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María Calle Bajo:
“La poesía es la fértil posesión de la expresión”

domingo 10 de agosto de 2025
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María Calle Bajo
María Calle Bajo: “La escritura comienza a través de una incesante y torrencial manifestación subvocálica de ideas”.

Ordo naturalis

Tengo la duración eterna de los dedos,
llegan las sentencias rotas del tiempo.
Acudo al encuentro de mi mano.
Toco el Alfa de mi Omega.

No es la muerte quién me pronuncia,
muero por dar vida al engaño.

María Calle Bajo

Desde muy niña, la poeta María Calle Bajo hacía poesía en los juegos infantiles con su hermano, en las carreras mañaneras para no llegar tarde al colegio. Jugaba y trataba de retener en su incipiente memoria la belleza y la alegría de esos instantes. La poesía se fue gestando en su yo más íntimo como una necesidad de atrapar el tiempo, de mantenerlo a buen resguardo, como si fuera una caja mágica, para abrirla a placer y revivir lo ya pasado.

Luego vinieron las lecturas para afianzar esa pulsión latente en su ser y comprender que la escritura era esa cajita mágica que podía guardar por los tiempos de los tiempos y con la cual revivir, cuantas veces quisiera, el placer de lo vivido y compartido.

La Universidad de Salamanca se convirtió en el ámbito natural de sus inclinaciones y allí cursó estudios de Filología Hispánica y Magisterios, y se mantiene activa con sus investigaciones dentro del ámbito gnoseológico literario.

Aquellos poemas que guardaba en sus diarios, en hojas sueltas y más tarde en los archivos de la computadora, son ahora esos libros que conforman parte del universo de Calle Bajo, un universo a la espera de que lo descubra un lector, esos lectores que saben que leer poesía es un pasión y un placer.

Así como los poetas buscan un lector que ame la poesía, también hay lectores que buscan la poesía, lectores que saben, como diría Jorge Luis Borges, que “los libros son sólo ocasiones para la poesía”.

Esa cita de Borges me hizo recordar a una querida poeta venezolana, Hanni Ossott, autora de Cómo leer la poesía: ensayos sobre literatura y arte, donde explica de una manera vital sobre la experiencia de acercarse a un poemario:

Si a mí se me pidiese un buen consejo sobre cómo leer poesía diría que ante todo hay que querer leerla. Querer como querencia. Sin mala fe, sin desesperación. Averiguando qué diablos quiso decir el poeta. Porque los poetas son difíciles de leer. Uno puede quedarse veintitrés años con una frase incomprensible y alegrarse por ella..., porque en el fondo casi la comprende. Y así uno manda la razón y la conciencia a paseo. Cada quien sostiene a un poeta.

María Calle Bajo es una escritora placentina residente en Salamanca (España). En su función educativa ha formado parte del área de Investigación, Desarrollo e Innovación de Cursos Internacionales de la Universidad de Salamanca, donde cursó sus estudios de Filología Hispánica, Magisterios y Másteres especializados en la docencia, enfocada en la enseñanza del español como lengua extranjera donde, al margen de la universidad, se proyecta hacia la investigación dentro del ámbito gnoseológico literario desde los presupuestos del materialismo filosófico de Gustavo Bueno (1924-2016), que se articulan en una obra fundamental en su formación personal, académica y profesional: la Crítica de la razón literaria (2017) de Jesús G. Maestro.

La autora, en general, construye su obra a partir de un profundo y continuado compromiso con la investigación y el estudio del legado literario y filosófico, cuya tradición hispano-grecolatina ha formulado el gen de las letras hispánicas y, además, en particular, prevalece como clave intelectiva de la construcción de su poética: la teoría y la crítica literarias. Calle Bajo no se restringe al ámbito poético, pero su prosa ejerce la nota dominante de un lirismo inusitado de agudo alcance, el propio desafío que se revela como pulsión conceptualizada. La editorial Buenos Aires Poetry le ha publicado Semillas (2020), Calíope. De te fabula Narratur (2021), Medallón (2022) y su último poemario, Hablo con Dios. La Muerte nunca tiene prisa (2024).

Actualmente, además, la autora promueve su creación artística, una producción pictórica que abarca diversas magnitudes y prismas, dada su incesante inquietud de manifestación que siempre se orienta hacia un fértil recorrido, donde su tributo abarca no sólo a pensadores ligados al mundo de la producción literaria, como es el caso de su colección de retratos VT Pictura Poiesis, sino que también homenajea a sus contemporáneos con los denominados apuntes de retratos, además de los lugares donde la autora transita, como Extremadura y Portugal, y de la ciudad donde habita encumbra la colección de una Nocturna Salamanca definido en la obra in fieri de su Claro de luna charra.

 


 

¿Qué recuerdo guarda de la casa de su infancia? ¿Tardes de juegos o de lecturas?

La infancia era estar con mi hermano, jugar con sus bolindres, su peonza. Arrastrarnos por el pasillo los sábados, como si estuviéramos al filo de una cascada o accediendo por un escondrijo secreto. Teníamos que salvarnos el uno al otro de todo peligro. Amigo, yo te cubro, le contestaba a mi hermano con doblaje de voz a lo Schwarzenegger. La infancia también era ir al colegio caminando junto a él. Cruces de calles y callejuelas, subida por las inmensas escaleras de torre Lucía... Nuestros padres, ambos, trabajaban. Recuerdo una llamada crucial por las mañanas al teléfono fijo, la de nuestro padre, para asegurarse de que ya estábamos en marcha; pese a todos los esfuerzos, hubo un tiempo en el que llegábamos tarde y teníamos que enfrentarnos a una situación, hoy un tanto chistosa, pero no tanto por aquel entonces. Pues si la puerta principal del colegio estaba cerrada debíamos correr hacia la portería, custodiada por unas monjitas, lo que significaba que, como el nuestro era un colegio con alumnado interno y externo, sor custodia nos tanteaba a través de una mirilla de latón con una sofisticada abertura. Nos poníamos de puntillas para que se asegurara de que éramos Joni y María, pues quedaba por encima de nuestras cabezas, y eso que mi hermano me sacaba una y media. Reconozco que al cruzar el portón era como entrar en otra dimensión, parecía que camináramos por la pulcra y celestial tranquilidad. Todo estaba completamente ordenado, los pasillos con altos zócalos de baldosas hidráulicas recorrían los pasos hasta llegar por una especie de puente volado que comunicaba con el centro escolar... Pero también recuerdo el pudor al llegar a la puerta de clase, o la vez que tuvimos que transitar por las calles placentinas, pues después de las reiteradas advertencias, en una ocasión, no logramos que aquella alma caritativa abriera el portón celestial...

