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Áurea María Sotomayor:
“Creo que la estructura lo determina todo”

domingo 17 de abril de 2022
Áurea María Sotomayor
Áurea María Sotomayor: “Combatamos el ninguneo activamente”.

Áurea María Sotomayor (San Juan, Puerto Rico, 1951), poeta, editora, ensayista, crítica literaria, antóloga, docente e investigadora, se graduó de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras (B.A., 1972). Prosiguió estudios graduados en la Universidad de Puerto Rico y la Universidad de Indiana, de donde obtuvo su Maestría en Literatura Comparada (M.A., 1976). Completó su primer Doctorado en el Departamento de Español y Portugués en la Universidad de Stanford (Ph.D., 1980) y su segundo Doctorado en Derecho en la Universidad de Puerto Rico (J.D., 2008). Ha ejercido como docente en su país natal, y en la actualidad lo hace en el Departamento de Literaturas y Lingüísticas Hispánicas de la Universidad de Pittsburgh, Estados Unidos. Es Premio Casa de las Américas 2020 por su trabajo Apalabrarse en la desposesión: literatura, arte y multitud en el Caribe insular. Tiene en su haber una veintena de libros publicados, unas diez contribuciones particulares en otros libros colectivos, unos cinco libros editados y veinte folios de artículos, conferencias y otros trabajos en revistas y antologías literarias. Una vida útil, como pocas. Ella ha dado respuesta a unas preguntas que me enorgullece nos haya contestado. Son todas para ser compartidas con vosotros.

 


 

Una vida dedicada a la poesía, una obra que le recoge. En 2019 publicó Operación funámbula, antología personal (1973-2018). ¿De qué trata o Operación funámbula y cómo recorre usted entre la literatura y la realidad o no ficción?

Operación funámbula es una recopilación de todos mis libros de poesía hasta ese momento: Aquelarre (1973), Velando mi sueño de madera (1980), Sitios de la memoria (1983), La gula de la tinta (antología, 1994), Rizoma (1998), Diseño del ala (2005), Cuerpo nuestro (2013), Artes poéticas (antología, 2014), La noche es otra luz (2017), Chuvento o lengua secreta (2017). De Aquelarre (1973) sólo incluyo algunos poemas al finalizar la colección. Allí también reorganizo cronológicamente los libros que permanecieron inéditos hasta 1994: Detalles de filiación (1977), Sáficas y Ojeras de su pulso, todos incluidos en mi antología La gula de la tinta. Mi libro Detalles de filiación, por ejemplo, lo escribí mientras estudiaba mi maestría en Literatura Comparada en Bloomington, Indiana. Sáficas es un producto intermedio entre mis años de estudio en Stanford University y mi regreso a Puerto Rico, y Ojeras de su pulso son poemas que escribí durante esa década entre el 80 y el 90. El volumen incluye además un inicial recuento autobiográfico y una reflexión sobre mi poesía, escrita en dos tiempos, al final del volumen. En este momento tengo dos colecciones de poesía ya concluidas, o casi: Espacio teselado (Evergreen) y Casa para leer. El volumen recoge cuarentiséis años de búsqueda y de experimentación con varios lenguajes. Al mirarme retrospectivamente puedo ver en esa antología el tanteo, el descubrimiento, la sorpresa, el hallazgo, las ambivalencias. Es interesante poder mirarse así. No siento la tentación de enmendar o enmendarme pues cada etapa o libro la descubro y se descubre como una pausa movilizadora. Algunos textos se relacionan con el tejido que se arma entre cuerpo y memoria (Sitios de la memoria y Cuerpo nuestro), inmersiones casi místicas en la naturaleza (La noche es otra luz y Chuvento), búsquedas a pie (Chuvento o lengua secreta), ejercicios marciales y propuestas animales (Sitios de la memoria), estremecimientos y relecturas deleuzianas (Rizoma), y trabajo con la imagen, especialmente la fotografía y el cine en Rizoma y Sitios de la memoria. Otro de mis libros, Diseño del ala, comenzó conceptualmente aludiendo al “arco” como forma natural primero (el ala), para luego refugiarse bajo un pórtico o umbral que se abre a un puente. Es un libro enigmático pero revelador, porque comienza con el espacio de la poiesis que ubico en el Caribe, se hunde en la música y el poema breve un tanto hermético, que remite también a un libro anterior (Sáficas) y concluye con las máquinas de vuelo de Da Vinci donde manifiesto una cierta voluntad narrativa. Una de las lecciones que he extraído de ese recorrido es que una colección de poesía no es una recopilación de poemas, sino más bien un concepto en movimiento en cuyos centros neurálgicos se manifiestan o aparecen unas imágenes recurrentes que se descubren, en algunas ocasiones, a posteriori. Desde Sitios de la memoria las busqué adrede.

