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Pedro Antonio Valdez:
“Ya no contemplo platónicamente un lector concreto”

domingo 15 de agosto de 2021
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Pedro Antonio Valdez
Pedro Antonio Valdez: “La influencia que recibo con los escritores de mi generación tiene más que ver con la manera de vivir el mundo”.

Pedro Antonio Valdez (La Vega, República Dominicana, 1968), escritor, editor, educador e investigador. Formado en educación, tiene una mención en Filosofía y Letras (summa cum laude); completó estudios en Lingüística y Literatura en la Universidad del Caribe (2019) y completa en la actualidad su grado de Maestría en Literatura en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Valdez se ha destacado en el cuento y la novela, y es coautor de Los nuevos caníbales: antología de la más reciente cuentística del Caribe hispano (2000), premiada por el PEN Club de Puerto Rico como la mejor antología de cuento. Entre sus cuentos y novelas premiados, Papeles de Astarot (1992, Premio Nacional de Cuento), Bachata del ángel caído (1999, Premio Nacional de Novela), Naturaleza muerta (2000, Premio de Literatura, Universidad Central del Este), Carnaval de Sodoma (2002, Premio Nacional de Novela), La salamandra (2002, Premio Nacional de Novela) y Dromedáriux: la Batalla del Armario (2013, Premio de Novela Infantil El Barco de Vapor, de Ediciones SM). Arturo Ripstein llevó al cine su novela Carnaval de Sodoma. En 2010 obtuvo la Townsend Fellows, reconocimiento que le permitió ser tallerista a la Universidad de California en Berkeley, Estados Unidos. Él me ha dado respuesta a unas preguntas que me enorgullece nos haya contestado. Son todas para ser compartidas con vosotros.

—Recientemente publicó Dominicanos (2019). ¿De qué trata en esa colección de cuentos? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarla?

Dominicanos es un libro que compendia cuentos donde el dominicano, el varón dominicano, jode la cosa. Se trata de narraciones en las que los personajes se pueden localizar sin dificultad en espacios de República Dominicana. En esto se diferencian de muchos de mis relatos, por no decir la mayoría, cuya locación responde a espacios y temporalidades externas a la contemporaneidad dominicana. Digamos que la idea me surgió hace muchos años, cuando tuve en mi poder unos tres o cuatro cuentos que no habían sido creados con la idea de compartir en un volumen, pues no necesariamente guardaban, desde mi óptica, cierta homogeneidad. Algunos eran inéditos; el más antiguo tenía unos treinta años de existencia. En esa misma dirección tengo en carpeta Dominicanas, cuentos donde la mujer dominicana es quien jode la cosa.

Como dominicano, como caribeño, el mundo se reconfigura a partir de una visión del mundo en que estas corrientes están presentes.

—¿Qué relación tiene su trabajo creativo previo a Dominicanos y su trabajo creativo-investigativo entonces y hoy? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de dominicano-caribeño y su memoria personal de lo caribeño dentro de la República Dominicana y el Caribe?

—Son valores intrínsecos en el libro. Como dominicano, como caribeño, el mundo se reconfigura a partir de una visión del mundo en que estas corrientes están presentes. Los casos y las soluciones que allí se dan acaecen y se resuelven siempre desde la noción de realidad que se observa en la dominicanidad y en el Caribe que me ha tocado vivir.

—Si compara su crecimiento y madurez como persona, escritor, investigador, docente, con su época actual de escritor en República Dominicana, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

—Sobre todo en la conciencia del mensaje. Del mensaje en el sentido semiótico, no exclusivamente ideológico. Por ejemplo, en mis primeros relatos no tenía una conciencia clara del maltrato hacia la mujer. Aunque mis textos no pueden ser considerados, creo, como brazo intelectual machista, sin embargo, en un inicio las situaciones de maltrato del hombre hacia la mujer eran enfocados desde una noción pragmática. Posteriormente, están acompañados, cuando tienen esa clase de situaciones como referentes, de un conocimiento más claro de lo que significa el maltrato. También creo que he madurado en la definición más clara del receptor, en el sentido de que ya no contemplo platónicamente un lector concreto, sino una abstracción que podría, en el mejor de los casos, empalmar con una realidad fisiológica.

—¿Cómo visualiza su trabajo creativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en República Dominicana? ¿Cómo ha integrado vuestro trabajo creativo e investigativo a su quehacer literario?

—Soy un escritor muy sociable, pero estéticamente no mucho. Creo que la estética constituye un integrado a la persona; más o menos una cuestión de “estilo” en el sentido clásico de que este es el hombre. La influencia que recibo con los escritores de mi generación tiene más que ver con la manera de vivir el mundo, con los asuntos de concebir la época. En este sentido, mis contemporáneos se me integran en el plano literario a partir del aporte que hacen a la visión de ese mundo.

