
El solitario oficio de la escritura se transforma, en ocasiones, en una ventana al reconocimiento del “Otro”. El narrador de una historia es un desconocido que, a través de la imaginación y del trabajo del autor, va creando mundos de ficción. Y acaba así convirtiéndose en una especie de amigo del lector, gracias a la magia de los libros, gracias a esa huella de tinta que se va volviendo historia escrita.
Hoy tengo el privilegio de conversar con Alejandro José López, un tulueño nacido en 1969, licenciado en literatura, magíster en literaturas colombiana y latinoamericana, y doctor en literatura y medios de comunicación. Ha publicado hasta este momento nueve libros, además de algunos otros volúmenes colectivos. Su firma de autor la llevan libros de crónicas, ensayos, cuentos y novelas.
Su notable trayectoria indica que ha sido finalista o ganador de varios concursos literarios a nivel nacional e internacional: Carlos Castro Saavedra, en cuento (Medellín, Colombia, 1993); Jorge Isaacs de Autores Vallecaucanos, en cuento (Cali, Colombia, 1997) y en ensayo (Cali, Colombia, 2016); Art Nalón Letras, en cuento corto (Asturias, España, 2003). En 1999 obtuvo el primer puesto del premio de la Asociación Iberoamericana de Televisiones Regionales y Afines, Asitra, dado en Valencia (España), en la categoría de reportaje.
Amable y buena gente, Alejandro aceptó la invitación que le hice para charlar sobre su mundo, su vida como escritor y algunos detalles de su reciente libro de relatos titulado Detrás de la luna.
Alejandro, cuénteme de su juventud en Tuluá, esa ciudad de sus primeros años, pero que sigue viva en sus recuerdos.
Viví hasta los diecisiete años en Tuluá, en el seno de una familia tulueña raizal. Estudié en el Colegio Gimnasio del Pacífico, que tiene un lugar muy especial en mis afectos. En este colegio mi padre fue profesor durante varias décadas, así que, como podrás suponer, allí me sentía como en casa.
Mi padre, César Tulio López, fue un profesor de literatura muy conocido en el pueblo. Crecí rodeado de libros, viéndolo a él preparar sus clases o leyendo. Mi madre, Aura María Cáceres, ama de casa a la vieja usanza, fue una mujer muy cariñosa con sus hijos. Estos primeros años de mi vida en Tuluá, con mis padres y mis hermanas, constituyen para mí un recuerdo entrañable.
Hoy muchos lo reconocen a usted como escritor. ¿Cómo fue su acercamiento a la literatura? ¿Soñó alguna vez con dedicarse a este oficio?
La literatura llegó a mi vida por contagio. Yo observaba siempre a mi padre organizando sus materiales de clase en un sitio muy distintivo de nuestra casa. A ese lugar, nunca entendí por qué, no lo llamábamos la biblioteca, sino que lo nombrábamos como “la pieza de los libros”.
Mi viejo se la pasaba metido en ese espacio mágico. Y tuvo con nosotros una precaución dictada por la ternura: dejaba, en los estantes más bajitos, versiones ilustradas de los clásicos para que sus hijos nos familiarizáramos con ellos. Recuerdo que hojeábamos esas ediciones bellísimas, llenas de pinturas y dibujos. Libros como El Mío Cid, La Celestina o La Eneida. Esos volúmenes me marcaron la vida porque fueron, para mí, la semilla de la pasión por la literatura.
Se viene a Cali y empieza a estudiar en la universidad. ¿Qué carrera estudió?
A los diecisiete años fui admitido en el programa de licenciatura en literatura de la Universidad del Valle. Corría el año 1986 y mi padre me dijo: “Bueno, Alejo, llegó el momento de arrancar”. Me apoyó y me animó para dar ese salto a la aventura. Porque para un joven de provincia como yo, que no conocía Cali, llegar a la ciudad era un desafío enorme. Y sí: el inmenso campus de Meléndez me resultaba intimidante al principio. Pero pronto nuestros profesores y maestras nos ayudaron a aclimatarnos a la vida universitaria y nos fueron habituando al rigor académico e intelectual.
¿Cómo descubre su vocación de escritor? ¿Qué le motiva a dar ese paso hacia las letras?
Los libros de mi padre, desde niño, me mostraron ese camino. Y recuerdo muy especialmente, ya en mi adolescencia, unas enciclopedias ilustradas que había en la casa, unos libros hermosísimos sobre historia de la literatura. Sentía auténtica fascinación por ese universo que encontraba en ellos. Leí sobre Balzac, Chéjov, Flaubert, Mary Shelley y otros grandes. Y desde ahí empecé a soñar con ser escritor.
