
Nacido en San Germán, Puerto Rico, Víctor Federico Torres es un destacado académico con una amplia formación educativa. Obtuvo su licenciatura en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, seguida de una maestría en Ciencias Bibliotecarias en la Universidad del Estado de Nueva York en Albany. Posteriormente, completó su doctorado en Estudios Latinoamericanos con especialización en Literatura en la Universidad de Nuevo México en Albuquerque, con una tesis titulada Transgresión y ruptura en la narrativa de Luis Zapata (1996).
A lo largo de su carrera ha ejercido como profesor visitante y asesor en universidades de México y El Salvador, además de enseñar en la Universidad de Puerto Rico en diferentes áreas académicas. También se ha destacado como editor de Latin American Identities: Race, Gender and Sexuality (2005) y ha publicado numerosos artículos en revistas académicas.
Además, ha ocupado cargos de liderazgo en la Sociedad de Bibliotecarios de Puerto Rico y en la organización del Seminario de Adquisiciones de Materiales Latinoamericanos para Bibliotecas. Ha sido parte del Comité Permanente de América Latina y el Caribe de la International Federation of Library Associations and Organizations (Ifla), así como de la junta de directores del Archivo Nacional de Teatro y Cine del Ateneo Puertorriqueño. Él ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

No hace poco publicó usted Narradores puertorriqueños del 70: guía bibliográfica (2001). ¿De qué trata dicho trabajo de investigación? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?
Narradores puertorriqueños del 70 fue mi primer libro y de eso ya hace muchos años. Por alguna razón que me causa desasosiego por lo general se cita incorrectamente su subtítulo, que es Guía biobibliográfica, y que refleja su contenido: biografías de doce autores puertorriqueños y la bibliografía, primaria y secundaria, de y en torno a su obra. Para completar el texto recluté a doce académicos que escribieron un ensayo general que examina la obra literaria de los autores. A pesar de que la portada no salió como se contemplaba en el diseño original, el libro se agotó. El mismo llenó un vacío que como bibliotecario identifiqué: la ausencia de información completa, minuciosa, de doce autores puertorriqueños cuya obra resultaba innovadora y fundamental en la narrativa del país a partir de la década del 70.
Todavía recuerdo a estudiantes que me agradecieron porque el libro los había ayudado mucho, y ahorrado tiempo, en su investigación. Prueba de ello son las innumerables citas que tiene el libro según se desprende de una búsqueda en Google Académico.
Me ayudó muchísimo una licencia sabática que me otorgaron y que me permitió dedicarme de lleno a la investigación y a la escritura durante un año. Mi profesión me ayudó sobremanera pues como bibliotecario conozco las herramientas para localizar la información dispersa que existía, lo que me permitió compilar las bibliografías más extensas, hasta ese momento, de cada autor. Para escribir las biografías entrevisté a la mayoría de los autores; sólo uno se negó, Edgardo Rodríguez Juliá, pero era de esperarse. Se trata de uno de los egos más fortalecidos de nuestras letras.
¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a Narradores puertorriqueños del 70 y su trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño y su memoria personal de lo caribeño dentro de Puerto Rico y Estados Unidos?
Mi trabajo anterior se había limitado a artículos, algunos en revistas arbitradas, y textos en colecciones de ensayos que abordaban temas literarios, en su mayoría relacionados con autores puertorriqueños o aspectos de mi profesión. Había publicado una bibliografía anotada sobre el teatro de René Marqués, una biobibliografía de Mayra Santos Febres y una bibliografía de Pedro Mir. Todas mis publicaciones me ayudaron a lograr la confianza necesaria y el estímulo para emprender una tarea mayor, como fue Narradores puertorriqueños del 70 que, de hecho, recibió en 2003 el premio José Toribio Medina, que concede una organización de bibliotecarios latinoamericanistas durante su conferencia anual.
Mi siguiente libro está muy relacionado con Narradores puertorriqueños del 70 pues abordó también la literatura puertorriqueña, aunque en esta ocasión se trató de un proyecto más ambicioso: la creación de un diccionario de autores puertorriqueños. Nuevamente mi trabajo como bibliotecario, en particular, como referencista, me permitió identificar el vacío que existía en este campo, pues la única obra parecida con la que contaban estudiantes e investigadores de nuestra literatura, el Diccionario de literatura puertorriqueña de Josefina Rivera de Álvarez, sólo incluía información hasta 1967, y su obra Literatura puertorriqueña: su proceso en el tiempo era propiamente una historia literaria y se había publicado en 1983.
