
Aquel vuelo
Releo aquel libro,
el paisaje con mi padre yéndose,
las viejas revistas sobre el piso del cuarto sin perdón en que jugaba.
El abuelo golpeó la puerta como si recordara su niñez,
las voces del poniente,
los pequeños caballos sobre la nieve de sus cabellos blancos,
luego fue a la ventana,
descorrió la luz,
me alzó en sus brazosHugo Francisco Rivella
Un vendedor ambulante de libros, hace sesenta años, recorría sin prisa un pequeño pueblo argentino cuyo nombre le hace honor a la Virgen del Rosario. Saludaba con afable cortesía a los que se cruzaban por su camino, pero sabía muy bien dónde debía detenerse: un solar con una abuela era tierra fértil para las ventas. Un vendedor ambulante de libros sabe muy bien eso, es como un mago que sacude su vara mágica ante los ojos amorosos de las abuelas y ofrece un monumental tesoro de forma cuadrada, integrado, generalmente, por un conjunto de hojas de papel, unidas por un lado y protegidas por tapas que encierran un mundo de sensaciones y aprendizajes.
Ya lo dijo José Saramago en el ensayo Nuestro libro de cada día:
El libro es un lugar donde vamos a encontrar, sobre todo, una sensibilidad. Vamos a encontrar una visión de la vida, una percepción de lo que es nuestro destino —vivir—, de nuestra relación con los demás, la explicación de un sentimiento, o el enunciado de una teoría que pasa por la sensibilidad y la formación del autor y que será recibida de distinta manera por cada lector. Vamos a encontrar eso y algo más.
Ese niño que, asombrado por la maravilla de Las mil y una noches y de Las aventuras del Tigre de la Malasia, se volvió un lector apasionado, a los pocos años ese niño de entonces, Hugo Francisco Rivella, devino en poeta como algo natural, como una semilla sembrada en terreno bondadoso, deslumbrado ante la luminosidad y la densidad que ofrece la vida.

Nació en Rosario de la Frontera, Salta, Argentina, en 1948. Ha publicado los libros Algo de mi muerte (1981), Agua de mis manos (1995), Cristales en el río (cancionero) (1999), Caballos en la lluvia (2003), Zona de otros días (2007), Yo, el toro (2008), Centro de tormentas (2010), De fuego y sombras (2010), Putas (La cacería del ángel) (2011), Piedra del ángel (2011), Ojo astillado (2013), Espinas en los ojos (2014), La sombra en el espejo, antología personal (2014), Las yeguas y las rosas (2016), La hora del relámpago (2016), Endentro de mí y el poema posible (2016), Una rosa en las garras de un jaguar (2016), Poemas en la lengua de un sonámbulo (2016), El caleidoscopio del sufriente (2018), Espejos equivocados (2018), La canción del cosmonauta ebrio (2018), Oración por mi cuerpo y sus ladridos (2019) y Caballito de escarcha (2019).
Entre los reconocimientos más destacados del poeta se encuentran el premio de poesía en el Tercer Certamen Hispanoamericano, Juegos Florales Centroamericanos y de Panamá, Quetzaltenango, Guatemala (1985); el segundo premio Fondo Nacional de las Artes en el Concurso Nacional de Literatura Fomento a la Producción Literaria (2001); el VIII Certamen Internacional Jaime Gil de Biedma y Alba (2010); el Concurso Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada (2011); el Tercer Concurso Internacional Poesía en Paralelo Cero (2015); el Concurso Nacional de Poesía Provincia de Córdoba (2016) y el XXXVII Premio Internacional Leonor de Poesía, España (2018).
¿Cuál es el recuerdo más remoto de su infancia?
Muchos aún tocan mi corazón. Uno de esos recuerdos me lleva a la casa en donde vivía con mis madres. La casa era un rancho de tablas, piso de tierra, un dormitorio, patio con gallinas. También vivía allí un tío, Pedro Sanguino, que, como no sabía leer, me pedía que le leyera el Martín Fierro de José Hernández. Quería aprendérselo de memoria como otros tantos gauchos que hacían lo mismo.
El Martín Fierro era una Biblia para el gauchaje. Un héroe y no “un compadrito que degenera en malevo”. El tío era un personaje con una “pata de palo” porque en una trifulca le pegaron un tiro en la pierna y le tuvieron que amputar. Pero eso es otra historia. Esas eran mis primeras lecturas, y borrosa, la que se refería a que “los privilegiados son los niños” de primer grado.
