
Mi madre
Era del color de la noche la noche en que a mi madre
se le oscureció el tiempo.
Era del tamaño del tiempo el océano de lágrimas
chorreando en las bodegas de un barco sin mundo.
Era del tamaño del mundo el vientre en que madre en
cadenas parió un continente.
Era del ancho del continente la isla en la que mi
madre enterró sus huesos.
Era del blanco de los huesos la esperanza pálida
de su pelo crespo en mis manos mulatas.Leonardo Nin
La vida del poeta Leonardo Nin es la historia de Latinoamérica: esa mezcla de sangre africana, amerindia y europea. Está también incluida la pobreza sin artificio. También la música que alegra los sentidos, que acompaña los sueños y las desventuras.
Por otra parte, la historia de Latinoamérica es una metáfora contra el olvido y contra las injusticias, y a final de cuentas, para los creadores, es un desafío por encontrar una voz propia que refleje ese espíritu que siempre busca nuevas voces para descubrirse.
Es por eso que la poesía de Nin está impregnada de esa mágica fusión de mitos y realidad, una poesía que habla del azul cálido del Caribe, de la magia negra del vudú, del destierro con los ojos puestos en el sufrimiento y el asombro del presente.
Es interesante acompañar la poesía de Nin con lo que el Premio Nobel de Literatura de 1987, Joseph Brodsky, le confesó a Brenda Lyons en una entrevista: “Pienso que la poesía tiene un rango artístico superior porque no busca una respuesta visceral, ni resultarle atractiva a la vista, al oído ni, por así decirlo, al estómago. Es una aventura que tiene lugar en la mente y en ningún otro sitio. Todo se concentra dentro de la cabeza o a un nivel aún más profundo, en el modo en que uno se moldea a sí mismo. Justo ahí es donde la poesía despliega su gran poderío, al invitar al lector a hacer lo mismo que hizo el autor. La música, por contra, no actúa así. Ni la pintura tampoco. Ni la danza. Con la poesía, el lector se convierte en cómplice, mientras que las demás artes, como mucho, te permiten ser un testigo más”.
Leyendo unos poemas de Leonardo Nin, cuyas palabras fluyen como una transparencia de arroyo subterráneo, recordé varias ideas encaminadas hacia la ensoñación como espacio anímico donde el poeta puede percibir la fuente de unos sentimientos que se incorporan a su poesía. Y recordé esta frase de Gastón Bachelard leída en La poética de la ensoñación:
Cuando un soñador de ensoñaciones ha apartado todas las “preocupaciones” que estorbaban su vida cotidiana, cuando se ha liberado de la preocupación que proviene de la preocupación de los demás, cuando se vuelve realmente el autor de su soledad, cuando por fin puede contemplar, sin contar las horas, un aspecto hermoso del universo, siente que en él se abre un ser. De pronto ese soñador es soñador del mundo. Se abre al mundo y el mundo se abre a él.
Lo traigo a colación para añadir a esto algo muy interesante que señala el poeta español Valentín Navarro Viguera cuando leyó Al lado azul de la nada, una recopilación de la obra poética de Nin:
La poética de Leonardo Nin se sitúa en unas coordenadas espaciotemporales sustentadas por los pilares de la ensoñación. Observa la realidad desde un mundo que ha sido abandonado recientemente y que parece que, si vuelve la vista atrás y se pone de puntillas como un sol que amanece, todavía puede ser contemplado, si bien con la mirada interna, honda, muy honda, de la melancolía.
Mientras que Marisol Vera Guerra, psicóloga, escritora y editora, cuando leyó La poética del absurdo, también de Leonardo Nin, escribió:
Leonardo Nin es un autor indispensable en el panorama literario actual en tanto nos acerca, a los lectores, no sólo a una estética literaria, sino a una veta de conocimiento acerca de los procesos lingüísticos e históricos de América Latina donde el Caribe, a pesar de las fronteras políticas, se erige culturalmente como una sola y gran nación.
El jurado del Premio Literario Letras de Ultramar en 2018 le otorgó el galardón a su libro de cuentos Por eso no volveré nunca “por la maestría de algunos relatos, la calidad de la prosa y el dominio de distintas herramientas literarias que denotan un trabajo continuado, así como un notable aliento poético”. Ese mismo año obtuvo un premio de novela por su libro Sólo sé que le llamaban Sombra.