Al principio garabateaba textos diversos, pero no me atrevía a mostrárselos a mi padre, que era un académico riguroso. Fue mi madre quien, con su dulzura habitual, guardó mis primeros poemas y cuentos (o lo que yo pensaba que eran cuentos) en una cajita que me mostró muchos años después. Todo ese entorno me hizo pensar en la escritura como un futuro posible.
¿Qué es lo primero que escribe y como recibió ese reconocimiento inicial?
Me publicaron un cuento unos compañeros de la universidad, hacia 1989. Habíamos fundado varias revistas estudiantiles y nos dedicábamos a debatir nuestras lecturas con mucha pasión y arrogancia (yo creo que, aunque ninguno lo confesaba, cada uno soñaba en secreto con ser el próximo premio Nobel). En una de aquellas revistas publicaron el cuento que te digo. Leí varios años después ese texto y lo descubrí confuso, ingenuo, terriblemente mal escrito. Bueno, ese cuento fue mi primera incursión en el género de la literatura fantástica y también la más fallida.
Pocos años después pude participar en el periódico La Palabra, que en ese momento dirigía Umberto Valverde. Eso tuvo mucha importancia en mi vida: fue un gran aprendizaje. Y, además, publicar crónicas, entrevistas y reseñas en un medio tan consolidado me enorgullecía, reafirmaba mi vocación. Para un joven que apenas empieza, ver su nombre publicado es algo muy impactante.
Alejandro, además de ser escritor, ha hecho cine, especialmente documentales. Cuénteme de esa experiencia.
En aquella época soñaba también con ser director de cine. Estudié un posgrado en prácticas audiovisuales con énfasis en guión. Y ya hacia el año 1998 dirigí varios documentales que se emitieron, en ese momento, en diferentes canales públicos.
En ese posgrado conocí a un maestro de quien, a través de los años, me volví un amigo muy cercano: el cubano Jorge Fraga. Durante una charla en mi casa, mientras revisábamos algunos trabajos míos, un día me dijo: “Alejo, tienes que irte a la Escuela de Cine de San Antonio en Los Baños; ahí te van a ayudar para que mejores algunas cosas”. Le hice caso y me fui a la Escuela de Cine, donde me enseñaron asuntos muy importantes sobre el oficio de narrar. Eso me permitió además conocer a Gabriel García Márquez, quien estaba dictando otro de los talleres que se impartían allá. Curiosamente, regresé y nunca volví a dirigir, pero lo que aprendí con ellos fue clave porque enriqueció mi forma de construir los personajes y de concebir la narración.

Hablemos de su obra más reciente, que tiene un nombre muy bonito: Detrás de la luna. ¿Qué encontrarán los lectores en este libro?
Como te decía, llegué a Cali cuando tenía diecisiete años. Y aquí he hecho mi vida: me he enamorado, he enfrentado desengaños y he visto nacer a mis hijos en esta ciudad; por eso, le tengo un gran cariño y siento por ella una deuda de gratitud enorme. Escribir este libro ha sido para mí una forma de retribuir un poco de todo lo que esta ciudad me ha dado. El volumen titulado Detrás de la luna reúne seis crónicas fantásticas sobre la historia de Cali a lo largo del siglo XX.
Claro que decir crónicas fantásticas es afirmar algo muy raro, Manuel Tiberio, porque estaríamos hablando de un género híbrido, incluso de algo contradictorio, de un oxímoron: la combinación de esa investigación rigurosa que caracteriza la crónica, con aquella imaginación que es distintiva de la literatura fantástica. En otras palabras, los lectores se van a encontrar en este libro con historias reales, bien documentadas, pero enriquecidas, o ensanchadas, con elementos de orden sobrenatural. Las tradiciones de lo fantástico suelen tener un gran poder para abrirnos hacia diversas interpretaciones sobre lo que somos.
¿Cómo fue el desafío de combinar crónica con ficción?
Fue un reto enorme porque son tradiciones narrativas aparentemente opuestas. La elaboración de cada una de estas narraciones me tomó entre seis y ocho meses de trabajo. Por ejemplo, el relato “Detrás de la luna” (que le da título al libro), es la historia de Antonio María Valencia, fundador del Conservatorio de Cali. Hay una documentación extraordinaria sobre este músico excepcional, incluida la biografía cuidadosamente escrita por el maestro Mario Gómez-Vignes. Y hay varios materiales de carácter audiovisual, tesis de grado y una copiosa cantidad de artículos académicos. Pero el trabajo sobre estos textos ha implicado, por otra parte, una investigación de tipo literario. Me puse a buscar, entre los grandes temas de lo fantástico, cuál podría ofrecerme una perspectiva enriquecedora. Encontré que el maestro Valencia había tenido un hermano mayor llamado José, un niño que falleció antes de cumplir el primer año. A partir de este hecho biográfico, ficcioné entonces el encuentro de los dos hermanos en un mundo onírico y de esta manera me adentré en el asunto del doble. Esto me permitió indagar literariamente en los misterios de la genialidad artística. Con los otros cinco relatos trabajé de modo similar, lo que me llevó a estudiar los grandes clásicos sobre el doble, sobre la sombra, sobre los bestiarios, sobre el viaje en el tiempo, entre otros temas de lo fantástico.