Objetos que atesoro y que son el espejo vivo de mi infancia: mi Olivetti 35, el reloj de cuerda y un candil de mis abuelos maternos, la cadena de oro con la cruz bendita de mi abuelo Julián, mis gafitas de pasta, metal, completamente maltratadas, libros, anillos, dientes de leche... Hoy en día, de todos los enseres, tal vez los diarios sean lo más íntimo que conservo de aquella tierna infancia.

Me eduqué en el cuido y mimo de todo ello, resemantizar ese anhelo que produce el kairós de lo tangible.

 

¿Podría hablarnos de sus padres, cómo se conocieron? ¿De sus hermanos?

Las imágenes de mis padres que vienen a mi mente, desde bien pequeña, se sitúan en el primer piso que compraron en Plasencia. El suelo ajedrezado; una de las baldosas del salón sonaba al pisar sobre ella. Recuerdo las estancias, la habitación de mi abuelo Julián cuando venía a pasar la temporada que le correspondía con nosotros, y sus inmensos ojos color cielo. Mi madre me subía a una sillita junto a ella cuando estábamos en la cocina, para quién sabe el desastre que le preparaba, pues recuerdo harina, huevo y azúcar... Por aquel entonces ella no tenía más de veinticinco años, sostengo imágenes mientras cosía, bordaba, tejía, ordenaba, planchaba, cocinaba, me peinaba, nos vestía, nos llevaba a la guardería... Y además había temporadas en las que trabajaba y que cada vez eran más prolongadas. Siempre iba de punta en blanco. Tan coqueta... En este contexto entra en escena mi tita Mercedes, la hermana de mi madre, con quien pasábamos el tiempo que cubría las ausencias por cuestiones laborales de nuestros padres. Y con ella la magia de la infancia de pasar de lo urbano a lo campestre... Pues con ella íbamos casi todos los fines de semana a la finca de Pradochano, donde nuestros abuelos maternos aún siguen allí (y en el pueblo) en el latido de nuestra memoria.

Unos años más tarde, tengo muy vivos los recuerdos de la segunda vivienda que compraron mis padres al vender esta primera. Los primeros cumpleaños que recuerdo los festejamos allí. Yo tenía seis años, mi hermano ocho.

Mi padre, taxista, madrugaba muchísimo todos los días, con pocas excepciones festivas, y esa costumbre al parecer hoy en día sigue incólume. Sólo algunos domingos se salvaban de los madrugones. Mantengo una imagen preciosa de ese momento: mi padre adormilado y yo como eslabón coronando su cabeza en mi fundido abrazo, donde mis ojos cerrados, colmados de amor infinito, quedaron en una fotografía realizada por mi hermano. También hay desde la infancia una mención importante a las manías de mi padre: cortar el pan con el cuchillo de sierra, el queso con el de filo liso. La lectura de todo aquello que hay por casa que traía de los viajes. La severidad. El compromiso con la naturaleza. Y todas las regañinas del tipo: ¿Os habéis lavado las manos... cepillado los dientes... hecho esto y eso otro... apagado la luz...? Sí, en casa siempre hubo disciplina de la urgencia, pues si alguna zacatúa se había ido de madre, el cachetón estaba más que asegurado.

En aquella infancia compartida, proyecto a mi madre organizando todo: el hogar en su más amplio despliegue, la compra, la comida, la ropa, todo lo que nos hiciera falta para el estudio, para el deporte... Y un tiempo en el que siempre estaba haciendo papeleo, estudiando la Constitución y explicándome aquello que yo no podía imaginar ni entender, dibujábamos con ella, nos leía y hacíamos la tarea del colegio, recuerdo las tardes con Barrio Sésamo... También recuerdo las plantas, las figuritas y cuadros, los detalles y puntilla de las cortinas, los muebles, los tejidos, incluso las lámparas. Los libros dentro de la vitrina de nogal, las anotaciones que había en ellos de cualquier apunte o pensamiento y garabato espontáneo. Ella regía hasta el humor de la casa. Joven, hermosa, y siempre trabajando, tanto dentro como fuera del hogar. Yo era una niña inquieta, hacendosa en casa; organizaba los cajones de las mesitas y coquetas de la habitación de mis padres. Es decir, el orden siempre ha estado muy presente en casa y, sobre todo, esa imperante necesidad de orden y limpieza por parte de mi madre, además de los deliciosos guisos, el gusto por la decoración, los tejidos, la combinación de elementos, el aprecio por el detallismo, pero la exigencia constante de mantener todo impoluto...

En ocasiones, iba a verla al hospital, donde aún trabaja. Pero habitualmente pasábamos las tardes jugando; yo entrenaba baloncesto en el colegio la mayoría de las tardes y mi hermano se iba a jugar al fútbol con sus amigos.

Mi infancia era Platero y el Patito feo en la voz de mi madre y las preguntas sobre quién inventó esto y esto otro de mi padre... Ir al pueblo en verano, pasar algunos días de las Navidades con el frío gélido de allí, con los primos y tíos. Mis abuelos, mi tía Mercedes y sus besos. Y también los pellizcos de mi hermano, eso sí era la dicha de la tortura...

 

¿Recuerda algún párrafo, una imagen, que le dejó algunos de los primeros libros que leyó?

Tenía siete años. Conservo los primeros diarios en los que, con incautas faltas de ortografía, declaraba la vivencia del instante. Cumplía ocho años el día 8 de aquel julio. Casi en el pestañeo, al soplar la vela, algo despertaba en mí una cierta inquietud en pensar en que ese irremediable emparejamiento del día y la edad... no volvería a coincidir, pues esa velita comenzó a ser ese infinito número al tumbarlo en la mesa para cortar y repartir los pedazos de tarta.

