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Marcos Reyes Dávila:
“No me gusta la autopromoción, los elogios mutuos de las cofradías literarias”

domingo 18 de septiembre de 2022
Marcos Reyes Dávila
Marcos Reyes Dávila: “Somos la suma de lo que hicimos”.

Marcos Reyes Dávila (Bayamón, Puerto Rico, 1952) es poeta, ensayista y editor. Ostentó la cátedra universitaria en la Universidad de Puerto Rico, entidad en la que destacó por su trabajo investigativo sobre Eugenio María de Hostos. Dirigió el Instituto de Estudios Hostosianos (Río Piedras) y la revista Exégesis (Humacao) de la Universidad de Puerto Rico. También fue docente e investigador de Lengua y Literatura en el Recinto de Humacao de la Universidad de Puerto Rico. Obtuvo su grado de Maestría en Literatura Iberoamericana de la Universidad Nacional Autónoma de México. Parte de su trabajo investigativo sobre la obra de Eugenio María de Hostos se encuentra alojada en la página electrónica del Instituto Cervantes, de España. Algunos de sus libros son: Pájaros de invierno (1978); Goyescas (1980); Estuario (1981); Hasta el final del fuego: Guajana, treinta años de poesía (1992); Una lluvia tan grande de campanas (compilación de seis libros, 2002); Hostos, las luces peregrinas (2005); Del fuego sobre el agua (2012); La lluvia en la bodega (2012); Agenda de eucaliptos (2018); Equinoccio (2018); Arqueología del verde de su nombre (2018); Los peces de tu cielo (2018), y Hostos, la fragua interminable (2019). A partir de uno de sus poemarios recientes, Marcos ha respondido nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

 


 

En 2018 publicó Los peces de tu cielo. ¿De qué trata dicho poemario¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarle?

Ese libro es producto de un proceso previo y de un evento que se inserta en él. El evento que se inserta es el centenario del natalicio de Pablo Neruda. Sobre el techo de su casa de Isla Negra hay una veleta con la placa de un pez: un pez y un cielo. Neruda, como se sabe, fue uno de los poetas más influyentes del siglo XX. El centenario del natalicio de este premio Nobel, en 2004, me impulsó a ofrecerle un homenaje en la revista Exégesis de la Universidad de Puerto Rico en Humacao. Aparte de las tempranas y continuas lecturas de su obra, había visitado su casa de Isla Negra poco después de la salida del gobierno golpista del general Augusto Pinochet, y al llegar a su casa, a la orilla del mar, me encontré en la entrada con una verja construida con tablas de madera, cubiertas de mensajes grabados de amores y angustias por seres desgarrados por la dictadura que sentían por Neruda un refugio, aun muerto, con una devoción próxima al ídolo religioso. Ya no existe. Aquellas eran voces que huían de la opresión de la dictadura y buscaban desesperadamente un refugio en un poeta muerto. En ese entonces escribí un largo poema dividido en varios segmentos que publiqué en la revista que mencioné: “Mascarón de proa”, incluido en este libro. Pasaron los años y volví a Chile, y me eligieron para leer mi ponencia como la inaugural del congreso, en el mismo Salón de Honor de la Universidad de Chile donde habló varias veces Neruda. Esa ponencia, que se difundió en vivo por Internet, gira en torno a la historia cultural puertorriqueña, y culmina con un homenaje a la lucha del pueblo de Vieques contra la Marina estadounidense. Se titula “Viaje a la semilla de Vieques: el proceso de una identidad nacional hostosiana en Puerto Rico”. Luego fui a Perú, y desde luego al Cusco y a Machu Picchu, lugares donde se percibe un vago efluvio místico precolombino. Del soroche y del aire arcano de esa altura manó, como del agua de la roca, el poema-río “Relámpagos de Machu Picchu”, que resultó ser, sin proponérmelo, otro homenaje indirecto al Neruda que había escrito el suyo muchos años antes: “Alturas de Machu Picchu”. Con estos y otros textos referentes a otras visitas quedó completo ese breve cuaderno.

 

Como se ve, y así lo he seguido haciendo, escribo saltando en tendencias opuestas.

¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a Los peces de tu cielo y su trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño y su memoria personal de la literatura dentro o fuera de Puerto Rico?

He publicado libros de poesía desde 1978: Pájaros de invierno, Estuario (1980), que recoge mis poemas primerizos, y Goyescas, inmediatamente después. Pájaros de invierno contiene una poesía imbuida por la desorientación. Coincidió con el desempleo y la solitaria redacción de mi tesis. Algunos de los motivos centrales de los que arranca este libro lo señalan: por ejemplo, el poema “Al Cristo de Velázquez”, de Unamuno, o ese verso del Eclesiastés que desgarró a León Felipe: “Si aquello que ha sido es lo que será…” (aunque pueda sospecharlo alguien, no tengo cepa de autor religioso). Estuario, por su parte, recoge una poesía que se refugia en el ritmo y no huye de la transparencia. Estaba entonces muy influido por la poesía de solidaridad que buscaba un destino colectivo y no quería escribir sólo para escritores. Pero con Goyescas tomé la orilla contraria. Este libro merodea lo grotesco anclado en la pérdida. Como se ve, y así lo he seguido haciendo, escribo saltando en tendencias opuestas. Algo debió ver en esos libros Josefina Rivera de Álvarez para incluirme en una nota específica en su historia de la Literatura puertorriqueña: su proceso en el tiempo, publicada en 1982.

A lo anterior siguió Una lluvia tan grande de campanas. Esta es una antología de la obra publicada e inédita escrita hasta 2002, por lo que incluye otros libros: Para un día sin réquiem y sin sombras, de una poesía social y solidaria que roza el exteriorismo, y Los códices secretos, libro intimista que gira en torno a un erotismo que se apoya en asociaciones inusuales al motivo. Por ejemplo: “Una palabra antilla para un incendio azul” o “Un océano maya para tus alhambras”. Tras éstos publiqué un par de antologías, una de ellas la hicieron en Paraguay, Las cuerdas del aguacero, y otra titulada Del fuego sobre el agua. Hay además un brevísimo cuaderno, El colibrí de piedra, que es selección de un libro mayor: El colibrí en la piedra. Este colibrí es el abanderado que según la religión azteca endulza el paso a la muerte. Finalmente, llegamos a Los peces de tu cielo.

En cuanto a mi trabajo creativo-investigativo, se ha desarrollado en dos sendas que no se bifurcan, sino que van paralelas. A veces se conectan, pero generalmente se disgregan. Me han vinculado con la generación del sesenta, pero eso no es del todo correcto. En los setenta recién llegaba a la Universidad de Puerto Rico. Yo me sentía de una generación de transición, la “generación del setenta”, que se distancia de la del sesenta. Me identificaba más con revistas como Ventana, que dirigió José Luis Vega, con Zona de Carga y Descarga, la revista de Rosario Ferré, e incluso con la aventura descalabrada del El Pájaro Loco de Yván Silén, que inundó con carteles las calles de Río Piedras. Pero era también la época de la canción de protesta y de Roy Brown. Teníamos con nosotros esa razón de ser militante, independentista, desacralizadora, socialista, pero intentábamos buscar una expresión más creativa, más propiamente literaria. Directa o indirectamente se criticaba a la generación de Guajana, epítome y blasón de la generación, que fue señalada desde la otra orilla como una poesía “panfletaria” por su estrecho vínculo con la política. Así se entendía entonces.

Los cursos de posgrado los llevé en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde volví a leer de forma más profunda al grupo de poetas de la generación española del 27. Mi tesis fue sobre León Felipe, un poeta marginal de esa generación. Continué transitando las dos corrientes estéticas básicas que mencioné antes.

