
Palabra
Qué rocío lágrima ardiente
en tu lengua.
¿Puede el fuego que surca un cuerpo desnudo
alguna vez
anunciar la muerte?los pájaros buscan un espejo
en las ramas claras de un plátano.
Les preguntaré, un día,
qué fuego se atrevió a anidar
en la hemorragia del silencio.Luís Aguiar
Luís Aguiar es karateca, fotógrafo, músico, licenciado en Lenguas y Relaciones Empresariales, pero sobre todo poeta, pues su mirada y su escritura atraviesan el mundo para que la palabra cobre vida y le otorgue significado a lo que lo rodea. Es un trabajo muy complejo ese de ser poeta: leer, observar, concentrarse en cada detalle, en la búsqueda incesante de lo verdadero, lo esencial, lo que conmueve y sobre todo lo que alimenta al espíritu.
Ted Hughes, el poeta inglés, considerado por la crítica como uno de los mejores poetas de su generación, le confesó en 1989 al escritor y profesor inglés Amzed Hossein, en una entrevista: “Creo que la poesía es el componente psicológico del sistema inmunitario, ¿verdad? Así que existe el sistema inmunitario físico, y ante el estrés, ante cualquier estrés, ante cualquier desastre, ante cualquier duelo o luto, o simplemente ante el estrés de la vida, ante la respuesta biológica diaria a los problemas de la vida, el sistema inmunitario está en constante actividad para reparar el efecto de esto en el propio cuerpo, en el propio sistema. Toda la química de nuestro cuerpo está constantemente bajo el bombardeo de factores externos, y el sistema inmunitario la repara y renueva constantemente. Y ese es un componente físico de lo que en realidad es un proceso químico. Pero me parece que también hay un componente psicológico. Y el componente psicológico es ese extraño asunto que llamamos arte... y la poesía es simplemente la forma verbal de ese proceso. Eso es lo que siento”.
Volviendo a nuestro entrevistado, recurrimos a lo que el poeta Amadeu Baptista escribió sobre Aguiar: “Aporta a cada uno de los poemas una experiencia decisiva y divinatoria, una trascendencia que fascina al lector y lo transporta a un lugar donde la magia y el poder de la palabra son la clave y el diseño de la fanfarria artística a la que cada uno de nosotros se enfrenta”.

Según el jurado del Premio de Poesía Víctor Oliveira Mateus, “la obra poética de Luís Aguiar se distingue por la consistencia poética de un discurso que interactúa con otras obras y otras formas de arte, como el cine, la escultura, la literatura, la pintura, la danza contemporánea, la fotografía y la música. En este sentido, el autor, a menudo desgastado por la memoria e indomable ante los innumerables itinerarios que el arte provoca en el poeta, logra una musicalidad y un lenguaje muy propios, frente a la belleza de películas como El caballo de Turín, de Béla Tarr, y Persona, de Ingmar Bergman, por ejemplo, con la música de Olivier Messiaen y Arvo Pärt, o incluso en relación con el innegable esplendor de la calidad fotográfica de Alexander Rodchenko y Vivian Maier”.
Luís Aguiar nació en Oliveira de Azeméis en 1979. Es licenciado en Lenguas y Relaciones Empresariales por la Universidad de Aveiro. Estudió, además, música clásica, guitarra portuguesa de Coímbra y fotografía. Director de la Cadena de Suministro en la empresa Onlifarma Unipessoal. Es licenciado en 1º Dan de Karate Shotokan. En 2021, ganó la 3ª Bienal de Arte Vila de Fânzeres en el área de fotografía. Miembro del PEN Club portugués. Coordinó la antología São Cravos, 50 anos de abril, 100 poemas, publicada por la Editora Labirinto. Fue invitado al XXVII Encuentro de Poetas Iberoamericanos, en Salamanca, en octubre de 2024. Su poemario Os desígnios da água, publicado por la Editora Labirinto, fue escrito en la residencia literaria organizada por Thermos, Encontros Literários das Caldas das Taipas.
Ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Judith Teixeira de Poesía (2024 y en 2016); Premio Literario Manuel María Barbosa du Bocage (2022 y en 2016); Premio Literario Pedro da Fonseca (2022); Premio Literario Cidade de Almada (2021); finalista del Premio Internacional de Poesía Jovellanos “El Mejor Poema del Mundo”, de Ediciones Nobel (España, 2021); Premio Nacional de Poesía Vila de Fânzeres (2019); 2º lugar en el Premio Internacional de Poesía Sepé Teixeira; 2º lugar en el Premio Internacional de Poesía Iberoamericana Sepé Tiaraju, Brasil (2009); Mención de Honor en el Premio Literario Florbela Espanca (2007); Premio Literario São Domingos de Gusmão (2007); Premio Literario Afonso Lopes Vieira (2006) y Premio del Concurso Internacional de Poesía Castello di Duino (Trieste, Italia, 2005).
—¿Qué recuerda de la casa de su infancia? Esos espacios que perviven en la memoria como un refugio sentimental, ¿los puede visitar en la actualidad?
—Creo que cuando nos hacemos adultos, la infancia se convierte en una casa. Así, la casa que ocupábamos entonces pierde su importancia, porque es la propia infancia la que perdura en nuestra memoria, en nuestra construcción como seres humanos. A menudo vuelvo a la infancia, siempre con el objetivo de recuperar gestos, voces, imágenes e incluso personas que ya no existen físicamente.
—¿Quiénes eran sus padres? ¿Qué aprendió de cada uno? ¿Esas enseñanzas lo acompañan siempre?
—Mis padres eran tan importantes como debería serlo cualquier madre y cualquier padre en la vida de sus hijos. Sin embargo, como a menudo estaban absortos en su trabajo, me “empujaron” a casa de mis abuelos paternos y maternos. Con el tiempo, descubrí lo importantes que son los abuelos en la crianza de sus nietos. Son, en cierto sentido, otros padres. Tienen un peso educativo único que sólo los abuelos pueden ejercer, y que yo valoro mucho haber experimentado con ellos.
—¿Empezó escribiendo poemas o un diario personal?
—Empecé a escribir poemas a los dieciséis años, cuando murió mi abuela paterna. Ella era mi tierra, mi río, mi mar. Fue la primera vez que me sentí como un náufrago. Me salvó la poesía: Baudelaire, Rimbaud, T. S. Eliot, Jorge de Sena y Federico García Lorca.
—¿Cuál fue el primer libro que leyó? ¿Cómo llegó a sus manos ese primer libro?
—El primer libro de poesía que leí, y que me ha dejado una profunda huella hasta el día de hoy, fue Les Fleurs du Mal, de Baudelaire. Lo leí cuando tenía dieciséis años y nunca he dejado de releerlo. Tengo en mi biblioteca varias ediciones francesas de los años 40 y 50 profusamente ilustradas de este hermoso libro. No recuerdo exactamente cómo llegó a mis manos; puede que lo encontrara en la biblioteca de la ciudad donde vivía, ya que empecé a leer de forma descontrolada a los dieciséis años.

—¿En su adolescencia la escritura se convirtió en un refugio para manifestar sus sentimientos más profundos o fueron la música o la fotografía las disciplinas que ocuparon su interés en esa época?
—Cuando era adolescente, siempre tuve un gran interés por la literatura, pero también por otras artes, como el cine, la pintura, la música, la fotografía y la escultura. Este interés, que en realidad es una forma de búsqueda, continúa hasta hoy, treinta años después.
—¿Recuerda el primer poema que escribió o alguna línea?
—No me acuerdo. Pero hoy tengo la sensación de que no eran poemas en absoluto, sino más bien los arrebatos de alguien que buscaba un camino, un campo que explorar. La poesía tiene una conexión muy profunda con la edad, con la experiencia vital, con el dolor, con la vida cotidiana, con la pérdida. Llevo treinta años escribiendo y creo que es ahora cuando he empezado, verdaderamente, a escribir poesía.
—¿Escribe pensando en alguna fotografía o en alguna pieza musical determinada? ¿Una de esas disciplinas se nutre de las otras?
