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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Miluska Benavides:
“Es tentador pensar en los libros como instrumentos que pueden seguir expandiéndose”

viernes 8 de octubre de 2021
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Miluska Benavides
Miluska Benavides: “Los peruanos podemos habitar, dentro de un mismo país, diversos mundos”.

Miluska Benavides (Lima, 1986) es una notable narradora y traductora peruana. Escribió el ensayo Naturaleza de la prosa de José María Eguren (Academia Peruana de la Lengua, 2017) y el libro de cuentos La caza espiritual (Celacanto, 2015). En cuanto a su perfil académico, es doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Colorado Boulder y profesora de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Ha publicado la traducción de Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud (Biblioteca Abraham Valdelomar, 2012) y trabaja en la novela Hechos. En esta ocasión, conversó con el periodista José del Prado sobre literatura y algunos aspectos de su obra de la producción creativa.

 


 

—La novela suele ser el género más estimado por todo el medio literario; sin embargo, La caza espiritual, tu libro de cuentos, ha sido la consecuencia en gran medida del reconocimiento que has recibido. ¿Antes de eso ya sentías la necesidad de expresarte con una novela?

La caza espiritual se diseñó como un libro de ficción. Lo pensé como un friso de la vida. En ese momento pensaba, como esquema, en el friso de Edvard Munch. En la reedición que va a salir este año, por ejemplo, pienso incorporarle un relato más que sería como una dimensión del friso que no contemplé en ese momento. Espero tener, con el paso del tiempo, un friso ya cerrado. Es tentador pensar en los libros como instrumentos que pueden seguir expandiéndose, como creía Mallarmé. En el caso de Hechos, la novela en que trabajo, comenzó como un relato extenso; luego cada sección se fue autonomizando. La muestra que envié a Granta no es el inicio de la novela —algunos me preguntaron— sino capítulos engranados. Es una línea narrativa. Puede que la novela haya empezado como una dimensión del friso que no pudo concretarse y cobró autonomía propia.

El ejercicio de la traducción me ha servido para aprender a escribir y también para dudar de mi propia escritura.

—La revista Granta te ha reconocido como una de las veinticinco mejores voces jóvenes de la literatura hispana justo cuando estás en proceso de publicar Hechos, la novela que mencionas. ¿De qué manera puede influir este reconocimiento en el curso de tu obra?

—Creo que la mayor circulación es la expectativa. Me interesa la posibilidad de que el libro pase por más manos, quizá por las menos esperadas, que se inserte fuera de un sentido común del presente y que halle su camino en un futuro.

—Además de narradora, eres traductora, ¿en qué medida ha intervenido en tu obra el ejercicio de la traducción?

—El ejercicio de la traducción me ha servido para aprender a escribir y también para dudar de mi propia escritura. Suelo traducir poesía, pero he traducido también narrativa cuando he necesitado saber algo específico. La traducción me ha enseñado como escritora a atender la centralidad del texto, y me ayuda, además, a pensar en los mecanismos internos de la poesía que pueden servir a la narrativa, como su capacidad de ser ilegible, polisémica y asociativa. En el caso de Rimbaud, por ejemplo, si bien los textos biográficos y la crítica son importantes para reconstruir una época, importa sobre todo el texto que tengo conmigo, que es finalmente lo material del poeta. Encontrarse frente a esa materia “texto” nos recuerda que lo que sobrevivirá es el texto como un cuerpo vivo. Por otro lado, la traducción te devuelve al rol de quien no es central. Y para mí eso es crucial en la ficción: desaparecer en el texto, que es voz de otros.

—En cierta forma, traducir es crear una versión subjetivamente tuya de un texto… ¿En qué medida un texto traducido es otro texto? ¿Hay circunstancias en que la traducción literalmente fracasa y el traductor tiene que recurrir a la invención?

—Toda reescritura es necesariamente otro texto. Por eso un texto traducido es siempre otro texto. Ya para recordar lo que plantea Borges en “Pierre Menard…”, la lectura misma de un texto es reescritura. No creo que la traducción fracase en su propósito de entregar un sentido. Siempre lo debe hacer. Puede que el sentido se ajuste al texto fuente en mayor o menor medida, pero siempre hay una entrega de sentido. En esa entrega de sentido los traductores pueden recurrir a la invención, tal como ocurre con la experiencia de escritura. Este es el asunto de muchas de las reflexiones de Haroldo de Campos, por ejemplo, sobre la traducción: ¿no es la escritura misma, poesía o ficción, una “traducción” del mundo?

—¿Qué papel juega el tema social en tu obra en un país como Perú?