El proceso investigativo, por la otra parte, transitó esos mismos espacios, desde mi gestión como docente universitario. Si repaso lo recogido en el resumé, observó que he ocupado terreno en muchas direcciones. Sobresale, sin embargo, mi recorrido por los estudios de poesía, particularmente la puertorriqueña. Hubo momentos en los que leí prácticamente todo lo publicado en un año. Muy temprano en mi vida, entre 1979 y 1980, me vinculé con la revista de poesía Mairena, que comenzó a publicarse en ese momento, y que continuó haciéndolo durante veinte años Manuel de la Puebla. Mairena se dedicaba exclusivamente a la poesía con un interés de apertura. Don Manuel me asignó reseñar todo lo publicado durante algunos años. Así, por ejemplo, la poesía publicada en Puerto Rico, en libros y revistas, de 1982. Se trató de una antología y reseña de la obra publicada en ese año, hecha entre los dos. En 1983 preparamos otra antología entre ambos, pero yo redacté el prólogo que lo reseñaba. Así mismo ocurrió con la Antología de poesía puertorriqueña 1984-1985. Para mí fue un taller de aprendizaje vital en mi formación.

Además de lo que señalé sobre Mairena, me encomendaron una antología de literatura puertorriqueña que contemplamos en dos tomos, pues la obra fue hecha a dos manos. El primer tomo lo publicó Borikén Libros en 1986, con el título La tierra prometida: antología crítica de la literatura puertorriqueña: 1493-1898. El 98 es, desde luego, un punto de inflexión en el proceso de desarrollo de nuestra literatura que Manrique Cabrera llamaba “generación del tránsito y del trauma”. Era, como lo indica el título del libro, el fruto de un estudio arduo y abarcador de la literatura, de todos los géneros, escrita entre esos años, anotada por épocas, temas, generaciones, e incluía, aparte de la indispensable cronología en obras de este tipo, aspectos novedosos, al menos entonces, como el de la musa popular, la literatura afroantillana, la prensa nodriza y la literatura de artesanos y obreros, entre otras cosas. Incluía, además, la literatura de Betances, y ¡Pobre Sinda!, una obra de teatro de Ramón Méndez Quiñones en versos octosílabos y en un lenguaje popular de esclavos negros, entonces inédita, que versaba sobre la explotación del esclavo africano. Comenzamos a trabajar un segundo tomo que no se completó por desacuerdos irreconciliables con el editor. Este esfuerzo me dio una perspectiva amplia de la historia literaria de Puerto Rico que fue muy importante en mi formación. No conozco ninguna otra antología publicada sobre este tema que tenga los enfoques y alcances de esa.

 

Exégesis significó en mi vida un caudal de experiencias difícil de resumir.

Si compara su crecimiento y madurez como persona, investigador y escritor con su época actual en Puerto Rico, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

Después de 1986, mi vida tomó un nuevo giro cuando el rector de la Universidad de Puerto Rico en Humacao me asignó la dirección de la revista del recinto: Exégesis. En esa dirección estuve durante treinta años, hasta mi retiro. Exégesis significó en mi vida un caudal de experiencias difícil de resumir. Baste decir que, a pesar de ser una revista interdisciplinaria, incluía, en casi todos los setenta y nueve números, secciones dedicadas a la poesía en verso y la crítica de la poesía, principalmente de autores puertorriqueños. Con frecuencia reseñé la obra del autor o de los autores publicados. Hicimos varios números monográficos. Por ejemplo, Eugenio María de Hostos —1989—, Josemilio González, Águedo Mojica, Francisco Matos Paoli, Ramón Emeterio Betances, uno dedicado a la cultura en Cuba en general, y a José Martí en particular, a la de Paraguay, a la de Chile, a la narrativa centroamericana. Dedicamos portafolios extensos de literatura y poesía uruguaya y argentina, de José Luis González, de la lucha contra la Marina en Vieques, de literatura femenina, o simposios de filosofía, de historia, de la comunicación social de las ciencias. Hicimos cinco simposios internacionales: el primero lo dedicamos a Francisco Matos Paoli (1991), y luego a Hostos con motivo del centenario de su muerte, en 2003. Más tarde dedicamos uno a la generación del sesenta, enfocándolo en la revista Guajana. Hicimos un simposio sobre las revistas culturales. Dedicamos también numerosas portadas a obras plásticas, al principio, con la colaboración de la Bienal de San Juan del Grabado Latinoamericano. Preparábamos otro sobre la literatura antillana y caribeña cuando nos cayó encima la crisis presupuestaria que golpeó al país durante el gobierno de Luis Fortuño. No obstante, logré terminar mi carrera en la dirección de la revista con el simposio y el correspondiente número extraordinario dedicado a Julia de Burgos con motivo del centenario de su natalicio, a pesar de la indiferencia de las autoridades académicas.