—Sí, es recurrente. Tengo un libro llamado Alfarrabista, publicado en Portugal por la Editorial Labirinto, en 2023, compuesto por poemas que representan otras obras de arte, como música, fotografía, escultura, cine, danza contemporánea o incluso la obra de otros poetas.
—¿Cuál es su manera de escribir?, ¿piensa primero en un tema, en una metáfora, y escribe mentalmente, o toma apuntes en la computadora para ir configurando el universo de un poema?
—Escribo constantemente, ya sea con un lápiz, un bolígrafo, en el ordenador o incluso mentalmente. Hay una frase del pintor Balthus que describe bien este impulso, y que a veces se acerca a un estigma. Creo que decía algo así: “Hay que dibujar, dibujar siempre, dibujar con los ojos cuando no se tiene un lápiz”. Ese es mi caso. Luego, por supuesto, está el trabajo de organizar los poemas y las ideas. Cuando desarrollo un libro temático, me vuelvo más metódico. Durante mi máster en la Universidad de Aveiro, escribí una tesina cuya metodología fue, sin duda, un proceso de aprendizaje extremadamente rico para mí. Gracias a la atenta supervisión de mi tutora, adquirí competencias cruciales en materia de análisis, observación y método, que me han favorecido enormemente en la construcción y estructuración de mis poemarios.
—¿Cómo fue el proceso para publicar su primer libro? ¿Fue difícil? ¿Esperó mucho tiempo?
—Mi primer libro surgió a raíz de un premio literario, como casi todos los siguientes. Lo publiqué a principios de este siglo. En Portugal era muy difícil para un joven publicar. Me arriesgué a escribir poesía inédita y la presenté a premios literarios; por suerte o por mérito, empecé a ganarlos. En los últimos veinticinco años, he publicado dieciocho libros, quince de los cuales fueron el resultado directo de premios literarios.
—¿Y en la actualidad, lo abordan las editoriales o sigue siendo un arduo camino el de la publicación?
—Publicar en Portugal sigue siendo difícil. Las editoriales, en mi opinión, dudan en apostar por nuevas voces, nuevas lenguas, y tienden a favorecer a nombres consagrados, a menudo en detrimento de la calidad poética.
—¿Puede describir el momento cuando siente que debe terminar un poema?
—Desde mi punto de vista, un poema nunca está realmente terminado. Incluso los que ya han sido publicados permanecen en silencio, como piedras que pacientemente tienden a echar raíces.
—¿Le gustan los recitales, leer en público, oír a otros poetas?
—Sí, disfruto recitando mis poemas en público. Sin embargo, me resulta más difícil escuchar otros poemas recitados, porque a veces optan por una entonación excesivamente teatral, que no creo que favorezca el mensaje que el poema intenta transmitir.
—¿Cree que los influencers de las redes sociales han asumido el protagonismo, el papel que antes les correspondía a los intelectuales, artistas, poetas y escritores?
—Estoy de acuerdo con esa opinión. Creo que hoy en día los poetas, los intelectuales, los filósofos y los pensadores son vistos por las nuevas generaciones como figuras anticuadas, alejadas del presente, cuando en realidad representan exactamente lo contrario. Las redes sociales han dado lugar a la mediocridad y a la masificación de la estupidez.
—¿Utiliza la inteligencia artificial para sus tareas cotidianas, como el correo electrónico, los recordatorios, etc.?
—No. En este campo me considero anticuado. Pertenezco a la “vieja escuela”, que prefiere realizar todas las tareas de forma independiente y a mano.

—¿Qué libro recomendaría para alguien que quiera conocer Águeda?
—No recomendaría un libro a nadie que quiera conocer Águeda. Le recomendaría, sin dudarlo, que se monte en un coche y haga un viaje hasta allí. Es imprescindible visitar la ciudad en persona, preferiblemente en verano o en Navidad. Aunque es pequeña, es acogedora, tiene una gran dinámica cultural y muestra mucho colorido. Sin embargo, quiero insistir en la importancia de la lectura, ya que ha mencionado los libros. En Portugal tenemos escritores y poetas absolutamente extraordinarios, como Sophia de Mello Breyner Andresen, Al Berto, Herberto Helder, Luiza Neto Jorge, Ruy Belo, Ana Hatherly, Jorge de Sena, Natália Correia, Luís de Camões, Agustina Bessa-Luís, Fernando Pessoa, Maria Teresa Horta,José Saramago, Eugénio de Andrade, Maria Gabriela Llansol, António Lobo Antunes e Fiama Hasse Pais Brandão.
