
Nacida en Tegucigalpa, Honduras, en 1979, Venus Ixchel Mejía es una destacada escritora (poeta, narradora y ensayista), editora y docente. Es cofundadora de las editoriales Ixchel, establecida en 2012, y Solsticio Ediciones, creada en 2024. Se graduó en Letras en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (Unah) y obtuvo un máster en Lengua y Literatura Hispánica en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua-León. En 2017 fue reconocida con el primer lugar en el concurso de narrativa breve “Julio César Anariba”. Actualmente ejerce como catedrática en la Unah.
Su trayectoria literaria incluye participación en encuentros internacionales en México, Cuba, El Salvador, Guatemala y Nicaragua, así como en su país natal. Desde 2005, fue productora y presentadora del programa cultural Molinos de Viento en Radio Nacional de Honduras, y en 2015 condujo Letra de Mujer para RDS Radio, de la Asociación Nacional de Escritoras de Honduras (Andeh). Ha impartido talleres de escritura en Tegucigalpa, colaborando en iniciativas como “Barrio Lindo” (en 2003 y 2019), “Educar” (2014), en San Nicolás, Santa Bárbara (2014) y con PEN Honduras (2017). Su obra ha sido parcialmente traducida a varios idiomas, incluyendo inglés, francés, italiano, tamil, mandarín y garífuna, además de haber escrito crítica literaria. Ella ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.
—Hace poco publicó usted Asilo de pájaros (2022). ¿De qué trata este poemario? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?
—Este poemario surgió como un poema de largo aliento que intentara explicar de manera explícita y simbólica mi relación con los pájaros. Sé que sonará descabellado, pero he tenido una conexión inusual con los pájaros. No importaba la especie, llegaban enfermos frente a mi puerta y en cuestión de horas o días morían. Pero no siempre fue así. Otras veces llegaron a hacer nidos en mi ventana. Comencé a entender que esos eventos guardaban ciertas simetrías con mi vida. Le compartí ese primer poema sobre el asilo de pájaros al poeta Noé Lima y él, con una intuición casi luminosa, me dijo: “Seguilo hasta que se convierta en un libro”, y así lo hice. Fue una exploración de mis procesos existenciales, emotivos y creativos lo que comencé a escribir a través de esa figura de los pájaros, y de pronto todo cobró sentido. Fue un proceso de siete años aproximadamente desde que inicié con el primer poema. El pájaro a veces es un poema, a veces soy yo, a veces es una emoción que nace en mi corazón y no siempre aprende a salir. A veces sólo me toca verlos morir sin haberse convertido en una palabra que pueda liberarme de mi propio exilio.

—¿Qué relación tiene su trabajo creativo previo a Asilo de pájaros y su trabajo creativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de hondureña y su memoria personal de lo centroamericano dentro de Honduras y fuera?
—De alguna manera mis poemas están conectados. No porque yo sea la autora, sino porque ciertas manías o formas de asomarme al mundo subsisten en ellos. No obstante, Asilo de pájaros fue un poema aparte. Es decir, fue una forma de explorar ese simbolismo del ave para explicar experiencias de mi vida y mi forma de ver la creación literaria. Ser mujer, poeta, hondureña, centroamericana, está en mis poemas a veces de manera descarnada; otras, de manera implícita. En Asilo de pájaros no se perciben a priori esas realidades, pero están, al menos así fluían en mi alma mientras escribía.
—Si compara su crecimiento y madurez como persona y escritora con su época actual, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?
—Siento que cada poemario ha adquirido su propia edad y contexto. Veo hacia atrás, mi primer libro, y hay una poeta en ciernes que quiere experimentar con las palabras y sueña con verbalizar sus anhelos. Luego hay una mujer que ha vivido, ha sentido y luchado y se ha desembarazado de muchos miedos en mi segundo libro. Hoy en día busco conectar con emociones colectivas desde mi experiencia. Luchas humanas, privadas y de los pueblos, emociones de todos los tiempos, que siguen allí, perpetuadas en cada época mientras haya humanos que las sientan. Ya no soy sólo Venus Mejía, quiero abrazar lo telúrico, lo efímero y único del ser humano. Por eso, la naturaleza cada vez es más visible en mi poesía, porque es lo que nos recuerda verdaderamente nuestra “residencia en la tierra”, citando a Neruda, y lo que más nos hace falta para latir, para no volvernos autómatas.
—¿Cómo visualiza su trabajo creativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en Honduras y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo a su quehacer y a su trabajo escrito de interés y cruce en Honduras?