Mis estudios desfilaron por otras áreas también, como los textos que conciernen a la conquista de América, la guerra civil española, la revolución cubana de 1868 a 1959, la literatura de protesta de las décadas de dictadura en Hispanoamérica. Muy importante, importantísimo, fue mi encuentro hondo con José Martí y con Eugenio María de Hostos a mediados de los ochenta. Hostos ha enriquecido y consumido una amplia parte de mi vida. Incluso me nombraron director del Instituto de Estudios Hostosianos en 1994, nombramiento que sentí en ese momento como la cumbre de mi vida universitaria, aunque me faltaban más de dos décadas para considerar el retiro. No obstante, fue la dirección de la revista, que rector tras rector me permitió ejercer durante toda mi vida docente, mi orgullo mayor, el mérito mayor, la mayor distinción de mi carrera.

 

¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de escritor?

Cuando ingresé en la Universidad de Puerto Rico me encontré de frente con un cartel de Lorenzo Homar, dedicado a Bertrand Russell, que tenía grabadas estas palabras suyas: “La compasión irresistible por el dolor de la humanidad”. Ese apotegma de Russell, validado como principio en el Departamento del Bachillerato de Estudios Generales, ayudó a encarrilar mi vida. Lo mismo ocurrió cuando oí, en el discurso de recibimiento de los prepas de ese año del rector Abraham Díaz González, esta frase que hemos escuchado tantas veces respecto a “la búsqueda de la verdad”. Enmarcado en principios como estos, más tarde vinculados con mis acercamientos al marxismo, fui definiendo los principios a los que intento ajustar mi vida. Están impresos en el “Retrato de arenas” que escribí como prólogo a Una lluvia tan grande de campanas: “¿Tendré que disculpar aquí, en plena marejada posmoderna, el campanear de la Alhambra?”, dice en la primera oración, para marcar una oposición y un distanciamiento temprano con el posmodernismo.

Sin trauma ni conflicto me hallé inserto en este grupo de poetas compuesto por voces desiguales que, desde luego, evolucionó con el tiempo.

Es justo destacar, respecto a esta pregunta, mi inclusión fortuita, pero previsible, como miembro del grupo Guajana. Esto ocurrió tras la publicación de mi libro Hasta el final del fuego: Guajana, treinta años de poesía, 1962-1992. El grupo y la revista celebraban su trigésimo aniversario con este libro extraordinario que me encargaron. La selección antológica de su poesía, y la reseña de la obra de cada uno de los doce poetas incluidos, fue lo menos difícil. Lo más difícil fue identificar los miembros del grupo que configuró su núcleo fundamental, e insertarlo en el proceso de desarrollo de la poesía en Puerto Rico. A partir de entonces la crítica se ha acogido, en general, a esta definición, que en el fondo yo mismo me cuestiono. Sin trauma ni conflicto me hallé inserto en este grupo de poetas compuesto por voces desiguales que, desde luego, evolucionó con el tiempo. Eso me permitió compartir con ellos numerosas experiencias, y acompañarlos a actividades del grupo celebradas en Puerto Rico y fuera de Puerto Rico. Por ejemplo, Cuba y la República Dominicana. Con ellos participé en el festival cultural Fiesta del Fuego, que se celebra cada año en Santiago de Cuba; en actividades celebradas en Casa de las Américas, en La Habana, que dirigía Roberto Fernández Retamar, a quien conocí; en la actividad de aniversario de Pedro Mir, a quien también conocí, celebrada en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, y otras. En representación de Guajana participé también, en 1994, en el Primer Encuentro Internacional de Escritores celebrado tras la caída de la dictadura de Stroessner en Paraguay.

 

Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en la poesía y el ensayo de investigación en y desde Puerto Rico. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?