Fue así como emprendí la tarea, nuevamente gracias a una licencia sabática y a un nombramiento compartido con la Facultad de Humanidades del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, de escribir el Diccionario de autores puertorriqueños contemporáneos que se publicó por la editorial Plaza Mayor en 2009.
Obviamente, ambas publicaciones están relacionados con mi puertorriqueñidad, con la lectura y con el conocimiento de nuestros autores, aunque para el Diccionario de autores puertorriqueños contemporáneos quise ser más inclusivo y añadí autores de la diáspora puertorriqueña en Estados Unidos, que escriben en inglés, pero que ya se estudian en Puerto Rico y son parte del canon literario, al menos universitario.
Si compara su crecimiento y madurez como persona, investigador y escritor con su época actual, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?
Mi obra posterior a estos títulos iniciales se distancia enormemente pues mis obras recientes abordan la cultura popular y la biografía. Todavía persiste la investigación, pero ahora se amplía con una diversidad de fuentes que no se limitan a material impreso: testimonios orales, entrevistas de radio y televisión, fotografías, cine y material digitalizado, entre otros. Como biógrafo, me he acercado a la escritura creativa en la medida que es necesario crear una historia que fluya, que despierte interés en el lector para sobrepasar la mera enumeración de datos biográficos. Muchas veces concluyo los capítulos con un párrafo de intriga, tal vez que genere suspenso para mantener el interés del lector y lo anime a pasar al siguiente capítulo.
Sin lugar a dudas, con tres biografías y un cuarto libro que es una historia de las telenovelas puertorriqueñas, he logrado una obra sostenida y la madurez y el entusiasmo para continuar adelante.
¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de investigadores y escritores con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico, Estados Unidos y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de docente e investigador y su trabajo escrito de interés y cruce entre Puerto Rico, América Latina y el Caribe?
No me considero parte de un grupo generacional, ya que comencé a publicar mucho después que los autores de mi generación, algo parecido a lo que le sucede a Marta Aponte Alsina. Además, nuestros escritores no se dedican al género biográfico de una forma sostenida. Hay, claro está, autores que han abordado la biografía en sus diferentes vertientes. Lo hizo Joseán Ramos en Vengo a decirle adiós a los muchachos, una crónica de su viaje acompañando a Daniel Santos, las biografías noveladas como La muerte feliz de William Carlos Williams, de Marta Aponte; El nazareno, de Daniel Nina, sobre Ismael Rivera, o La importancia de llamarse Daniel Santos, de Luis Rafael Sánchez, e inclusive literatura infantil como la biografía de Felisa Rincón de Gautier que escribió Magali García Ramis.
Por lo general, las biografías que se publican en nuestro país se enfocan en la vida de políticos, próceres y personalidades de otras ramas, pero no en figuras de la cultura popular. Se ha suscitado el fenómeno de que son más las biografías de nuestros artistas que se publican en el extranjero, especialmente en Colombia, donde figuras como Tito Rodríguez, Ismael Rivera y Héctor Lavoe son ídolos. No quiero pasar por alto la biografía de Tito Puente que escribió su amigo Joe Conzo.
Por todo lo antes dicho, me considero el único escritor del país que tiene un corpus sostenido de biografías en torno a figuras de la cultura popular. Por supuesto, no ignoro la labor de Roberto Ramos Perea, quien ha publicado sendas biografías sobre Alejandro Tapia y Rivera, el padre del teatro puertorriqueño, y la más reciente sobre el prócer Román Baldorioty de Castro, entre otras, pero son ejemplos de las biografías dedicadas a figuras ilustres del país, como ya he señalado.
Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en Puerto Rico, América Latina y el Caribe en y desde Estados Unidos y Puerto Rico. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico, Estados Unidos y fuera, y la de sus pares?
Como historiador literario había incursionado en la temática gay a partir del libro Gay and Lesbian Themes in Latin American Writers, editado por David W. Foster, uno de los primeros libros en abordar el tema desde una perspectiva académica, en el que escribí el ensayo sobre el autor venezolano Isaac Chocrón. Luego me adentré en la literatura gay mexicana con mi tesis doctoral Transgresión y ruptura en la narrativa de Luis Zapata. Al momento de escribir mi tesis, sólo había un par de estudios comparados sobre Zapata y otros autores, pero luego de mi tesis los estudios sobre este autor pionero del tema gay han proliferado. La tesis me llevó a formar parte del colectivo que coordinaron Michael K. Schuessler y Miguel Capistrán, que publicaron en 2010 México se escribe con jota, una colección de ensayos que examinan diferentes aspectos de la cultura gay en México, un libro que sentó pautas y que abrió la investigación de temas queer en la cultura mexicana. La recepción fue tal que en 2018 se realizó una nueva edición corregida y aumentada. La cantidad de estudios posteriores que citan esta obra, incluyendo mi ensayo, es prueba fehaciente de su importancia e impacto.