Leonardo Nin es poeta, escritor, músico, antropólogo. Nació en Tamayo, Barahona (República Dominicana), en 1974. Es uno de los principales representantes de la literatura dominicana contemporánea.
Ha publicado Guasábaras (cuentos, 2003), Sacrilegios del excomulgado (cuentos, 2008), Poemas en blanco y negro (poesía, 2014), Las porfiadas (teatro, 2018), Espacio pagado (poesía, 2019), Sólo sé que le llamaban Sombra (novela, 2019), Por eso no volveré nunca (cuento, 2019) y Al lado azul de la nada (poesía, 2023).
También ha desarrollado una intensa labor literaria y de investigación lingüística y antropológica sobre las variaciones fonéticas del castellano en América y las influencias de la lengua taína y las lenguas africanas en las vertientes modernas de comunicación.
Ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de la Juventud (2007), el primer lugar del Concurso de Cuento Radio Santa María (2016), el Premio Ultramar de Literatura (2018), mención de honor en el Concurso de Literatura Fundación Global (2019), el Premio Ultramar 2019 en novela y cuento, y el Premio Irma Contreras de cuento de la Feria Internacional del Libro de Lawrence (2021). Fue poeta celebrado en la Feria Internacional del Libro de Neiba, en República Dominicana, en 2022.
Sus trabajos literarios y de investigación han sido publicados en diversas antologías y revistas literarias nacionales e internacionales. En la actualidad es subdirector del Museo Taíno Maguá Ojo de Agua, columnista de la revista Touristmood.es y coeditor de Hiedra Editorial, de Boston (Estados Unidos).
¿Dónde nació? ¿Podría hablar un poco de su casa de infancia, de sus padres, de su familia?
Vengo de un pueblo junto al río Yaque, en el sur profundo de la República Dominicana, llamado Tamayo, en el Bahoruco. Allí crecí, rodeado de una familia extendida, lleno de amor, en un ambiente donde el todo era parte de una colectividad compartida. Carecía de todo lo material, pero me sobraba la dicha de saberme rodeado de gente que daba como regalo la incondicionalidad: el abuelo, de mirada honda, me enseñó a leer la tierra, a hablar con la naturaleza, a apreciar los regalos del universo; la abuela, mi madre, mis hermanas, en sus abrazos me brindaron lo bello de la ternura, del cuido, del sabor de la comida cuando el amor es la sazón condimentando la cena, cuando la ternura es la venda en la herida, el abrazo en la desdicha, cuando la resiliencia es el nudo tragado en la garganta.
Mi padre, quien a falta de un televisor se pasaba las noches haciéndonos teatro de sombras con unas marionetas de cartón y una vela, y mis tíos, siguiendo sus senderos hacia la cosecha, hacia la pesca, al futuro de la promesa: “Usted va a estudiar y sacar la familia adelante”.
¿Recuerda alguna línea, alguna imagen, que le dejó algunos de los primeros libros que leyó?
Imposible olvidar, uno es lo que lee, y sí, la literatura transformó mi vida. Aún siguen dando vueltas en mí los cuentos de Bosch, de Rulfo, de Cortázar; los versos de Hernández, de Walcott, de Darío, de Vallejo. Recuerdo, “en la razón de cada sinrazón”, debido a mi apariencia de caballero flaco de lentes, en la escuela primaria, creerme Quijano, al punto de, con la escoba, hacer un Rocinante de palo y, a espada y adarga de cartón y yelmo de papel, pelear contra los cocoteros de un Caribe sin mancha ni molinos. Así me pasaba los días y la infancia, entre líneas de Borges y Henríquez Ureña, entre la culpa de Dostoievski y la redención de Víctor Hugo. Soñando con un “del otro lado está el mundo” de Manuel del Cabral, con un, “yo vivo solo, al lado del agua”, de Walcott, saboreando con Machado el nudo de hacer camino, “cuando de nada servía rezar” ante el deseo inaguantable de recorrer el mundo en ochenta días como si, a alas abiertas, volara tras las gaviotas rumbo al horizonte del Caribe dormido en el alba y volviera a mi lugar en la orilla del azul cálido, como el abrazo de la abuela frente a la leña.
¿Cómo llegó a la poesía? ¿Qué o quién le motivó a escribir y cuándo?