—Aunque no he estado en un taller o colectivo de letras (sin dejar de mencionar que soy miembro de la Asociación de Escritoras de Honduras, Andeh), mi generación literaria tiene búsquedas bastante parecidas. Creo que me siento parte de las poetas mujeres que buscan la liberación de las cadenas patriarcales. Además, me conecto con los que buscan denunciar los problemas sociales que viven nuestro país y nuestra región. También buscamos esa musicalidad en los versos libres, ese simbolismo de lo existencial. He tenido la suerte de coincidir con muchos poetas de mi generación y de generaciones anteriores a la mía y más jóvenes también y hemos hablado de lo que representa hacer poesía en nuestras realidades. Es una complicidad necesaria, somos los primeros en leernos y comentar nuestros trabajos, eso para mí vale muchísimo.
—¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo dentro de Honduras y fuera, y la de sus pares?
—Creo que no he podido dimensionar esa recepción. Lo que logro percibir hasta ahora, en festivales de poesía, en encuentros, en las redes sociales, es que hay una conexión lírica que sobrepasa mis expectativas. Cuando la gente me menciona como una de las voces que resuenan de mi generación en Honduras, me siento demasiado honrada. Cada opinión tiene semejanzas y diferencias. En general, ven en mis poemas esa búsqueda en lo profundo del ser, tocando fibras en mi alma que resuenan en otros.
—Sé que es usted de Honduras. ¿Se considera una autora hondureña o no? O, más bien, una autora centroamericana, sea ésta hondureña o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?
—Soy de Honduras, desde luego. Esta alegría casi amarga y esta tristeza rayando en lo cómico sólo puede darse en estos países del istmo. Acá todo está permeado: la tristeza con la política, el amor con el salario mínimo, el sexo con los toques de queda, la amistad con las dictaduras, el trópico con el frío del cinismo. Pero soy una ciudadana del mundo, latina, pero con las mismas inquietudes de los asiáticos y los escandinavos, al menos así lo percibo. Pero el tratamiento en mi poesía quiero que sea el vos, desde luego, aunque he utilizado el tú de vez en cuando. El vos es lo más íntimo de mi tratamiento y cuando escribo converso con lo más privado de mi alma.
—¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política con o en su trabajo creativo y su formación en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras?
—Haber estudiado en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras ha sido un privilegio. Es la universidad de mi pueblo, que con luchas ha logrado ser la máxima casa de estudios de mi país. Además, me honra mucho más dar clases en esta misma casa de estudios. No puedo olvidar mis raíces mestizas y obreras cuando escribo, es parte esencial de mi ser. Intento ser la voz de mis ancestras, aquellas que no pudieron estudiar por estar confinadas en lo doméstico. Hablo con mi madre, con mi abuela, les pregunto cómo fueron sus tiempos. Es hermoso y a la vez durísimo saber que yo tuve privilegios que ellas no tuvieron. Falta mucho para lograr una verdadera equidad social, pero que yo haya podido estudiar música y literatura a nivel público es un logro que sólo en el primer mundo se ve. Mi educación fue un experimento con el método Orff en la Escuela de Música; además, una conquista obrera, social, y también una causalidad que agradezco. Por eso me siento llamada a darles voz a las mujeres de mi país, a las que no tienen permiso. Hablo desde el amor, desde la sangre, desde el oficio de poeta, desde lo doméstico, desde el cuerpo y desde la patria.
—¿Cómo se integra su trabajo creativo a su experiencia de vida tras su paso por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritora hoy?
—Mi experiencia creativa va desde mis estudios, sí, desde mis lecturas; pero también viene desde mi observación del mundo. Cada cosa que veo, siento, oigo, se vuelve parte necesaria en mi escritura.
—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?
—Creo, porque algunos me lo han dicho, que algunos de mis lectores conectan con mis versos. No podría explicar cómo ocurre este fenómeno. Lo que sí puedo decirte es que es conmovedor saber que alguien puede llegar a respirar un poema, que alguien puede tocar la tersura de las palabras y sentirlas como yo las siento. Con cada libro, nuevos lectores aparecen, y no podría medir las diferencias entre sus percepciones. Algunos me han dicho que en los primeros libros era hermética, ahora ya no tanto. En verdad siento que busco la transparencia de mis palabras, al menos eso trato.
—¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?
—Escribir, en mi caso, es un acto no premeditado. No me impongo un proyecto y lo llevo a buen término, al menos no de manera metódica. Asilo de pájaros fue el único proyecto, por decirlo de una manera, pero no tuve una rutina de escritura. Fue surgiendo de una forma, podría decirse, natural. Ese libro me llevó siete años terminarlo, y tuve que darle fin casi de manera forzosa, porque quería que viera la luz. Quisiera hacer un nuevo proyecto de libro, espero que las musas sean generosas conmigo pronto.
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