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Jorge Pérez Cebrián:
“Es impensable una poesía que abandone toda dificultad”

domingo 3 de marzo de 2024
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Jorge Pérez Cebrián
Jorge Pérez Cebrián: “Cada poema como una obra en sí misma que puede prescindir de aquello que lo sigue y lo precede”.

Jorge Pérez Cebrián (Requena, Valencia, España, 1996) es poeta. Ha estudiado filosofía en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (Uned). Tiene en su haber tres poemarios: La voz sobre las aguas (2019), La lumbre del banquero (2021) y De cuánta noche cabe en un espejo (2022). Por La lumbre del banquero, en 2022 logró ser finalista de poesía de los Premios de la Crítica de la Comunidad Valenciana y del Premio Nacional de Poesía Ciudad de Churriana. Por De cuánta noche cabe en un espejo obtuvo el Premio Internacional de Poesía Arcipreste de Hita 2021. Pérez Cebrián ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

 


 

—Recientemente publicó De cuánta noche cabe en un espejo. ¿De qué trata dicho poemario? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarle?

—En la creación artística nunca suelo tomar en cuenta un tema global a explotar. En lugar de ello, dejo que sea la experiencia vital que ha propiciado los poemas, como entidades individuales, el acaso único hilo conductor. El tiempo en el que los poemas han sido compuestos y seleccionados marca ya un espíritu manifiesto en los temas que valoro. Si bien en el pasado he podido optar por divisiones temáticas, esto responde a que son temas recurrentes en mi pensamiento y consideré oportuno mantenerlos agrupados. Así ocurre con la infancia, la otredad, la utopía y la heterotopía, entre otros. Más allá de ello, considero cada poema como una obra en sí misma que puede prescindir de aquello que lo sigue y lo precede. No obstante, aquello que llamamos estilo limita o enmarca la expresión y el contenido de lo que ineludiblemente nos conforma. Íntimamente mis gustos y emociones responden más a la reflexión y al juego conceptual que a lo biográfico o sensible; de ahí que los temas no dejen de ser las abstracciones que más me preocupan, tanto como, creo, al ser humano, en su conjunto. Temas inevitables en perspectivas que aporten la individualidad a la historia de un concepto. El tema filosófico, que quizá sea en el que más cómodamente me muevo y más puramente siento, requiere, al ser poetizado, una vestimenta sensorial que permita un simbolismo universalizable más allá (o más acá) de la fría reflexión cerebral. La lectura y la reflexión introspectiva, así como la trascendente, que siempre nos arrojan una interrogación y un misterio, conformarían así las principales bases de mi obra y el motivo básico de su composición, la traducción en símbolos de las inexpresables emociones que el pensamiento entrega.

“De cuánta noche cabe en un espejo”, de Jorge Pérez Cebrián
De cuánta noche cabe en un espejo, de Jorge Pérez Cebrián (Pre-Textos, 2022). Disponible en Amazon

—¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a De cuánta noche cabe en un espejo y su trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de español y su memoria personal de la literatura dentro de España o fuera?

—Como a todos, me gusta pensar que la relación que pueda haber con mi trabajo anterior puede ser considerado un avance estilístico. Valoro positivamente, como un indicador de madurez, en su sinceridad expresiva, el abandono de las formas más rebuscadas y altisonantes del ocultamiento, como el estilo barroco de mis primeras publicaciones o la excesiva referencialidad, que no hacían sino arrojar un aura de niebla donde el poeta debe señalar con claridad. El lenguaje del poeta, no obstante, es un lenguaje alógico, que sigue unas coordenadas muy distintas al lenguaje cotidiano o a la normatividad semántica y gramatical. Por ello, es impensable una poesía que abandone toda dificultad, ya que su trabajo con el diccionario se asemeja más al de un preso que retorciera los barrotes para escapar que a un dócil sirviente. Mi experiencia como español se deja entrever más en las formas clásicas y métricas que en el contenido. El sentido rítmico requiere como recurso una cierta uniformidad, así como una dinámica, que bien puede servirse de las medidas acentuales de ciertas formas de verso. Mi formación lectora, no obstante, ha tendido a demorarse en otras lenguas y poéticas como puede ser la alemana romántica, la simbolista francesa, o la modernista anglófona, que en los cánones hispanos. Mi forma de sentir se parece más a la reflexión cantada del alemán, a la inquietante vorágine modernista, a la melodía hermética del francés, que a los temas que han sido (y son) más propiamente españoles.

—Si compara su crecimiento y madurez como persona y escritor con su época actual, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

—Creo que la madurez nos lleva a la austeridad, a diferencia del envejecimiento de la pompa. Dijo Kipling, acerca de un escritor harto culturizado, que su persona pareciera la de un mendigo que trata de corregirse envolviéndose con la púrpura de los reyes. Así veo hoy mis primeras publicaciones. El artificio retórico, el adorno de la referencia, la avara recolección museística para el docto, me alejaban de ese tacto casi físico que produce la poesía cuando es cierta. Hoy busco la desnudez humilde y asombrada del verso antes que la soberbia superposición de enigmas academicistas. La humildad requiere de una seguridad que la titubeante juventud apenas conoce. Creo haber ido confiando más en la sensibilidad que une a los hombres, en el símbolo unificador, en el gesto que conmueve. De ahí una búsqueda, a menudo trabajosa, de la palabra y el ritmo más propios de la emoción sincera, para acercar lo lejano con la temblorosa mano del que sabe que nunca acertará a traducir su alma.