Visualizo que mi vida se acerca bastante a esa cuerda floja y que mi poesía es el polo que utiliza el funámbulo para guardar el equilibrio.

Sobre la segunda parte de la pregunta, Operación funámbula recorre un proceso donde la práctica de la escritura poética, el estado poético y la reflexión sobre la poesía se entremezclan, atraviesan y funden, cosa que también ocurre en y con mi trabajo crítico y ensayístico. Todos estos procesos que atañen a la interpretación, la crítica, la experimentación con el lenguaje, la exploración de otros vocabularios estéticos, la traducción, la enseñanza, el “dejarse ir” en el fluir escritural, son trabajos de refundición donde se nutren y autofagocitan al unísono. Citarse y recitarse es parte de esa travesía de mi poética, ya sea en el orden crítico como en el orden poético. Lo funámbulo viene de ahí. Es el trabajo con la escritura, el alineamiento fervoroso de las paralelas, las similitudes, los silencios que se dejan entre ellos para que alguien los descubra, el mismo campo de irradiación (crítico o poético) a percibirse desde diversos ángulos. El estupendo dibujo de portada realizado por mi hijo, René Alejandro Duchesne Sotomayor, expresa la liminalidad, el riesgo y la pasión que me embarga en la cuerda floja que es la poiesis. En su dibujo se expresa verticalmente, donde el sujeto va borrando, limpiando o escribiendo renglones. La imagen del funambulismo es una de mis preferidas desde que iba al circo de pequeña, y luego leí el excelente tratado de Petit sobre el funambulismo, y vi el documental sobre el tema. Visualizo que mi vida se acerca bastante a esa cuerda floja y que mi poesía es el polo que utiliza el funámbulo para guardar el equilibrio, lo que no me permite caer y, quizás, lo que me sobrevive.

 

¿Cómo surgió la oportunidad de trabajar Operación funámbula? ¿Qué relación tiene Operación funámbula con su trabajo creativo-poético anterior y hoy? En esta antología personal, ¿está toda su poesía o es un recogido periódico de ésta entre 1973 y 2018?

En diciembre de 2018, Néstor Rodríguez presentó su antología de poesía caribeña en la Librería Laberinto en el Viejo San Juan (Isla escrita: antología de la poesía de Cuba, Puerto Rico y República Dominicana, Amargord Ediciones, 2018). Fue un momento en que coincidimos en la lectura varios de los poetas incluidos en el volumen. Poco después, Néstor me propuso que sometiera mis libros a Amargord, pues esta editorial deseaba comenzar una colección caribeña. Me dio unos nombres y me comuniqué con ellos, Miguel de la Quintana (alias Chema) y el poeta dominicano León Félix Batista. Prácticamente, el volumen se montó en menos de un año. No me dio ni tiempo de contactar a algunos críticos y/o poetas, que son también mis amigos, para que escribieran unas notas de contraportada. Antes de Operación funámbula, donde, podríamos decir, se reúne toda mi poesía, había publicado dos antologías: La gula de la tinta, que cubría mi poesía hasta aproximadamente 1994, y Artes poéticas (San Juan: La Secta de los Perros, 2014). En Operación funámbula se incluyen íntegramente (con excepción del primero, Aquelarre, del que incluyo algunos poemas) todos mis libros desde 1973 hasta 2018, y reviso algunos detalles de Cuerpo nuestro, publicado por Ediciones Folium en 2013. Ya está en prensa, bajo el sello editorial La Secta de los Perros, dirigido por el poeta y amigo Rafael Acevedo, otro poemario que he estado trabajando durante los últimos seis años: Espacio teselado (desde el Evergreen), que incluye poemas desde principios de los dos mil hasta nuestros violentos días y que, como anuncia su título, es un teselado donde interactúan la guerra, el racismo, la violencia social y los jardines.

