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Ángel B. Espina Barrio:
“No concibo el crisol cultural de las tierras americanas sin el aporte de España y Portugal”

domingo 22 de agosto de 2021
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Ángel B. Espina Barrio
Ángel B. Espina Barrio: “Hace veinte o treinta años esta globalización educativa no era tan común”.
A mi padre.

Ángel B. Espina Barrio (Valladolid, España, 1960) es docente e investigador en la Universidad de Salamanca (Usal), en España, donde ha ejercido la docencia en el área de Antropología Social durante ya no menos de tres décadas. Fue mi maestro, mi codirector de tesis doctoral en dicha entidad universitaria, y el primer docente al que vi al recibir la noticia de la muerte de mi padre, recién llegado a Salamanca, España. Ángel fue ese primer ángel que tuve en ese momento de dolor y sé que lo fue también para uno que otro compañero de estudios doctorales en Salamanca, España. El doctor Espina Barrio es licenciado en Psicología (Usal, 1986) y en Filosofía y Letras (Universidad Pontificia de Salamanca, 1989), y completó su doctorado en Filosofía y Ciencias de la Educación en la Usal (1989). Fue alumno sobresaliente, como también lo fueron sus tesinas de grado y su tesis doctoral. Ángel, el maestro de ayer, nos ha contestado esta entrevista, enfocada en su trabajo creativo como docente e investigador, antropólogo y escritor. Sus respuestas son para compartirlas con vosotros.

 


 

El estudio de Freud y Lévi-Strauss siempre fue un marco interpretativo (psicoanálisis y estructuralismo) muy útil para dar luz hermenéutica a las observaciones que iba realizando en Latinoamérica.

—Hace ya tres décadas publicó Freud y Levi-Strauss: influencias, aportaciones e insuficiencias de las antropologías dinámica y estructural (1990). ¿De qué trata en este libro? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?

—El libro de Freud y Lévi-Strauss en realidad corresponde a una investigación de tipo antropológico (psicológica y filosófica) que conformó mi tesis doctoral. Se gestó los seis años anteriores a 1990 y combinó investigaciones de final de licenciatura en Psicología (Usal, 1983) y en Filosofía (Upsal, 1989) para obtener un aparato teórico e interpretativo aplicable al estudio etnológico de las dimensiones humanas y culturales más esenciales: pensamiento, parentesco, mitología, etcétera.

—¿Qué relación tiene su trabajo creativo previo a Freud y Levi-Strauss… y su trabajo creativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de español y su memoria personal con lo antropológico dentro de España e Iberoamérica?

—Aparte de las investigaciones aludidas, por mi condición de profesor de antropología desde 1984, dejé de un lado investigaciones cuantitativas en el ámbito de la psicología social (en el campo de las actitudes o en el de la comunicación social) por trabajos etnográficos y etnológicos. En principio sobre aspectos de los rituales del ciclo vital en pueblos cercanos a Salamanca (Huebra) y después sobre asuntos que tenían que ver con la literatura oral (Sanabria, Zamora) o sobre religiosidad popular (ermitas y romerías de Valladolid) y, especialmente, sobre varias culturas ganaderas del sur del antiguo reino de León (valles del Alberche y del Corneja, principalmente). En un principio, hasta la finalización de la tesis doctoral, fueron pocas, y de orden teórico, las referencias a Iberoamérica extraídas de Lévi-Strauss: parentesco nambiquara, tatuajes caduveos, mitologías de Suramérica, etc. O el estudio de la mitología barí (Venezuela). Pero a partir de 1989, cuando comencé los viajes físicos a Latinoamérica, comenzando por México, Venezuela, Ecuador y Paraguay, las observaciones se fueron enfocando en esta área geocultural, que ya pasaría a ser predominante en mis investigaciones empíricas posteriores. El estudio de Freud y Lévi-Strauss siempre fue un marco interpretativo (psicoanálisis y estructuralismo) muy útil para dar luz hermenéutica a las observaciones que iba realizando en Latinoamérica, ya dentro de una antropología simbólica, y finalmente también posmoderna. La oportunidad de poder viajar de manera más amplia se consolidó inicialmente a través de un programa académico que a mediados de los 90 permitió la presencia de muchos profesores españoles en universidades de América, el programa Intercampus. Apoyado en el mismo pude visitar muchos países de Latinoamérica, abriendo relaciones en Perú y Colombia, principalmente, que se mantendrían finalizado ese programa. A partir del 2000 también con Brasil, que he podido conocer de norte a sur con bastante detenimiento. En global, en estos últimos treinta años he cruzado el Atlántico cerca de sesenta veces, pudiendo cifrar mi permanencia en el continente americano, en conjunto, en unos dos años, aproximadamente.