Incluso cuando escribo algo sobre la antigua China, no puedo hacerlo sino como dominicano.

—Ha logrado mantener una línea de creación literaria enfocada en la ciencia ficción. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo dentro de República Dominicana y fuera, y la de sus pares?

—Creo que la recepción de alguna manera ha entrado dentro del rango de lo que me proponía al escribir cada texto. Por supuesto, rara vez sucede que un lector reaccione de la manera que uno esperaba ante un planteamiento determinado. Pero eso último es algo que entiendo desde antes de haber realizado mi primera publicación, cuando un cura agustino, que era excelente lector, me aclaró que una cosa es lo que yo pienso al momento de decir algo, que otra cosa es lo que piensa el lector sobre lo que yo pienso en el texto y que otra cosa es el objeto sobre el que girará ese vínculo entre el lector y yo.

—Sé que es usted de República Dominicana. ¿Se considera un escritor dominicano o no? O, más bien, un escritor, sea éste dominicano o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

—Pues dominicano de pura cepa, cómo no. Para mí no hay otra manera. Incluso cuando escribo algo sobre la antigua China, no puedo hacerlo sino como dominicano. Sin embargo, en ocasiones he aspirado a ser, más incluso que dominicano, del barrio.

—¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política con o en su trabajo creativo y su formación en Lingüística y Literatura?

—Para mí siempre fue necesario entender el asunto literario. Por eso desde los inicios he abordado la escritura incluyendo el aspecto literario y teniendo en claro mi punto de vista sobre el uso de la lengua en el texto. Esto, por ejemplo, es lo que me ha permitido ser coherente en las expresiones lingüísticas en las que he tenido que mezclar el español estándar con los dominicanismos más coloquiales, o el español estándar con el castellano del siglo XVII, o inclusive los giros de mi español con los giros italianos de Marco Polo en sus millones del siglo XIII. En cuanto a esa cosa que podría ser mi identidad, bueno… digamos que le entro al texto con todo lo que pienso sobre el mundo, sin aferrarme mucho a recetarios. La vida por sí misma es muy complicada para cargarla; así que cargarse de muchas cosas para cargarla… ¡uf!

—¿Cómo se integra su trabajo creativo a su experiencia de vida como estudiante antes y después de su paso por la Universidad del Caribe? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritor en República Dominicana hoy?

—Para mí el sistema de estudios de la Universidad del Caribe fue muy bueno, porque dejaba a un lado las burocracias cansonas del proceso educativo y permitía que la carga del aprendizaje recayera sobre el estudiante. Eso fue muy bueno. Sin embargo, en la parte de mi cultivo de la ficción no siento que me ha aportado nada. Al final de cuentas cuando abordo un texto lo hago desde mi posición de ser vivo, algo que me lo dieron al nacer y que se ha ido desarrollando desde innumerables vertientes. La verdadera diferencia, con el campo que he podido conocer y revisitar a partir de esa experiencia académica, existe más bien en la escritura de textos críticos o en los enfoques lingüísticos. En esos casos me ha cambiado la manera de abordaje, ya que ahora parto de la habilidad para conocer y aplicar orientaciones teóricas que me permiten avanzar de manera más consciente en el análisis.

Como todo hijo de una sociedad carente de una industria editorial sólida, tengo muchos proyectos en la gatera y en gaveta.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo y a la temática ficcional del mismo? ¿Cómo ha variado?

—Lo que observo es complejo, en general. Por un lado, me parece que ahora la gente lee más rápido, apoyada en las facilidades de las tecnologías digitales. Me da la impresión de que muchos lectores leen a prisa con la idea de terminar para engancharse en otra lectura. Hasta la década de 1990, por ejemplo, con el cuasi monopolio del papel, los lectores se detenían más en los contenidos y los tratamientos formales. Podías leer cinco o seis cosas en una semana; entonces tenías más tiempo para leer, procesar, compartir… incluso vanagloriarte. Me parece que el impacto de recepción integral de una novela de Vargas Llosa hoy no se asemeja a lo que pasaba con sus novelas hace cuarenta años. Y posiblemente ahora haya más lectores y canales de distribución más efectivos. Pero, en fin, cosas del tiempo son y no de España. Con relación a mis temáticas particulares, sigo tratando de enfocarme en el ser humano, que básicamente es el mismo desde el Paraíso.

—¿Qué otros proyectos creativos tiene pendientes?

—Como todo hijo de una sociedad carente de una industria editorial sólida, tengo muchos proyectos en la gatera y en gaveta. Un poemario, un libro de microrrelatos, un diccionario, la reedición de un libro de cuentos en Puerto Rico y en España, diversos ensayos sobre el lenguaje, los embriones de dos novelas…