Usted nació en Rosario de la Frontera, Salta. ¿Creció ahí? ¿Cómo describiría su ciudad natal? ¿Es asiduo de las famosas aguas termales?
Rosario de la Frontera era un pequeño pueblo del sur de la provincia de Salta, colindaba con Tucumán. Allí crecí y viví hasta los dieciocho años, cuando me vine a estudiar a Córdoba. Antes tuve unos amagues de ir a Tucumán. En realidad en la época de la Independencia se lo conocía como Las Fronteras del Rosario. Por allí anduvo el general Martín Miguel de Güemes con la patria a cuestas.
Rosario era un pueblo de unos diez mil habitantes. Recuerdo las pocas cuadras asfaltadas del centro y las calles de tierra de la periferia, digamos que todo era periferia. La escuela Pachi Gorriti, cerquita de casa, el canal y la calle Tucumán, que por un lado tocaba las vías y por el otro llegaba al río. Hablo de no más de diez cuadras.
Las termas siguen siendo famosas, incluso todavía hay canchas de golf, pero ahora, como hace medio siglo, sigue siendo para los grupos más acomodados. Todavía, aunque parezca mentira, es oneroso poder asistir a los baños termales. En una época podíamos asistir pero hoy es costoso. Eso sí, todavía, en agosto se rinde culto a la Virgen de la Montaña. Es una celebración religiosa muy hermosa, aunque aquellos juegos, la taba o riñas de gallo, hayan desaparecido, digo, los hayan prohibido. Todo el pueblo se vuelca a una procesión que llega a las termas, en donde está la gruta.

¿Su madre, su padre o algún familiar lo motivó a leer o a escribir?
La verdad es que no sé cómo llegué a escribir. Una de mis madres, digo una, porque cuando nací mi verdadera madre tenía quince años y, como era muy jovencita, me reconoció mi mamá vieja, es decir mi abuela. En los papeles soy hermano de mi madre.
Mi mamá vieja, la abuela, tenía primer grado y era ordenanza de una escuela.
Lo que sí recuerdo como una maravilla es que un día, al volver de la escuela, tendría unos diez años por ese entonces, encontré sobre un aparador, de un lado, Las mil y una noches, y del otro, la colección de catorce tomos de Las aventuras del Tigre de la Malasia, de Emilio Salgari.
“Mira lo que te compré”, me dijo mi abuela a pura sonrisa.
Me zambullí de a poco en ellos. Anduve con Sandokán, Tremal Naik, la Perla de Labuán y Sherezade haciendo de las suyas en la jungla negra.
Agradezco al vendedor, que nunca supe quién era, haberle vendido esos libros. Un mago.
También anda mi padrino Lizondo en esos recuerdos. Él me regaló La cabaña del tío Tom, que devoré de golpe. Después llegaron los libros de aventuras, las revistas, y Nippur de Lagash y las novelas de vaqueros o las historias de amor.
Cuando accedí a leer los poemas de Almafuerte, Pedro Bonifacio Palacios, sentí un sacudón que llega hasta hoy casi intacto.
Recuerdo unos versos del Confiteor Deo: “Yo no soy un Cristo-Dios que te perdona, yo soy uno mejor, soy el que te ama”, o cuando le dice a una novia: “Le toca a mi venganza de poeta dejarte abandonada en el espacio”...
Una cosa es decir eso hoy y otra hace sesenta años, cuando mirando el infinito cielo me preguntaba a dónde la habrá mandado. Desalmado le decía.
¿Quién leyó algunos de sus primeros poemas?
A los doce o trece años me dio por empezar a escribir, digo, era la edad en que todos empezamos a destruir la literatura. Algunos conscientes la abandonan al poco tiempo; otros, como yo, no paramos en su destrucción.
Escribía acrósticos, poemas que me pedían mis compañeros para dedicarles a sus noviecitas. Imagino las carcajadas de algunos, pero también, hace años, una compañera me dijo: “Hugo, ¿te acuerdas del poema que te pedí para regalárselo a mi novio porque estábamos peleados? Hoy hace cuarenta años que estamos juntos”.
Me emocionó hasta las lágrimas, incluso ante la irónica observación de un amigo poeta que me dijo: “Capaz que no quería que le dedicaras otro poema, por eso volvió con la chica”.
No importa. Eso justifica mi vida con la poesía.
¿Cómo fue la publicación de su primer libro, Agua de mis manos, en 1995? ¿Fue difícil verlo publicado?
En realidad, mi primer libro publicado es Algo de mi muerte, del año 1982, que obtuvo el primer premio de poesía en el Tercer Certamen Literario de la Universidad Nacional de Córdoba.