—En esta época, ¿qué le da miedo?
—El crecimiento desenfrenado de la extrema derecha en Europa, la hambruna y el genocidio en Gaza, así como las múltiples guerras que se perpetúan en todo el mundo. La violencia está cada vez más presente en las llamadas sociedades modernas occidentales. El diálogo parece haber perdido su centralidad; la población es inconformista, intolerante, no abierta al diálogo, con un discurso cada vez más duro marcado por el odio y el resentimiento. Tengo miedo. Miedo por los valores que defiendo: tolerancia, diálogo, diplomacia y respeto. Tengo miedo por mi hija de diecinueve meses, que se encontrará con un mundo vulnerable, hostil y profundamente impredecible.
—¿Por qué escribe?
—Tal vez sea esta la única pregunta que nunca debería formulársele a un poeta, porque es poco probable que la respuesta sea sincera e inevitablemente tendrá múltiples interpretaciones a lo largo del tiempo por parte de quienes escriben poesía. Según Carlos Bousoño, citado por David Mourão-Ferreira, “la poesía es, en su primera fase, un acto de conocimiento (conocimiento de lo psíquico singular a través de la fantasía), y en la fase posterior, un acto de comunicación, a través del cual este conocimiento se manifiesta a otros hombres”. Quizá esta sea parte de la respuesta. Hoy, con muchas incertidumbres, puedo decir que se ha convertido en algo orgánico y visceral, como si fuera una necesidad fisiológica. Es como tener ganas de orinar, y no se puede hacer mucho al respecto: hay que orinar, hay que escribir. Mientras el cuerpo vivo no se levante contra el poeta, hay que seguir escribiendo. Sobre todo ahora, en un tiempo marcado por tantas guerras, la escritura de un poeta es quizá el arma más poderosa en esta época.
Poemas de Luís Aguiar
Gaza 2025
Aquí estoy, en este siglo de luz atómica,
cuya blancura es más pútrida que el moho del tiempo.
Aquí estoy escudriñando el sosiego de mi hija,
un silencio pétreo, cenizo, gris que escudriña los puertos,
los lugares poco profundos donde el mar no canta,
Mar Muerto que sólo llama a la desesperación de los pájaros.
Aquí estoy buscando la escasa sombra
de una justicia que persigue el grito denso, el altercado,
la marca de una raza manchada por la ausencia de paz.
Corren los caballos negros y, mientras corren,
aquí estoy, jodido, atravesando la nieve,
cruzando el agua salada,
sintiendo el dolor como si fuera una cruz impensable,
mientras el mundo perfecciona las vicisitudes de la vida,
y suben a los trenes exhaustos
los que un día arrastraron las raíces
de los árboles que cobijaron la lluvia en sus ramas.
Aquí estoy, un testigo mudo, sordo,
que busca una nueva religión,
un nuevo pedal para la bicicleta heredada
de mi abuelo que murió de cáncer de garganta,
una vieja bicicleta que no granjea puertos
ni patria,
pero que insiste en girar la llanta,
la rueda sobre el asfalto —el camino está ahí, allí,
cerca de esa rueda hacia la patria
desmesurada que tiene el nombre de Israel.
Aquí estoy, blanquísimo, disfrazando lo negro de rosa,
describiendo la fuerza del oro en los ojos de las viudas,
mientras los relámpagos estallan en las venas,
y el tiempo, la mierda de este tiempo, dibuja en el mapa
de la vida una nueva raza que es fuego y ceniza,
que permite el vuelo de un pequeño pájaro
que se pierde en el vacío, en la lucha sin tregua, en el canto árido,
donde sólo la piedra establece el peso del suelo,
mientras los niños mueren de hambre o entre los escombros
dibujados por bombas de papel.
Y así seguimos, sin puerto ni mapa,
atravesando un siglo sin esperanza.