—Si compara su crecimiento y madurez como persona, antropólogo, docente, investigador y escritor, con su época actual en España, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

—Otro aspecto importante en mi trayectoria académica es la puesta en marcha, por mi parte, desde 1997, de un Doctorado en Antropología de Iberoamérica, a la par de mi paso por la Asociación Iberoamericana de Posgrado (AUIP). Esto, junto con otros cargos de gestión (vicedecanatos, etc.) y la celebración de veinticinco congresos de la especialidad publicados, conformó y ocupó mi actividad docente todos estos años. Toda esa actividad de docencia, de gestión académica y de difusión del conocimiento, es hasta la actualidad incesante, y desde luego ha creado redes de contacto y ha ayudado a la formación de cientos de posgraduados y doctores, pero también ha disminuido bastante las posibilidades de realizar personalmente muchas más investigaciones etnológicas. Éstas se han ceñido a estudios etnográficos de costumbres y subculturas antioqueñas (Colombia); aspectos de religiosidad popular en Brasil, especialmente en Recife, o a estudios de festividades alrededor del Carnaval, la Semana Santa o la identidad gaucha. Últimamente, también sobre ciclos festivos neorrurales en Portugal, especialmente de la zona de La Raya. Creo que todo esto ha combinado lo lejano y lo cercano; la docencia y la investigación; la labor personal y la de los doctorandos.

—¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de docentes, investigadores y estudiantes con los que comparte o ha compartido en España y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de docente e investigador y su trabajo escrito de interés antropológico?

—En principio, la actividad que he explicado no era muy común entre mis colegas universitarios. Con el paso de los años y la progresiva internacionalización de las universidades, sí que es más normal que los profesores viajen para realizar investigaciones, dar conferencias o asistir a congresos fuera de su país y que, en sus clases o iniciativas, existan alumnos de muy distintas nacionalidades. Esto con la crisis del Covid-19 ha quedado interrumpido bastante en su modalidad presencial que no telemática, pero esperamos sea sólo un paréntesis. Pero hace veinte o treinta años esta globalización educativa no era tan común. Conjugar actividades internacionales, publicaciones, celebración de congresos, gestión de doctorado, o después de máster universitario —junto con la propia docencia en los grados—, con una actividad investigadora constante, es realmente muy difícil. Pero se ha procurado integrar lo mejor posible. Lo cierto es que también esas actividades tienen un efecto sinérgico que en algunas ocasiones facilita las comprensiones, aunque pocas veces facilita o reduce el quehacer cotidiano.

En otros antropólogos veo, más que sesgos nacionalistas, sesgos ideológicos, compulsiones en su óptica histórico-cultural.

—Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en la antropología iberoamericana en y desde España. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de España y fuera, y la de sus pares?

—Sí, la marca identificativa de todas esas actividades ha sido y es: antropología de Iberoamérica. Y ese es el nombre de programas docentes, cursos, redes, publicaciones, congresos, etc. Los resultados sí son apreciables, por lo menos si consideramos que se han formado cerca de cien doctores en la especialidad y más de doscientos maestros de la misma. A los congresos han asistido cerca de dos mil quinientos profesores de más de treinta países. Las publicaciones no han tenido el impacto que merecerían por su interés y por ser una fuente de datos y experiencias (especialmente únicas hace años). Pero atender todos estos frentes con escaso apoyo es imposible. Últimamente, desde hace cinco años, hemos implementado una revista científica: Revista Euroamericana de Antropología, que esperamos sea un buen instrumento de difusión de las investigaciones de la Red.

—Sé que es usted de Salamanca, España. ¿Se considera un antropólogo español o no? O, más bien, un antropólogo iberoamericano, sea éste español o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

