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Luis Asencio Camacho:
“La historia es historia, buena o mala, y debe ser conocida y repasada”

domingo 1 de mayo de 2022
Luis Asencio Camacho
Luis Asencio Camacho: “Si algo he aprendido en la investigación es que no porque algo sea aceptado como ‘oficial’ es ‘correcto’, del mismo modo que algo legal no siempre es justo”.

Luis Asencio Camacho (Cabo Rojo, Puerto Rico, 1969) es ensayista, documentalista, traductor, editor, poeta y novelista. Se dedica a la gestión de los recursos humanos de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez. De su trabajo creativo, el doctor Arcadio Díaz Quiñones (Puerto Rico, 1940) ha dicho:

He estado leyendo tus textos, admirando tu trabajo, y aprendiendo muchísimo. Sobre todo, quedé inmerso en Ahí hemos matado a un perro, un capítulo estremecedor de otro Crimen y Castigo.

Hoy quiero felicitarte. Es un importantísimo relato documental. Me parece excelente tu investigación, y cómo has ido desarrollando estrategias narrativas para construir un relato tan complejo como la historia social e imperial que le sirve de trasfondo. Estupendo cómo vas avanzando y retrocediendo a medida que consideras las fuentes periodísticas, literarias y los extraordinarios archivos visuales con las fotos de Parker.

Tu libro es un buen ejemplo de lo que las palabras y las imágenes dicen y no dicen sobre cuestiones de género, clase y raza, incitándonos a pensar y a escribir. Algún día hablaremos más sobre la pena de muerte, el garrote vil, las violencias imperiales y la ley, y también de algunos intelectuales como Salvador Brau, a quien me dio gran alegría reencontrar en tu texto.

En estos días de pandemia, crímenes y renovados esfuerzos por silenciar el pasado, agradezco que hayas vuelto a plantear la necesidad de elaborar una memoria colectiva que nos permita comprender el tejido del mundo que nos ha formado y los lugares de esa memoria que no termina.

A partir de Ahí hemos matado a un perro: el asesinato de Prudencio Méndez (2021), intercambiamos unas palabras que son para ser compartidas con todos vosotros.

 


 

“Ahí hemos matado a un perro”, de Luis Asencio Camacho
Ahí hemos matado a un perro, de Luis Asencio Camacho (Bowker, 2021). Disponible en Amazon

—Hace muy poco tiempo publicó Ahí hemos matado a un perro: el asesinato de Prudencio Méndez (2021). ¿De qué trata este libro? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarle?

Ahí hemos matado a un perro reconstruye el proceso judicial de cinco miembros de una partida de tiznados por el homicidio de un agricultor y ciudadano de nota de Yauco. En esencia, trata sobre el primer caso de pena de muerte bajo el régimen estadounidense, si bien —y aquí un alerta de espóiler— no hubo intervención estadounidense en el evento. Sin ofrecer mucho, puedo decir que fue un caso en el que pecó tanto quien actuó como quien sólo observó. Fue también un evento que cambió la política en cuanto a la pena de muerte en la isla. Este libro, como otro anterior, nació por accidente. Repasaba La guerra después de la guerra, de don Fernando Picó —a cuya memoria, dicho sea de paso, dedico este humilde esfuerzo—, a la par que revisaba una nota tocante a las llamadas partidas sediciosas. Aunque ya había leído el libro, fue en ese momento que el caso de Prudencio Méndez llamó mi atención. Es apenas un párrafo que describe cómo una partida de tiznados invadió la propiedad, le disparó al hombre, macheteó su cuerpo y obligó a las mujeres a bailar alrededor del mismo al son de una sinfonía antes de marcharse. Lo estrafalario del suceso me llevó a rebuscar como mínimo quién fue el tal Prudencio Méndez. Descubrí que fue un episodio mucho más complejo de lo que Picó pudo haber registrado o imaginado. Me comprometí con la investigación para tomarme un receso del otro trabajo, con la idea de producir un libro de poco más de cien páginas, un tipo de preámbulo al otro libro, y terminé con el triple de la extensión ideada.

—¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a Ahí hemos matado a un perro y su trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño y su memoria personal de lo caribeño dentro de Puerto Rico y fuera?