Crecí en la poesía: mi abuela española me enseñaba versos y métrica; mi abuela negra me cantaba décimas al ritmo de cantos y salves. Luego, la biblioteca pública del pueblo fue mi segunda casa; leía, leía y releía hasta el hastío. Hasta que a los doce me dio con escribir, les escribía cartitas de amor a los compañeros de la escuela por encargo, me apodaban “Malaria, el poetica”, primero por mi notable deficiencia en los deportes, segundo, porque me convertí en el escribano no oficial de la escuela.
Al entrar a la secundaria, ya escribía cuentos para la radio católica local en un programa de alfabetización radiofónica. Adaptábamos novelas como Enriquillo, Over, El Masacre se pasa a pie, Los miserables, Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo, entre otras tantas, y las dramatizábamos en la radio para alfabetizar a las comunidades pesqueras y cañeras. Creo que aún quedan los audios con mi voz en alguna parte del archivo. De esa época salieron obras que nunca he publicado ni publicaré, olvidadas en los cuadernos y las notas ya ilegibles y gastadas por los años: érase una vez, cuando era pez, El campesinillo y el gigante, La llorosa y El mulato ojos de gato.
¿Escribió sus primeros textos a escondidas o se los mostraba a sus amigos?
Era ermitaño y reservado con mis escritos. Con la excepción de Robinson, Osvaldo y mi hermana Kendy, que a veces me ayudaban con los cuentos para la radio, casi nunca compartía mis escritos con nadie. Los guardaba y olvidaba. Aunque durante las patronales los colectivos de izquierda me pedían escribir versos y recitarlos en las celebraciones. Hasta el día en que olvidé un verso a medio recitar y rápidamente mi carrera infante de declamador paso a la de bufón y hazmerreír. Lo que hizo que me encerrara aún más y me refugiara en la biblioteca, creo que hasta hoy. Sigo siendo solitario al forjar mi obra. Esto me permite explorar confines internos de artista, de dios creador de albedríos de papel y tinta, y sólo en el soplo silente del aislamiento se puede alcanzar eso.
Aunque ahora la academia, los festivales y recitales poéticos me obligan a compartir y leer en público, siempre tengo una obra oculta, añejándose, esperando la aprobación final del lector del papel. Y sí, prefiero el papel a la pantalla, lo digo como cita y queja a la modernidad.
¿Hay más poetas en su familia?
Aparte de mis abuelas, Dolores Batista de Nin (Lola) y Angélica Méndez (Negra), mi primo, José Gómez Nin. Este último escribe cuentos y poesía. También mis ancestros están ligados por apellido al escritor español Joaquín Nin y Tudo, abuelo de la escritora Anaïs Nin.
¿Tiene un libro que relee siempre, o un autor al que acude en cualquier momento?
Tengo varios: Rulfo y su México desventurado; Vallejo, Márquez y Vargas Llosa, por sus espejos de esta Latinoamérica partida en medio de la historia. Camú, Dostoievski y Cortázar por como juegan dando respuesta a una especie para mí foránea, desconocida hasta en las cosas comunes. Terencio una vez dijo: “Nada humano me es ajeno”. Yo digo que todo lo humano me es foráneo, extraño, impredecible, indescifrable. Sólo en las voces de la literatura encuentro respuestas. Sólo en las páginas de un Melville cabalgando el lomo de un Moby Dick a la deriva, sólo en el cuervo de un Poe silente en medio de la calle, sólo en la venganza irremediable de un conde aprisionado en los calabozos de la injusticia de Dumas, sólo en las lágrimas de un Kafka volando con su cuerpo de mosca como si escapara de lo humano en la podredumbre de la existencia. Siempre vuelvo a los libros, al Frankenstein de Shelley, a la templanza del Ulises de Joyce, a la locura de Wilde, a la magia de Khalil Gibran, a la belleza de Lorca, a la sabiduría única y filosófica de Unamuno y su claridad en medio de esta niebla llamada humana.
¿Cómo es su día a día en Boston? ¿Tiene el tiempo necesario para escribir?