—Bueno, yo nací en un pueblo de la provincia de Valladolid, Nava del Rey, y allí pasé los primeros nueve años de mi vida. Estudié un tiempo en Valladolid (España) y después en Salamanca (España), donde me quedaría a vivir y a ejercer de profesor, los últimos cuarenta años, aunque dos de los cuales de manera intermitente he estado en Latinoamérica y unos meses en Portugal. Mi intención siempre fue la de convertirme en un antropólogo iberoamericano, en tener una perspectiva netamente iberoamericana en mi labor. Y ciertamente he realizado antropología de Iberoamérica (en Latinoamérica y en España y Portugal) y sí creo que puede decirse que sea un antropólogo iberoamericano, pero no un antropólogo latinoamericano. Me explico, a diferencia de muchos antropólogos latinoamericanos, no concibo el crisol cultural de las tierras americanas sin el aporte de España y Portugal. Ese aporte es tan valioso, ni más ni menos valioso, que el de los pueblos originarios y el de los afrodescendientes, y es para mí el que conforma, junto con los otros, el núcleo de la realidad cultural, con sus múltiples variaciones, de Iberoamérica. En otros antropólogos —seguramente con muy buenas intenciones de favorecer a los más desvalidos— veo, más que sesgos nacionalistas, sesgos ideológicos, compulsiones en su óptica histórico-cultural, que los lleva a desvalorar raíces culturales innegables de la América no anglosajona. Y eso no sale gratis. La identidad étnica o es sana y realista o nos lleva a la compulsión.

—¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política, con su trabajo creativo-investigativo y su formación en España?

—Étnicamente todo el nacido y criado en España o Portugal conjuga, lo quiera o no, elementos cristianos, árabes, judíos, y especialmente una relación especial cultural con Iberoamérica, aumentada con el aumento de la emigración. Todos esos elementos se mezclan, y desechar alguno de ellos como inadecuado sería una locura. La identidad de género, así como la política, también juega un papel importante en la vida de las personas, y les motiva individualmente a realizar determinadas acciones o seguir ciertas líneas de trabajo o de actuación. En mi caso he procurado tener una postura lo más abierta y flexible especialmente con los alumnos en su gran mayoría latinoamericanos (últimamente también chinos). Creo que se han formado alumnos, maestros y doctores: mujeres y hombres, heterosexuales y homosexuales, de izquierdas y de derechas, filoguerrilleros y filomilitares, ateos, católicos, evangélicos, indigenistas e hispanistas radicales, filochavistas y antichavistas, taiwaneses y chinos, de etnias y de clases sociales muy distintas… Y pienso que todos han tenido una experiencia enriquecedora.

Mi labor de los últimos 36 años sí puede decirse que ha sido sencilla: explicitar ese interés antropológico especialmente enfocado a Iberoamérica.

—¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso por la Universidad de Salamanca? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de antropólogo, docente, investigador y escritor en España hoy?

—Bueno, creo que ya he contestado, al menos parcialmente, a esta pregunta. Lo que pienso en la actualidad, lo que soy en la actualidad, en gran parte se debe a todas esas experiencias y trabajos. También, claro, a experiencias personales en los órdenes familiares, afectivos, sexuales y relacionales. La Universidad de Salamanca ha sido un factor crucial, pues es una institución octocentenaria que en su esencia lleva el amor por el conocimiento y la apertura a Iberoamérica a la par que su liderazgo simbólico universitario. Y, aunque no de manera explícita, tiene en su devenir un gran interés por el estudio antropológico. En este sentido, mi labor de los últimos 36 años sí puede decirse que ha sido sencilla: explicitar ese interés antropológico especialmente enfocado a Iberoamérica.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?

—Muchas son las diferencias que se han ido dando. En el inicio ya he señalado que la labor realizada, si no excepcional, era más minoritaria y por ello quizá más valorada. Aunque nunca, salvo en un principio, y por lo que a mí respecta, claramente apoyada de manera institucional. Tampoco, salvo en unos pocos casos de envidias intracadémicas, perseguida. En la actualidad, la temática es más seguida por muchos profesores y orientaciones. Curiosamente, eso coincide con una bajada del interés sobre la antropología, que ya no está tan de moda entre los alumnos como hace quince o veinte años. Veremos qué impacto tiene el recién instaurado Grado en Antropología en la Usal en este aspecto.

—¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?

—Pues, en esta última década de los 20, para mí la última de trabajo docente, los proyectos no dejan de surgir. La continuación del Máster Universitario en Antropología de Iberoamérica, buscando formas de continuidad nuevas, especialmente referidas a su dirección; el desarrollo del mencionado grado en Antropología; la culminación de unas veinte tesis doctorales más ya en marcha; la realización de diversos proyectos etnográficos en Portugal y, asimismo, en Colombia, especialmente referidos al estudio de la emigración actual; la continuidad de los congresos y de la revista REA, la conformación de Grupos Salamanca de Investigación de carácter internacional iberoamericano, sobre museos y patrimonio, antropología jurídica, interculturalidad y educación, indigenismo, etcétera, creo que serán las actividades con las que espero llegar, pienso que merecidamente, a la jubilación.