 

Si compara su crecimiento y madurez como persona, poeta, docente, investigadora y escritora, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-poético o no de entonces con el de hoy?

Una persona es un entramado complejo donde es imposible distinguir la dimensión estética de la docente y académica, por lo que es casi imposible contestar esta pregunta coherentemente. Menos aún cuando se abordan nociones relativas al crecimiento o la madurez, que podrían relacionarse (o no) con la conciencia que de sí misma una adquiere con el paso de los años. Se trata más bien de una articulación delicada cuyo despliegue depende de muchos detalles y circunstancias; en fin, depende de la vida que a cada uno le ha tocado vivir. La mayor diferencia entre el trabajo creativo de ayer con el de hoy es precisamente la escasa compartimentación de ese haz de capacidades o facultades que se tienen a mano. Digamos que antes (en los setenta) era más fácil separarlos y ya no. La autofagocitación, el préstamo de otras artes y el diálogo con otros lenguajes que se opera en el mundo sensible tiene sus efectos en la dimensión académica, y a la inversa. Estimo que lo que se afina es la estructura en que se estampa, fija o desenvuelve el lenguaje que escojo para mis planteamientos. Creo que la estructura lo determina todo, un sistema de pensamiento que se va imponiendo en el quehacer poético que irradia hacia todas las otras dimensiones, y que vienen o acuden para complementarlas y redefinirlas. Poco a poco se va reformulando un sistema de sentir/pensar que de alguna manera permea toda acción estética, trátese del ensayo, de la investigación, de la poesía o del hacer cotidiano, que tanto dice de nosotros. Hay que tener suma precaución para que la violencia que hallamos en las instituciones que nos rodean (en mi caso pienso particularmente en el papel que las universidades ejercen sobre sus sujetos, los profesores) no nos fracturen o modifiquen el ser íntimo. Esas instituciones violentas (en su dimensión pragmática y capitalista) atentan contra la vida, y hay que protegerse de ellas de algún modo y muy activamente. En ese caso, lo esencial es estar alertas, que no nos roben el ser, la sensibilidad. Es sumamente paradójico que allí desde donde se puede generar conocimiento, interacción y vida en las jóvenes generaciones, tan ávidas de saber y tratar de comprender, haya también tanta muerte y desidia, dirigida exclusivamente por el ansia de poder, el patriarcado y el interés sucesivo y permanente de los diversos egos.

 

En la lectura de mis contemporáneos y de mi tradición se halla también, sesgadamente, la lectura que hago de mi obra.

¿Cómo visualiza su trabajo creativo-poético con el de su núcleo generacional de escritores y poetas con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico, Estados Unidos y fuera?