El primer diario: cubierta con diseño del emblemático Snoopy en su casita roja, hojas gruesas con encabezado... Marcaba uno de los inicios de aquella narrativa que a todos nos acompañan en el descubrimiento de la “propia vivencia”. En su interior descubro a una niña que adelantaba por escrito la fecha en las páginas que aún estaban por escribir, pues ansiaba ver aquel valioso regalo copado de letras y números. Apenas unos pares de hojas enmendaron aquel ímpetu. Era la primera vez que recibía una especie de cometido del cual sólo me podía encargar yo: “hoy me lo he pasado muy bien porque he *echo los años y he *inbitado a muchos *becino. Los regalos me *an *gutado mucho /♥ / feliz *cupleanos / (firmado) Maria”.

Un claro espejo de aquellos primeros manifiestos expresivos. Otros vendrían después, con las dedicatorias en las carpetas del instituto, el intercambio de cartitas entre clase y clase. También las cartas después de los veranos y las cartas de amor en secreto... Y secretos inconfesables que aún perviven.

Las primeras lecturas estaban marcadas por los cuentos populares que a todos solían regalar en los cumpleaños, fiestas navideñas y demás conmemoraciones, como el Nuevo Testamento cuando estabas por hacer la Primera Comunión. Recuerdo las revistas científicas de mi padre con pliegos de dimensiones de quedar boquiabierto. Las revistas de punto y confección de mi madre y de casonas de campagna con diseños y arquitecturas. Siempre recurro a los fotogramas que me llevan a acudir a la vitrina donde había una serie de colecciones enciclopédicas: sobre la historia del deporte mundial, sobre historia de España, con aquellos gruesos lomos rosados; diccionarios de español y de inglés y novelas que, por aquel entonces, tanteaba sólo por ver si había imágenes en ellas. Y recuerdo a Gabriel García Márquez en una de aquellas cubiertas; quién me iba a decir que aquellos primigenios encuentros serían un minúsculo esbozo mental de retratista...

Mención especial merecen los álbumes de fotos y la devoción por las cámaras fotográficas y de vídeo desde muy pequeña. Tengo centenares de negativos, incluso cuando ya utilizaba la camarita digital. Siempre tuve una predilección por la imagen impresa. Por hacerles la mejor foto a mis familiares, a los paisajes, a los amigos, por regalarlas, por retener y mantener ese momento desde mi inocente, pero insistente perseverancia.

 

¿Comenzó primero a pintar o a escribir? ¿Qué le atrajo más?

Es curioso el planteamiento pues al responder me sale ver la escritura como un prodigioso garabato, que no es otra cosa que el arte de representar el pensamiento. Pienso en la complejidad de ambas acciones. Pues entre pintar y escribir uno comienza la escritura por lo más grueso, es decir, manipulando un punzón, despegando un gomet, dándole forma a un trocito de plastilina, enrollando papel pinocho con la puntita de los dedos. Sí, ese valioso efecto pinza en el desarrollo de la motricidad fina que poco a poco va sofisticando la técnica de la representación artística (pintura, escritura, escultura, costura, alfarería, etc.).

Pienso que empiezo a ser consciente de que la escritura es una prolongación del dibujo, y que sin el garabateo del pensamiento no hay una formulación de la certeza. Es decir, soy consciente de qué quiero escribir y de qué o a quién quiero pintar. Ambas acciones pueden esbozarse desde el pensamiento y también divagar y pronunciarse de una manera inesperada a la idea original. Pero siempre hay una conciencia clara de lo que se quiere hacer, por muy abstracto que sea el pensamiento, o si me permiten, por muy ingenuo o surrealista que en su apariencia se presente. Lo que sí puedo decir es que, al igual que la fotografía, la escritura y el dibujo, aunque sean de maneras muy rudimentarias, siempre han estado presentes en el día a día desde una temprana edad, y en algunas etapas las manifestaciones eran muy abundantes, desde creaciones con flores secas a esculturitas con piedras y lo que yo llamaba joyas de papel, es decir, todo lo que puede haber al alcance de cualquier persona. Lo pienso y allá donde haya estado, con quien haya compartido, siempre ha habido una manifestación o propuesta artística; si bien a través de la pintura (con retratos, caricaturas improvisadas para regalar), o incluso la creación de monederos cosidos a mano con imágenes de comic de Garfield, pulseritas, creación de figuritas humanas con arcilla, con papel maché, o con pequeñas narraciones, poesías, dedicatorias, declaraciones y un largo etcétera que por momentos incluso me ruboriza...; y también a través de la simple contemplación... del cielo, de la naturaleza, de los rostros, los gestos...

Por otra parte, me encanta bailar y siempre fui muy cantarina, curiosamente cantar, tocar la flauta y escribir a mano las letras de las canciones, pero esto ya es otra historia en la que tiene mucho que ver el radiocasete de mi hermano...

 

En la adolescencia ¿qué la atormentaba? ¿Leía y escribía para expresar sus dudas?

Yo siempre fui una niña muy risueña y curiosa, la cual descubría todo muy de a poco y muy tardíamente en relación con mis amigas del colegio, por ejemplo. En alguna ocasión he compartido la impresión de que al tener un hermano dos años mayor que yo, estaba fuertemente influenciada por él; de hecho, era mi referente, quería estar y jugar siempre con él, incluso por encima de mis amigas, hasta una cierta edad. Y, es que, a pesar de los enfados, las peleas, los pellizcos y todo lo embrutecido de los juegos, no hubiera podido tener una infancia tan bonita y saludable sin el aprendizaje de estar con mi hermano. Y con ello todo lo que significaba pasar tiempo con otros varones, amigos de él y con todas las picardías, juegos en el barrio y tramas urdidas con finales de ciencia ficción. Aquella forma de experimentar y de descubrir también la pequeña ciudad de Plasencia, más allá del barrio o de las zonas comunes, queda de forma significativa grabada en mi memoria.

En el barrio todos nos protegíamos como una familia, yo era la hermana de Joni y siempre he sentido ese cuido y esa protección a la que tanto debo también.