En lo que respecta a mis biografías, hace unos meses me contactó Jorge Merced, director artístico del grupo de teatro Pregones, con sede en Nueva York, para indicarme que utilizó como marco de referencia para su nuevo proyecto teatral, Parrots at the Pagoda, mi libro El hermano mayor, la biografía de Johnny Rodríguez. Se trata de una obra de teatro que examina la relación de Johnny con su hermano Tito Rodríguez y que transcurre en la pagoda que Tito construyó en San Juan para su esposa japonesa.
No puedo decir que mis libros hayan tenido una recepción masiva, aunque la prensa del país publicó artículos de página entera de todos mis libros, incluyendo el más reciente, Yo lo que quiero es amor: historia documental de las telenovelas de Puerto Rico, 1955-1975. Ninguno de ellos se incluye en la lista de lecturas requeridas para cursos universitarios, lo que ayudaría en gran medida a su adquisición. Sin embargo, el problema mayor con la difusión reside en que el mercado del libro de Puerto Rico se limita a un puñado de librerías, lugares que no frecuenta el ciudadano promedio. Cuando hice un acercamiento a la persona que selecciona los libros para las megatiendas del país me dijo que no creía que los mismos constituían material para las tiendas que representaba. Imagínate mi asombro, cuatro libros de cultura popular, no tratados de filosofía ni nada por el estilo... Hay en este mercado personas que saben de negocios pero desconocen el contenido y el alcance de los libros. Por otro lado, mis libros han llegado al extranjero, principalmente a Estados Unidos, gracias a las librerías del país que disponen de una tienda virtual, lo que facilita su compra y envío.
Sé que es usted de Puerto Rico. ¿Se considera un autor puertorriqueño o no? O, más bien, un autor caribeño, sea éste puertorriqueño o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?
Soy un autor puertorriqueño, de pura cepa, no meramente por haber nacido en el archipiélago boricua, sino porque me identifico plenamente como puertorriqueño. Soy además, por añadidura, caribeño y latinoamericano. Conozco otras lenguas y otras culturas, pero pienso, amo y sueño en español, jamás en la lengua del opresor.
¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política, con su trabajo creativo-investigativo y su formación en Estados Unidos?
Me considero afortunado ya que, aparte de los años que estudié en Estados Unidos, y contrario a otros boricuas, no tuve que emigrar a dicho país, que considero racista, expansionista y colonialista. En Estados Unidos fui víctima de racismo en su doble vertiente: como latino y hombre gay, pero debo aclarar que soy independentista desde que tengo uso de razón y milito en el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), la única organización que ha sobrevivido la fragmentación y la división que ha permeado en la izquierda y que todavía insiste en atacar al PIP.
Hasta el presente mi identidad de género no permea mis obras, aunque sí fue un factor decisivo en mi decisión de rescatar la figura de Johnny Rodríguez y escribir su biografía. En vista de que no soy uno de los privilegiados que cuentan con un espacio en los medios para expresar sus ideas políticas, de alguna forma lo político asoma en mis obras, en las que aprovecho para denunciar la falta de poderes de Puerto Rico como consecuencia de ser un territorio sujeto al Congreso del imperio norteamericano.
¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso por la Universidad de Nuevo México? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de docente, investigador y escritor hoy?
Mi estadía en la Universidad de Nuevo México se extendió dos años mientras cursaba mis estudios doctorales hasta completar los exámenes de grado. Durante ese tiempo leí mucha literatura latinoamericana, especialmente narrativa del siglo XX. Por ningún lado del currículo asomaba la literatura puertorriqueña y sólo en un curso de teatro hispanoamericano se incluyó una obra de René Marqués, Los soles truncos. En vista de esta ausencia me dediqué a realizar varios ensayos, como parte de los trabajos requeridos en los cursos, sobre autores puertorriqueños. Recuerdo un ensayo comparativo sobre la figura de Luis Muñoz Marín en las obras La muerte no entrará en palacio, de René Marqués, y Las tribulaciones de Jonás, de Edgardo Rodríguez Juliá. Algunos de esos trabajos se convirtieron en mis primeras publicaciones académicas. Sin duda, ese fue el germen de mis primeros libros dedicados a la literatura puertorriqueña. La investigación ha sido una constante y un factor indispensable en mis obras, que cuentan con una amplia bibliografía. Me jubilé relativamente temprano, en 2009, y salvo dos cursos de español y otro de bibliotecología que ofrecí posteriormente, he estado alejado de la docencia, no por ausencia de interés, sino por falta de oportunidades.
¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?
Debido a la naturaleza de mi trabajo tengo que contestar por separado lo que fue la recepción a mis primeros libros sobre literatura puertorriqueña y las biografías dedicadas a figuras de la cultura popular. Ya comenté la recepción y acogida que tuvo Narradores puertorriqueños del 70; ese no fue el caso del Diccionario de autores puertorriqueños contemporáneos, a pesar de ser una obra más enjundiosa. La recepción entre los académicos osciló entre la indiferencia y las críticas. Algunos objetaron que faltaban fulanito y sutanito, pero la gran mayoría se ofendió porque su nombre no figuraba entre los autores seleccionados. Por lo visto, no leyeron o no aceptaron los criterios de selección que se enumeran en el prólogo, donde establecí que sólo incluía a autores de literatura creativa, no a críticos literarios. También lo limité a autores de libros publicados. El diccionario de Josefina Rivera de Álvarez es temático, no tenía dichos criterios, de manera que incluyó a todos sus colegas, muchos de los cuales eran críticos literarios y otros sólo habían publicado en revistas y periódicos.
Debo hacer la salvedad de que en Puerto Rico sólo el doctor Juan Gelpí escribió y elogió la obra; lo mismo hizo la doctora María Caballero en España. El espaldarazo mayor fue el que recibí de parte de los bibliotecarios, especialmente académicos, para quienes el libro se convirtió en una herramienta de gran utilidad. Como dato curioso, el Departamento de Educación, con su gran presupuesto y su deber de dotar a las bibliotecas del país de recursos bibliográficos que ayuden en sus tareas a los estudiantes, nunca adquirió el libro. Cuando le pregunté a la persona encargada (otra batata política del bipartidismo) me dijo que sólo compraban recursos en formato electrónico. ¡Y cuál no sería su sorpresa cuando le dije que el libro es uno de los pocos libros de referencia que están disponibles en formato electrónico a través de una base de datos comercial!
La otra vertiente de mis publicaciones ha corrido mejor suerte. La biografía de Marta Romero, Yo quiero que me olviden, se agotó a los pocos meses y hubo que hacer una nueva tirada. De hecho, estamos en espera de que llegue en los próximos meses una nueva edición revisada y ampliada del mismo. La recepción fue excepcional desde el principio. Recuerdo particularmente la presentación, luego publicada por 80 Grados, de Magali García Ramis, que escribió: “Víctor Federico Torres se ha encargado con creces de que Marta Romero quede en nuestras bocas y en nuestros corazones a través de esta biografía que sienta cátedra en Puerto Rico por su contenido y por su cuidada narrativa”.
Lo mismo puedo decir de la biografía de Bobby Capó, He sido el incomprendido, que recibió elogios de figuras destacadas de nuestro mundo literario, como fue el caso de Luis Rafael Sánchez. Este libro se presentó en varias ocasiones en Colombia, tanto en Bogotá como en Medellín, y tuve la oportunidad de presentarlo en la Feria de Cali. Si bien no tuvo la difusión que yo quisiera, es un libro que ha circulado entre los melómanos de dicho país.
El hermano mayor o la verdadera historia de Johnny Rodríguez salió al mercado en mal momento: en plena pandemia. No tuvo una presentación oficial como era mi deseo, sólo una virtual. Sin embargo, con el tiempo muchos lectores que conocían muy poco, o absolutamente nada, sobre la trayectoria de Johnny Rodríguez, han descubierto el libro, especialmente la comunidad LBGTQ+, que lo han convertido en un referente de la historia gay en Puerto Rico. Johnny fue un pionero del transformismo y su negocio, El Cotorrito, fue el primer lugar que se dedicó exclusivamente a presentar espectáculos de transformistas. No se trataba de un lugar subterráneo, sino de un club nocturno que alcanzó el respaldo de un público mayor como lo confirman los anuncios en la prensa.
¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?
En estos momentos dos personas relacionadas con el ambiente artístico, una pionera de la televisión y otra de época más reciente, me han reclutado para que escriba sus memorias, y digo memorias porque ambas están aportando sus vivencias, de manera que mi trabajo mayormente consiste en darles forma y editar los libros. Hay en el tintero un par de biografías que emprenderé una vez que finalice los trabajos ya aludidos y no descarto escribir una novela algún día, o más, si el tiempo me lo permite.
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