En realidad, no lo sé. A pesar de lo antes dicho, tiendo, respecto a mis cosas, a ser muy reservado. Como lobo estepario me describieron una vez. No me gusta la autopromoción, los elogios mutuos de las cofradías literarias, estar leyendo en todas partes. Me ha salvado, paradójicamente, de la conducta ermitaña, el deseo puesto en el deber de difundir la obra ajena, las contribuciones de otro. No otra cosa hace un director y editor de revistas. En el cumplimiento de ese deseo del deber tuve en muchas ocasiones que ejercer un protagonismo que me costó demasiado. El simposio dedicado a Julia, por ejemplo, ocurrió tras un intento fallido por organizarlo en otra parte. Decidí darme a la tarea aun cuando preparaba mi retiro y con vientos contrarios en la universidad.

Exégesis quizás fue en su momento la revista más conocida y señalada de la Universidad de Puerto Rico, entre otros motivos porque realizábamos una revista cultural, universitaria, interdisciplinaria, de formato distinto, de muy amplia distribución, dentro y fuera de Puerto Rico. Fue la primera en tener una versión cibernética. Mientras, mantuve mi poesía en un nivel de muy bajo relieve, pero seguí promoviendo la ajena. Y mantuve mis fidelidades a los temas más entrañables para mí, entre los que se destaca la obra de Eugenio María de Hostos. Publiqué en 2005 una colección de ensayos titulada Hostos, las luces peregrinas, y en fecha muy cercana, Hostos, la fragua interminable. Ahora estoy escribiendo su biografía.

Por otra parte, durante once años fui miembro del comité directivo del Festival Internacional de Poesía en Puerto Rico. El huracán María hizo muy difícil culminar con el festival del próximo año. Al año siguiente, el comité directivo se disolvió por el Covid-19 justo cuando convocaba y organizaba un nuevo festival dedicado a Juan Antonio Corretjer.

 

Sé que es usted de Puerto Rico. ¿Se considera un escritor puertorriqueño o no? O, más bien, un escritor, sea éste puertorriqueño o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

José Luis González era un escritor puertorriqueño y un universitario mexicano. Había nacido en 1926, y ya era un escritor consagrado en nuestro país con su narrativa, cuando a principios de la década del cincuenta se le obligó a permanecer en el exilio durante dos décadas. En México, como “trasplantado”, se doctoró e inició la docencia en la Universidad Nacional Autónoma de México, pero nunca perdió la pista de lo que ocurría en Puerto Rico. Yo lo conocí apenas llegué a México para hacer estudios posgraduados en 1973, y aún acostumbraba la comida puertorriqueña en su casa.

La nacionalidad es parte de identidades que tienden a ser volanderas. La patria cambia, pero el tronco permanece anclado en el pueblo que delimita en su territorialidad los lazos comunitarios que, en esa territorialidad, se establecen. Hostos decía que su patria era la libertad, es decir, donde pudiera realizar con libertad los fines morales de promover, practicar y construir el bien común con libertad compartida.

¿Puertorriqueño? Pues claro. A pesar de mi interés por la poesía española, por episodios dramáticos de su historia como lo fue la guerra civil, el mundo morisco y lugares fascinantes como la Alhambra, en mi obra suelo ubicarme con frecuencia en el mundo hispanoamericano, de modo que abundan las referencias a mayas, aztecas e incas, guaraníes y chimborazos, popocatépetls, quetzales, paranás, puntos de los Andes, Atitlán, cenotes, Tikal, Quito, Guatemala, Valparaíso, la pampa, las pirámides de Teotihuacan. La patria grande a la que aspiraron los movimientos de emancipación a principios del siglo XIX. También pueden hallarse referencias a otros espacios como Kilimanjaro, los desiertos de África, Angkor, el lago Como y Cernobbio, Palestina, La Habana. Soy entusiasta de las revoluciones cubana y bolchevique, Trotsky, Lenin, y sufro profundamente la crisis de Palestina. Yo creo en la lucha de clases, y sé con cuáles comparto mis solidaridades. Viví un par de años en México, pero eso de considerarme o no escritor puertorriqueño no admite duda.