Caminar por la adolescencia era comenzar a soltarse el cabello, que siempre solía llevar con semirrecogido, coleta o moño... Era pintar los aretes a juego con el color de las uñas. Hacer pompas gigantescas con el chicle. O incluso la moda de ir a los recres (sala de juegos recreativos en el barrio). Y sí, ir al parque de la rana en grupos y allí algún que otro tonteo, lo que recuerdo con bastante pudor. Me sorprendía muchísimo ver a chicos de mi edad dándose besitos. Y de ahí ver incluso a algunos con un cigarro en la mano y ofrecernos una calada, ya que aparentábamos físicamente más edad; nosotras, medio acobardadas y muy impresionadas, apartábamos la mirada con gesto contrariado, pero a la vez nos despertaba una curiosidad por saber qué estaban bebiendo en ellas llamadas macetas con mezclas...

Plasencia era una ciudad tranquila, pero llena de juventud. Los exámenes de fin de curso daban el campanazo para disfrutar de las míticas fiestas y ferias, que son en junio. La calle de los vinos cuando ya nos animábamos a salir en grupo de amigas los viernes y sábados por la noche...

La adolescencia fue aquel paso del colegio al instituto.

Aquellos silbidos por la calle o piropos al entrar en el recinto de no saber dónde meterse.

Querer una moto para ir a clase. Enfadarse mucho con los padres porque no cedían. Y escribir en el diario (el segundo que me regalaron) todo lo que parecía ser como una especie de purgatorio. A modo de cronista rebelde, allí escribía que quería ser periodista, azafata de vuelo, bailarina... En ese entonces me encerraba en la habitación y a veces no me atrevía a escribir realmente lo que me gustaría, por lo que hacía como jeroglíficos que sólo yo podía decodificar. Me tumbaba sobre el brazo izquierdo extendido y a veces pasaba mucho tiempo divagando mientras garabateaba.

La adolescencia también era mantener en cautela, poco a poco, la niñez, aún tan presente.

Lo que sí recuerdo como crónicas impactantes fueron hechos sociopolíticos que marcaron profundamente la memoria colectiva, como el asesinato de Miguel Ángel Blanco con su imagen por los balcones de la ciudad (que vi por primera vez al sacar la basura), o el caso de la desaparición de las niñas de Alcasser, y aquel programa de fondo que se escuchaba con la música enlatada desde la cama, de Paco Lobatón, que veían mis padres...

Pienso en qué era lo que más me atormentaba y, a voz de pronto, no logro encontrar ningún trauma que vaya más allá de temer que hubiera alguien o algo extraño debajo de la cama o del curioso fenómeno de la pareidolia: esa facilidad para imaginar caras, objetos reconocibles en cualquier lugar... sobre todo en la oscuridad.

 

¿Cuándo supo que la poesía era un camino a seguir? ¿Alguien lo motivó?

Esta pregunta es muy valiosa porque se difumina al querer encontrar los cabos de una respuesta más o menos precisa. Recientemente me hicieron una bien pareja a esta. Yo esbocé que la poesía era un territorio vivo, plural y mutable; no un espacio como tal, sino la certeza del alcance a través de la exploración, pues la poesía es la fértil posesión de la expresión.

En uno de los recientes trabajos académicos realicé varios postulados que partían del título: “Ciencia poética desde la objetivación del sistema de ideas ‘Materialismo Filosófico’ en el Manifiesto Poeta. El mito de las musas”, en donde se presenta y expone la noción del Poetacionismo1 (idea que alude a la consciente formulación de una teoría y crítica poetizada); a partir de esta premisa, se trata de justificar cómo la poesía, en comunión con lo inteligible y lo sensible, no sólo se presenta como un medio de expresión artístico, sino también como una herramienta para explorar, formular y comunicar ideas (literarias, filosóficas...). La poética replica en nuestra acción, recreacción y transferencia vital.

Es todo aquello que nos conforma y de lo que formamos parte.

Hay un cultivo poético inherente en la narrativa del tiempo.

Una inseminación que no admite el nacimiento de una gestación sin conciencia corpórea.

¿Puede ninguna ciencia compararse
con esta universal de la Poesía,
que límites no tiene do encerrarse?

Miguel de Cervantes, Viaje del Parnaso (IV, 250-252).

 

¿Escribe pensando en algún cuadro que está pintando?

La mayoría de los cuadros que he pintado son retratos de pensadores, escritores o artistas contemporáneos... Definitivamente sí. Escribo y pinto a la par, pero no siempre tiene por qué haber un correlato, aunque siempre estuve más dedicada a la escritura, por cuestiones académicas, profesionales, la pintura siempre acompaña. Bien sea como tributo esforzado, bien sea como apunte que capta un lugar, o bien sea como un lapso de pensamiento que se pronuncia...

Lo que ocurre es que en el proceso de pintura hay que arremangarse, poner todo al alcance de la mano, digamos que la labor no es tan inmediata y limpia como con la escritura, que también es engorrosa, pero de otro modo. Pero sí, el resultado siempre es más inmediato que la recepción de una obra escrita. Es decir, la pintura luce más, incluso aunque no sea el prototipo de arte que te guste, la exposición es más reveladora que a través de un texto.

En Plasencia, en la casa de mis padres, hay varios cuadros significativos en mi habitación: uno está expuesto en un caballete de madera (y pienso en quién y cuándo me hizo ese regalo), Mater natura, donde una colosal madre tierra pensativa observa desde la planicie de la cromática que forma su orografía. Y encima del cabecero está pintado a carboncillo el Nacimiento de Venus con la carita de mi mami. Carpetas que aguardan láminas, esbozos con todo tipo de técnicas que, a menudo, cuando de tanto en tanto hago búsquedas del tesoro: observo, también, con cierto pudor, pero con atento reconocimiento a la entrega y a esa capacidad de mantener a buen recaudo pertenencias que siempre aguardan pacientes sin ninguna otra función más que verificar lo que hoy en día se mantiene latente.

 

¿Escribe en cualquier momento en papeles, libretas, en el celular, o se sienta frente a su computadora a trabajar un poema determinado?