Yo, como José Martí, “vivo en el monstruo y conozco sus entrañas”. Me tocó la realidad del exiliado, del desterrado económico por el neoliberalismo y la trampa del desarrollo colonial. Qué decir, uno escribe, uno siempre escribe, es mi responsabilidad con el planeta, con la sociedad, con los sin voz, con los marginados, aquellos que no tienen seguidores de redes en la marginalidad de los guetos, con los que hacen camino en el andar de la frontera a una Canaán de concreto. No de leche y miel, sino de petróleo y smog. Por eso escribo todos los días, ya sea como antropólogo desenterrando tradiciones de los innombrados, como catedrático universitario dando a mis estudiantes la venia de la libertad en el pensamiento crítico o como poeta y narrador, tomando mi lugar en el espacio que me ha tocado en la historia. Pero al final, después de montar bicicleta o caminar por el lago, me siento a cazar mundos y a vestirlos de palabras para traerlos a este.
¿Le fue difícil publicar su primer libro?
Muy difícil, casi imposible. Mi primer libro desapareció con todo y costo de publicación junto con el editor. Odié al mundo literario después de aquello, no quería nada con aquella realidad mezquina y voraz. Ya luego me salvó el poeta Tomás Castro Burdiez, quien al enterarse del suceso me publicó el libro en su editorial. El resto es historia.
¿Cómo es su proceso de escritura? ¿Toma apuntes o va directamente a la computadora a escribir de un tirón?
Todo depende del género, de la obra. Soy un escritor ecléctico, yuxtapuesto, que responde al oficio con la seriedad que conlleva el compromiso con la literatura. Hay momentos en que escribo directamente en la computadora, en especial si es prosa, novela o cuento. También tengo cuadernos de apuntes, grabadora de notas e ideas, cuando la premura de la vida citadina y laboral no me permite el privilegio de la soledad o el tiempo. Luego, durante los días de escritura, los plasmo en el ordenador. Después, los imprimo y los guardo por semanas, meses, años. Tengo una novela guardada hace casi veinte años. Me gusta leer en el papel impreso y así, editar, corregir, agregar, cortar y esperar, esperar que la obra madure en algún concurso o propuesta de publicación.
¿Escribe para un proyecto de un libro en concreto, sea poesía, cuento, novela o ensayo?
Tengo varios proyectos en curso. Aunque ahora estoy en la fase de publicar algunos artículos académicos que había escrito hace años y tenía guardados. También estoy terminando un libro de cuentos y otro de poesía que necesitaba olvidar para leer sin la inclinación a la parcialidad del escritor que se enamora de lo que escribe, cegado por el ego.
¿Qué libro le regalaría a alguien que quiera conocer República Dominicana?
Mi país tiene una tradición literaria muy rica, y aunque no se nos reconozca aún, me gustaría invitarles a leer Cuentos escritos en el exilio, de Juan Bosch; La tarde que murió Estefanía, de Aída Cartagena Portalatín; Bojear, de Enriquillo Sánchez; Materia del amor, de Manuel Rueda, e Invitación al vuelo, de José Mármol. No caería mal leer a Manuel del Cabral y su poesía negroide en Compadre Mon.
¿Cree que los influencers de las redes sociales han asumido el papel que antes correspondía a los intelectuales, artistas, poetas y escritores?
Toda sociedad elige su arte, su filosofía y a sus profetas. Desafortunadamente para mi generación, nos tocó vivir en la época de la posverdad, nos tocó vivir en la limítrofe de la involución de la cultura escrita a la visual; del final del mundo occidental y su cultura a la bipolaridad geopolítica del sur global. Nos tocó vivir la antesala del resurgimiento del neofascismo y el tecnofeudalismo. Mi tristeza con esto radica en que hemos cambiado el conocimiento sustentable de la evidencia ante la hipótesis, hacia una aproximación perceptible y emocional, ni siquiera empírica, de la ignorancia del postulado como argumento absoluto del que sólo se busca la mención o el ruido sin importar la veracidad o las consecuencias de la externalización de la idea. Un ejemplo de esto es el hecho de que yo duré quince años de mi vida decodificando la lengua taína de los arahuacos antillanos al momento de la llegada de la lengua española a América. Sin embargo, un muchacho que, sin ningún conocimiento de lexicología, filología o antropología, tomó mi investigación, y sin darme ningún crédito, hizo un video de quince minutos sobre el tema. Ahora él es el experto. Nadie conoce mi trabajo, y sólo asocian el tema con él, por la naturaleza viral del contenido.