—Alguien dijo una vez —si no me equivoco, doña Mayra Montero— que las historias encuentran a quienes han de relatarlas. Palabras a esos efectos. Lo confirmé con Itinerario de muerte (2012) y lo revalidé con Ahí hemos matado a un perro. Ambas son historias que han estado entre nosotros, que nos han impactado de alguna u otra forma, a unos más que a otros, pero que curiosamente nadie había abordado y rescatado en aras de una conciencia de pueblo. La información ha estado a nuestro alcance, y más ahora que podemos viajar y conocer el mundo desde la palma de la mano. Con Itinerario fue por medio de un viejo amigo de la familia que conocí la historia de un vuelo con obreros itinerantes migratorios que cayó en medio del océano una noche de 1950, al coste de casi treinta de ellos. Su padre fue un sobreviviente de la odisea. Siempre he lamentado no haber tenido una segunda oportunidad de entrevistar al caballero. Tuve que reconstruir la historia a partir de la prensa de la época y no fue sino hasta después de la publicación que fui conociendo personas cuyos tíos, padres o abuelos estuvieron en ese vuelo. Más que eso, conocí a otros tres sobrevivientes. No sé si el último de ellos vive aún, pues le perdí el rastro y todos los intentos por dar con él han sido infructuosos. Con Ahí hemos matado a un perro ha empezado a repetirse la historia. Durante la investigación que conduje al margen de los remezones y la pandemia conocí a un primo lejano de Prudencio Méndez que resultó ser mi primo también, si bien Prudencio y yo no lo somos. Apenas días de estar disponible el libro, un sobrino bisnieto de Prudencio —el estimado Mario Ramos, si puedo divulgar su nombre y para demostrar cuán pequeño es el mundo— me contactó, sorprendido y agradecido de que alguien hubiera rescatado ese episodio de una historia que era tan suya como nuestra como pueblo. La historia es historia, buena o mala, y debe ser conocida y repasada para saber qué aprender y aplicar de ella y qué no repetir ni olvidar.

Cuando decidí investigar y divulgar el caso de Prudencio Méndez, supe que lidiaría con un tema apático.

—Si compara su crecimiento y madurez como persona, investigador y escritor con su época actual en Puerto Rico, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

—Soy un defensor de la tecnología, en especial del internet, como herramienta de trabajo. Ocho o nueve de diez veces que me veas inmerso en el celular estaré estudiando o investigando, esté donde esté. Y no digo que la tecnología supere a ese honroso trabajo convencional de escudriñar archivos y/o bibliotecas, sino que ofrece ventajas que agilizan el proceso y permite progresar y revisar simultáneamente. Es mi técnica. Cuando publiqué Corsario (2008), mi primera novela, presenté un trabajo, comparado con los recientes, simple, sencillo e ingenuo. Leía cual un manifiesto —una “última voluntad y testamento”— de Cofresí y las notas a pie de página que complementaban y daban perspectiva histórica al supuesto testamento estaban escritas a la buena fe: sin cuestionamientos y, por ende, no exentas de errores. Conforme he ido reeditando —voy por una tercera edición y preparo una cuarta para su decimoquinto aniversario—, he ido cuestionando lo dicho. ¿Es “así” porque el registro oficial lo dice? Si algo he aprendido en la investigación es que no porque algo sea aceptado como “oficial” es “correcto”, del mismo modo que algo legal no siempre es justo. El investigador, así sea por afición como yo, debe cuestionar, y no cuestionar en aras de tergiversar con fines acomodaticios o por granjeo, sino en pos de la verdad, la objetividad, por desagradable que pueda ser esa verdad al final. Ahí hemos matado a un perro tiene esa peculiaridad. Trata un tema delicado que no todo el mundo está dispuesto a contemplar. Es esa apatía lo que ha mantenido el estudio histórico de la pena capital en Puerto Rico tan desatendido. Apenas contamos con un trabajo moderno en La pena de muerte en Puerto Rico, de don Jalil Sued Badillo. Antes de ello, fue 1954 la última vez que se documentó el tema. Ni hablar de los verdugos. Sería un estudio interesante. Cuando decidí investigar y divulgar el caso de Prudencio Méndez, supe que lidiaría con un tema apático, como dije, con una audiencia limitada, y que, en consecuencia, tendría que esforzarme más de lo que había hecho con cualquier obra anterior. Si al final sólo diez personas se interesarían en leerlo, por esas diez personas intentaría proveer un esfuerzo de calidad. No porque sea un tema desagradable se le debe reducir al olvido. Sería como odiar a alguien que no conoces sólo por apariencia. Conócele y después decide si te agrada o no. Pero fíjese que, a pesar de todo, ha sido el libro que más he disfrutado escribir.

—¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de investigadores y escritores con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de investigador y su trabajo escrito de interés en Puerto Rico?