Aquí estoy, aquí estoy, aquí estoy, arruinado,
sin un céntimo ni un escudo que ofrecer
a la muerte, para desgastar la luz que cae en la sombra,
y cosechar el raro viento que ahora es sangre y blancura,
la sal más oscura en la interminable promesa de libertad.
Aquí estoy, entorpecido por la amargura de un pueblo,
verso palestino, indescifrable, desaparecido del mundo.
Gaza 2025
Eis-me aqui, neste século de luz atómica,
cuja brancura é mais pútrida que o bolor do tempo.
Eis-me aqui a vasculhar o sossego da minha filha,
silêncio pétreo, cinza, cinzento, que vasculha os portos,
os rascos lugares onde o mar não canta,
Mar Morto que apenas conclama o desespero das aves.
Eis-me aqui a procurar a escassa sombra
de uma justiça que persegue o espesso grito, a altercação,
a marca de uma raça manchada pela ausente paz.Correm os cavalos negros e, enquanto correm,
eis-me aqui, fodido, a atravessar a neve,
a cruzar a água salgada,
a sentir a dor como se fosse uma cruz inverosímil,
enquanto o mundo aperfeiçoa as vicissitudes da vida,
e embarcam nos comboios exaustos
aqueles que um dia arrastaram as raízes
das árvores que albergaram a chuva nos ramos.Eis-me aqui, testemunha muda, surda,
que procura uma nova religião,
um novo pedal para a bicicleta herdada
do avô que morreu com um cancro na garganta,
bicicleta antiga que não granjeia porto nem pátria,
mas que insiste em girar o aro,
a roda até ao alcatrão — o caminho está ali, ali,
próximo dessa pátria desmesurada que tem o nome de Israel.Eis-me aqui, branquíssimo, a disfarçar o negro da rosa,
a descrever a força do ouro nos olhos das viúvas,
enquanto os relâmpagos rebentam nas veias,
e o tempo, a merda deste tempo, desenha no mapa
da vida uma nova raça e que é fogo e cinza,
que franqueia o voo de um pequeno pássaro
que se perde no vazio, na luta sem tréguas, no cântico árido,
onde só a pedra estabelece o peso do chão,
enquanto as crianças morrem à fome ou nos escombros
desenhados por bombas de papel.
E assim seguimos — sem porto e sem mapa,
na travessia de um século sem esperança.
Eis-me aqui, eis-me, eis-me aqui arruinado,
sem um cêntimo ou um escudo para oferecer
à morte, para desgastar a luz que desagua na sombra,
e colher o raro vento que é hoje sangue e brancura,
sal escuríssimo na promessa infinda da liberdade.
Eis-me aqui, tolhido pela amargura de um povo,
verso palestino, indecifrável, desaparecido do mundo.
Neumonía
Hoy hace exactamente treinta días
que tuve mis primeros síntomas. Busqué un jarabe
en una farmacia del pueblo. Era un día frío,
era marzo, llovía, el agua de mi infancia se diluía
en todas las calles que son las orillas del infinito.
Cuarenta y seis años es poco tiempo.
Mi padre murió el año pasado
con cáncer de páncreas, y ahora,
en esta tarde calurosa, cuando llevo una camisa negra,
tengo una tos de mierda que no me deja dormir.
Después de cinco días tosiendo cuervos, expectorando
y con un dolor en el pecho que da sed de perra fría,
llamé por teléfono al SNS —cuarenta y seis minutos en espera,
tantos como los malditos años que cumplo hoy.
Tras una explicación a la amable señorita,
una enfermera que no grita a los poetas, me sugiere que
vaya a urgencias del hospital de la ciudad,
donde sigo buscando una piedra para hervir el vacío.
Así que me fui, como el Hermano Metralha, en busca de
una nueva píldora, una nueva luz, un nuevo robo.
Llego al hospital, vacío como un naranjo —
el mismo que robaban los chavales de antaño,
los que organizaban robos para perpetuarlos
todos los sábados por la tarde de un mes de verano.