Su publicación fue posible gracias a la Comisión Municipal de Cultura de Rosario de la Frontera. Recuerdo la odisea que significó diagramarlo, en esa época se hacían planchuelas de plomo con los textos. Era infernal el trabajo. Otarola se llamaba el imprentero.
Agua de mis manos se editó por un préstamo del Fondo Nacional de las Artes y tiene un prólogo de Glauce Baldovin, una de las grandes poetas de mi tierra, que me honró con su crítica. Todo con una pátina y remezones de arcoíris.
¿Recuerda de manera especial alguna crítica, elogiosa o no, sobre su poesía?
Soy un agradecido de la vida y la poesía. Todos tuvieron palabras generosas para lo que escribo, desde Euler Granda hasta Antonio Preciado, desde Xavier Oquendo hasta Harold Alva, desde Edgar Morisoli hasta Jorge Boccanera, desde Tere Andruetto hasta Kuky Herrán, o palabras de Gelman, David Gatica, Teuco Castilla...
Recuerdo una que no me canso de repetir. Estando con Manuel J. Castilla, un monstruo, y yo siendo un joven audaz, le muestro en una confitería lo que escribía. Me dijo: “Antes que médico vas a ser un gran poeta” (yo estudiaba medicina en Córdoba por esa época). Me pidió la dirección y como a los tres meses recibí su libro La tierra de uno, que guardo no sólo en la biblioteca.
Otra de hace algunos años. Estando en Quito, Euler Granda me pregunta si tenía algún libro. Le mostré una fotocopia de Endentro de mí y el poema posible. A la tarde me dijo: “Si editas este libro, yo quiero hacerle el prólogo”.
Todo lo que me ocurrió fue maravilloso, a más de la sencillez de esos poetas. Me enseñaron tanto que es imposible no recordarlos.

¿Es posible aprender a escribir poesía? ¿Tiene usted alguna recomendación para aquellos que lo intentan?
La poesía es un desafío. Por ahí digo: “Escribe hasta que la eternidad te pida perdón de rodillas”.
Es necesario leer a los eternos, Whitman, Vallejo, Brodsky, Olga Orozco, Rafael Cadenas, Ungaretti, Celan, Rimbaud, Castilla, Rosario Castellano, Circe Maia, Jaime Jaramillo.
Leer permite conocer las limitaciones; en todo caso, aprender a ser un buen lector. No dejar resquicio sin husmear.
Con eso estamos a salvo.
Cuando escribe un poema siente que la primera idea que brota es la correcta. ¿Corrige sobre esa idea o la pule, la limpia, hasta que quede sólo el hueso de la idea primera?
“Tómalo de la primera letra que te ofrezca. No lo dejes huir ni sollozar”.
Todo deja una marca imborrable. Aquella frase de Almafuerte referida a Cristo que cité más arriba me rondó más de cuarenta años y escribí Espinas en los ojos, que fue finalista en el Mundial Rielo de Poesía en 2015, creo. Así tantas cosas, la sombra de un jaguar en la espesura, la coya que pasa con un niño atado a su espalda, la soledad del cruel, la mujer acosada por el hombre.
Lo más difícil es corregir, sacarle la hojarasca, eviscerarla, tenderla sobre una mesa para que la devoren. Repetir hasta el cansancio mismo que el día que piense que estoy escribiendo sin fisuras dejo de escribir. “Nos tenemos que ayudar a mirar”, como decía Galeano. Siempre pido prestado un ojo para leer mis cosas.
¿Hay algún poeta que haya influido directamente en su trabajo poético? ¿Siente que algún poema suyo tiene una influencia directa de otro poeta o escritor?
Soy un Frankenstein literario hecho con los retazos de poetas que leí. Bebí de la misma agua de todos ellos; mejor dicho, tengo la misma sed. El corazón abierto a todas las preguntas. Soy un rompecabezas que intenta rearmarse en algo digno. Cada uno de los poetas que he gozado ha dejado una huella en mí. Algunas serán cicatrices visibles, otras andarán abriendo caminos para que no me detenga. Aparecen y desaparecen, juegan a las escondidas con mis sueños.
Me salvan del abismo.
¿Tiene un libro al cual ha recurrido invariablemente a lo largo de su vida?
No. No tengo uno. Todavía uso de peldaño a todos ellos. Tengo recurrencias sin fin a los libros que leí. Sin método, porque me deslumbra recordar, a cimbronazos entre desahuciados, enamorado de lo que me asombra. Sentir que el pasado es un presente continuo. Que soy una piedra lanzada al futuro.