Desconozco los rigores estéticos y marcos creativos de mi generación y mi localidad. Leo para ser en la otredad.

—¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en Valencia y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de escritor?

—Mi aprendizaje sigue siendo, como toda labor lectora, una silenciosa y aislada comunicación con el pasado. No por ello me es ajena la contemporaneidad; sin embargo, todo aquí y ahora queda exorcizado por la lectura. No pertenezco a grupos ni me adscribo a tendencias. Desconozco los rigores estéticos y marcos creativos de mi generación y mi localidad. Leo para ser en la otredad. Pero esta torre de marfil no es ajena a las ventanas. Las redes y las voces nos señalan a menudo formas de escritura en auge y uno puede hacerse una rápida impresión. Por lo que puedo entender, la posmodernidad (con su repetida caída de los grandes relatos), la rapidez de la vida, la pornográfica publicidad del individuo y la desorientación del que camina sin rumbo, han desplazado el foco de la cultura al mercado. De la autoridad o el parricidio del canon a la orfandad de la venta. El adanismo y la exigencia de una rápida literatura fungible dinamitan el silencio, la calma, la reflexión que siempre ha requerido toda obra de arte. Veo un arte fácilmente digerible, autoafirmativo, desganado, ilusamente ingenioso en el mejor de los casos, que ha hallado su nicho más delectable en la sociedad más urgentemente dócil. Acaso un vago clasicismo, una exigencia de interpretación o actividad por parte del lector, que sale de su papel meramente pasivo, sean hoy una forma de reacción inconsciente contra esta levedad.

—Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en la poesía en España y desde o en relación con su formación en filosofía. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Valencia y fuera, y la de sus pares?

—Si bien mi carácter y sensibilidad se han adaptado con facilidad al quehacer de una filosofía emocionada como un hecho particular, creo que, a través de ese trabajo hacia la humildad de la escritura, mi poesía no ha tenido demasiados problemas para encajar con sensibilidades dispares. Antes mencioné la situación presente con pesimismo, pero no puedo dejar de mencionar que también el lector preciso, profundo, reflexivo y sensible, nos está más cerca que nunca gracias a las redes. Por ello, si bien en Valencia he tenido una acogida más que generosa, siendo dos veces nominado al Premio de la Crítica Valenciana, no se limita a la cercanía geográfica. Lectores ya amigos de Latinoamérica u otras partes de mi país conforman el grueso del público con el que comparto inquietudes y emociones.

—Sé que es usted de España. ¿Se considera un escritor español o no? O, más bien, un escritor, sea éste español o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

—No puedo sino considerarme un escritor español. Ambos términos son ciertos. Pero por más que sea consciente del valor del dónde y el cómo uno se ha formado, no escribo desde mi localidad. Nuestra lengua nos une por encima de ello y la universalidad de los temas que me ocupan son propiedad del género humano. Nada hay de naciones o toponimia, al menos explícitamente, en mi escritura. Escribo como leo, para sentir con el otro, bien nos separen kilómetros o siglos.

No considero que mi obra integre de manera objetiva las preocupaciones sociales.

—¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política con o en su trabajo creativo-investigativo y su formación en la Universidad Nacional de Educación a Distancia?

—Si bien sé que uno piensa desde unas coordenadas determinadas y es imposible separar de manera tajante nuestro pensamiento del origen social del mismo, no considero que mi obra integre de manera objetiva las preocupaciones sociales, cuyo lugar corresponde más, creo, a un lugar denotativo-político que al evocador-estético. No concibo en mí la escritura que confiese, embellezca o exponga ni mi biografía ni la sociedad de mi tiempo. Todo arte es político, en ese sentido, o ninguno lo es. Creo que la voz de los oprimidos, el huracán de las ruinas del progreso, no puede ser cantado sin que a su vez se utilice, a menudo de forma intrusiva, como elemento estético superficial y banal. El arte encuentra su voz en otras preguntas, hacia otras respuestas.

—¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso por la Universidad Nacional de Educación a Distancia? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritor hoy?

—Mi lugar de estudio ha quedado siempre fuera de las aulas. He abandonado numerosas veces mi educación, como dijo Bernard Shaw, para dedicar mi tiempo al estudio. Por ello esta universidad, que deja toda responsabilidad en el alumno, cuya labor oscilaría entre la proporción de bibliografía y dispensación de calificaciones, no ha formado en mi quehacer como escritor más que unas pocas palabras a la solapa biográfica de mis libros.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?

—El lector que mi poesía busca ha salido de las aulas y el polvo de las bibliotecas hacia una vida más inmediata. Los temas que siempre me ocupan, con base en la filosofía, no han abandonado su papel, pero sí han aprendido a caminar con mayor ligereza hacia el lector sintiente. Por ello la recepción abarca ya más que la anécdota libresca y busca la emoción de quien procure paciencia, actividad y reflexión a su lectura.

—¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?

—En los últimos dos años he podido componer, corregir y seleccionar una cantidad de poemas suficientemente hilada para conformar un nuevo poemario. Aparte de la labor poética, quiero centrarme en la investigación para la escritura de un trabajo acerca de la estética. Una genealogía del concepto del arte para comprobar cómo éste ha ido desplazando su foco de unos a otros deberes en distintas épocas. Así, procuraría exponer el itinerario semántico del arte que puede percibirse con el paso del tiempo. Más que una historia de la estética o de la mudable sensibilidad de cada época, se trataría de un seguimiento de las funciones y exigencias del arte que obstaculizan o impiden la comprensión de otras estéticas.

Wilkins Román Samot

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