La escritura comienza a través de una incesante y torrencial manifestación subvocálica de ideas. Camine, cocine, haga la compra, converse o pinte, o haga lo que haga, de forma inherente a mi percepción, se produce la articulación de imágenes, conceptos a desarrollar en fervientes sentencias, como si de máximas se tratara. Pueden ir desde retahílas jocosas a lo Gómez de la Serna cuando voy a buscar a mi pequeño Romeo al colegio o al conservatorio y sorprender su gesto a la hora del encuentre, siempre buscando una mueca cómplice o un extrañamiento, o simplemente un hermoso giro con lo que hacerle sonreír. O también pueden ir desde la congoja más humana de la incertidumbre, el debilitamiento en circunstancias, conflictos internos, etc. Pienso en mi abuela, en mi tía Encarna, pienso en mis padres, en el sufrimiento de los demás...

Hay secuencias muy exigentes que continúan el proceso de un poemario.

A veces formulo la angustia, la persecución, el desasosiego de algo que me aturda.

Otras veces hago guirnaldas y guiños que se rinden ante un incesante tributo, como siempre digo, a todo aquello que conforma la parte que más habla de nosotros y nos define.

Acudo a mis libretas, apuntes, cuadernos, agendas ajadas... Todo está en una conjuntiva red de anotaciones, de estudio, de concienzudo esmero. Desde el caos más prolijo al orden más inquietante y repulsivo. Atesoro cualquier manifestación, desde la más tierna infancia, cualquier trabajo o glosa, por todas partes las encuentro. Nuestra casa es como una “poetácora”, también en la casa de mis padres, en mi habitación o en los lugares donde he habitado he esparcido la parte de mí más creativa o racional. No sólo a través de la escritura o de la representación pictórica, retratos en su mayoría, sino también en la necesidad de acomodar muebles, objetos que narraran, de alguna manera, el telar en el que cohabito... Tengo recuerdos muy valiosos de esas manifestaciones relacionadas con el arte: por ejemplo, mi hermano siempre dibujaba cabecitas de pájaros con un trazo prodigioso, sobre todo los jilgueros. Pero una de las imágenes más corpóreas fue cuando encontré un dibujo con bolígrafo azul en la parte interior de un cajoncito en uno de los muebles de mi abuela, en el pueblo, Piornal, donde mi hermano y yo solíamos pasar los veranos con mis abuelos. En el dibujo estaban mi abuela Cruz y mi hermano Joni agarrado a su manita, salían Jaqui y la leona (dos de los perritos), además de un chozo al fondo. Esa también es la nítida imagen de nuestra infancia.

Sí, yo también escribo, anoto, dibujo, expreso el pensamiento y el sentimiento en cualquier momento, cualquier motivo es valioso. La dicha es la expresión en cualquiera de sus manifestaciones. Una especie de fragua a lo que todo yunque forja en palabra y obra el estado vivo.

 

¿Alguna vez se ha sentido tentada a escribir sonetos o endecasílabos?

Las primeras tentativas fueron en el instituto, en primero de Bachillerato del instituto Valle del Jerte (Plasencia). La profesora de lengua castellana y literatura, Ana, con la que mantengo un tenue hilo de contacto, es la primera persona que recuerdo entregada con pasión a la literatura. Con ella fuimos a ver representado El buscón de Quevedo a uno de los teatros de Cáceres. Con ella tuve la inmensa fortuna de toparme con las jarchas, con Lope de Vega y con aquel increíble y calderoniano: “Qué es la vida, un frenesí, / qué es la vida, una ilusión, una sombra, una ficción... Y los sueños, sueños son”.

Y aquellos libros de literatura, que aún conservo, se convirtieron en el primer pebetero.

El resto de las tentativas por las formas clásicas se manifestarían con más continuidad durante y después del paso por la universidad. Cuando uno es consciente del valor de las estructuras, del origen o del rigor de la tradición.

 

¿Cómo fue el proceso de la publicación de su primer libro? ¿Qué es lo que más satisfacción le produjo?

Esto se dio fortuitamente; aquí entra en escena mi mentor, el poeta chileno Rodrigo Arriagada Zubieta; Salamanca fue testigo de ello. El resto ya es bien sabido: la publicación de Semillas (2020), Calíope. De te fabula Narratur (2021), Medallón (2022) y el último poemario, Hablo con Dios. La Muerte nunca tiene prisa (2024), bajo el sello de la editorial Buenos Aires Poetry, donde el mecenas forma parte del equipo editorial argentino.

 

¿Tiene algún libro preferido al cual recurre invariablemente?

Sí, autores y libros que son fundamentales en mi cabecera. Me sentiría en deuda si pronuncio a unos y a otros no. También lo tengo fácil, pues como docente de lengua castellana y literatura no me faltan anfitriones, como me gusta denominarlos.

 

¿Qué libro le regalaría a alguien que quiera conocer Plasencia, o Cáceres?

Recomiendo la visita por estas ciudades medievales y por toda la cartografía extremeña y todo lo verde que hay en ella, su agua dulce y sus valles, como los de El Jerte o El Ambroz; su riqueza histórica, gastronómica y cultural, donde la tradición queda manifiesta en cada rincón. El correlato social, de profunda expresividad y encanto, es contagioso.

Pienso en algunas lecturas relacionadas con mi tierra matria, y me viene en mente la reciente lectura de El loco de Dios en el fin del mundo (2025), del literato cacereño Javier Cercas. No tanto por remisiones explícitas a Extremadura, sino por un sentimiento en comunión con su expresión escrita y la propia connotación pragmática; aunque con el pertinente distanciamiento, esté ligado a un afectivo y reconocible vínculo geográfico. Análogo a esta tierra también de encinares, alcornocales y castaños sería loable mencionar a un cantor nacido en la sierra de Salamanca, José Antonio Gabriel y Galán, quien dejara su legado poético en un pueblo extremeño, Guijo de Granadilla. Por todos deberían ser conocidos sus textos plenos de un alma rural que todo circunda; junto con su labor como precursor en el aliento poético en castúo —dialecto extremeño—, en su poema A mi madre se encuentra el humano canto de lo universal (como dato curioso este poeta se casó en Plasencia).

