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Martín Felipe Castagnet:
“La literatura es el arte que mejor aprecia el momento en que un corazón se rompe”

viernes 15 de octubre de 2021
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Martín Felipe Castagnet
Martín Felipe Castagnet: “Me gusta la literatura fantástica porque es un cajón sin fondo donde entran todas las contradicciones”. Fotografía: Andrea Parejas

El escritor argentino Martín Felipe Castagnet (La Plata, 1986) escapa de la clasificación convencional. Es autor de una literatura consagrada al género fantástico desde un punto de vista lúdico y sumamente crítico. Su primera novela, Los cuerpos del verano (2012), traducida al inglés, al francés y al hebreo, lo llevó a la palestra pública y le hizo merecedor del Premio a la Joven Literatura Latinoamericana. De su paso por Japón resulta la admiración que profesa por los haikús. En 2017 publicó la novela Los mantras modernos y ha sido seleccionado por Bogotá39 y la revista Granta como uno de los mejores escritores jóvenes de la lengua española. El periodista José del Prado conversó con él sobre los aspectos más relevantes de su obra literaria.

 


 

—Vienes de familia francesa, ¿cómo te la has llevado con la literatura de esa lengua?

—Además de la sangre francesa que corre por mi familia, proveniente de La Bastide-Clairence, en la provincia vasca de la Basse-Navarre, mi casa estuvo llena de literatura francófona gracias a la influencia contagiosa de mi abuela, profesora de francés y alma mater de todo lo interesante en mi vida. Mi recuerdo más antiguo de la lengua son las historietas de Fanfan de Pierre Probst: Fanfan et sa péniche y Fanfan et la colline en feu. Nadie lo recuerda en la rica tradición de la historieta francófona, pero yo sí, y con mucho cariño. Y aun así tardé años en aprender el idioma, gracias a que gané un premio cuya recompensa era una residencia en Saint-Nazaire y otra en Marsella. Ahora con mi papá, mi abuela y una amiga nos intercambiamos cada tanto libros en francés. En cierta época de mi vida no lo creí posible, y ahora me parece lo más lógico.

Es posible que esté terminando la era de las vanguardias, esa vieja centenaria.

—Dicho premio lo ganaste gracias a tu primera novela, Los cuerpos del verano, de la que no se ha dejado de hablar. Una novela de contexto futurista, que formula cuestiones completamente actuales. ¿Cómo ves el mundo una década después de su publicación?

—En Los cuerpos del verano intenté representar un narrador anticuado a su nuevo tiempo, y creo que lo logré doblemente. Me tentaba escribir un protagonista que representara mis puntos de vista, pero entendí que sería inverosímil y que debía estar tan desactualizado como cualquiera con respecto a las generaciones siguientes, y permitir que esos temas surgieran de las situaciones mismas y del nuevo contexto que presenta la novela. Pero en los diez años que pasaron desde que la escribí, el narrador viene quedando más y más desactualizado. Dentro de poco se volverá ilegible, y eso será tanto un triunfo como una derrota.

—¿Cómo ves la literatura contemporánea? Tanto la hispana, como la actualidad literaria general…

—No hay problemas de calidad en la literatura contemporánea, pero sí me parece que de a poco está cambiando: es posible que esté terminando la era de las vanguardias, esa vieja centenaria, y que haya comenzado una era más moralista donde tienden a superponerse autor y narrador, propósito y mensaje. Pero no sé si osaría juzgar este nuevo paradigma literario por lo peor que tiene y no por lo mejor: más representación, más introspección y más hibridez.

—¿Y la literatura decimonónica, donde la historia justifica el relato, tiene cabida en este siglo? ¿O queda destinada a servir como literatura de formación académica?

—La mayoría de mis obras favoritas son decimonónicas (Moby Dick, Cumbres borrascosasLos hermanos Karamazov). También Verne, Dickens, Flaubert, Stevenson… sin olvidarnos de que la mayor parte de los géneros narrativos actuales los inventó Poe. Ahora estoy fascinado con las autoras norteamericanas finiseculares, como Mary Wilkins Freeman y Kate Chopin. Quiero que todo el mundo las conozca.

—¿Cómo asimilaste el reconocimiento que te dio la revista Granta al considerarte una de las veinticinco mejores voces jóvenes en español?

—Recibí la selección de Granta con la seguridad del ególatra que está convencido de sus posibilidades. Quizás porque, sin ser cuentista sino novelista, siento que por primera vez escribí un cuento que me gusta, y también porque el corte etario me beneficiaba: diez años de publicaciones y todavía pasible de ser seleccionado, a diferencia de tantos colegas que todavía no habían empezado a publicar en la selección anterior pero ya habían pasado la edad máxima para la actual. Hasta que me acuerdo de que es una selección de autores de toda el habla hispana y me vuelvo pequeño, injustificable, fuera de toda coherencia con lo poco que publiqué.