Esta es una pregunta que requiere una mirada crítica y comparativa (semejanzas y diferencias) entre mi trabajo como poeta, crítica y traductora con el de mis compañeros en la poesía, y para colmo, no sólo a nivel nacional sino internacional. Tengo la satisfacción de conocer a excelentes poetas de mi país y de Latinoamérica (jóvenes y mayores ya reconocidos) y pienso que lo que enriquece mi escritura es precisamente la exposición a otras voces y el intercambio dentro de la diferencia, diferencias que hay que respetar como se debe. Lo que más me halagaría sería que el intercambio al que me refiero se produjera a nivel internacional; es decir, que la poesía puertorriqueña se conociera en el resto del mundo hispanoparlante, pensando en Latinoamérica y España, por ejemplo. Y en los Estados Unidos, donde cada vez crece más la población hispana. Mi trabajo antológico ha aspirado a esto, primero para crear y definir un diálogo entre las poetas mujeres en Puerto Rico (De lengua, razón y cuerpo; San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1987) a la luz de lo que se hacía en ese momento durante la segunda ola feminista en la escritura de las mujeres en España, Chile, el Caribe, Argentina y Norteamérica. Esa antología, la primera en Puerto Rico que articuló conceptualmente el papel de nueve poetas jóvenes puertorriqueñas, se agotó inmediatamente. En ánimo precisamente de la difusión de la tradición poética puertorriqueña, dos de mis proyectos más queridos son también antologías que quieren provocar o estimular dicho diálogo entre poetas a un nivel internacional: Red de voces (La Habana: Colección La Honda, 2011) y el volumen doble de Poesía puertorriqueña de la colección Clásica de la Biblioteca Ayacucho (Caracas, 2021). Como detalla claramente el ensayo analítico que precede a la selección de la antología de la Biblioteca Ayacucho, el objetivo es compartir, dar a conocer nuestra poesía y dialogar como pares con otras voces poéticas del Caribe y el continente. Por ahí podría comenzarse para producir realmente una respuesta a tu pregunta, cuyo ánimo es comparar. Es decir, en la lectura de mis contemporáneos y de mi tradición se halla también, sesgadamente, la lectura que hago de mi obra. Me resisto bastante a leerme (aunque es un ejercicio que no deja de ser interesante), pero el hecho de incluirme en las antologías que hago tiene una función. No podría autoexcluirme, me parece un gesto de falsa modestia. Toda la vida me he dedicado a este ejercicio antológico, a este intento de diálogo. Los materiales de base están ahí (junto con otras antologías) y ya los tiempos exigen que los lectores aparezcan para entablarlo. En ese sentido, mi respuesta a tu pregunta es esa oferta antológica cuyo propósito es abrir el campo poético, casi solicitar, desde la oportunidad ofrecida en La Habana o en Caracas, a que escuchen y lean la poesía puertorriqueña incluida en esas selecciones. Obviamente, es imposible incluirlo todo, y ya le tocará a las próximas generaciones ejercitar el gesto de la inclusividad y la apertura respecto al legado estético que reciben y el que transmitan. Mi obra crítica se ha dedicado a crear y elaborar esa recepción, desde Juan Antonio Corretjer hasta muchos de los poetas contemporáneos puertorriqueños, con incursiones creo que importantes en Gabriela Mistral, Ernesto Cardenal, Roque Dalton, Derek Walcott y muchos otros. Sobre la evaluación de mi obra dentro de una generación o tradición específica, prefiero que otros poetas, lectores e investigadores se ocupen de ello.

 

¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-poético dentro de Puerto Rico, Estados Unidos y fuera, y la de sus pares?