 

La ideología y la política conforman, juntas o separadas, un entramado que en todo se derrama y deja su impronta.

¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política con o en su trabajo creativo-investigativo y su formación en la Universidad de Puerto Rico?

La “ideología política”, por todas partes. La ideología y la política conforman, juntas o separadas, un entramado que en todo se derrama y deja su impronta. Como lo mencioné antes, creo en la lucha de clases. Sobre la identidad de género no tengo incertidumbres. El patriarcalismo y el machismo son partes de la cultura impregnadas en todo, y de las que participamos todos de una manera o de otra. Lo importante es tener presente que están ahí, al acecho constante, para librarse de sus miserias. Las identidades de “género”, por otra parte, son realidades que no pueden marginarse sin hacer uso siempre de la intolerancia y de la violencia. Respecto al problema de la “etnia”, tendría que advertir, primero, que me es incómodo. Yo nací y crecí en una sociedad mestiza en la que ese asunto no trajo en mi niñez complicaciones adheridas, al menos de manera consciente. Nunca lo percibí en el círculo doméstico de mi infancia. Naturalmente que es un tema vital, conflictivo y complejo, en general abominable, para muchísimos, y que en casi todos los espacios y culturas se experimenta como una bofetada. Pero eso no me basta para enaltecer un escritor o una escritora sólo en virtud de su negritud o de su identidad sexual o de género, como en alguna ocasión se ha pretendido. Generalmente prefiero eludir el tema, cuando se habla en comunidad presente, porque la variedad de posiciones es innumerable y, para muchos, tan susceptible y sensitiva que no sabemos cuándo tocamos una herida o tenemos una reacción brusca. La historia de la esclavitud y el racismo aberrante tienen, desde luego, un renglón de suma importancia en la historia de la cultura. La manera como se invisibilizó su presencia y se suprimieron sus aportaciones sociales fue, y es aún, criminal. En principio, no me importa si el autor es negro, blanco o trigueño, o si es bisexual u otras cosas, a menos que sea el tema, el problema, o el tono o perspectiva asumido. Creo que Luis Palés Matos contribuyó enormemente a presentarlo en medio de una cultura hispanófila y blanca y que, indistintamente de cualquier reclamo, lo hizo con buena intención. Su nodriza era negra, y lo llevaba de niño a los baquinés y festividades afrocaribeñas. Allí se inyectó de sus ritmos.

 

¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso por la Universidad de Puerto Rico? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritor en Puerto Rico hoy?

Mi ingreso a la Universidad de Puerto Rico, como estudiante, tuvo un impacto inmenso y sublime. Pero seguro que te refieres a la época en que vivo. Opté por el retiro en un momento de profunda decepción y honda crisis. La universidad se había convertido en la negación de la institución en la que anhelé participar desde la adolescencia. Es decir, siempre quise estar en ella, pero ella ya no era. Quedaba la satisfacción del espacio libre del aula, pero mi gestión universitaria se gestó centrada en la dirección de la revista Exégesis, que fue asfixiada. Por otra parte. mis vínculos de solidaridad estaban con aquella parte de la facultad comprometida con la práctica del diálogo y del estudio, del compromiso académico serio, de organizaciones claustrales y sindicales, fueran de docentes o no docentes. Todo eso iba jalda abajo con celeridad, o había dejado de existir. La revista se esfumó entre mis manos, la actividad cultural languideció. Baste señalar que una administración del Recinto de Río Piedras decidió, al eliminar por completo el Instituto de Estudios Hostosianos, que Eugenio María de Hostos, el puertorriqueño de mayor estatura intelectual y moral, el puertorriqueño que tuvo mayor impacto en la esfera internacional, no merecía el esfuerzo de su estudio, ni el cumplimiento del compromiso contraído, con la comunidad internacional, de terminar, siquiera, la publicación sus obras completas. La embestida contra las organizaciones docentes y contra la estructura universitaria, los indignantes contratos docentes, la desnacionalización de las materias inculcadas del pensamiento posmoderno y neoliberal, la violación sostenida de la autonomía universitaria, el canibalismo que se fue adueñando del ánimo entre compañeros, todo esto fue determinante.