Entro y tardan un rato en atenderme —el hospital está vacío—,
cuando me llaman para el triaje,
y, tras una detallada descripción de todos los síntomas,
me dan una pulsera verde —verde, repito—
del mismo color que el esputo,
para que cualquier duda quede completamente despejada en ese momento.
No me ve ningún médico
y me devuelven al mostrador con una larga sonrisa,
repitiendo una y otra vez que no me verá ningún médico,
que el caso no es grave.
Rechazo la sugerencia de que me den cita para el día siguiente
en un centro de salud lejano. Regreso a casa con los bolsillos vacíos.
Duermo en el sofá, sentado; tumbado en la cama, la tos
parece un mundo amenazado, en llamas.
Me diagnostican neumonía.
Escupo sangre ese día por la noche; por la mañana, repito
ese viento azotado, cargado del licor rojo de los pájaros.
Escupí sangre el segundo día, el tercero, el cuarto,
el quinto, el sexto, el séptimo también. Y así se hizo el mundo.
Voy a la mesa y busco el antibiótico: diecisiete días
llenándome la barriga de antibióticos. Busco las pastillas en la mesa,
al lado, una botella de agua usada, Escitalopran para el pánico,
Victan para la ansiedad y un trozo de chocolate para la gula.
Estar de baja médica, en casa, de la mano de la soledad,
es una voz que retumba.
Busco un vinilo de Stevie Ray Vaughan, encuentro uno en el que el maestro
tiene las venas sobresaliendo de las manos —
bailo por el salón con mi tos sirviendo de canción. Afuera llueve,
me dicen las ventanas, manchadas de lágrimas.
La infancia llora en el mundo, y son pocos los que telefonean,
los que preguntan, los que buscan ciertos fuegos
en momentos críticos. Un día pasa, leo en un instante un libro
de Sandro Csoóri; al día siguiente busco El hombre elefante
de David Lynch: todos los abismos fluyen hacia el cielo.
Salgo de casa, busco entre la multitud la mirada de alguien
que ya haya contemplado el Danubio.
Hoy hace exactamente treinta días que tuve los primeros síntomas
de neumonía. Y ahora sé que te mintieron descaradamente
al hacerte creer que sólo hay luz en los pulmones.
Pneumonia
Faz hoje, precisamente, trinta dias
que tive os primeiros sintomas. Procurei um xarope
numa farmácia da vila. Estava um dia frio,
era março, chovia, diluía-se a água da minha infância
em todas as ruas que são margens do infinito.
Quarenta e seis anos é só um bocadinho de tempo.
O meu pai morreu no ano passado
com um cancro do pâncreas, e agora,
nesta tarde quente, em que uso uma camisa negra,
tenho uma tosse de merda que não me deixa dormir.
Ao fim de cinco dias a tossir corvos, expetoração
e uma dor no peito infligir a sede das putas frias,
telefonei para o SNS — quarenta e seis minutos de espera,
tantos quantos os malditos anos que hoje comemoro.
Após uma explicação à amável senhora,
enfermeira que não grita aos poetas, sugere que eu
me desloque às urgências do hospital da cidade,
onde eu ainda procuro uma pedra para fervilhar o vazio.
Lá fui, qual irmão Metralha que procura
um novo comprimido, uma nova luz, um novo roubo.
Chego ao hospital, vazio como uma laranjeira —
a mesma que fora assaltada pelos putos do antigamente,
os que organizavam roubos para serem perpetuados
em todos os sábados à tarde de um mês de verão.
Entro e demoro a ser atendido — o hospital vazio —,
quando me chamam para a triagem,
e, após uma detalhada descrição de todos os sintomas,
é-me atribuído uma pulseira verde — verde, repito —,
com a mesmíssima cor da expetoração,
para que as dúvidas fossem, naquele instante, totalmente esclarecidas.
Não sou visto por nenhum médico
e reencaminham-me para a secretaria com um sorriso longo,
a repetirem continuamente que não serei visto
por nenhum médico, que o caso não tem qualquer gravidade.
Recuso a sugestão de me marcarem, para o dia seguinte, uma consulta
num centro de saúde longínquo. Regresso a casa com os bolsos vazios.
Durmo no sofá, sentado; deitado na cama, a tosse
aparenta ser um mundo ameaçado, em chamas.