Quien logre hacer una literatura lúdica (espontánea, impredecible, gozosa) tiene asegurada la inmortalidad.

—Pese a que aún eres joven, ya publicaste un libro de memorias, donde hablas de tu infancia y adolescencia, así como también hablas de fútbol… ¿Qué importancia tiene el fútbol en tu obra?

—Sufro el fútbol más de lo que lo disfruto. Hasta que Messi sacó campeón a la Argentina el otro día, yo jamás había salido campeón de nada. Creo que un escritor puede aprender mucho de esa escuela de desilusiones que es el deporte. La literatura es el arte que mejor aprecia el momento en que un corazón se rompe.

—Justamente los relatos de fútbol más notables no se ocupan centralmente en la mera actividad del juego, sino en su trasfondo… ¿Cómo vives esos dos aspectos?

—El juego es por definición irrepresentable: se lo juega o se lo narra. Se lo puede mostrar, pero es muy difícil de contar. Quien logre hacer una literatura lúdica (espontánea, impredecible, gozosa) tiene asegurada la inmortalidad. Por eso no queda otra, en literatura, que abordar las fronteras del juego, que casi siempre termina siendo la infancia.

—¿Consideras que tu obra se ubica en el género de literatura fantástica contemporánea, o difieres de la clasificación que te han hecho algunos críticos?

—Me gusta la literatura fantástica porque es un cajón sin fondo donde entran todas las contradicciones. La fantasía y la ciencia ficción comparten un mismo ecosistema literario, pero no pueden ser más diferentes entre sí. Todas las limitaciones de una se anulan en la otra; por eso las mantengo cerca. ¿La realidad? También le pertenece al fantástico: es demasiado inabarcable, contradictoria y ambigua como para ser monopolizada por nadie.

—¿Se podría decir que, ante lo inabarcable de la realidad, lo fantástico puede ser una forma efectiva de metáfora?

—Yo defiendo la metáfora como procedimiento esencial de la narrativa, aunque de una manera torcida: transformo las metáforas cristalizadas por la sociedad en situaciones reales. Ese procedimiento, ese “traslado” si nos ajustamos a la etimología griega, es sin dudas de naturaleza fantástica.

—¿Ves en la literatura de estos últimos años la inexorable influencia del internet?

—La verdad es que no advierto que internet esté cambiando sobre lo que se escribe (pero sí cómo y dónde se lee). Salvo las novelas en las que intentamos reproducir su dinámica y su ethos, las formas literarias permanecen inalteradas, o más bien en las mismas alteraciones en las que entraron con el último gran cimbronazo que fueron las vanguardias históricas y ese rebalaje que es el posmodernismo. En todo caso, creo que la literatura está cambiando más por la influencia de los videojuegos, la animación y la historieta que por la de internet.

Al final de lo que busco alejarme me define: escritores que se ponen encima de la obra.

—Háblame de tu canon personal.

—Mi canon personal es poco original. Voy a mencionar nomás a los tantas veces empobrecidos, piojosos, aniñados y tan queridos poetas del haikú: Bashō, Onitsura, Chiyo, Ryokan, Issa, Buson, Shiki, Akutagawa, Santoka. Ofrecer un canon personal de autores ya canonizados termina siendo una trampa. Así que ofrezco un canon personal de autores de mi generación, todos nacidos de los ochenta en adelante: Liliana Colanzi, Eric Schierloh, Daiana Henderson, Hernán Vanoli, Mónica Ojeda, Natalia Litvinova, Rodrigo Márquez Tizano, Tamara Tenenbaum, Almudena Sánchez, Santiago Venturini, Luna Miguel.

—¿Sueles alejarte de ciertos autores y literatura a la que te opones?

—Querer alejarnos de ciertos autores sólo nos acerca más, porque ellos también nos ayudan a construirnos, aunque sea por oposición. Al final de lo que busco alejarme me define: escritores que se ponen encima de la obra. Cada página como una lucha en la que sólo gano cuando pierdo.

—¿En qué estás trabajando actualmente?

—Después de varias novelas, éditas o inéditas, finalmente estoy escribiendo cuentos como un objetivo en sí mismo, ya no como un paso intermedio. Pero la tentación de la novela siempre acecha: es un buen motivo para seguir vivo hasta poder terminarla. No es poca cosa.

José del Prado