—Me visualizo como un niño —uno precoz, en todo caso— cuando tengo que codearme, por así decir, con mayores como un Mario Cancel, un Arcadio Díaz Quiñones (aprovecho para extenderles sendos abrazos), o cuando aspiro a seguirle los pasos a un Fernando Picó. Soy tímido y huraño por naturaleza, pero tenaz y resuelto al hastío cuando me comprometo con una investigación. Les debo ese respeto a mis lectores. Soy una anomalía en lo que a investigadores o historiógrafos se refiere, ya que no tengo la preparación formal de mis pares. Soy autodidacta y me reconozco en continuo aprendizaje de mis errores. Las investigaciones en mi línea de trabajo en recursos humanos redundan en gráficas, estadísticas e informes aburridos. No hay mucho espacio para la elegancia literaria. ¿Cómo visualizo mi trabajo ante mis pares fuera de la isla? Pues, bien, dicen que nadie es profeta en su tierra, o que, si me permites decirlo con cinismo y más a tono con la realidad, caballo malo se vende lejos. Tengo un proyecto que, de Dios darme vida y salud, me convertiría en el traductor de una joya literaria que, por alguna razón que no concibo, ha evadido el castellano por mucho tiempo. Resulta curioso que haya una película sobre el tema, pero no una versión literaria. En fin, mucho más que hacer historia como “el puertorriqueño que lo hizo”, quiero que el mundo hispanoparlante tenga su versión de la obra. El proceso me ha puesto en contacto con valiosísimos colaboradores alrededor del globo: desde Estados Unidos y Reino Unido hasta Israel, Singapur y otras latitudes. Y lo digo sin ínfulas: el intercambio de ideas nos ha beneficiado a todos y creo que parte de ello se debe a la perspectiva que un caribeño puede ofrecer en un tema completamente ajeno a lo que se consideraría convencional en este hemisferio. En ese sentido he hallado un poco más de respeto allá afuera que aquí. Es bíblico: nadie es profeta en su tierra.

Cineastas independientes han querido adaptar mis libros, pero en esto último soy celoso y difícil de convencer. Cinéfilo al fin.

—Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en Puerto Rico y sus relaciones con los Estados Unidos y España en y desde Puerto Rico. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?

—En comparación con mis pares, en especial los establecidos, soy relativamente desconocido. Siempre he tenido la habilidad, don o defecto —los tres, según la situación— de pasar por debajo del radar, unas veces por mi timidez y otras por circunstancias. Ha probado ser ventajoso para unas cosas y desventajoso para otras. No tengo una presencia muy activa en las redes sociales por eso de que valoro mi privacidad. Me han descrito como un enigma y, a decir verdad, me gusta mantener ese aura de misterio. Aun así, he estado en la mira de personas y entidades. Una profesora puertorriqueña en un colegio universitario en Minnesota usó Corsario en una de sus clases magisteriales; el Centro de Estudios Puertorriqueños en Nueva York me invitó a colaborar con ellos; un profesor de Estudios Hispánicos en Corea del Sur conoce y ha citado mi trabajo relacionado con el 65 de Infantería; asociaciones de veteranos del 65, así como entre veteranos de Corea en los Estados Unidos, conocen algo de mi trabajo; cineastas independientes han querido adaptar mis libros, pero en esto último soy celoso y difícil de convencer. Cinéfilo al fin. En cuanto a cómo concibo la recepción a mi trabajo en y fuera de Puerto Rico, tanto Corsario como Itinerario de muerte tuvieron muy buena aceptación, en especial Corsario, que sigue moviéndose en Amazon. Confío en que Ahí hemos matado a un perro tenga igual suerte.

—Sé que es usted de Puerto Rico. ¿Se considera un investigador-escritor puertorriqueño o no? O, más bien, un investigador-escritor caribeño, sea éste puertorriqueño o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

—Jamás he renegado de mi puertorriqueñidad; ni siquiera cuando descubrí que tengo algo de sangre venezolana en mis venas. En mis tiempos viajé un poco, conocí y conviví entre culturas diferentes a la nuestra. Por mucho que aprendiera de ellas y adoptara costumbres, siempre fui consciente y orgulloso de mis orígenes. En Turquía, en ocasiones en que nadie hablaba inglés —mucho menos yo turco—, me las ingenié mediante mímicas e ilustraciones para explicar que era puertorriqueño y dónde estaba Puerto Rico. En otras interacciones casuales que me brindaron la oportunidad de practicar idiomas terminaban preguntándome: “¿Y hablan mi idioma en Puerto Rico?”. Les respondía que era cuestión de querer. No tengo oído musical, pero sí para idiomas. ¿Me considero un escritor o investigador puertorriqueño? ¡Claro! Y más. Soy puertorriqueño porque nací en esta bella isla y caribeño porque es mi entorno y punto favorito en el mundo; pero también me considero cosmopolita. Diferentes etnias y tonos de piel, pero una sola raza; diferentes tipos de sangre, pero ésta tiene el mismo color y le es tan imprescindible para vivir a fulano en Caimito como a zutano en Zimbabue. No le encuentro lógica a la creencia de una persona o grupo de sentirse mejor o con más derechos que los demás cuando a fin de cuentas no somos más que polvo del suelo, aliento y sueños. Cuánta razón tiene Danny cuando dice: “Tanta vanidad, tanta hipocresía…”.

—¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política con o en su trabajo creativo-investigativo y su formación en Puerto Rico y fuera?

—Como dije, soy puertorriqueño aquí y dondequiera que esté. Y es algo que procuro que conste en cada uno de mis trabajos, no importa el tema. Incluso en obras tan disímiles como La balada de Mulan (2015) y Canciones de frontera (2019). Claro que la pregunta de rigor será: “¿Cómo puede constar en un trabajo sobre la China imperial el elemento puertorriqueño cuando no existíamos como pueblo?”. En esos trabajos en particular tengo como mínimo el privilegio de haber sido el editor. Siempre he considerado la puertorriqueñidad una ventaja, por mucho que a don René Marqués le pareciera más una suerte de esquizofrenia eso de tener dos ciudadanías, dos lenguas, dos himnos y dos banderas. Que conste que me refiero a la puertorriqueñidad que honra y hace patria. La balada de Mulan es donde mejor integro mi identidad o más bien perspectiva de género. Siempre he amado y admirado a la mujer; nací de una, soy padre de una y comparto mi vida, triunfos y fracasos con una. Es lo mínimo que puedo hacer por ella: amarla, admirarla y respetarla. La han tenido difícil tal como es, lo veas desde un punto de vista creacionista o evolucionista. Es biológico. Y espero que no me malentiendan; pero la mujer tiene las desventuras de lidiar con dolores propios de su género, con cambios hormonales y emociones más agudas y profundas, las responsabilidades inherentes a la maternidad y, encima de todo, los detrimentos de un sistema patriarcal. El hombre, en cambio, como decía Nelson Ned, sólo aporta una eyaculación y aun así somos malos en ello. Apoyo el feminismo, no el “feminazismo”, porque el verdadero feminismo es como el auténtico patriotismo, que para convencer no tiene que gritar ni faltar el respeto. El machismo no tiene espacio en mi redil. Ni gastaré palabras en el tema. En lo político intento ser tan neutral y objetivo como pueda, cual un simple observador, sin pasiones ni artificios. Creo y espero haberlo demostrado tanto en Itinerario de muerte como en Ahí hemos matado a un perro. Lo verán en otro trabajo que reviso en estos momentos.

No me interesa la fama, pues amo la privacidad.

—¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso por la Universidad de Puerto Rico? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de investigador y escritor en Puerto Rico hoy?

—Aprendí a escribir y a historiar por amor al arte y de manera autodidacta. De administrador a escritor y humanista aficionado hay que andar un buen trecho. No que mi formación y experiencia y mi pasión marchen en polos opuestos, pues las técnicas para preparar esos informes aburridos, gráficas y estadísticas que mencioné hace rato son las mismas que uso en la investigación historiográfica, sólo que con mayor tesón en esta última. Gusto de ofrecer muchas notas en mis textos. Si es un defecto, no lo sé. Algunas de ellas, más que para contextualizar un punto discutido en el texto principal, integran mis experiencias y puntos de vista para personalizar y acercar más a mis lectores.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?

—Mis primeros dos libros tuvieron muy buena aceptación, modestia aparte. Claro que cualquier libro tematizado en un héroe folclórico, bien o mal escrito, tendrá su atención. Por otro lado, un libro sobre un evento que impactó a la mayagüezanía de 1950 y cuyas secuelas están ocultas a simple vista —como dirían Arjona o Sanz— en comunidades puertorriqueñas en el continente también tendrá su beneplácito. No muchos saben que los sobrevivientes de la caída de aquel avión fueron los pioneros de la comunidad boricua en Detroit. Dicho sea de paso, tuve hace años la gratísima visita sorpresa de la familia de uno de esos pioneros. Viajaron a la isla sólo para conocerme. Incluso llegaron hasta mi lugar de trabajo. Detalles como esos son los que le dicen a uno que algo está haciendo bien. No me interesa la fama, pues amo la privacidad. Sólo quiero compartir un poco; pero si haciendo eso me expone a algo de fama, supongo que no hay de otra. El tiempo dirá. Por el momento diré que confío en el criterio de mis lectores y acogeré sus críticas en aras de seguir aprendiendo y en el futuro poder presentarles algo mejor.

—¿Qué otros proyectos creativos tiene recientes y pendientes?

Ahí hemos matado a un perro es mi novena publicación y la segunda en lo que va de año en lo que allano el camino para mi edición de De Yauco a Las Marías, de Karl Stephen Herrmann, que a la sazón reviso y espero tener en librerías antes de fin de año. Tengo otro puñado de proyectos a diferentes niveles de compleción y en espera de su momento. Dios y el tiempo dirán.