El proceso de recepción siempre es algo que hay que cultivar, es siempre un proyecto de futuro, si es que queremos lectores, claro. Hay poetas a quienes no les importa o, si les importa, saben que en algún momento les llegará su hora. No soy tan pasiva, digamos. Me interesa saber lo que piensan otros, cómo leen mi trabajo, cómo se leen ellos en compañía de otros. Aquellos escritores que, como yo, carecemos de agentes literarios, desconocemos muchas de las artimañas existentes con el darse a conocer. Les llamo artimañas porque en la mayoría de las ocasiones lo que desencadena el conocer a un escritor es un aparato muy supervisado, estrictamente calculado, dirigido por el capital. Prefiero, por eso, espacios de diálogos en colectivo, aun cuando cada poeta posea su estilo y voz particular, pero les unen unas circunstancias históricas particulares y unos objetivos específicos. Dentro de ese espacio común es que puede florecer la disidencia, que siempre es bienvenida. La disidencia desde el colectivo produce y torna más complejas dichas voces. Puerto Rico carece de casas editoras. No somos México, ni Buenos Aires ni Lima. Carecemos del espacio de una feria del libro de verdad. Las buenas librerías se cuentan con los dedos de una mano, y casi todas se hallan en la zona de San Juan (hay una en Ponce). Es una suerte de fatalidad haber nacido en una isla sin casas editoriales que de alguna manera exporten la actividad literaria nuestra (la Editorial de la Universidad de Puerto Rico murió hace muchos años). El diálogo con Latinoamérica siempre ha sido escaso, por un lado por razones políticas relacionadas con nuestra condición de territorio norteamericano. Por el otro, por razón de una gran desidia y falta de curiosidad proveniente del otro lado. La condición de isla es inequívoca y fatal. Quizá ahora el continente se está abriendo poco a poco a otros nombres, pero estimo que Latinoamérica, o ese continente tan diverso que llamamos de ese modo, debe ampliar sus miras más allá de sus costas. Muchas veces es el ninguneo lo que hace “desaparecer” una escritura. Combatamos el ninguneo activamente. Hay algunos compañeros que ya se abren a ese diálogo, pero estimo que la intensidad de esa curiosidad debe modularse como debe, no por referencias, sino mediante el estudio profundo de nuestra tradición. Considero que mi trabajo en ese sentido ha sido intenso y acertado, principalmente con la difusión de las antologías hechas en Cuba y Venezuela. Me siento satisfecha, no sólo como antóloga sino también como crítica. Hay otros esfuerzos, y siento que las mujeres poetas latinoamericanas, principalmente, han ido ampliando el radio de acción de esa difusión mediante la inclusión antológica. Son escasas las buenas editoriales que no se manejan desde el espacio fatal del amiguismo y que sí tienen como objetivo validar la escritura en lo que vale. Esto es una tendencia general. Puedo afirmar que en Puerto Rico esas pequeñas casas editoras no pasan de los cinco dedos de una mano; para ser precisa, quizás se reducen a tres o cuatro. Tengo la suerte de que mi trabajo poético ha estado presente de una u otra forma en varios países de Latinoamérica: Argentina, Ecuador, Chile, Perú, República Dominicana y, por supuesto, Cuba y Venezuela. En cierto sentido, me siento privilegiada al haber sido invitada a varios encuentros internacionales de poesía, donde se entablan tantos lazos hermosos en la amistad, en la poesía. Me encantaría repetir una visita a la isla de Guadalupe, donde conocí a tantos excelentes escritores y gente linda del Caribe francés e inglés. Mantengo un diálogo muy activo con mi tradición (desde el ámbito crítico y poético) y con mis contemporáneos y jóvenes escritores en Puerto Rico, lo cual me satisface. Sin embargo, la pregunta continúa sobre la mesa. La recepción siempre tiene que ver con la difusión. Por tanto, ¿qué es difundir? ¿Cuáles son los motivos o resortes que inician la difusión? ¿Qué exige la difusión? ¿De qué manera el aparato crítico inserta la obra de los escritores puertorriqueños en su esquema al momento de dicha difusión?

 

Es muy importante continuar fortificando la relación con la diáspora isleña y latina en los Estados Unidos.

Sé que es usted de Puerto Rico. ¿Se considera una autora puertorriqueña o no? O, más bien, una autora de literatura o poesía, sea ésta puertorriqueña o no. ¿Por qué?