Y en homenaje a ello y a la dicha de mis raíces, comparto uno de los textos inéditos en extremeñu:

Veleílo

Qué aprisa se va la vía,
María, el mundu corri
comu sin sentíu

¿No ti paici, nieta mía?
Naidi para una pizca
ni siquiera pa preguntar
ningún casu, ni ná de ná

Van con esus cachaparrus
que lo’h traju il diablu
entri la’h pata’h y il rabu

M’ intran lo’h sieti malis
Cuántu habrá qué mirarlu
si esu ni sembra,
ni sega, ni rega

Vaya bullicio en la morra
tol ratu suena il pitochu
la mollera charruscá
l’s ojo’h pitañosus
la’h manu’h engarrotá’h

Mal rayu lo’h parta a to’h
a lo’h telefoninos esus
Cuidau que toa la juventú
engullía por il bichu esi

Comu no espabilin
a óndi van a llegah
A ver comu se avía estu
pos hay escollu pa ratu

Si tienin la vista jendía
il cogote mu abultau
il buchi ni lo molio traga
La’h costilla’h saltea’h

Quita que julla de aquí
a jacir un buen cardinu
que barrunta tormanto

Vamu’h niña, má’h albeliá
bebi un bochinchi del jarru
ten cuiao que ti añurga’h
con il mendruguino de pan

En un tiempo, también hubo artistas plásticos que rindieron homenaje a esas irrenunciables partículas de España, como fue el caso de Joaquín Sorolla quien, inspirado por el bullicio del mercado junto al río Jerte, con Catedrales, Palacio Episcopal y muralla de la ciudad, dedicara una de sus pinturas a la perla del Valle, Plasencia. Este guiño del pintor valenciano se materializó en su obra El mercado, de 1917, como parte de unos encargos para la Hispanic Society of America. Hoy en día, desde el llamado Mirador de Sorolla, puedes cautivar la misma contemplación del artista...

 

¿Las redes sociales le quitan el tiempo a la lectura? ¿Piensa que son invasivas?

Sí, invierto bastante tiempo en las redes sociales, es uno de los medios más inmediatos para la comunicación, la divulgación académica, el intercambio cultural o para la difusión artística. Pero también, como arma de doble filo, para el engaño, la memez, el despilfarro poético y un largo y extendido discurso del que todos somos parte... La efervescencia del logos, la evanescencia de la razón. La cara y la cruz del avance.

 

¿Por qué escribe?

¿Por qué pienso?, ¿por qué camino?, ¿por qué hablo?, ¿por qué siento?... De la misma manera en la que se plantea esa pregunta me cuestiono por la capacidad y habilidad de pensar, de expresar, de compartir...

Comunicar como proceso de intercambio de tejidos, como un rescate irreversible.

La voluntad poética de una confesión plena.

Persistir.

 

Anexo
Sobre el Poetacionismo

Adviértase cómo el cierre a este proemio también se presenta como una máxima autoral. En este contexto, antes de retomar la teoría y crítica de la razón literaria de Maestro, se plantean, a continuación, unas preguntas metapoéticas, pues es imprescindible partir del neologismo que proyecta la autora a la hora de abordar este trabajo:

¿Cuál es la estética (poética) del “Poetacionismo”?

A mi modo de ver el Poetacionismo es la exégesis del pensamiento en sí mismo: algo cuya finalidad es transferir la plasticidad del racionalismo en un arte que constituye el código de la abstracción conjugada (imaginación, creatividad, la expresión artística en general). Es decir, el ejercicio de construir el pensamiento crítico a través del concienzudo esmero (de estudio teórico) y la virtuosa esencia de lo perceptible en la expresión (la percepción se educa; hablo de ello en Poética de la belleza). Por lo tanto, esta idea se aleja de la “mímesis aristotélica” o de la “vanguardia creacionista” de principios del pasado siglo. El artífice no revela sus métodos sino que, como materia, exige al modo y a la forma un alcance de proyección tanto extensional como intensional (dentro de la propia obra artística); de manera consciente y de forma explícita confiere a la construcción poética los conceptos y criterios teóricos que la configuran. Este enfoque se centra en la interpretación o transducción profunda de las Ideas en comunión con los Conceptos.

¿Podría plantearse como un “movimiento artístico” dentro del contexto literario?

La estética del “Poetacionismo” valora la consciente abstracción y construcción del pensamiento, de las Ideas, más allá de la representación poética de las mismas (que también). El poeta (como parte de los materiales literarios) es operatorio en la organización de su pensamiento y lo estructura teniendo en cuenta la diacronía literaria que, a través de la materialización, forma parte de la configuración, no sólo de nuestro pensamiento, sino de los tipos de genealogías literarias que se han ido configurando a través de las manifestaciones artísticas de nuestros precedentes (el artífice teoriza y materializa); ejerce una actividad recíproca “creatio ex materia”. Por lo tanto, el diálogo con los Clásicos (tanto grecolatinos como nuestros Siglos de Oro) está en latente y retrospectiva reconfiguración.

 

Poemas de María Calle Bajo

María Calle Bajo

Yo, Ícaro

Dicen que soy un Ícaro por creer en el ser humano
que condeno mis alas al sol
que siento, pienso e insisto
Y dejo que mi cuerpo caiga
sobre el triunfo de los otros cuerpos
Que el vuelo levanta la espera
de una huida desplomada
Mi joven soberbia
Mi salto...
El lagrimal en la carne de otros
salitre en la cuenca
de la humana lluvia
Dicen que soy un Ícaro por vencer a mi propia vida
que desobedezco
que caigo y muero
Y dejo que mis alas lloren
sobre los ojos de las otras vidas
Que el duelo del destino
es certeza ciega

Mi salto...
Mi muerto vuelo
Yo, Ícaro,
el más ciego de todos los mortales

Dédalo

 

{Mnemosine}

Soy la Poeta, la Poeta que ha muerto.
Pues el lector no ha desnudado mi cuerpo...

La Muerte se pronuncia por la Vida.
Ingravidez en las secuencias donde sosegamos;
Sonríen las vocales de mi nombre
temen la mención del recuerdo.

Tengo los ojos llenos de Memoria.
Hay un Atlas tendido en los brazos de la Humanidad.
El tatuaje de su piel pixelado,
a, s, d, f, g
ñ, l, k, j, h

Espacio, inter:
Cartografía de un bosque difunto.