Sou diagnosticado com uma pneumonia.
Escarro sangue nesse dia à noite; de manhã, repito
esse vento flagelado, carregado com o licor vermelho dos pássaros.
Escarro sangue no segundo dia; no terceiro; no quarto;
no quinto; no sexto; no sétimo também. E assim se fez o mundo.
Vou até à mesa e procuro o antibiótico: dezassete dias
a encher a pança de antibióticos. Procuro na mesa os comprimidos,
ao lado, uma garrafa de água usada, Escitalopran para o pânico,
Victan para a ansiedade e um bocado de chocolate para a gula.
Estar de baixa médica, em casa, de mão dada com a solidão,
é uma voz que rumoreja.
Procuro um vinil de Stevie Ray Vaughan, encontro um em que o mestre
tem as veias salientes nas mãos —
danço na sala com a tosse a servir de canção. Lá fora chove,
dizem-me os vidros, carregados de lágrimas.
A infância chora no mundo, e são poucos os que telefonam,
que fazem perguntas, que procuram determinados fogos
nas horas críticas. Um dia passa, leio, num fulgor, um livro
de Sandro Csoóri; no dia seguinte procuro o The Elephant Man
de David Lynch — todos os abismos desaguam no céu.
Saio de casa, procuro na multidão o olhar de alguém
que já contemplou o Danúbio.
Faz hoje, precisamente, trinta dias que tive os primeiros sintomas
de uma pneumonia. E agora eu sei que te mentiram descaradamente
quando te fizeram crer que só há luz nos pulmões.
Cáncer de páncreas
Me conmuevo cada día intentando deletrear tu nombre.
Tal vez no sea demasiado tarde,
pero las letras escasean con el silbido del tiempo,
las barcas cantan en la orilla del mar,
y el calor de tu sangre corre por mis venas
y me trae recuerdos de cuando era niño,
de cuando me escapaba con mi hermano
a los ríos prohibidos, mientras la tierra se pudría
con la maldad de los que sólo tenían navajas en la lengua.
Tal vez no sea demasiado tarde,
pero las oraciones son más pálidas que la nieve
en tus ojos.
Padre, las casas están vacías, los perros vagan sin rumbo,
y te duele el peso de la palabra, la amargura del verbo,
la sed del fuego, el sudor del marinero
que ofreció sus redes a los pájaros raros,
para que las llevaran lejos,
a la decadencia de otro país, a la belleza de la primera fuente.
Nadie conoce la palabra Amor
hasta que ha experimentado la pequeña caricia de la muerte,
pero tal vez no sea demasiado tarde —
huelo rosas por todas partes,
recojo el rocío de tus ojos para alimentarlas:
a las rosas, al silencio de las rosas, a la distancia del mundo
que existe en el vuelo de un cisne,
un cisne blanco, herido por el soplo de un viento que no conozco.
Cancro do pâncreas
Comovo-me todos os dias ao tentar soletrar o teu nome.
Talvez não seja tarde,
mas as cartas escasseiam com o sibilar do tempo,
os barcos cantam na margem do mar,
e o calor do teu sangue percorre-me as veias
e traz-me recordações de quando eu era criança,
de quando fugia com o meu irmão
para os rios proibidos, enquanto a terra apodrecia
com a malvadez dos que tinham apenas navalhas na língua.Talvez não seja tarde,
mas as orações são mais lívidas do que a neve
dos teus olhos.Pai, as casas estão vazias, os cães vagueiam sem rumo,
e dói-te o peso da palavra, a agrura do verbo,
a sede do fogo, o suor do marinheiro
que ofereceu as suas redes aos pássaros raros,
para que as levassem para longe,
para o declínio de outro país, para a beleza da primeira fonte.Ninguém conhece a palavra Amor
enquanto não experienciar a pequena carícia da morte,
mas talvez não seja ainda tarde —
sinto o cheiro das rosas em todos os lugares,
colho o orvalho dos teus olhos para as alimentar:
às rosas, ao silêncio das rosas, à distância do mundo
que existe no voo de um cisne,
um cisne branco, ferido pelo sopro de um vento que eu não conheço.
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