¿Cuál canción le ha dado más satisfacción de haberla escrito?
Soy un musiquero. No tengo formación académica. Soy un músico orejero, como dicen por aquí. En esto también tuve suerte. Gané el Fondo Nacional de las Artes, también el quinto Concurso Nacional de la Zamba. Letra y música mía.
Paola Arias, una cantora popular, grabó unos temas míos; como actúa en festivales, mis canciones tributaron, por lo cual rendí para ser (y soy) socio de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (Sadaic). Ella grabó “La despiadada”, “Amores”, “Viento sur”, “Milonga de amor y cuerdas”, “Por salteña y por airosa” y otros.
“Nacida en agua de guerra” es una cueca que compuse con Daniel Díaz, y la cantan numerosos cantores y grupos como Mery Murúa, María Fernanda Juárez, Diablito Martínez, Mario Díaz.
Tengo comprado un diablo de entrecasa para estos menesteres.
¿Qué significa para usted la medalla Fray Luis de León de Poesía Iberoamericana, que le fue otorgada en octubre de 2024 por el Ayuntamiento de Salamanca durante el XXVII Encuentro de Poetas Iberoamericanos?
¿Viste el nombre de la antología, Para sitiar el asombro?
Imposible hacerlo. Sitiarlo. Eso me pasó.
Más allá de los nombres con los que me enorgullece compartir este premio. Mejor dicho, y nunca tan bien, este reconocimiento.
Sentí que me sobrepasaba, porque uno llega a ser cuando el otro te define. Cuando son otros ojos los que te miran. No cuando uno se mira y no hay un Dorian Gray oculto en el espejo que devuelve tu verdadera imagen.
Gracias a la lectura que hizo Alfredo Pérez Alencart de mis cosas. Viajar a tanta lejura para conocerlo y darle un abrazo. Ampliar mi corazón como una flor secreta.

¿A qué le teme?
A nada. A todo. A la desigualdad de la patria en que vivo. El avance de la pobreza. La universidad amenazada. La guerra.
Me alimenta saber que cuando conozco a mujeres y hombres como ustedes, poetas, soñadores despiertos, repito hasta el cansancio: “La utopía es posible”.
¿Las redes sociales marcan el ritmo de su día a día?
La tecnología me parece maravillosa. El asunto es en manos de quién está. Siento el ojo de un cíclope escudriñándonos a cada uno de nosotros.
El algoritmo latiendo como un corazón fuera de borda.
¿Nos suena o resuena Echelon? Los millones de mensajes que se controlan diariamente.
Las redes sociales deshuesan a la humanidad cada día, pero nosotros habremos de marcar su ritmo. Hasta el último aliento debemos dejar en el intento.
¿Por qué escribe?
Escribo para vivir. Para decir “te amo” en medio la tormenta. Para lavar los ojos del caído.
Para derrotar a la mentira. Para encender una lámpara cuando estemos a oscuras.
Total para sobrevivir pongo una compraventa de frutas y murciélagos.

Poemas de Hugo Francisco Rivella
La ecuación infinita
Presente es despertar
y el sueño
................sabernos juntos
porque tu boca aquieta la furia de los pájaros
y el libro de poemas nos arrulla lentísimo
presente es el recuerdo de mi madre aserrando el cansancio
la brisa de sus manos en mi infancia y el río que pasa lento a orillas del verano
presente es lo que vivo cuando salgo a la calle y me aplasta el trajín de una ciudad desnuda
presente es apostar a un camino más limpio
que podamos hablar sin temor a que un algoritmo siniestro
nos ofrezca el Paraíso perdido
presente es volver a leer un libro de Vallejo
Las mil y una noches
Paul Celan en el Sena buscando peces rojos
el Che sobre una motocicleta destartalada
Almafuerte apostrofando al asesino
la luz descuartizada y el poder
como un dios desterrado
empañando los ojos
presente es repasar mis arrugas
despejar las alimañas que hicieron nido en ellas
presente es vivir el futuro
la ecuación infinita de amarte
hasta que la muerte nos separe
Escribo para vivir
No puedo sosegar esta demencia
soy un copo de nieve en la creciente
el ojo del cuervo que perdió la razón
sobrevolando el infortunio
los riscos del atardecer
el fuego agazapado en la ceniza
Breton claudica cuando me ve rampante desafiar las estrellas
y en el manicomio
a Ezra Pound quejarse de su suerte
no hay nada más salvaje que un poema sin bozal y malherido
sufriendo en pleno vuelo turbulencias
las alas resquebrajándose como gotas de escarcha
la música ha cesado de repente y en la iglesia vacía
cruje el silencio
jinetes de la luna cabalgan sin saber que hay eclipse de sol
y le quedan segundos para apurar el paso
la palabra que busco me ha emboscado
en medio del silencio hay un espejo cóncavo
en el desierto
es imposible recordar la lluvia o intentar ademanes
zarpazos a la sombra del que fui
no quiero maldecir a esta osamenta
a este dolor crucificado con alondras cosidas a mis ojos
para que un dios siniestro viole lo que pienso
la escritura es el sesgo de lo eterno
amenazándonos
Feminicidio
a Kuky Leonardi
El cementerio San Antonio de Padua está cubierto de margaritas blancas,
narcisos,
golondrinas y un ramo de claveles rojos.