Aunque vale recalcar que las sociedades son cíclicas, y tarde o temprano, ya sea por inercia social o simple despertar intelectual, volveremos a pedir sustancia, conocimiento, literatura, evidencia. Entonces, yo dormiré tranquilo en la tumba en donde me encuentre.
Se ha dicho desde siempre que las nuevas generaciones no leen. ¿Está de acuerdo con esa aseveración?
Siempre habrá lectores. Pero hoy es muy difícil competir con herramientas de inteligencia artificial, diseñadas para cautivar nuestras tendencias evolutivas y predar en nuestros miedos e ignorancias. Hoy hay miles de películas, videojuegos, chats, redes, grupos, canales, deportes, que nos ocupan para alejarnos del pensamiento y la introspección. El pan y el circo les permitieron a Roma gobernar un imperio hambriento y sanguinario por más de mil años. Más circo que pan, le permitirá al neoimperio lo mismo. Toda esta realidad es producto de la decadencia social de occidente, del desmoronamiento de los sistemas educativos, morales, y sí, por qué no, religiosos. Todo esto es producto de Saturno devorando a su hijo, como en una pintura de Goya, los dueños del planeta subyugándonos como ovejas al degolladero, como sirvientes, esclavos a los que pensar de forma crítica les es negado, bajo la avasallante y teátrica manifestación del engaño disfrazado de conocimiento.
¿Por qué escribe?
Creo que mis respuestas arriba lo revelan, escribo para sacarme lo agrio, para luchar contra la ignorancia, para mantener balance en la sociedad, para dejar un legado, un aquí hubo una vez un humano en medio del tiempo. Buscando, tal vez, la redención de un Jean Valjean ante el candelabro de la educación en medio de la miseria. Escribo para vengarme del sistema, para educar e invitar al pensamiento crítico, a la reflexión, a la libertad de saberse ente, ante la subjetividad de la percepción, cuando se abren los ojos del conocimiento y la imaginación al abrir un libro.
Poemas de Leonardo Nin
Teorema rotatum
La geometría de mis ojos
es lo incongruente de un copo de nieve
acostado en lo insípido de la tormenta.
Podría inventar acertijos irresolutos,
irremediablemente confusos
hacia la salida
escondida al final de las estrellas
y reclamar al universo mi lugar
en el tiempo de los tiempos.
Podría darles formas
a las palabras volando
de mis dedos:
inventar tesoros al final
del arcoíris esperado en primavera,
socavar sandeces en el calor
de los veranos de mi diario,
concluir —tal vez— el verso
que describa el sentimiento
asido en lo profundo del secreto.
Puede que
en este intento atrape al viento
e hilvane vestidos de novias de nubes.
Que teja velos de olas
en los ojos del recuerdo,
que hile de su aliento,
que es mi aliento,
un collar de las palabras
dichas en la desdicha de un olvido.
Pero la vida, la vida es un blanco
frígido y rapaz
por la que una lágrima surca la arruga
hasta el amargo del nudo
donde una vez habitó
la sonrisa de un sueño.
El hombre del reflejo
no me reconoce,
busca al otro,
al que debiera estar allí,
en lo ilusorio de su memoria.
El frío sigue,
la nieve lo borra a él,
lo borra todo.
Yo sigo solo,
cazando mundos
al otro lado del tiempo.
Reflectario
El afuera es un blanco infinito
en donde los sentimientos vuelan
como cuervos, aguijonados
de incertidumbre en medio del destino.
Una vida es lo perdido
en el recuerdo
incipiente de la desdicha,
el sabor agrio
dejado en la mesa
como una copa sola,
seca y mustia en el borde donde una vez
hubo un labio y un suspiro
con cuerpo y nombre. Ahora,
una ausencia,
cóncava y vacía,
como si remedara al hueco
en eco de un latido
volando a lo frígido
y lacerante del olvido.
Porque se olvida cuando se muere
y se muere cuando el olvido
no llena la copa,
ni la risa, ni la mirada frente al fuego
donde el calor era la vida
y el refugio era el destierro.
Si hubiera dibujado un mapa,
a lo mejor
este errante perdido
en el verso
volvería al lugar escondido en la huella,
treparía por el aire gastado,
ido en el respiro de otros
suspiros y subiría
hasta la entrada /donde una vez/
bajo la vela
............en el fondo
........................habitó un latido.