Soy la Poeta, la Poeta estremecida:

¡RESUCITO!

Los contemporáneos han venido a este encuentro.
Sacuden mis polillas de la boca.

Aborígenes estos dedos despuntados,
decadáctiles sin falanges.
Arrugados forman la dermis antojosa...

Y ellos vertebran conchas con nudillos,
versan, glosan, narran...

Es el Lector, el Lector que ha muerto.
Vio a Hipatia de Alejandría.
La besó.

Posee el Lector un astrolabio,
la virginidad ha parido.

Se fumiga la conceptualización de las causas.

Tiene el pálpito como candil.
Hay un Lector que resucita.

Oye y grita...
¡La Guerra, siempre la Guerra!

Pero la GUERRA clama la PAZ.

Y la PAZ... Inenarrable llora.

Del cielo caen los cielos sobre la Tierra.
Hizo el sol un rayo de caracola.
Se diluye el silencio.

El periódico digital se ha desintegrado.
LUMINISCENCIA en pañal de cartón.
Un niño llora (comenta)
Un pulmón ha salido a ver su llanto.
Es el mismo llanto del espejo.
Al otro lado llora. Y cae el llanto de su reflejo.
Y el rayo de caracola recoge las gotas hasta el mar.

El salitre es llanto humano.
Cervantes dilata mi pupila.
He bebido de sus ojos al bañarme.
Mi voz inunda el lagrimal...

............Desde el teclado se enuncian las secuencias:

q, w, e, r, t
p, o, i, u, y
Platón ahora expulsa a las Musas:

Piensan.
Sienten.

Han cegado al Lector.
Han caído los pliegos.

Soy la POETA... La POETA NODRIZA...

Yo declamo la hiel desde un sueño fingido:

La piel es el Parnaso de los Dioses.

Hay lumbre de Vestal en su sollozo.

La eternidad sangra:

TARTAMUDEA LA TRAGEDIA.

Tenemos la dolencia de los otros.

Pero sonreímos.

Ahora se apaga la tinta.

Y la Poeta...
La POETA es ya PLUMA.

z, x, c, v, b
-,.,,, m, n

...........LA POETA {ES} AZUL
.............¡RESUCÍTAME!

....AGUA..................................LUZ

 

El séptimo día...

Ya lisiado, puso todos los días en orden. Las raíces en la tierra. Los cielos sobre la noche. Sacó la luz de una esfera y el atardecer se lo puso en las rodillas. Así quedaba dividido su cuerpo en tres cuartas partes; las otras tres para el anochecer, para el amanecer y para desaparecer. Cuenta la leyenda que tenía suficiente con armar dos cuerpos contiguos, el de sol y el de plata. Fundiría a ambos en azuzadas secuencias. Todo este escenario servía de dificultosa proyección para un kamishibai heredado. La potencia partía de lo temerario. Se trataba de amedrentar al público, que por ese entonces los asistentes sólo creían en sus fantasmas. Nada de mitos ni ficciones cavernarias que se erigieran con total autonomía de sus propias creencias mecidas por la lealtad de la estulticia. No, sus fantasmas no iban a desplazarse por nuevos dogmas, ni aunque la verosimilitud de los hechos se conjugara como pretexto para combatir la risa de las piedras o de los desolados alacranes convivientes bajo ellas. Las gentes acudían entre víboras a desmentir extralingüísticamente las patrañas que trataba de montarles el dichoso mago y dueño de ese escenario de madera oriental. Pero, tal y como se aborda en el relato, el burlador no sabía mentir; bien fuere por la trascendencia de sus convicciones, o bien por el consensuado tono prosódico y hechizante, o bien por las hilarantes dotes de divulgación acaecidas durante la transmisión del relato... El cual venía a propugnarse tal y como se había difundido; a su vez, tal y como lo imaginaba; pero también, tal y como se lo habían contado; incluso tal y como había sucedido... Y así hasta remontarse al origen del universo. Aunque, en realidad, el argumento definitivo siempre era tal y como lo había interpretado el nigromante dentro de su escafandra ficcional. El damnificado, entre la algarabía y el traqueteo de aquellos aficionados desalentados, se puso en pie, como era de costumbre, hizo unas reverencias de gratitud con gesto contrariado, silbó débilmente mientras cerraba las portillas de su minúsculo bastidor teatral y, finalmente, partió a deshora con un cúmulo de jugosos y nuevos disparates. El apocalipsis se precipitó entre aguijones, todo acababa de comenzar...

Se cierra el telón.

 

Alas de corazón

Yo, Corazón Blanco, voy a contaros un relato... Pero antes de que se pase el rato y solamente hasta las cuatro, podéis llamarme Corazón de melón. ¡Ay, no! mejor, Corazón de bizcocho y así estáis conmigo hasta las ocho. ¿Qué ya son las ocho?, ¡pero si nadie me avisó...! Entonces seré Corazón de león, pues dicen que el León todos los días saluda al sol. Y si llega la noche... Puedo ser... ¡Corazón de luna! y cuando den las campanadas contamos hasta la una.

Ejemmm... Un momento, por favor... A ver, a ver, ¿quién lo recuerda?... Yo soy... Corazón Blanco, Corazón de melón, Corazón de bizcocho, Corazón de león y Corazón de luna... ¡Vaya, qué buena memoria!, ¡eso sí que es tener buena fortuna! Sea lo que sea, lo importante es que soy un pequeño gran Corazón, con mi tamaño, mi forma y mi color...

Curiosa presentación la de don Corazón Blanco... Aunque si ponemos atención, desde el fondo de las nubes, junto al sol de media tarde, se entona la escala de DO:

—Do... re... mi... fa... sol... la... si... doooo... Dooo... si... la... sol... fa... mi... re...

—¡Shhhh!

—¡Uy!, pero... ¿Quién manda callar?

—Soy yo, doña Pluma Alas Doradas... La que dora y adora a un Corazón.

—¿Do... do... doña Pluma Alas Doradas? ¿La que do... dora y adora a un Corazón?

—¡Shhhhhhhhhh! ¡Sí!, soy yo.

