo que se desplaza por los poemas y el sujeto que los escribe son entidades distintas, aunque en algunos casos ambos perfiles pueden fundirse y luego distanciarse como dos líneas que se bifurcan en el horizonte. Borges lo ha dicho admirablemente en “El otro Borges”. La poesía llega y obsequia sus dones, y nos recompensa con algún verso indispensable porque creemos que nadie lo podrá decir como nosotros. Estas cosas nos las cuenta al oído el orgullo, creyendo erróneamente que el poeta de hoy no puede ser superado por otro poeta o por el que venga en el futuro. Por eso creo que la poesía tiene sus momentos, llega a veces imprevista y exige detenernos para considerar lo que puede transferirse a la página en blanco; lo que vale en la poesía, si vale algo, y se debe escribir. Por eso creo que a la poesía no hay que forzarla, ella misma encontrará su camino para consignarle al poeta lo que tenga que decir.

—El paso de la vida y su dolor a cuestas… En tu texto “Tan cerca de lo lejos”, que me recuerda un libro de Elías Nandino (Cerca de lo lejos), hay elementos que han sido destacados en la contraportada de tu poemario. Lo dices de manera tan natural, respecto a la realidad cambiante, respecto a la distancia, que parece que ha sido fácil escribir esa estrofa. La segunda estrofa alude al mutismo femenino (rebeldía, enojo o distanciamiento). En la tercera atribuyes voz y voto, digámoslo así, al corazón. Sobre cada estrofa una pregunta pequeñita: si los pájaros no cambiaran de rumbo, ¿la distancia no inventaría otra realidad?

—Es verdad. La distancia siempre inventa otra realidad. Los pájaros parecen breves relámpagos, destellos contra un cielo que desconoce dónde irán a morir. Son los portadores de ese esplendor y esos cánticos que nos recuerdan que en cada amanecer existe una nueva esperanza. No odian ni están llenos de enojos. Los pájaros, igual que la distancia, nos ayudan a tener conciencia del camino que hay que andar, el real y el imaginario, el que recorremos con esfuerzo para que la fe que vivifica el espíritu no muera. Lo dijo hermosamente Machado en ese verso que traspasa el tiempo y la historia: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Y es que también nuestra vida es comparable al camino que en la curvatura del tiempo tiende sus arcos para colocarnos frente a nuestra emocionada o dolorosa realidad.

El mundo sigue su curso. Sólo el amor lo detiene. Si un amante calla el mundo permanece inmutable, sigue su curso simplemente. Pero: ¿por qué en ese momento hace frío y calor?

—El verso del poema que señalas, “El ausente”, admite que ha llegado el momento de no aferrarse a lo que nos causaba una gran ilusión. El sentido del amor que preocupaba al hablante del poema se ha diluido. El yo se ha lanzado a contemplar la ciudad mientras camina por las calles iluminadas con el resplandor de la luna. Trata de olvidar los detalles de aquella señora de gestos fugaces.

Lo que ocurre en un poema no es necesariamente lo que ocurre en la vida real del poeta.

El verso “no sientes frío o calor” no se refiere al hablante lírico sino a lo que éste imagina que está sucediendo en la soledad de una habitación. Lo que sucede: las realidades y paradojas de la vida en las que el hablante continúa celebrando aquella voz en el silencio de la noche. El frío y el calor son solamente subterfugios poéticos para disimular la apasionada realidad que ha venido a substituir la indiferencia de aquel cuerpo perdido en el tiempo.

Tu última estrofa me remite a Rabindranath Tagore (“Es fácil hablar claro cuando no va a decirse toda la verdad”). ¿Qué piensas sobre esto?

—El nombre de Tagore trae bonitos recuerdos de mis lecturas juveniles. La ofrenda lírica y El jardinero son libros de una gran ternura. Pero hablando del pensamiento que presentas aquí para continuar esta conversación, yo pienso francamente que un poeta debe tener una ética, ser sincero con el lector. Ahora bien, cuando leemos un poema (el producto ya terminado), no sabemos cómo se elaboró ese poema ni qué motivos lo causaron. Podríamos subrayar otra vez que lo que ocurre en un poema no es necesariamente lo que ocurre en la vida real del poeta.

Un poema se alimenta de la realidad y crea otra realidad parecida. Hay que valorarlo con base en el asunto que trata y no con base en la vida personal de quien lo escribe. Yo he tratado de huir de todo hermetismo, de todo malabarismo verbal que termina siendo un escollo para la claridad de la poesía. Ahora bien, la verdad a veces puede ser resbaladiza en algunos escritores que dicen una cosa y hacen otra, escriben un poema, por ejemplo, de denuncia social, pero a la hora de la verdad temen comprometer su estatus social.

Creo que en este sentido es bueno enfocarse en lo que uno pueda aportar a la sociedad y al mundo de las letras sin ocultarse detrás de máscaras ideológicas o de cualquier tipo de fundamentalismo.

¿Cuáles son tus autores preferidos? ¿Qué satisfacciones te ha dado la poesía?

—Todos los autores que he leído me han ayudado a obtener un mayor conocimiento de la literatura, de las épocas, de los tópicos y estilos literarios. Han descubierto para mi gratificación personal los mundos poéticos que revelan mejor que un libro de historia o de ciencia la vida y el amor, la soledad y el dolor, la esperanza y la fe. Si nombrara algunos autores, ¿podríamos olvidarnos de Rulfo, de García Márquez, de Eugenio María de Hostos, de Cervantes?

Y si nombráramos algunos poetas, ¿podríamos olvidar a Darío, a Vallejo, a Antonio Machado, a Jaime Sabines, a Whitman? Entonces no nombraré, debo decir que la poesía me ha brindado la satisfacción de poder compartir estas palabras contigo, y con aquellos lectores que desearía me ofrecieran la oportunidad de brindarles mis versos y mi amistad. Gracias.

Marcos Peña Gutiérrez
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