Mi trabajo como poeta y crítica surge de esa tradición caribeña, si se quiere ampliar el radio de lo isleño, si se quieren establecer vínculos con ese archipiélago variado y rico. Toda mi obra crítica se orienta en ese sentido archipelágico desde mis seminarios en el Departamento de Literatura Comparada en los noventa. “El archipiélago de la relación” fue el nombre del primer seminario que di en la Universidad de Puerto Rico y que he revisado y revigorizado en mis seminarios caribeños de posgrado en la Universidad de Pittsburgh. Mi segundo libro de crítica, Femina Faber: letras, música, ley (Callejón, 2004), así como Poéticas que armar (modos poéticos de replicar al presente en la cultura puertorriqueña) (Editora Educación Emergente, 2017) y Apalabrarse en la desposesión: literatura, arte y multitud en el Caribe insular (Premio Casa de las Américas, La Habana, 2020), dan fe de mi insistencia en el entramado caribeñista; también mi traducción del poemario The Bounty (2010), de Derek Walcott, donde el paisaje, las voces, las plantas, los pájaros y el mar Caribe están tan presentes. De modo que sí, soy de Puerto Rico, Caribe, hace mucho tiempo, e intento seguir siéndolo y extender las bases hacia esas partes del continente que queremos y que nos quieren. De otro lado, es muy importante continuar fortificando la relación con la diáspora isleña y latina en los Estados Unidos. Recordemos que las luchas por la emancipación política y cultural se desarrollaron a fines del siglo XIX en la ciudad de Nueva York. Ya hace muchos años me di cuenta de cuán crucial es mantener esos lazos con la población, con la humanidad, con nuestros compueblanos puertorriqueños, latinoamericanos, dominicanos, latinos, latinx y chicanos. Es una gran fuerza a desarrollar. Mi práctica docente me confirma cuán fundamental es cultivar ese gran jardín del afecto que son las poblaciones latinas en los Estados Unidos, cuántos vínculos tenemos ahí, cuánto dolor sufrido y cuánta fuerza puede extraerse de ese meollo tan rico. Y no solamente los latinos, latinoamericanos, latinx, sino una gran disposición de los jóvenes estudiantes norteamericanos a entender desde ese punto, desde esa perspectiva y ese momento a las poblaciones hispanoparlantes en los Estados Unidos. Ambas poblaciones son fuente de esperanza a nivel humano, cultural y político.

 

¿Cómo integra su identidad étnica e identidad de género, y su ideología política con o en su trabajo creativo-poético?

Se integran espontánea y simultáneamente, tanto las armonías como las disonancias; no hay que hacer mucho esfuerzo.

 

¿Cómo se integra su trabajo creativo-poético a su experiencia de vida? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritora hoy?

De la misma forma en que se integran bajo la pregunta siete. Las fricciones son muchas cuando trata de armonizarse el trabajo como docente universitaria en la universidad actual con el trabajo poético-intelectual que impacte todos los ámbitos del vivir; por eso, quizás me jubilaré antes de lo que hubiera pensado.

 

¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-poético y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?

Continúan las mismas luchas: publicar, difundir, autopublicar, difundir; protegerse de las modas, que son muchas, crear un cierto grado de porosidad junto con cierta impermeabilidad.

 

Tanto el libro del premio como la antología están en proceso de circulación pues se editaron y presentaron virtualmente en La Habana y en la Feria del Libro de Caracas en 2021.

Sé que tiene usted asuntos literarios pendientes en Cuba. También, que ha coordinado una publicación en la Biblioteca Ayacucho, Venezuela, de poetas puertorriqueños, y editado un volumen sobre la obra de Eduardo Lalo en una revista universitaria de Argentina. ¿Qué tiene que decirnos de los antedichos tres proyectos? ¿Qué otros proyectos creativos tiene recientes y pendientes?