Pienso... quién será doña Pluma Alas Doradas, pero, de cualquier manera... Mmmmm, ¡qué nombre tan brillante!

—Doña... Pluma Alas Doradas, pues... quisiera saber, si no es mucho atrevimiento, ¿por qué motivo me manda usted callar?

—A ver, mi tesoro, porque el señor Corazón Blanco necesita descansar.

—Ah, sí, sí... El señor Corazón Blanco, lo conozco, es muy simpático, se presentó y sí, es muy majo, incluso quiere contarnos un relato, pero dijo que unas veces sería hasta las cuatro, otras veces hasta las ocho, incluso también dijo que hasta la una... Todo entre melón, bizcocho y aceituna...

—Es tan amable... Don Corazón. Yo, su mensajera de honor, ¡shhhh!, no digas nada... Pero lo que él no dice, te lo cuento yo... Desde chiquititos nos acompaña, tan blanco, como el algodón, tan puro como los pétalos de una flor... Y cuando alguien llora, brillan sus cicatrices de oro... Él siente y transforma el dolor...

—¿El dolor?, ¿es que se ha caído?

—No, don Corazón Blanco no se cae, pero resplandece cuando alguien se marcha...

—¿Cuándo alguien se marcha?... ¿A dónde?

—A donde nadie se ha parado a sentir, porque don Corazón Blanco no sólo es un lugar, también es una estación del año, un momento en la memoria, un recuerdo del pasado, una vivencia inolvidable, un aroma y un sabor... Don Corazón Blanco es melodía, luz y amor...

—¿Y le duelen sus cicatrices?

—Sus cicatrices mantienen encendido el recuerdo de las personas que han terminado el tiempo en la vida...

—¿Entonces mi abuelito está brillando dentro de don Corazón Blanco?

—Sí, recuerda que soy doña Pluma Alas Doradas, quien además de mensajera, pongo alas a don Corazón Blanco.

Ay, doña Pluma Alas Doradas, tan generosa y celestial, no sabe cómo narrar que, cuando nosotros nacemos, pronto echamos a andar. Nos cuidan, nos miman, nos alimentan. Y aunque de pequeños no lo sabemos, la vida es como un camino que tiene un punto y final. Hay personas que se marchan y no pueden regresar. No es porque quieran irse, pero van a un lugar donde su cuerpo no pesa, ni sufre, ni tiembla... Un lugar habitado por don Corazón Blanco y doña Pluma Alas Doradas, allá todos alumbran con su sonrisa eterna. Porque vivir... Vivir en un continuo aprendizaje. Vivir es Sentir. Sentir la vida es vivir el cambio. Por eso, tú, mi querido lector, tú que estás atento, tú que sabes lo bonita que es la vida, a ti que te gusta disfrutar tanto, jugar, reír, que te hagan cosquillas, leer, saltar, bucear, investigar, descubrir... Tú, como todos, viviremos plenamente, recorreremos el camino, compartiremos al andar, nos caeremos al correr, incluso tropezaremos sin parar. Y cuando todos marchemos, tendremos la satisfacción de haber vivido con nuestros seres queridos, nuestros amigos, nuestros profesores, nuestros compañeros... con nuestras mascotas... De haber aprendido el sonido, los colores, los sabores... De haber conocido el campo, el mar, la playa, la montaña... Incluso de haber viajado a la luna, al fondo marino, a Marte, a Japón... O de haber vivido en España, en Grecia, en Chile, en Argentina, en la India o en Singapur... De haber sido científico, alfarero, peluquero, barrendero, piloto, agricultor, atleta, filósofo, maestro, físico o escultor. Algún día, todos, tanto tú como yo, después de haber sido hijo, hermano, prima, sobrino, tía, abuelo, amigo, madre o padre... Después de haber vivido con alegría, tristeza, inocencia, curiosidad, enfermedad, salud, agonía o pasión... Después de haber sido grande, pequeño, alto, delgado, robusto... Travieso, responsable, ágil, tímido, egoísta, risueño o desconfiado... Algún día... Estaremos en ese Corazón Blanco, tan puro... tan noble... y eviternamente poderoso como el SOL.

Entre tú y yo, quiero que sepas algo: no temas a la vida, mi pequeño gran lector, ni abraces al miedo, ni te retenga el pudor. Lo más lindo de la vida es brindar nuestro bien más preciado, algo muy valioso... Y, tú, eres inteligente, por eso puedes intuir cuál es nuestra mayor riqueza y legado...

Sí, así es, brindar nuestro tiempo con dedicación, con confianza, con respeto, con esmero, con disciplina y con amor. El tiempo, como doña Pluma Alas Doradas, es oro. Y el oro alumbra dentro de un Corazón Blanco... tan blanco por fuera... como el lucero del alba...

Mientras, desde el fondo de las nubes, junto a la luna creciente, se entona de nuevo la escala de DO:

—Do... re... mi... fa... sol... la... si... doooo... Dooo... si... la... sol... fa... mi... re...

—¡Shhhh!

—¿Doña Pluma Alas Doradas?, pero... ¿Sigue descansando don Corazón Blanco?

—Sí, querido, susurremos al candor de su luz...

—Pero... Doña Pluma Alas Doradas... Yo siempre siento ese candor como un beso en la frente...

—Fíjate bien, mira qué hermoso centelleo, ¡cómo resplandece don Corazón Blanco!... Tan blanco, tan pulcro, tan níveo, tan cándido y redentor, tan lleno de luz... Sabes... Hace un tiempo, una niñita de tu edad entonaba la escala tonal...

Doña Pluma Alas Doradas emerge de un Corazón, un Corazón que cicatriza con luz.

La luz que apaga una vida. La luz que enciende el candor.

Un Corazón Blanco lleno de Luz y de Amor.

Un Corazón Alado...

 

Petruvska Simne
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Notas

  1. Poetacionismo: término que la autora genera como mecanismo para definir la conciencia de un autor/creador en cuanto a la materia literaria (ontología) sobre la que ejerce sus conocimientos, tanto teóricos, críticos como literarios (...), y desempeña su racionalismo (gnoseología) mediante la expresión artística (estética “poética”).
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