Rojo fue el último suspiro de Edith Andrea Vera
cuando el puñal del asesino buscaba su garganta,
buscaba su niñez entre las latas,
la casa de madera de la noche,
su corazón de alondra entumecido.
¿El asesino es ese hombre tatuado con barcos y serpientes?
¿El que asesta los golpes con furia sobre Edith?
¿O es la violencia machista silenciada,
como dice Evelina Giberti,
lo que a cuestas llevamos y consume los huesos, el ojo, la mirada?
El puñal interroga con su lengua demente.
Violencia
“Cuando pedimos por cargos nos dicen liberales,
cuando pedimos por ejercer nuestra sexualidad nos dicen putas”,
grita a voz en cuello Araceli Ferreyra.
Su cuerpo es una línea que sube por mis ojos.
Mucho antes,
a mediados del siglo XIX,
Flora Tristán arde:
“Los hombres no me quieren porque busco la liberación de las mujeres.
Los poderosos porque busco la liberación del hombre”.
Ni una menos recorre Buenos Aires hasta cruzar el mar y ser
la voz mujer violada en el corazón de Massachusetts,
en el Castillo de Eramprunyá,
en las oficinas del juez Bonadio,
en la mansión del emir Haibatulah.
Yo puedo amar tu pie, la esquina del crepúsculo,
la sed con que mi lengua destraba soledades,
esperar hasta el alba con los ojos mojados y amasar en la lluvia un trueno de cigarras.
Abnegada
paciente
soledosa
callada
caracola y sonido metáfora cuchillo
puedo ser lo que otros callan cuando me desmoronan
pero nunca Palabra.
Javier Heraud
un muerto en el que la muerte me eterniza
Leímos las mismas cosas y soñamos las mismas cosas, pero
hubo algo irreconciliable en lo vivido.
La primera palabra que escribí fue:
“mamá”.
Él agregó:
“Su sonrisa es blanca como la mañana”.
Cuando aprendí a multiplicar llevaba el cantito:
“dos por una dooss, dos por dos cuaaatro, dos por cuatro ochooo”
Él decía:
“Ocho son los compañeros que no vinieron a la escuela porque ha crecido el río”.
Cuando pasó el mendigo del pueblo arrastrando la pobreza como un saurio de plomo, dije
“pobrecito”
y él recalcó: “Empobrecido por dios y por nosotros”.
Lo vi cruzar el río llevándose mis sueños.
Yo me quedé con esta muerte viva entre los dientes.
Recurrencia
Cuando no puedo más con mi tristeza y el cielo es un ave de plomo,
recurro a un poema de Vallejo.
Cuando se estruja mi corazón y voy como un camello huérfano
recurro a un poema de Vallejo.
Cuando mi pueblo se llena de aguaceros y el compañero Rojas escribe livertad
recurro a un poema de Vallejo.
Cuando mi madre sueña con caballos
recurro a un poema de Vallejo.
Cuando el pan en la mesa es un milagro de harina
recurro a un poema de Vallejo.
Cuando la mujer escribe ni una menos en la piel y en los huesos de Dios
recurro a un poema de Vallejo.
Cuando una flor se agosta y el perro de la noche ahueca sus ladridos
cuando sale la luna cuando llueve o escancia cuando braman los toros
cuando hago el amor y se curan mis cicatrices cuando canto estornudo
me pican los mosquitos me duele el occipucio sin remedio
cuando respiro
recurro a un poema de Vallejo.
Canciones de Hugo Francisco Rivella
La despiadada
Milonga de amor y cuerdas
Por salteña y airosa
- Monia Pin:
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