De modo que opté por la actividad independiente. Me mantuve en el comité organizador del Festival Internacional de Poesía hasta que el Covid-19 lo hirió de muerte, y me dispuse a darle forma coherente y amplia a mis estudios de la obra de Hostos. Un libro logró publicarse gracias al interés de la Editorial Patria. A veces recuerdo que realicé trabajos, generalmente breves y someros, sobre muchos poetas y libros de poesía, que hubiera deseado publicar como una visión conjunta. Pero no creo que tenga ya ni interés ni utilidad.

 

La docencia en Humacao y la dirección de la revista me mantuvieron más o menos presentes entre los nuestros.

¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?

En el fondo nunca supe por qué profesores de la talla de Josemilio González, Esteban Tollinchi, Samuel Silva Gotay, Arturo Meléndez, Manrique Cabrera o Francisco Matos Paoli, por ejemplo, distinguieron mis trabajos. Fue una fortuna que Manuel de la Puebla me acogiera temprano en mi vida como colaborador temprano de Mairena, o que Josefina Rivera de Álvarez me incluyera en Literatura puertorriqueña: su proceso en el tiempo, cuando sólo tenía treinta años y tres breves cuadernos de poesía publicados. No sé por qué fui seleccionado, apenas llegaba a la universidad, para constituir parte de la junta editorial que creó la revista Exégesis. Ni por qué José Ferrer Canales y Julio César López, sin previa consulta ni anuncio, le propusieron al rector del Recinto de Río Piedras que me nombrara director del Instituto de Estudios Hostosianos. No sé por qué se me nombró director-editor de la revista Exégesis del Recinto de Humacao, ni por qué se pensó en mí para hacer la antología de los poetas de Guajana. La docencia en Humacao y la dirección de la revista me mantuvieron más o menos presentes entre los nuestros. El retiro de la universidad y el Covid-19 han coincidido. Pero aparte de eso, como te dije antes, soy bastante reservado, no busco micrófono, y me he dedicado estos años al estudio de la obra de Hostos.

Hice simultáneamente ediciones personales de cuatro cuadernos pequeños que recogieron la poesía que escribí durante, quizás, los últimos diez años. Me refiero a Agenda de eucaliptos, Arqueología del verde de su nombre, Los peces de tu cielo y Equinoccio. Por lo general me importa poco emular la poesía que se publica en el momento. Escribo lo que quiero escribir y como lo quiero escribir. Pero ante la muy extendida práctica estética que tiende a difuminar en la voz lo lírico, y todo atisbo de intimidad, e incluso la ausencia y enajenación del sujeto, reduciéndolo todo a una expresión final feliz, más o menos ingeniosa o inesperada, e hija de la reflexión más que de la impresión, quise intentar ensayarla, aproximarme, igual que lo he hecho con las formas tradicionales de cuartetas, redondillas, romance o soneto. De modo que en Equinoccio experimenté con tres lenguajes: esta nueva estética que te digo, seguida, e hilvanando sobre el mismo punto de partida con una estética mixta entre ésta y la propia, y la que es mi voz natural. Estoy satisfecho con el producto de este ejercicio, tanto como para mostrarlo en un libro. Pero prefiero, como es lógico, la voz natural que discurre en el tercer intento. Creo que el último poema, “Finisterre”, es uno de los que más distingo.

 

¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?

Agradezco esta entrevista porque me ha hecho repasar mis pasos y me ha permitido apreciar desde la distancia las rutas recorridas. Verme en un espejo. Somos la suma de lo que hicimos. He estado leyendo poco de poesía, y escribiendo poco también. Es imposible, sin embargo, dejarla atrás. Es parte de la sensibilidad que se posee. Pero sí he estado estudiando y escribiendo mucho sobre la obra de Hostos. Hace poco publiqué, como dije, un segundo libro sobre él, y ahora escribo su biografía. No sé si satisfaga a los conocedores de su obra o si tenga utilidad o interés para un público lector que la colonia y el neocapitalismo enajenan y derechizan cada vez más. Pero para mí sí, y para mí la tiene. No sé qué vendrá luego. Algo, quizás.