Estado de sitio
La idea
merodea insípida en las estaciones del tiempo.
Podría con una palabra describir el mundo
afuera de la ventana de nuestras posibilidades.
Decir, tal vez, que queda un suspiro en la boca de lo dicho,
un quejido en la espalda
del verso escrito con la tinta de sus poros.
Podría hurgar un recuerdo
descubierto por la punta de mi dedo
en lo guardado en el mapa milenario
de sus secretos.
Puede que palomas ebrias
vuelen en la noche
de sus violines,
que
de un brinco un fénix
resucite ardiente de su sueño milenario
e inherente
incendie nuestras calmas
bajo la sábana de agua de los vaivenes.
Puede que
surja el suspiro
de lo ido en la quietud robada al bullicio
de los confines de una ciudad
dormida en el idilio de los poetas
osados a describirla
en la oquedad de sus versos.
Puede que mi boca,
que ahora es su boca,
enuncie una palabra definitiva,
un fonema asaz para narrar
la conjugación de la vida
reflejada en el ojo
que espía a la imagen
desnuda
en el espejo.
Y sea la luz...
Retorno
Vuelvo al centro de la espiral,
a cerrar la coraza del pecho,
al silencio del torbellino roto al caer el bucle.
Vuelvo a robarle sandeces
a la soledad del silencio,
a la sala vacía del desquicio,
a la esperanza agria del poeta,
a la verdad de la incógnita.
Vuelvo
al final de la cometa
donde el hilo en la niñez
me regaló el sueño.
Vuelvo a lo imposible
de la esperanza,
a abrazar molinos en los vientos,
a conquistar finales en la lluvia,
a esperar adioses en los trenes,
a robar alientos en la desidia.
Vuelvo a la vuelta de lo
que ya no vuelve,
vuelvo al pilote de sal que
una vez fui
............al desobedecer
........................y voltear la cara.
E pluribus unum
Me ato a los recuerdos
como una hiedra
ante
el frío/
persigo al viento
destierro nómada,
bullicio desafinado/
murmullo
en muchedumbre
de una vela en la ventana
de un desvelo
hundido en el laberinto
donde un ojo acostado
sobre la solitud se enrosca en la
sábana cubierta de noche.
Nudo a nudo
voy dejando el despojo
de mis pasos/
huella atroz
arrepentimiento
cabizbajo a la resignación
del tiempo ido a destiempo
de la última línea
del letargo de mis senderos.
Una vez un hombre,
bestia bípeda
tirano
rebelde ante el silencio
de molinos rotos
lanza
de agravios y espejos blancos,
sin otra imagen que
el legado incurso del oprobio
de la mano queriendo sacar
al otro del fulgor
esquelético del reflejo
así como se seca inocencia
del vientre añil de los recuerdos
y la culpa.
Una vez un poeta
un sueño
una vez una promesa
circunspecto engaño juvenil
de fatuo naife bufón
halando la cuerda
pendular
de lo ahora inalcanzable
en la realidad viva
del destino.
Grano a grano
Voy cayendo al despojo
de mis huellas
en el paso
desvencijado
del fondo
del hoyo
del centro
del tiempo.
El vuelo de un poeta
Yo, que de la cueva de Leucones
lamo las heridas
de los días. Esos, dejados
en el fondo púrpura
de orfandad de la copa
servida una vez
a los mustios olvidos
del destiempo
de la ventada.
Esa,
en la que
un pájaro errante
guiña su ojo,
escribe versos silentes
en su vuelo tejedor
de letras en las líneas
onduladas del viento,
cuando se aleja
dejando tras su paso
un torbellino de hojas:
las de los árboles,
las mías no escritas
/o tal vez/
las escritas en el blanco
inconcluso del intento
ambivalente
de los poetas
taciturnos,
esos,
asidos
en el silencio húmedo
de un libro aún no leído
/o tal vez/
el cual no leeré
ni escribiré
nunca.
La ventana
es una glosa de cristal y mundos,
el mundo es un cristal
atrapado entre mi ojo
y la punta pluma
de mi lápiz.
Abro
la ventana,
el libro,
alzo el vuelo
/y con la punta de mi pluma/
adorno el cielo
de hojas
y versos
/o tal vez/
en el medio del aire
solo
volamos unánimes
las hojas,
los versos,
el pájaro y yo.
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