¿Cómo han recibido la crítica y los lectores este nuevo libro?
La acogida ha sido muy cálida. En la presentación del 11 de abril, en la Universidad del Valle, los libros dispuestos en la estantería se agotaron, y en la que se hizo el 1 de mayo, en la Feria del Libro de Bogotá, muchas personas se llevaron también una notoria cantidad de ejemplares. Tenemos programadas varias presentaciones más en librerías y cafés de diferentes ciudades colombianas en estos meses siguientes. En cuanto a la crítica, han aparecido en diferentes medios reseñas y comentarios sumamente generosos. Me siento muy agradecido por lo que está sucediendo con este libro. Un escritor puede realizar su trabajo con el mayor esmero posible, pero sabemos que eso no garantiza nada en términos literarios. Y en lo que respecta a los lectores, siempre me han parecido misteriosos y apasionantes los motivos por los cuales una persona acoge un libro.
¿Dónde pueden los lectores conseguir Detrás de la luna?
Este libro fue editado por el Programa Editorial de la Universidad del Valle. Actualmente se encuentra disponible en la página web de la editorial y en varias librerías en línea con las cuales tienen convenios, sitios como LibreriadelaU.com, o como UniversiLibros.com, quienes realizan despachos a todo el país. Asimismo, se está comercializando en algunas librerías independientes de Cali, como Oromo Café Librería y La Casa de la Lectura. Y hay otros portales, como el de la Casa del Libro, que han puesto a disposición de sus lectores la versión electrónica de Detrás de la luna.
Tuve la oportunidad de estar recientemente en la Feria del Libro en Bogotá y noté que muchas personas quieren escribir. ¿Qué opina de esta pulsión tan generalizada por la escritura?
Hace poco, un amigo me decía en broma y en queja a la vez: “Alejo, hoy parece haber más escritores que lectores, ¿no?”. Pero la verdad es que veo esto, Manuel Tiberio, como un fenómeno muy positivo. Voy a ponerte un ejemplo análogo, con la música. No todo el que coja un saxofón se va a convertir en un Charlie Parker, o un John Coltrane, o un Mario Rivera, pero estoy seguro de que, si alguien se pone a practicar este instrumento con cierta seriedad, se va a dar cuenta del enorme virtuosismo musical que han logrado estos tres maestros. O sea que dicha práctica produce, como mínimo, una especie de “alfabetización estética” entre quienes la realizan. Y esto, sin duda, enriquece la sensibilidad de todos. Con la literatura y con el arte en general sucede algo muy parecido.
¿Por qué leer su libro Detrás de la luna?
Detrás de la luna es una invitación a regresar sobre la memoria histórica de Cali desde una perspectiva estética muy particular, que está propiciada por los recursos de la literatura fantástica. Hay aquí seis relatos sobre el siglo XX en esta ciudad, sobre personajes célebres (como el gran músico Antonio María Valencia o el popular mendigo conocido como “El Loco” Guerra) y sobre grandes hitos de Cali (la explosión del 7 de agosto de 1956, el estallido social de 1971, el secuestro de la iglesia La María en 1999, entre otros).
Pero me parece que esta motivación relacionada con los temas no es la única y tal vez no es la más importante. Quiero decir: cuando alguien lee un texto literario, no necesariamente busca “aprender más”; aunque después de leerlo llegue a “saber más”. Sin embargo, la aproximación a la literatura y al arte en general está ligada a un deseo de disfrutar y de emocionarse, a una búsqueda de deleite estético. Me gusta, para referir esta idea, una palabra muy bella: fruición. Creo que en este libro hay un esmero por propiciarle esto a los lectores.
¿Qué es lo mejor de ser escritor, Alejandro?
Creo que hay varios asuntos maravillosos, como la gran oportunidad que esto te brinda para aprender cosas nuevas. Aunque tal vez lo mejor de ser escritor sea la posibilidad de indagarse e irse descubriendo uno mismo. Porque siempre que cuentas una historia, hay en el fondo una profunda conexión con lo que realmente te preocupa o te apasiona. O sea que escribir es darle salida a tus propios fantasmas, que podrían ser demonios, pero que también pueden ser hadas.
¿Qué pone triste a Alejandro?
A mí me entristece profundamente la muerte de los seres queridos, eso me golpea muy duro. Yo recuerdo que alguna vez le preguntaron en una entrevista al maestro Woody Allen qué opinaba sobre la muerte. Y Allen contestó: “No estoy de acuerdo”. Suscribo esa respuesta.
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