He estado trabajando por una década en tres proyectos. Estos son un libro de ensayos que ganó el Premio Casa de las Américas del año 2020, una antología de dos volúmenes en la Colección Clásica de la Biblioteca Ayacucho que abarca prácticamente un siglo de poesía puertorriqueña (1914-2020) y la edición de un libro sobre la obra de Eduardo Lalo. Todos están montados y publicados y en este momento lo que apremia es difundirlos. El dedicado a Lalo es un libro que se publicó digitalmente en la serie del Colectivo Crítico de la Universidad Nacional de La Plata en 2020. De otro lado, tanto el libro del premio como la antología están en proceso de circulación pues se editaron y presentaron virtualmente en La Habana y en la Feria del Libro de Caracas en el verano de 2021. El libro del premio se titula Apalabrarse en la desposesión: literatura, arte y multitud en el Caribe insular. Parto de una organización cronológica entrecortada de varios escritores y artistas caribeños y los contemplo bajo la noción de opacidad que leo en los gestos a distancia de varios protagonistas caribeños y el concepto de la soberanía y la desposesión trabajada por Judith Butler y Athena Athanasiou. Podría decirse que Apalabrarse en la desposesión es una secuela a mi diálogo ya iniciado en Femina Faber (2004) con Fanon y Glissant. Acá converso temas relacionados con lo biopolítico, la necropolítica y la ética en mi diálogo con Mbembe, Weheliye, Negri y Badiou. Podría decirse que los protagonistas son tres: esclavos, zombis y presos. Comienzo con el comercio de africanos durante el tráfico esclavista y el precio que los seguros ingleses ponían a cada cuerpo a partir de la matriz del barco negrero que aparece en el libro de poemas Zong, de Marlene Nourbese Philip. Trabajo allí además la figura del zombi en gran parte de la literatura caribeña anglo y francófona hasta la obra de Dany Laferrière; le dedico una gran parte del texto a la condición del intelectual y artista “preso” a lo largo de nuestra historia intelectual puertorriqueña (Matos Paoli, Corretjer, Escobar, y algunos temas provenientes de Lalo, el Víctor Campolo de Rosario Quiles, el pueblo puertorriqueño mismo preso en una colonia norteamericana), y termino con un ensayo que escribí a partir de las manifestaciones de pueblo del verano de 2019 en repudio de las políticas implementadas por el ex gobernador Ricardo Roselló, manifestaciones que enfoqué a partir del concepto de potenza de Antonio Negri. El recorrido ético se desplaza entre las reflexiones de Negri en Job, la fuerza del esclavo, y Alain Badiou en Ética: un ensayo sobre el conocimiento del mal. Para dar una visión más o menos aproximada del libro, incluyo a autores como Marlene Nourbese Philip, continúa con una evaluación del concepto de abyección en las figuras del vampiro y el zombi en Europa, Latinoamérica y el Caribe como ejemplos de figuras liminares entre siglos (Jean Rhys, René Depestre, Maryse Condé, Jacques-Stephen Alexis), la masacre del “perejil” tratada por René Philoctète y Danticat, el tema del agua como bien a explotar por los poderes imperiales y neoimperiales en Jacques Roumain (Gobernantes del rocío), Guadalupe Santa Cruz (Plasma) y Rosario Ferré (La casa de la laguna), y entro en el tema de la “soberanía” batailleana en un texto de Virgilio Piñera (La carne de René), el poemario Necrópolis de Lalo, el disenso político a dos manos de una acción de arte en la obra de Marcos Irizarry y el largo ensayo “Lo preso”. Terminé el libro en 2019 y lo sometí al Premio Casa de las Américas inmediatamente. Trata de ser un homenaje a la tesitura de vivir en las islas, y en Puerto Rico y la búsqueda de un diálogo caribeñista entre narradores, poetas, ensayistas y artistas plásticos como Elizam Escobar, Carlos Irizarry, Adal y Lalo. La Antología de la poesía puertorriqueña es un proyecto en dos volúmenes que lleva como portada un hermoso dibujo a color que hizo Elizam Escobar. Ya se publicó el primer tomo. Espero que el segundo se publique pronto. Es un proyecto retante, por el extenso ensayo que le precede donde abordo el tema de la “antología” en la tradición hispanoparlante, la edición, las políticas culturales. Se incluyen en la antología unos 42 poetas. El tercer libro es un trabajo en colaboración gustosa con varios ensayistas puertorriqueños de la diáspora, así como argentinos caribeñistas en diálogo en torno a la obra de Lalo: Textualidades de Eduardo Lalo: el nómada enamorado del nomos, que puede leerse en la web de Ediciones de la Fahce.

Próximamente, se publicará una selección de mi obra poética en Quito, Ecuador, además de mi nuevo poemario Espacio teselado (desde el Evergreen), que se publicará bajo la editorial independiente La Secta de los Perros, dirigida por el poeta y novelista puertorriqueño Rafael Acevedo. Mientras, sigue en progreso otro poemario titulado Casa para leer. Hay otros proyectos poéticos que forman parte de iniciativas de varias escritoras en España (bajo la editorial Pre-Textos) y Colombia, que espero lleguen pronto a puerto seguro, es decir, a las manos de quienes leen, disfrutan y valoran la poesía.