—Lo social para mí en este proyecto específico, la novela, sería el tejido donde lo humano, en el sentido vallejiano —material y efímero— se hace historia, en el sentido de plot (el ordenamiento de eventos), por un lado, y por otro, el de la historia que se fija en el tiempo. El Perú es un país particular; no lo digo por chauvinismo, sino por cómo sus geografías han producido pueblos radicalmente distintos, que han generado mundos, lenguas y modos de ser autónomos. Sólo por mencionar dos espacios. Yo he crecido en Lima, una ciudad milenaria, que se encuentra al pie de una cordillera “marítima”. Si escuchan que Lima es triste, como se cita muy frecuentemente a partir de una visita de Melville en 1843, es porque es un desierto húmedo (suena a oxímoron) porque se encuentra sumergida en gruesas nubes, entre una cordillera muy empinada y una corriente antártica helada. Mi familia viene de los Andes centrales y sur, paisajes radicalmente distintos, de picos nevados de más de cuatro mil metros de altura que solían ser el eje de la vida social de los antiguos. Los peruanos podemos habitar, dentro de un mismo país, diversos mundos. Es el caso también de otras naciones. Ese tejido social imbricado con el factor natural me interesa contar. Es necesidad de lo que veo alrededor, observo y escucho. En este paradigma trato de aprender de los novelistas que me gustan, como los rusos, las italianas (Morante y Ferrante) y Joyce, que han trabajado lo que se ve y oye “adentro” y “afuera”.

Estudio y leo en quechua en estos últimos años. Me ha abierto el camino para entender mejor mi entorno.

—En una ocasión has considerado a la lengua castellana un elemento cultural impuesto en detrimento de las lenguas indígenas de lo que hoy es Perú; también has destacado el valor del quechua en el español peruano. ¿Se podría decir que tienes una postura beligerante ante la lengua en la que escribes?

—Creo que las posturas beligerantes las ejercen hoy actos de escritura de los escritores en lenguas originarias que producen y publican como nunca. En nuestro caso específico la primera novela escrita completamente en quechua, Aqupampa, de Pablo Landeo, es peruana. Poetas en lenguas, entre tantas otras, wampis y aymara, están publicando, y hay jóvenes editores dispuestos en esta apuesta. Esas imaginaciones y beligerancia nutren nuevas escrituras y marcan nuevas pautas y camino para nosotros. Respecto de mi propia experiencia, mi relación con el castellano nunca ha sido estable. Como hablantes hijos de migrantes, de diferentes partes del país, crecemos con un vocabulario y sintaxis específicos del español que nos hereda la familia. Eso y otras cosas, como las historias, ilusiones y expectativas. Yo crecí, además, en una zona donde todas las personas alrededor eran migrantes e hijos de migrantes. Por migrantes hablo de personas de la costa, Andes y Amazonía, que se han asentado en las urbes en distintos ciclos a lo largo del siglo XX. En mi caso, el quechua fue la lengua de mis abuelas. Estudio y leo en quechua en estos últimos años. Me ha abierto el camino para entender mejor mi entorno: la música que mi familia materna baila cuando se junta, los topónimos, apellidos, pasajes de libros, hasta nombres de establecimientos comerciales. Después de aprender quechua el mundo alrededor se hizo más legible.

—En países de la región como Bolivia y sobre todo Paraguay, las lenguas indígenas tienen un papel central en la sociedad, ¿crees que Perú debería seguir el ejemplo del bilingüismo?

—Creo que cada país debe responder a sus procesos históricos, y en el caso específico de Perú, debe responder a su composición plurinacional, esto implicaría recurrir a sincerar en el plano público e institucional el multilingüismo que se ejerce en el país desde hace milenios.

—¿Cuáles son tus autores imprescindibles?        

—Mencioné a los novelistas rusos y las novelistas italianas, también lo son los irlandeses, Joyce, Beckett y Yeats. Quizá Dostoyevski es el narrador que ha resistido todas las preguntas. A cierta edad ya empezamos sobre todo a releer. César Vallejo, Shakespeare, Austen, Arguedas, Rilke, Rulfo, Faulkner, me ofrecen distintos libros en cada relectura. Siempre leo poesía, en especial los llamados “poetas malditos” franceses, también a Pound, al poeta y ensayista. Para pensar en los últimos años, autores de los que trato de leer todo son Coetzee, Philip Roth, Bolaño, Svetlana Alexiévich y Elena Ferrante. Los autores de crónicas indígenas y mestizas son imprescindibles, entre ellos el Inca Garcilaso y Guamán Poma de Ayala. En los últimos años leo al grupo Narración, un proyecto interesante de escritores peruanos que no sé por qué no se leen o se leen poco fuera del Perú, sobre todo Miguel Gutiérrez y, en esa órbita, a Pilar Dughi. Creo que podría hacer otra lista de autores de cine y pintura que he estudiado para pensar y escribir.

—Hablando de las influencias, pero también de las traducciones, ¿cuánto te permites tomar de un autor?

—Es una pregunta muy difícil e interesante. Ha sido, además, una de las conversaciones que he tenido con editores y poetas peruanos interesados en la traducción como ejercicio de apropiación. Como escritora me es difícil decir hasta dónde tomo de un autor, porque quizá como lectoras y traductoras incorporamos hábitos de escritura todo el tiempo. Respecto de la apropiación y “autoría” me parece una zona muy interesante. Hemos llegado a un momento en que atendemos a la disolución de la autoría a través de nuevos soportes de lectura y escritura por Internet. Conocí, por ejemplo, el proyecto Cumatrón por Pesapalabra, un boletín de poesía peruana en el que colaboro. Cumatrón es una suerte de ars combinatoria que produce un texto inédito para cada usuario a través de la combinación de un inventario de versos. Quizá motivada por estas conversaciones y lecturas, y por mi uso de estos mecanismos, trabajo en un conjunto de prosas, proyecto paralelo, que incorpora por fragmentación secciones escogidas de textos coloniales. Los intervengo para que las voces se confundan en ese trabajo textual, que veo como si fuera una curaduría. Es un proyecto de no ficción, quizá nunca lo termine o publique, pero es un ejercicio que me interesa.

—Perú es un país con una riqueza literaria muy grande, ¿en qué lugar te ubicarías tú dentro de las corrientes de la historia literaria de Perú?

—Creo que el tiempo dirá en qué medida mi obra de ficción, que recién se construye, se ubica dentro de alguna propuesta literaria. En mi ejercicio intelectual como escritora (también escribo ensayos) me reconozco como parte de una conversación de escritores e intelectuales que han buscado una salida de los marcos occidentales y han atendido a procesos invisibilizados y materiales propios. Me interesa esa zona por sus posibilidades para la creación y la imaginación, y porque se vinculan a los asuntos que me interesan, como es nuestra relación con el mundo natural, lo acallado, la muerte, y todo aquello que rehúye a la razón. En ese sentido, la obra de José Carlos Mariátegui, César Vallejo y José María Arguedas son esenciales para mí.

Porque conozco de cerca la poesía es que no incursiono en este género sino sólo a través de la traducción.

—Mario Vargas Llosa, ¿la persona y el autor son entidades diferentes? Te pido una opinión.

—Podría decir que el intelectual y el narrador no son entidades diferentes. El proyecto intelectual de Vargas Llosa, de diferentes etapas, guarda coherencia con sus ficciones, y eso se puede rastrear desde sus primeras novelas hasta la saga última de El héroe discreto y Cinco esquinas. No sé si fuera del Perú se pueda percibir con claridad a qué plataforma responden sus ficciones, memorias como El pez en el agua y ensayos como La utopía arcaica, pero se alinean a una visión de “un debe ser” del Perú uniforme, europeizado, “ilustrado” y republicano, visión que se piensa como nuestra única alternativa. Esta visión minimiza y hasta disciplina lo que no se encuentre en esta órbita. Está en el derecho de proponer esa visión, por supuesto, pero eso no significa que, como sucedía hasta hace pocas décadas, otras plataformas y propuestas no puedan ser escuchadas. En las últimas semanas hemos visto una versión radical de su propuesta. El escritor ha denunciado en plataformas internacionales un supuesto fraude electoral en las elecciones presidenciales peruanas. Ha acusado a votantes de pueblos rurales peruanos de falsificar firmas y ha exigido anular esos votos. Estas acusaciones sin pruebas resisten la lógica y han sido desmentidas no sólo por las autoridades electorales peruanas sino también por la OEA. Sus declaraciones en torno a la celebración de colonización, la jerarquía del español por sobre otras lenguas indígenas americanas y defensa de la lógica imperial “civilizatoria” no sólo guardan coherencia con estos reclamos sino también con sus novelas. Eso se ve en los diseños de personajes y en la resolución de muchas de sus ficciones. He desarrollado estas ideas en un ensayo que espero compartir pronto.

—De momento sólo has publicado narrativa, y a pesar de adquirir notabilidad por traducir Una temporada en el infierno, de Rimbaud, no se te conoce el lado poético…

—Todos mis proyectos de crítica y traducción, incluso de ficción, salieron en editoriales y revistas dirigidos por poetas o editores de poesía. Y creo que, justamente por eso, porque conozco de cerca la poesía, es que no incursiono en este género sino sólo a través de la traducción. Además, publicar poesía en el Perú requiere un talento superlativo. Una tradición sólida, rica y plural exige mucha seriedad. Por eso me siento afortunada de que muchos de mis quehaceres con la escritura pasen por las manos y ojos de poetas peruanas.

—¿Te sientes conforme con lo que de momento has escrito?

—Nada conforme, pero el proceso de imaginar y escribir vale cada hora y años invertidos.

José del Prado